El ornitorrinco en la playa: los jóvenes

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El joven español se parece a su estereotipo lo que un huevo a una castaña. Tal parece desprenderse al menos de dos encuestas recientes: la realizada por la Comunidad de Madrid sobre una muestra de 4.621 alumnos de secundaria, y la que acaba de publicar el Instituto de la Juventud.
Los talludos profesan sobre los jóvenes toda suerte de ideas, por lo común infundadas. El estereotipo máximo, el nuclear, el que cultivan por igual las izquierdas y las derechas, asegura que los jóvenes son generosos, poco dados al cálculo prudencial, y radicales en materia ideológica.

De esta premisa, los conservadores han solido extraer la conclusión de que la juventud constituye una forma de tontería probablemente adorable, y afortunadamente pasajera. En frase hecha célebre por Maurice Maeterlinck: «Si no eres revolucionarlo antes de los veinte, es que no tienes corazón. Si lo sigues siendo después de los veinte, no tienes cabeza». Los progresistas y los rousseaunianos se han apuntado, claro es, a la conclusión contraria. Yo declino pronunciarme a favor de unos o de otros. Este artículo va por otro sitio. Conforme a lo revelado por los últimos estudios sociológicos, el joven español se parece a su estereotipo lo que un huevo a una castaña. Tal parece desprenderse al menos de dos encuestas recientes: la realizada por la Comunidad de Madrid sobre una muestra de 4.621 alumnos de secundaria, y la que acaba de publicar el Instituto de la Juventud.

Según ambos estudios, más de la mitad de los jóvenes se declara de centro, con porcentajes residuales para quienes afirman ser de extrema derecha y extrema izquierda (en la encuesta del Instituto de la Juventud, la extrema derecha gana en cuatro centésimas a la extrema izquierda). Menos de un tercio considera insustituible a la democracia, que se valora en función de su rendimiento, no de los principios que la inspiran. Y Europa, y todas esas cosas un poco enciclopédicas, y un poco ecuménicas, despiertan pasión cero. Estos datos escuetos autorizan un diagnóstico de urgencia: los lugares comunes de la ciudadanía venidera discrepan seriamente de los que asentaron el discurso público durante el periodo constituyente y postconstituyente. Entonces hubo consignas democracia», «modernización», «progresismo»- de las que nadie osaba apartarse sin un ligero sentimiento de vértigo. Existió, esto es, una ideología dominante, dominante en sentido estricto. El que no estaba en esa ideología, estaba en los márgenes. Que el proceso fuera espontáneo, interior, y no ligado en la mayor parte de los casos a formas de coacción ostensibes, demuestra la profundidad del fenómeno. Pues bien, no estamos ya en las mismas. Esto puede enojarnos. Pero es un hecho, que sería poco inteligente ignorar.

Segundo punto, más importante, o por 1o menos más interesante, en mi opinión, que el precedente: no sólo los jóvenes piensan de otra manera, sino que piensan de una manera que hemos dejado de entender. Usaré, como referentes, el sexo y la religión. Cuatro de cada cinco adolescentes, afirman ser creyentes. Pero sólo el 5 por ciento va a misa. Un porcentaje abrumador manifiesta ideas tolerantes hacia la homosexualidad, o no condena las relaciones extramatrimoniales. La combinación de todas estas respuestas daría el siguiente perfil agregado: libertario en materia sexual, creyente aunque no practicante, y conservador en política. Pongan a continuación la moviola hacia atrás, y sitúense, por ejemplo, en los años treinta del pasado siglo. Un azañista, un socialista, un sindicalista, o un votante de la CEDA, se habría quedado con los ojos a cuadros. Por aquellas calendas, la no confesionalidad iba ligada a la descreencia, la descreencia a cierta comprensión en lo que toca al comportamiento venéreo, y esto ultimo, a un fiable hacia fórmulas políticas rompedoras u hostiles a la tradición.

Presumo que estas correlaciones estuvieron todavía vigentes, si bien de modo atenuado, en el periodo que va desde los amenes del franquismo, al triunfo socialista. Al presente, no queda ni rastro del sistema antiguo, ni de su antisistema. Las correlaciones han desaparecido, o se han vuelto negativas. Ello merece, desde luego, una explicación.

La más tosca, y la más inmediata, es que ha cambiado la textura moral de los españoles. Esta explicación, que denominaré ontológica, nos remite a la sorpresa y al escándalo de un filósofo natural que viese de pronto trastocadas sus taxonomías antañonas. En la escala natural del filósofo, los rumiantes aparecían divididos, pongo por caso, en animales de pezuña hendida y animales solípedos. Y ahora resulta que los solípedos ostentan escamas, o que los rumiantes están inscritos en la Seguridad Social. El filósofo decretaría que la naturaleza se ha vuelto loca, y se metería a anacoreta o se iría de copas.

Pero la explicación ontológica no es un convincente, por una razón elemental. En la esfera moral, al revés que en la natural, no existen hechos dados, o mejor, los hechos dados no son todos los hechos. Somos agentes morales en la medida en que adoptamos decisiones, y estas últimas, a su vez, vienen determinadas por las alternativas que ante nosotros se abren. Expresado a la conversa: el menú de alternativas influye fatalmente en el tipo de persona que moralmente somos o terminamos siendo. ¿Ha variado el menú al que normalmente se enfrenta un joven de dieciséis, diecisiete o dieciocho años?

Yo creo que sí. La clave tal vez se halle en unas palabras que Eric Hobsbawm, uno de los pocos marxistas que todavía quedan en pie, desliza en su autobiografía reciente -Interesting Times, 2002-. Dice allí: «No comprendí bien el significado de los sesenta (por el 68 francés. La acotación es mía). No era una revolución social o política. Se trataba más bien del equivalente espiritual de una sociedad de consumo: que cada cual haga lo que le venga en gana. No estoy seguro de celebrar la novedad». Les propongo una versión distinta aunque hasta cierto punto concurrente de esta tesis: el pluralismo moderno, ligado a la noción welfarista de que el Estado debe suministrar a los ciudadanos toda suerte de bienes, sin fijación de jerarquías, ha provocado una dramática inversión en el mundo moral, social, y político. Se anima al personal -basta atender a la retórica de los partidos-, para que se apropie del paquete de cosas -mercancías, confesiones, modos de vida-, que más le guste. Y en habiendo recursos, y aun cuando no los haya, se bautiza la oferta con el dinero del bautizo, que suele ser dinero público.

Uno de los resultados, es que se entra en el templo de las ideologías como en el supermercado. Un poco de aquí, y otro poco de allá, y todo revuelto en el cesto de la compra. No es sorprendente, en vista de esto, que se pulvericen las coherencias antiguas, o que convivan, alegremente, un libertarismo de demanda -lo que los economistas denominan la soberanía del consumidor-, con una aceptación básica del statu quo político. Ni es sorprendente tampoco que hayan perdido su vigor las apelaciones atávicas a la democracia, a Dios, a la libertad, o a lo que se ponga por medio. Puesto que no es lo mismo sentirse terriblemente comprometido con estas cosas, que considerarlas con la distancia, y el despejo, que gobiernan nuestra conducta cuando comparamos una lavadora con un friegaplatos, y preferimos el friegaplatos a la lavadora.

Una última observación. La división izquierda/derecha no introduce factores relevantes en el análisis. Salvo en un extremo, bien es cierto, importante. La derecha es más propensa a que se repare en los costes, que la izquierda. La diferencia de actitud se trasluce llegado el instante de hablar de déficit, deuda pública, o impuestos progresivos. Pero ésta, indudablemente, es otra historia.