En 2005, casi el doble de muertes violentas de misioneros católicos respecto a 2004

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En 2005 un obispo, 20 sacerdotes, 2 religiosos, 2 religiosas y un laico se sumaron a la lista de agentes pastorales de misión que perdieron la vida de forma violenta, cifra que casi duplica la del año anterior.
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 1 enero 2006 (ZENIT.org).


El «Martirologio de la Iglesia contemporánea» ha sido publicado, como a final de cada año, por la Congregación vaticana para la Evangelización de los Pueblos –según la información de que dispone–.


         Se refiere no sólo a los misioneros «ad gentes» en sentido estricto, sino a todo el personal eclesiástico asesinado o que sacrificó su vida con conciencia del riesgo que corría, sin abandonar su compromiso de testimonio y apostolado.


         La cifra más elevada de víctimas se registró este año en el continente americano, con la pérdida de 8 sacerdotes, 2 religiosas y 2 religiosos.


         «Todavía es Colombia, con 4 sacerdotes y una religiosa asesinada, la nación donde los conflictos sociales son más agudos y la Iglesia paga un fuerte tributo por su compromiso al frente de la reconciliación y de la justicia social en nombre del Evangelio», observa el dicasterio.


         «Otros dos sacerdotes fueron asesinados en México: trabajaban en zonas de profunda degradación»; «una religiosa comprometida en la Comisión Pastoral de la tierra junto a los trabajadores del campo, y otos dos sacerdotes hallaron la muerte en Brasil».


         En Jamaica –Kingston– fueron asesinados «dos religiosos misioneros, comprometidos al servicio de los pobres», «otra señal del clima de inseguridad y violencia que reina hasta en la capital», denuncia la Congregación vaticana.


         Describe además que «África fue bañada con la sangre de un obispo, 6 sacerdotes y un laico», «hallados asesinados» en sus residencias, «probablemente por delincuentes en busca de dinero fácil», «o eliminados deliberadamente, con ferocidad sanguinaria en Kenia, República Democrática del Congo, Congo (Brazzaville) y Nigeria».


         A causa del Evangelio en Asia perdieron la vida igualmente 4 sacerdotes: 3 en la India y uno en Indonesia.


         Por su parte Bélgica también fue escenario del asesinato de un sacerdote, igual que ocurrió en Rusia.


         Ochenta y cinco años tenía el sacerdote dominico Thomas Richard Heath (estadounidense), había pasado 10 en Sudáfrica y Lesotho y llevaba 13 en Kenia cuando el 13 de enero del año pasado murió víctima de la agresión sufrida días antes en un intento de robo en la casa religiosa de Kisumu, donde vivía. Era enormemente estimado y había formado una generación entera de sacerdotes en Kenia, donde perdió la vida.


         Al día siguiente era hallado asesinado en Purworejo (Java central), a manos de desconocidos que entraron en su parroquia –se cree que con intención de robar–, otro sacerdote: Thomas Harsidiyono, indonesio de 50 años. Se excluye que tuviera enemigos o que hubiera sido amenazado previamente.


         El 20 de enero, en su parroquia de Brjansk (Rusia), era asesinado el sacerdote eslovaco de 70 años Jan Hermanovsky. Con intención de robar, dos jóvenes delincuentes pusieron fin a una vida distinguida siempre por su empeño por la unidad de los cristianos y su particular dedicación a los pobres y marginados.


         El 6 de febrero, tras una llamada anónima, era encontrado asesinado el sacerdote franciscano de 42 años Manuel Delgado (mexicano). Había desaparecido la víspera. Era vicario de la parroquia de Santo Cristo de Burgos, en el poblado de Ciudad Jiménez –a 250 kilómetros al sur de la capital del Estado mexicano de Chihuahua–, cerca de donde fue hallado su cuerpo. Los indicios apuntan a que fue víctima de un robo.


         La mañana del 12 de febrero moría sor Dorothy Stang, misionera estadounidense (con nacionalidad brasileña) de las Hermanas de Notre Dame de Namur, de 73 años. Ejercía su apostolado desde hace cuarenta años en las pequeñas comunidades del interior de la Amazonia brasileña. A manos de dos pistoleros, fue asesinada con disparos a quemarropa por la espalda en el asentamiento de Esperança, a 40 kilómetros del municipio de Anapu, en el sudoeste del Estado brasileño de Pará. Hacía menos de una semana que había denunciado amenazas de muerte contra cuatro campesinos de la zona.


         En la madrugada del 1 de mayo fallecía en Patna (capital del Estado indio de Bihar), a la edad de 72 años, el vicario general de esta archidiócesis, el sacerdote Mathew Uzhuthal, a consecuencia de las lesiones producidas por el brutal acuchillamiento que había sufrido –al negarse a pagar el dinero de una extorsión– el 11 de abril en su oficina parroquial a manos de un criminal. Originario de Kerala, el sacerdote asesinado era muy popular y apreciado en Bihar.


         En República Democrática del Congo perdió la vida el 7 de mayo un jesuita belga de 72 años, el padre René de Haes. Fue asesinado a manos de unos saqueadores en Kimwenza, en la zona norte de Kinshasa. Era rector del centro internacional de estudios «San Pedro Canisio» del lugar.


         Belga de 54 años, el sacerdote Robert De Leener fue asesinado la noche del 4 al 5 de junio –ante los ojos de su anciana madre– por un inmigrante a quien anteriormente había alojado en la casa parroquial. Párroco de la parroquia de la Santa Cruz en Watermael-Boitsfort (Bruselas), a su puerta todo el que llamaba recibía acogida y ayuda.


         Los disparos de unos desconocidos acabaron el 14 de julio con la vida del obispo Luigi Locati, de origen italiano, a los 77 años de edad. Vicario apostólico de Isiolo, en el noreste de Kenia, fue asesinado ante un centro pastoral del vicariato. El prelado había recibido previamente amenazas de muerte. Llevaba cuatro décadas de labor en el país africano. Siempre vivió en sencillez y pobreza. Dejó diversos proyectos de los que se benefició toda la población de Isiolo y de las zonas limítrofes, sin distinción de su pertenencia étnica, religiosa o social.


         Después de tres semanas de agonía moría el 21 de julio el párroco de la Catedral de Santa Marta (Barranquilla, Colombia). Monseñor Luis Enrique Rojas, colombiano de 76 años, había sido agredido por unos delincuentes que entraron en la casa parroquial donde vivía. 25 años llevaba al frente de la Catedral y se distinguía por su labor hacia los más desfavorecidos. Hacía poco más de siete meses que había sufrido otra agresión.


         A los cinco años de su ordenación presbiteral, Paulo Henrique Keler Machado fue tiroteado el 25 de julio por unos desconocidos. Su cuerpo fue hallado bajo un viaducto en la periferia de Río de Janeiro. Brasileño de 36 años, el sacerdote era vice-coordinador de pastoral y coordinador de liturgia de la diócesis Nova Iguaçu (Río de Janeiro). También era conocido por su compromiso a favor de los familiares de las 29 víctimas de la masacre del pasado 31 de marzo a manos de un «comando» en la misma zona periférica donde él perdió la vida.


         El 2 de agosto el sacerdote nigeriano de 42 años Godwin Okwesili fue asesinado en la iglesia de St. Dominic en Yaba, Lagos (Nigeria). En la tarde de aquel día tres hombres jóvenes se presentaron en la residencia con la excusa de entregar un paquete a uno de los sacerdotes. Provocaron una discusión; cuando el sacerdote salió de su habitación para ver qué ocurría fue inmediatamente asesinado ante su puerta.


         De acto «violenta y sacrílega» calificó el presidente del episcopado de Colombia la muerte –el 18 de agosto– del sacerdote de la diócesis de Espinal (Tolima) Jesús Adrián Sánchez, de 32 años. Originario del país, el párroco de El Limón fue sacado a la fuerza del aula donde impartía una clase de religión –en la zona rural de Chaparral– y disparado por un desconocido. Comprometido con la pastoral de los jóvenes, el sacerdote les persuadía para que no dejaran los estudios por unirse a los guerrilleros o a los violentos.


         Hacía sólo tres días que otros dos sacerdotes colombianos, Vicente Rozo Bayona –50 años– y Jesús Emilio Mora –65 años–, de la diócesis de Ocaña, párrocos de las únicas dos parroquias de Convención, habían sido asesinados cuando se trasladaban a una celebración. Los guerrilleros del ELN («Ejército de Liberación Nacional») admitieron su responsabilidad en el ametrallamiento del vehículo en el que viajaban los sacerdotes junto a otras dos personas el 15 de agosto en la localidad de El Diviso. Todos los ocupantes murieron. Los atacantes afirmaron que se trató de un trágico «error».


         Por iniciativa personal, el sacerdote congoleño de la diócesis de Manono (República Democrática del Congo), Francois Djikulo, se acercó en agosto en misión de paz a ver «al temido jefe rebelde Kyungu Kyungu, alias Gedeon, para convencerle a fin de que depusiera las armas y acabara con el terror al que estaban sujetas las poblaciones locales», relata el dicasterio misionero; hasta noviembre no se supo «con certeza que el sacerdote había sido asesinado salvajemente: primero le mutilaron junto a su colaborador laico que le acompañaba, Simon Kayimbi; luego fueron quemados vivos en Mutendele, territorio de Pweto, a 75 kilómetros de la parroquia de Dubie, diócesis de Kilwa Kasenga».


         Dos meses hacía que monseñor Mathew Nellickal había iniciado su labor como vicario general de la diócesis de Tezpur (Estado indio de Assam) cuando murió violentamente. Asesinado en la noche del 2 de septiembre, su cuerpo, brutalmente agredido, se halló a la mañana siguiente en una despensa adyacente a su habitación, en la casa episcopal. Había nacido en Palai, en el Estado de Kerala, hacía 65 años. Era muy querido y carecía absolutamente de enemigos.


         La misma noche del 2 de septiembre, en su casa parroquial de S. Antonio en Blumenau –ciudad del Estado de Santa Catarina, en el sur de Brasil–, de donde era párroco, fue asesinado el sacerdote italiano Giuseppe (Beppe) Bessone. De 62 años, fue víctima de un intento de robo por parte de un joven de 16 años.


         Víctima de un linchamiento murió en cambio, el 12 de septiembre, un sacerdote misionero de la Orden de los Frailes Menores (franciscanos), fray Angelo Redaelli, después de que atropellara accidentalmente a una niña cerca en un pueblo de la diócesis de Owando –500 kilómetros al norte de la capital de Congo (Brazzaville)–. De origen italiano, el franciscano tenía 40 años. Llevaba dos en el país africano.


         El dicasterio misionero califica de «mártir de la paz» al sacerdote Ignatius Bara, «asesinado» –también el 12 de septiembre– por intentar «prevenir un enfrentamiento inminente entre un grupo tribal y otro fundamentalista hindú». El crimen tuvo lugar en Simdega, en el Estado oriental indio de Jharkhand. De 48 años, el sacerdote era de origen tribal.


         51 años tenía el sacerdote mexicano de la diócesis de Tijuana Luis Velásquez Romero, quien fue asesinado a tiros. Su cuerpo maniatado fue hallado en un automóvil la mañana del 25 de octubre. Ejercía su ministerio pastoral en una parroquia del barrio de Colinas de Agua Caliente de Tijuana y era juez del Tribunal Eclesiástico diocesano. Se le recuerda como una persona muy amable y cercana a los demás.


         La tarde del 27 de octubre dos miembros de la Congregación religiosa de Derecho diocesano «Missionaries of the Poor» (MOP) –dedicada a la asistencia de pobres y marginados en Jamaica, la India, Uganda y Filipinas– fueron asesinados en Kingston, la capital jamaicana. Suresh Barwa –originario de la India, de 31 años– y Marco Candelario Lasbuna –filipino de 22 años– cayeron víctimas de la misma bala en la cabeza mientras lavaban los platos en la cocina de la casa Corpus Christi de los MOP, en pleno centro de la capital.


         El 11 de noviembre Sor Margarita Vásquez Sandino, colombiana, de las hermanas del Buen Pastor, fue asesinada en Medellín (Colombia) mientras atendía a un familiar enfermo. Un joven, que estaba en contacto con las religiosas por trabajos de pintura, entró en la habitación probablemente con intención de robar. Una riña con la religiosa le ocasionó a ésta la muerte. Tenía 87 años y dirigía una Campaña navideña para entregar regalos a los niños heridos por minas anti-persona.


         Cierra este «martirologio» difundido el 30 de diciembre por el dicasterio misionero la muerte violenta, la noche de Navidad, del sacerdote salesiano Philip Valayam. De 46 años, fue asesinado tras haber celebrado la Misa de medianoche, mientras regresaba a su comunidad «Don Bosco Youth Educational Services» de Nairobi (Kenya). Parece que el sacerdote fue detenido por algunos atracadores que le dispararon cuando intentaba reaccionar. Originario de la India, muy apreciado y conocido, era profesor en el «Tangaza College» de la «Catholic University of Eastern Africa» (CUEA).


         A este elenco cabe añadir el asesinato, a manos de un desconocido, de una religiosa ursulina suiza –enfermera especializada en obstetricia–, sor Margaret Branchen (74 años), el 28 de diciembre. El crimen se perpetró en la clínica donde aquella trabajaba, en Ngqeleni, cerca de Mthatha, en Sudáfrica. La policía estima que el asesinato se cometió en un intento de robo. La religiosa llevaba tiempo en el país y desarrollaba su labor en el St. Mary Hospital, de gestión privada. Del suceso se tuvo conocimiento el viernes, según difunde la agencia misionera «Misna».