El patio trasero de Chirac

1928

Cuando se trata de África, Francia no entiende de multilateralismos. La ex potencia colonial, como ha demostrado el reciente conflicto en Costa de Marfil, sigue condicionando la vida de decenas de estados mediante su presencia militar, política y económica. Una sombra mayor de lo que muchos piensan.

Por Javier Gómez
Revista Autogestión nº 57
febrero de 2005

«Estamos a punto de iniciar una larga contienda, un lodazal para los franceses. Lo que ha ocurrido marca un punto de ruptura. Vietnam no será nada comparado con lo que vamos a hacer aquí». Desde la cruenta guerra de liberación de Argelia, en los años 60, ninguna voz internacional había osado amenazar al país galo en estos términos. Aún menos la de un dirigente africano. Las palabras del presidente de la Asamblea Nacional de Costa de Marfil, Mamadou Coulibaly, arrojaron sal a una herida todavía más profunda: la de transportar a París los nueve féretros de otros tantos soldados franceses, asesinados el 6 de noviembre por la aviación de ese país, en el mayor ataque sufrido por Francia en las últimas décadas. Un gancho impensado a la mandíbula de un país que consideraba a Laurent Gbagbo, presidente marfileño, uno de sus fieles aliados.

En cualquier caso, a Francia se le ha revolucionado el patio. El trasero. El polvoriento. Llámenle África, si prefieren. Aquel en el que nadie husmeaba cómo habían quedado colocados los fardos que el antiguo colonialismo dejó manga por hombro. El conflicto en Costa de Marfil, que ha caminado como un funambulista torpe sobre el filo de la guerra durante las últimas semanas, ha constatado la crisis endémica de los estados africanos del área francófona y ha puesto al descubierto la rediviva sombra militar, económica y política de la ex potencia colonial en aquellos países.

Impasibles ante un genocidio

Francia, con el aval de la ONU, decidió poner freno al delirio ultranacionalista de Gbagbo, a quien Chirac acusó de querer empujar a su país hacia un «régimen fascista». En los enfrentamientos de Abiyán, las tropas galas no dudaron a la hora de disparar sobre civiles provocando, al menos y según la cruz Roja, 50 muertos. Todo por una intención loable, «devolver la paz al país», pero que no se ha repetido en ocasiones más perentorias. Como cuando, en 1994, el Gobierno amigo de Francia en Ruanda cometió a machetazos el genocidio de un millón de tutsis. Ante la pasiva mirada de los oficiales franceses.

Varios detalles han pasado inadvertidos. El presidente Jacques Chirac llamó personalmente a Gbagbo, el miércoles 3 de noviembre, para pedirle que no vulnerase el alto el fuego vigente desde enero de 2003. Al día siguiente, comenzaron los bombardeos contra las posiciones rebeldes del norte. Para algunos, el caso omiso a Chirac denota que Francia ya no es la de antes. Otros, malévolos, afirman que Gbagbo estaba convencido de haber recibido luz verde para los ataques por la poca firmeza mostrada por el presidente francés.

Además, no fue otro sino el ínclito presidente de Costa de Marfil, antaño íntimo amigo de varios jerarcas del Partido Socialista francés, como Henri Emmanuelli, y cuyo Frente Popular Marfileño (FPI) es miembro de la misma Internacional Socialista en la que militan Zapatero, Tony Blair o Gerhard Schröder, quien prestó, hace dos meses, su avión presidencial al controvertido diputado galo Didier Julia, cuando éste prometió que rescataría a los dos periodistas franceses secuestrados en Iraq. A espaldas de Chirac.

De los 33.000 soldados que Francia tiene desplegados fuera de sus fronteras, cifras oficiales del Estado Mayor de la Defensa indican que más de un tercio (13.000) pisa el continente negro. Desde los cerca de 6.000 que intentan plegar las ínfulas revolucionarias de Laurent Gbagbo en Costa de Marfil, al solitario oficial integrado en la misión MINUEE de la ONU en Eritrea y Etiopía, pasando por las bases en Gabón (unos 1.000 soldados), Yibuti (casi 3.000), los más de 200 que navegan permanentemente las aguas del Golfo de África o los 1.000 del Chad, especialmente atentos a los enfrentamientos en la provincia de Darfur.

Francia reparte soldados en once países diferentes, y acuerdos militares de Defensa con siete estados africanos (Camerún, Togo, República Centroafricana, Comores, Yibuti, Gabón y Senegal), que confían así al Hexágono el papel de gendarme en caso de conflicto interno. En cinco de ellos, la ex potencia colonial tiene aviones preparados para el combate, como los que acabaron en unos minutos con la exigua Fuerza Aérea marfileña (apenas nueve aviones y algún helicóptero), cuando se confirmó la autoría del ataque sobre los soldados de Bouaké. Costa de Marfil ha sido el último petardo en estallar, pero la traca de intervenciones militares ha sonado ya nueve veces desde que, en 1995, Jacques Chirac se instalase en El Elíseo. La primera, recién llegado al cargo, cuando un millar de soldados fue enviado en 1995 a las Islas Comores, en la operación «Azalea», para frenar el golpe de Estado de Bob Denard.

«Francia concedió la independencia a 17 de sus colonias en 1960», enuncia la prosa inocente de los libros de texto. Formalmente, sí. En realidad, desde entonces y bajo mando de todos los presidentes franceses, este país ha colocado a las marionetas que mejor le convenían en los gobiernos para seguir controlando el África francófona, ha (Viene de la página anterior) apoyado golpes de Estado, frenado otros, presionado para obtener concesiones y favores a sus empresas y recibido con alfombras rojas en París a sangrientos dictadores.

Este control del continente no se consigue por la fuerza de los argumentos. Y menos ahora, que Francia ha sustituido en Asuntos Exteriores la florida dialéctica de Dominique de Villepin, profundo conocedor de la realidad africana, por el plúmbeo y muy europeo Michel Barnier. Empero, la presencia de Francia en África es una constante al margen de quién encabece la diplomacia. En primer lugar, se impone la fuerza disuasoria de las armas. En segundo, la entreverada relación con París de la mayoría de dirigentes africanos, colocados en su puesto por el poder político o económico francés. Por último, el peso económico de las multinacionales galas, sustento principal de las quebradizas finanzas públicas de estos estados. Francia explicó que su intervención en Costa de Marfil buscaba únicamente «mantener la paz», Chirac dixit. Pero en realidad, Francia sigue manejando todos los resortes de la economía africana. Este sutil y sigiloso modo de control, preferible al ruido de los sables, va en aumento. Si los 60.000 soldados franceses desplegados en los 70 en el continente han quedado reducidos a unos 13.000, el número de empresas galas aumentó un 13 por ciento entre 2001 y 2002.

Tentáculos empresariales

En total, 2.637 filiales francesas operan en África en diferentes sectores, principalmente en el energético (petróleo), las telecomunicaciones, los transportes y las materias primas. La mitad se concentra en la zona subsahariana, el verdadero imperio de Francia al sur del Mediterráneo. Estas cifras pueden decirle poco a quien no sea consciente de la penuria de empresas y estructuras económicas que gastan los países de este entorno. Sobre todo, podría cometerse la imprudencia de creer que las sociedades que no son francesas escapan al control galo. Dos tercios de todo el sector privado de África Occidental pertenecen a firmas supuestamente autóctonas, pero en realidad de capital francés, que sumadas a las filiales mencionadas tiñen de tricolor cualquier atisbo de actividad económica.

Volvamos a Costa de Marfil. France Cables et Radio, filial de la parcialmente pública France Télécom, se hizo en 1997 con el operador público marfileño de telefonía, Citelcom. La Saur, extensión del coloso Bouygues, posee la Compañía Marfileña de Electricidad (Cie), mientras el grupo azucarero Castel adquirió el control de Sodesucre, la más importante empresa en este sector de Costa de Marfil. El potente grupo Bolloré gestiona parte de la Compañía Marfileña de Algodón (CIDT) y Air France invirtió en parte del accionariado de Air Ivoire, aerolínea marfileña. Es probable que los soldados galos hayan decidido no salir de Costa de Marfil para proteger la paz del país y la vida de los 15.000 residentes franceses amenazados. Esta retahíla de intereses de los mayores grupos de la economía francesa permite entender mejor por qué Francia no puede arriesgarse a que el país quede sumido en una guerra civil. Y también por qué Laurent Gbagbo pidió el jueves a todos los expatriados franceses que volvieran al país «en beneficio mutuo».

No parece que Francia tenga intención de modificar su rumbo. Los presupuestos aprobados recientemente por la Asamblea Nacional para 2005 mencionaban a Africa como «la prioridad» de la acción exterior gala. Y Jacques Chirac hizo de la ayuda a África su principal exigencia durante su presidencia del G8, en el primer semestre de 2003. En otros ámbitos, Francia también intenta imponer su influencia. «En el seno de la Unión Europea, cuando se trata de África, Francia hace pesar su voz», reconoció el ministro de Asuntos Exteriores, Michel Barnier, en agosto. Si el Norte y el Oeste de África ya están bajo el paraguas francés, el país de Chirac no deja de intentar extender sus redes por otros rincones del continente. El Este es, por lo general, terreno anglófono, pero la diplomacia gala ha conseguido granjearse los favores de Sudán (el país más grande de África), tras frenar las sanciones que la comunidad internacional quería imponerle por las exacciones en la provincia de Darfur. Amén de su notable presencia militar en Yibuti, un estratégico balcón en el cuerno de África con vistas a la península Arábiga. En el Sur, París intenta estrechar los lazos con Thabo Mbeki, al que visitó hace semanas el ministro Barnier, para conseguir encerrar en una red diplomática todo el continente.

El último de los movimientos políticos de Francia afecta al Magreb, en el que ha entablado una tarea de «reconquista». En los últimos meses, el presidente Chirac visitó las tres grandes plazas mediterráneas: Marruecos, Argelia y Túnez. Con Rabat, las relaciones no pueden ser mejores, tanto diplomáticas como económicas. Al dictador tunecino Ben Ali, con una larga retahíla de presos políticos y de opinión en sus cárceles, se le endulzaron los oídos cuando escuchó, de labios de su invitado Chirac: «El primero de los derechos humanos es comer, ser curado, recibir una educación y tener una vivienda. Desde este punto de vista, Túnez está por delante de muchos otros países». Queda la joya de la corona, Argelia, la última colonia en perderse, la que muchos nostálgicos siguen viendo como la otra provincia francesa. Separados durante décadas tras la cruenta guerra de independencia, Francia se ha propuesto reanudar las relaciones con un país en el que tiene importantes intereses energéticos. El objetivo, firmar a corto plazo un Tratado de Amistad. Las empresas servirán de avanzadilla, gracias a una idea del ministro de Economía, Nicolas Sarkozy. Por primera vez, Francia canjeará la deuda de Argelia por nuevas inversiones para firmas galas. Un método que podría generalizarse a otros países.

Prohibida la autocrítica

¿Dejará Francia de mirar a África como un corral en el que hace y deshace a su antojo? Lo ocurrido en Costa de Marfil parece indicar que no. «Francia tiene un peso específico en África, además de una memoria común y las acciones que ha llevado y lleva todavía a cabo», se justificaba Michel Barnier en una entrevista con un semanario africano. El discurso oficial de París menciona el «respeto a la soberanía de los Estados» y el «apoyo a los líderes democráticos». La intención de hacer una política «sin indiferencia ni arrogancia». Nunca, sin embargo, se escucha una palabra de autocrítica sobre su responsabilidad en la desastrosa marcha del continente, principalmente de los países bajo su influencia. La Unión Africana constataba la pasada semana que, para muchos países del continente, «los años noventa fueron una década perdida». Cuando se trata de su trastero, Francia no entiende de multilateralismos. Prefiere limpiarlo sola.