El capitalismo es anticristiano

1718

Decía Guillermo Rovirosa[1], converso, ingeniero y fundador del apostolado obrero en España después de la guerra civil (1936-1939) que «una obra maestra del diablo ha sido presentar la religión de Cristo como compatible con el capitalismo»

El capitalismo y el cristianismo son radical y esencialmente incompatibles. No es una oposición funcional o circunstancial es religiosa y por derivación antropológica, moral y política. Cualquier intento de hacerlos compatibles por parte de los cristianos supone una auténtica herejía.

San Juan Pablo II, en el mejor libro del siglo XX en defensa del trabajo humano, define el capitalismo como un orden moral invertido. Afirma que todo sistema, independientemente de su nomenclatura política (liberal, comunista, etc.), en que el capital (dimensión objetiva: dinero, tecnología, etc.) se impone sobre el trabajo humano, es decir, sobre la persona (dimensión subjetiva), no respeta el orden moral adecuado. Lo moralmente justo exige la prioridad del trabajo sobre el capital.[2]

Una ocasión sistemática y, en cierto sentido, hasta un estímulo para este modo de pensar y valorar está constituido por el acelerado proceso de desarrollo de la civilización unilateralmente materialista, en la que se da importancia primordial a la dimensión objetiva del trabajo, mientras la subjetiva —todo lo que se refiere indirecta o directamente al mismo sujeto del trabajo—permanece a un nivel secundario. En todos los casos de este género, en cada situación social de este tipo se da una confusión, e incluso una inversión del orden establecido desde el comienzo con las palabras del libro del Génesis: el hombre es considerado como un instrumento de producción, mientras él, —él solo, independientemente del trabajo que realiza— debería ser tratado como sujeto eficiente y su verdadero artífice y creador. Precisamente tal inversión de orden, prescindiendo del programa y de la denominación según la cual se realiza, merecería el nombre de «capitalismo» en el sentido indicado más adelante con mayor amplitud.

Quién a mi juicio mejor ha expresado el fondo religioso profundo de la aversión entre capitalismo y cristianismo es Benedicto XVI:

«Después de las experiencias de los regímenes totalitarios, del modo brutal en que han pisoteado a los hombres, humillado, avasallado, golpeado a los débiles, comprendemos también de nuevo a los que tienen hambre y sed de justicia; redescubrimos el alma de los afligidos y su derecho a ser consolados. Ante el abuso del poder económico, de las crueldades del capitalismo que degrada al hombre a la categoría de mercancía, hemos comenzado a comprender mejor el peligro que supone la riqueza y entendemos de manera nueva lo que Jesús quería decir al prevenirnos ante ella, ante el dios Mammon que destruye al hombre, estrangulando despiadadamente con sus manos a una gran parte del mundo.»[3]

La oposición al capitalismo ha sido una constante en la Doctrina Social de la Iglesia moderna[4]. Ya Pío XI[5] señala con una actualidad imperecedera:

105. Salta a los ojos de todos, en primer lugar, que en nuestros tiempos no sólo se acumulan riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos, que la mayor parte de las veces no son dueños, sino sólo custodios y administradores de una riqueza en depósito, que ellos manejan a su voluntad y arbitrio.

106. Dominio ejercido de la manera más tiránica por aquellos que, teniendo en sus manos el dinero y dominando sobre él, se apoderan también de las finanzas y señorean sobre el crédito, y por esta razón administran, diríase, la sangre de que vive toda la economía y tienen en sus manos, así como el alma de la misma, de tal modo que nadie puede ni aun respirar contra su voluntad.

107. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto natural de la limitada libertad de los competidores, de la que han sobrevivido sólo los más poderosos, lo que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y los más desprovistos de conciencia.»[6]

El capitalismo no es solo un sistema económico es todo un sistema integral. El gran filósofo de origen marxista y converso al catolicismo Alasdair MacIntyre hace una profunda crítica al capitalismo y a los críticos cristianos al mismo que no llegan hasta el fondo de la cuestión.

«Finalmente, es bueno observar que, aunque las acusaciones cristianas al capitalismo han centrado su atención justamente en los daños ocasionados a los pobres y a los explotados, el cristianismo tiene que valorar cualquier orden social y económico que considere que el ser rico o el hacerse rico es algo sumamente deseable, como algo que hace daño a quienes, además de tener que aceptar sus metas, consigue alcanzarlas. Las riquezas son, desde el punto de vista bíblico, una aflicción, un obstáculo casi insuperable para alcanzar el reino de los cielos. El capitalismo es tan malo para los que triunfan según sus criterios como para los que no triunfan según esos mismos criterios, algo que muchos predicadores y teólogos se han olvidado de reconocer. Y los cristianos que lo han reconocido han tenido con frecuencia dificultades con las autoridades eclesiásticas, además de con los autoridades económicas y políticas.[7]

El capitalismo tiene su propia teología-antropología anticristiana que es necesario explorar para percatarse de la profundidad del mal y de la radicalidad de la incompatibilidad con el cristianismo[8]:

  1. Afirma una antropología radicalmente individualista. Promueve una libertad al margen del Bien Común.
  2. El interés propio es lo más sagrado, hay que maximizarlo (eficiencia) y desde ahí se debe levantar el orden social. El bien del conjunto surge del egoísmo particular. El dios del capitalismo, la mano invisible, se sirve del pecado para promover el reino. Sin embargo, paradójicamente, la búsqueda del bien común lleva al mal común.
  3. El deseo capitalista es insaciable. Crecimiento. Productividad. Más es mejor.
  4. La lucha competitiva como forma de relación. Guerra de todos contra todos. Los demás son enemigos de mi libertad. Las personas son cosificadas, instrumentalizadas, mercantilizadas, consumidas y finalmente descartadas.
  5. La justicia solo se entiende contractualmente. No se admite la justicia distributiva.
  6. El dios capitalista no actúa para redimir a la humanidad del pecado. El pecado es una parte sustantiva de nuestra vida económica que es imposible de erradicar. Como mucho se gestiona el pecado para minimizar los daños. El mundo nunca será un reino de justicia y amor. La mayor tentación será imaginarse que la salvación cristiana ha alterado la condición humana.

Sin embargo, muchos cristianos siguen creyendo que el capitalismo y el cristianismo mantienen una relación de cordialidad. Chesterton nos dice al respecto del daño que ha hecho el capitalismo al matrimonio y a la familia como escuela de vida y amor:

«Nunca se dirá lo suficiente que lo que ha destruido a la familia en el mundo moderno ha sido el capitalismo. Sin duda podría haberlo hecho el comunismo, si hubiera tenido una oportunidad fuera de esa tierra salvaje y semimongólica en la que florece actualmente. Pero, en cuanto a lo que nos concierne, lo que ha destruido hogares, alentado divorcios y tratado las viejas virtudes domésticas cada vez con más desprecio, ha sido la época y el poder del capitalismo. Es el capitalismo el que ha provocado una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos; el que ha destruido la influencia de los padres a favor de la del empresario; el que ha sacado a los hombres de sus casas a la busca de trabajo; el que los ha forzado a vivir cerca de sus fábricas o de sus empresas en lugar hacerlo de cerca de sus familias y, sobre todo, el que ha alentado por razones comerciales un desfile de publicidad y chillonas novedades que es por naturaleza la muerte de todo lo que nuestras madres y nuestros padres llamaban dignidad y modestia. No es el bolchevique, sino el jefe, el publicitario, el vendedor o el agente comercial quien ha derribado y pisoteado, como una salvaje invasión de bárbaros, la antigua estatua romana de Verecundia.»[9]

                 Una vez que somos conscientes de lo inicuo del capitalismo para el género humano y para la fe cristiana, empecemos a cambiar nuestros modos de vida individualistas, materialistas y hedonistas con los que el capitalismo ha conquistado nuestro corazón.

Carlos Llarandi Arroyo

Militante del Movimiento Cultural Cristiano y miembro de Profesionales por el Bien Común.

[1] Actualmente en proceso de beatificación.

https://solidaridad.net/homenaje-a-guillermo-rovirosa-y-a-julian-gomez-del-castillo-espiritualidad-militante-y-caridad-politica/

[2] Cf. San Juan Pablo II. Laborem exercens 7.

https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091981_laborem-exercens.pdf

[3] Ratzinger, Joseph/Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. 127. Librería Editrice vaticana.2007

[4] Se podrían citar textos de todos los Papas de del siglo XX y XXI empezando por León XIII.

Para profundizar recomiendo https://solidaridad.net/el-capitalismo-es-anticristiano-116/

[5] Un Papa que merecería un reconocimiento mucho mayor del que tiene.

[6] Pio XI. Quadragesimo anno. 1931.

https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.pdf

[7] MacIntayre, Alasdair. Marxismo y cristianismo. 16. Nuevo Inicio. Granada. 2007.

[8] Bell Jr, Daniel M. La economía del deseo.127 y ss. Nuevo Inicio. Granada 2021.

[9] Chesterton, Gilbert Keith. El manantial y la ciénaga. C. XV. 1935.