El desafío de la juventud

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No hacen falta estadísticas: Un paseo por cualquier ciudad española un fin de semana cualquiera basta para para persuadirnos contundentemente de que algo grave les está ocurriendo a los jóvenes.

La vestimenta carcelaria de los adolescentes, la inequívoca estética tipo ‘furcia’ de las chicas, la patética ceremonia del ‘botellón’ en los parques, jardines y esquinas con sus desagradables consecuencias para los interesados y viandantes, el consumo de drogas en calles, bares y discotecas, los ingresos en urgencias por intoxicación etílica o drogas, las conversaciones que se les escuchan, su comportamiento en autobuses, el vandalismo que exhiben, los reiterados altercados entre pandillas, etcétera constituyen una estampa ciudadana tan habitual como inquietante.

Pero no es preciso esperar hasta el fin de semana: pisar un aula cualquier día de la semana ayuda a constatar el escaso interés de los estudiantes por lo que se les ofrece en los centros escolares y no raramente sirve también para darse cuenta del poco prestigio de que goza entre ellos la autoridad, de su tendencia a la gresca, de la alta dosis de agresividad contenida en muchos de ellos y, sobre todo, de su poco entusiasmo por casi todo.

Estas impresiones pueden ser completadas con algunos datos. Hace un par de años, el psiquiatra Luis Rojas-Marcos advertía de que el suicidio en España es la tercera causa de mortalidad entre los jóvenes de 15 a 24 años (la primera son los accidentes con vehículos de motor). También sabemos que el 44% de los jóvenes madrileños de 15 y 16 años se emborrachan y que en España el número de jóvenes de 14-18 años que dice haberse emborrachado en el último mes ha pasado del 21% en 1994 al 27,3% en 2004 y que la edad de inicio ha bajado a los 13,7 años. También se sabe que, si en 1994 el 18,2% de los jóvenes de 14 a 18 años admitía haber consumido cannabis en los últimos doce meses, resulta que en 2004 el porcentaje ha subido hasta el 36,1%. En ese mismo periodo, para el caso de la cocaína, el porcentaje ha pasado del 1,8% al 6,8%.

De la afición de los jóvenes españoles al sexo da alguna pista el escalofriante dato de que el 7% de las mujeres menores de 25 años habían recurrido en 2003 a la píldora del día siguiente y que cada año casi 400.000 españolas de edades comprendidas entre 15 a 24 años se encuentran en riesgo de embarazo no deseado. Otro dato es que España tiene una tasa de nueve embarazos por cada 1.000 adolescentes.







El suicidio en España es la tercera causa de mortalidad entre los jóvenes de 15 a 24 años.
Completa este cuadro goyesco la constatación de adicciones sin sustancia, es decir, sin drogas. Se trata de cuadros psicológicos de dependencia sin que medie la ingestión de ninguna sustancia: adición a los móviles, a Internet, a los videojuegos o a la televisión. Una derivación de las conductas adictivas sin sustancia es la búsqueda neurótica de la perfección corporal, sea en la forma de anorexia (cuando la obsesión por el cuerpo perfecto hace que las adolescentes se vean gordas y dejen de comer), de vigorexia (cuando esa misma obsesión les lleva a los adolescentes a verse delgados y a desarrollar obsesivamente su musculatura) o de ortorexia, que lleva a la selección patológica de alimentos estrictamente sanos.

Hasta aquí, una foto en gran angular de la juventud. Lo más decepcionante ante este panorama tal vez no sea la inmensa tristeza que produce contemplar a millones de adolescentes y jóvenes con un horizonte vital tan penoso, sino la sensación de impotencia para mejorar la situación. Los padres y educadores, de quienes supuestamente depende la transmisión de los valores de la sociedad, sienten que han perdido totalmente el control de la situación. Por otra parte, tanto las autoridades como las instituciones y organismos sensibilizados con los problemas que sufren los jóvenes sólo son capaces de, en el mejor de los casos, minimizar los efectos negativos de algunas conductas.

Se parte del carácter inevitable de las conductas cuyos efectos se lamentan. Nadie se ve con fuerzas para conseguir que los jóvenes se sientan lo suficientemente satisfechos con la vida y lo bastante ilusionados como para que estén a salvo del conjunto de adicciones al que parecen abocados. Resulta comprensible que nadie se considere capacitado para mejorar la situación, porque el problema es netamente cultural: es la sociedad en su propio esquema cultural materialista, consumista y nihilista la que hace, si no imposible, muy difícil que los jóvenes encuentren un sentido desde el que proponerse unas metas capaces de ilusionarles. Una sociedad que pivota sobre el consumo y la posesión material, que es marcadamente hedonista, individualista y cerrada a la trascendencia, y cuya industria del entretenimiento, además, incide unilateralmente en la satisfacción hedonista, crea una atmósfera incapaz de proporcionar un sentido desde el que un joven pueda proyectar ilusionadamente su futuro.

Así pues, es preciso asumir que el deplorable espectáculo que ofrecen los jóvenes los fines de semana no es sino el espejo en el que se puede mirar una cultura materialista. Hay, me parece, dos respuestas fundamentales a los problemas que aquejan a la juventud. La primera es la que se está llevando a cabo: mantener los valores de la civilización occidental en el punto en el que se encuentran ahora y continuar achicando agua en un barco que se hunde. La otra respuesta posible es acudir al astillero a encargar un nuevo buque y apostar por una nueva cultura fundada sobre la sobriedad, la apertura generosa a los otros y a la trascendencia.


Se trata de un cambio de paradigma cultural, que, lógicamente, trasciende las posibilidades de las medidas políticas y de los programas educativos. No es algo que pueda llevarse a cabo de un plumazo o mediante un acuerdo parlamentario. Se trata de una transformación radical que liderarán -desorganizadamente- las personas creativas (pensadores, directores de cine, poetas, ensayistas, literatos, artistas, líderes religiosos, modistas, músicos, etcétera), pero que quizá están preparando ya multitudes anónimas.


Francisco de Borja Santamaría