Drogas: un drama creciente

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MARIA, 22 años, estudiante de Comunicación, escribe esta carta a su hermano de 15, enganchado a todo tipo de drogas, incluida la cocaína: ‘Hazlo por papá y mamá’

Crónica, 19 de septiembre de 2004

DEJA TODA ESA MIERDA

‘Querido Pablo: escribo esta carta cuando aún me persigue el eco de tu carcajada. ¿Recuerdas? Fue el pasado domingo. Papá y yo te llevamos al internado con la esperanza de que allí te desenganches de la cocaína, las pastillas, la marihuana y todo lo demás que tomes… Sólo tienes 15 años y pensé que quizás, por ser una de tus hermanas mayores, escucharías mi ruego. Antes de despedirnos, te pedí que dejaras toda esa mierda por papá y mamá y por tus cinco hermanos, porque estamos cayendo en la depresión como moscas y nos vamos a volver locos si no sales de ahí. Tú respondiste con una risa burlona …

Hace ya más de un año desde la primera vez que papá me llamó asustado. Había descubierto en tu habitación marihuana o hachís y no sabía qué hacer. Yo le dije que no se preocupara, que tenías 14 años y que era normal que le dieras alguna calada a un porro, que no era para tanto. Papá me respondió que no le daría importancia si tuvieras 25 años, pero que con 14… Se negaba. ¡Cuánta razón tenía!

Insistió mucho en que te hicieran un análisis porque quería saber hasta dónde llegaba tu adicción, pero tú nunca te presentabas a la cita médica. Cuando, casi a la fuerza, lo consiguió, descubrimos que no sólo eran porros, también pastillas, cocaína…

Lo peor no fue que comenzaras a robarnos. Cuando estás en casa tenemos que guardarlo todo en la caja fuerte y no desprendernos del bolso ni un instante si no queremos que nos saquees la cartera. Sé, aunque jures que no, que todos los CD´s que me han desaparecido los has cogido tú para venderlos por ahí. Ya te he dicho que en casa no hay duendecillos.

Lo peor, como te decía, es que hayas llegado al punto de levantarle la mano a nuestros padres. ¿Recuerdas aquella noche de septiembre del año pasado? Volviste tarde de fiesta y tuviste bronca con papá. Estabas tan agresivo que no pudo controlarte y tuvo que llamar a un médico. A éste también le intentaste pegar y, al final, saliste de casa en ambulancia. ¿No te das cuenta de que la droga te sienta muy mal, que te vuelve loco, que es como si activara un chip diabólico en tu cerebro? Creo que no eres consciente del sufrimiento que estás provocando a quienes te queremos. Tus hermanos pequeños tiemblan de miedo cada vez que entras en casa, por si te da un arrebato.

Tras aquel cuadro de agresividad, pasaste 10 días ingresado en el Gregorio Marañón. Fue la única vez que te oí decir que necesitabas ayuda. Tampoco supe si creerte. Con tal de que te dejemos en paz, sueles encadenar una mentira tras otra. Y el tiempo demostró, una vez más, que mentías. Es tu vida y nadie te tiene que decir qué hacer con ella, me sueles decir.

¿Por qué? ¿En qué te hemos fallado? No dejamos de atormentarnos con estas preguntas. Víctimas de la impotencia, papá y mamá han comenzado a discutir. Se echan mutuamente la culpa de lo que te está pasando. Que si tú no tuviste suficiente mano dura, que si tú no le prestaste la atención que necesitaba… Eres un privilegiado, Pablo. Naciste con todas las comodidades, en una familia bien posicionada, de clase media alta, y nunca viviste episodio alguno de violencia, de alcoholismo o de malos tratos en casa. ¿Cómo has podido abrazar las drogas?

Siempre has visto en mí el ejemplo a seguir, la hermana guay que presentar a tus amigos, la rebelde, la independiente… ¿Tendré yo algo de culpa en todo esto? Te advierto que si estás intentado imitarme, te has pasado. Yo no soy así.

Imagino – y digo imagino porque tú hace tiempo que no cuentas nada – que te han empujado a la droga esos amigos nuevos con los que andas. ¿Qué harán, me pregunto, unos tíos de hasta 27 años contigo que tienes 15? A lo mejor, como pasas costo, están aprovechándose de eso. Sí, todos sabemos que trapicheas con droga y a ti te da exactamente igual que lo sepamos. Este verano, en la casa de la playa, incluso lo hacías en nuestras propias narices. ¿A qué si no subían tantos críos preguntando por ti?

Ni siquiera se te cae la cara de vergüenza cuando dices que de mayor quieres ser narcotraficante. «Con eso se saca mucho dinero y no tienes que trabajar nada», has llegado a confesarme. ¡Qué paradoja! De pequeño, no hace tanto, prácticamente ayer, querías ser policía. Tus ídolos eran Indiana Jones y John Wayne. Te encantaban las películas del Oeste. Las veíamos juntos mientras jugábamos a indios y vaqueros. ¿Recuerdas? Tú siempre te pedías el papel del bueno.

Eras, eres, superinteligente. Con sólo cinco años me hacías unas preguntas que no sabía ni cómo contestarte: sobre la muerte, el sentido de la vida… ¡Y tan creativo! Cogías un folio y en 10 minutos hacías un dibujo increíble. Aunque tus trazos siempre reproducían pistolas, violencia y sangre. ¿Era aquello una señal, un grito de socorro que no supimos ver? No sé.

En el colegio te bastaba con esforzarte un poquito al final para recuperar todo lo que no habías querido aprobar antes. Y aún hoy, que estás metido en un pozo, llevas los estudios al día. Estás en 4ª de ESO y sólo arrastras una asignatura del curso anterior. Si quisieras, Pablo, podrías ir a la universidad.

Esta semana los periódicos hablaban de ti. No mencionaban tu nombre pero se referían a chicos como tú. Daban cuenta de las últimas estadísticas sobre drogas. He leído que España es el país de la UE donde más se consume y que la cifra de adolescentes que, como tú, flirtean con la cocaína se ha multiplicado por cuatro en la última década. Los consumidores de cannabis y éxtasis sois el doble. «Podríamos estar en riesgo de perder la batalla contra las drogas», decía la ministra de Sanidad. Deseo tanto que tú ganes tu guerra particular.

Papá y mamá están haciendo todo lo que pueden por sacarte la droga de la cabeza. Llevan meses de aquí para allá en busca de un sitio donde desintoxicarte. Pero se ve que, hasta ahora, no han dado con la puerta adecuada adonde llamar. En algunos centros sólo admiten a mayores de edad y aunque los hay que sí tienen programas para adolescentes, como Proyecto Hombre, sólo ofrecen tratamiento de día, de lunes a viernes. Si ni siquiera reconoces que tienes un problema, ¿cómo vamos a lograr que vayas allí todos los días por tu propia voluntad?

Cuando papá te dijo que había encontrado un internado para chicos conflictivos como tú, al principio te negaste en redondo. Luego nos amenazaste con chulería: «Iré, si ya tengo mis contactos allí». ¿Contactos de qué? ¿Drogas? Para que subieras al coche, tuvimos que recurrir al chantaje: o el colegio o el hospital. Durante todo el trayecto fuiste callado, serio. Ni una palabra.

En toda la semana no hemos sabido nada de ti. Por más que he llamado no he conseguido hablar contigo. Y tú, que puedes utilizar las cabinas, tampoco te has puesto en contacto con nosotros. ¿Por qué no has querido telefonearnos? Sé que piensas que te hemos metido ahí porque queremos perderte de vista. Te equivocas. No sé cómo hacerte entender que si estás allí es porque te queremos.

Me temo que el colegio tampoco va a ser una salida. En cuánto te pillen fumándote un porro te echarán. Son las normas. ¿Y así piensan recuperarte? Da igual. Estoy convencida de que el viernes, cuando regresaste a casa para pasar el fin de semana, lo primero que hiciste fue fumarte un porro. Para ti es como el que lleva un paquete de tabaco, uno tras otro.

A veces, mirando el televisor tropiezo con un anuncio antidroga: un gusano que serpentea por la nariz de un chaval. Aparto la vista. Me niego a verte en él. A ratos pienso que aún estás a tiempo, que sólo estás enganchado a los porros y que, aunque es difícil, si pones un poquito de tu parte, volverá a casa el niño que quería ser Indiana Jones. Otras veces se me antoja imposible. Te veo tan descontrolado… Porque tú, Pablo, crees que te vas a comer el mundo y no te das cuenta de que, en realidad, es el mundo quien te está comiendo a ti.’

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