Encuentro con Vann Nath, superviviente y testimonio

1050

No proponemos revancha ni pedimos compensación, pero sí algo que estamos esperando cada día, y es la responsabilidad de los asesinos; que tengan conciencia de lo que han hecho.

Nota de Prensa. Global Humanitaria


“Pedimos algo que estamos esperando cada día, la responsabilidad de los asesinos”


Barcelona.- Global Humanitaria mantuvo un encuentro hace unas semanas con el pintor camboyano Vann Nath, (Battambang, 1946), una de las siete personas que lograron salir con vida del centro de detención de Tuol Sleng, también conocido como S-21, donde los Jemeres Rojos torturaron y asesinaron a más de 14.000 personas entre los años de 1975 a 1979.


Como al resto de los detenidos del S-21, durante días y noches Nath fue sometido a  torturas físicas y a un duro régimen de interrogatorios y completa sumisión al gran líder, Pol Pot. Sus guardias, que tenían menos de 15 años, habían sido entrenados para ejercer el terror sin concesiones, exigiendo respuestas a seres humanos cuyos delitos habían sido pintar, llevar gafas o entender de medicina, entre otros.


En 1980, pocos meses después de escapar y salvar la vida, y con el fin del régimen de los Jemeres rojos, Nath volvió al S-21 para pintar el calvario vivido en propia piel. Hoy en día, el centro de detención alberga el Museo del Genocidio.


“La primera vez que llegué allí, en 1980, casi no me atreví a entrar, porque no podía olvidar las cosas que habían pasado recientemente. Había mucha gente, muchas personas que eran huesos cubiertos de piel; algunos eran recogidos en un camión para lanzarlos lejos, o trasladados para ser interrogados; algunos iban con la cara cubierta y las manos atadas a la espalda…otros iban con heridas en casi todo el cuerpo ensangrentado por los golpes que les asestaban…esas imágenes nos persiguen y están en nuestra mente siempre. Muchas veces esto hace que olvidemos si vivimos en el pasado o el presente. A veces cuando entramos al lugar parece que todavía somos prisioneros y permanecemos atados incapaces de movernos”.


Desde el restaurante que regenta en la capital camboyana, este pintor de voz clara y mirada franca no se explica cómo los responsables de los crímenes cometidos bajo órdenes de Pol Pot pueden pasearse tranquilos en sus pueblos. No entiende cómo Pol Pot murió en 1998 sin arrepentirse de nada, sin tener que dar explicaciones. “El hecho de que nos hayamos acostumbrado a esta realidad no quiere decir que podamos olvidar el pasado. Es una cosa que está y vuelve a estar una y otra vez todo el tiempo, y es normal encontrarme con estas cosas. Aunque siento menos miedo, no quiere decir que haya olvidado”.


“No proponemos revancha ni pedimos compensación, pero sí algo que estamos esperando cada día, y es la responsabilidad de los asesinos; que tengan  conciencia de lo que han hecho. Todavía hoy ellos creen que aquello no fue un crimen. Si decimos que desde hace mucho esperamos que admitan sus culpas, simplemente decimos que hemos esperado para que reconozcan los asesinatos cometidos”.


A finales de julio de este año, un tribunal especial de las Naciones Unidas presentó cargos formales por crímenes de lesa humanidad contra el jefe del centro de tortura S-21, Kan Kek Ieu, conocido como Duch, donde perdieron la vida miles de personas.


Ésta es la primera acusación formal de este tribunal contra alguno de los responsables de las atrocidades cometidas en Camboya por el régimen de los Jemeres Rojos, durante el cual murieron casi dos millones de personas, asesinadas, por hambre o enfermedades.