Equivocarse con María es equivocarse con Cristo

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«Virgen con niño» de Giovanni de Santi (1488)

por P. Osmín Serrano para la Revista Id y Evangelizad

El autor destaca un elemento clave para la comprensión de María, que también lo es para la comprensión de Cristo y del cristianismo: la encarnación. María no solo acepta voluntariamente gestar y dar a luz al Salvador, sino que, como madre, también conforma su corazón humano. Fue ella quien «le enseñó a orar, a pensar, a hablar, a amar…». Se estableció entre ellos una unión que la llevó tras sus pasos hasta la cruz. A ella «el Padre no puede negarle nada». Y todo esto, como explica el autor, no es accesorio ni opcional para nuestra fe, sino absolutamente esencial: Dios lo quiso así. Osmín Serrano es sacerdote y teólogo.

Ratzinger subrayó que la Encarnación es el núcleo definitorio del cristianismo. En esto no fue original: es el pensamiento de los Padres de la Iglesia y de la propia Escritura. Uno de los que mejor lo expresaron fue Tertuliano (siglos II-III) cuando afirmaba «Caro cardo salutis»: «la carne es el quicio (o gozne) de la salvación» o –dicho de otra manera– solo podemos incorporarnos a la vida divina a través de la verdadera y completa humanidad del Hijo de Dios, que se prolonga sacramentalmente en la Iglesia y en sus misterios, particularmente en la Eucaristía, así como en los pobres, tal y como especificó el propio Cristo (Lc 22,19; Mt 26,26; Mt 25, 40).

La Encarnación, la humanidad sagrada del Verbo eterno, es el sello de autenticidad del cristianismo desde sus inicios: gracias a que la Iglesia se mantuvo fiel a ella y a su interpretación integral, la fe en Cristo no se disolvió ni en el judaísmo ni en el gnosticismo, que fueron los primeros y más hipnotizantes cantos de sirena que pretendieron desviarnos de nuestra travesía pascual. De hecho, lo siguen haciendo: el nuevo gnosticismo continúa con su fe individualista y espiritualista, mientras que lo judaizante es el actual moralismo que se escandaliza de la cruz.

Y aquí es donde aparece María: gracias a ella fue posible la Encarnación. El propio Dios y el cosmos entero suspendieron la respiración durante unos instantes hasta que la joven virgen de Nazareth contestó al anuncio de Gabriel: «Hágase en mí según tu Palabra», convirtiéndose en la nueva Eva que nos representa a todos porque ella, decía santo Tomás de Aquino, estaba loco totius humanae naturae (ocupando el lugar de toda la naturaleza humana). Sin su obediencia, el Hijo de Dios no se habría podido encarnar y la humanidad seguiría huérfana y desterrada. Por eso, el ángel le llama kecharitomene, llena de gracia, porque en ella y por ella la gracia natural es agraciada en la filiación divina y la hermandad eclesial.

El Verbo, gracias al Espíritu Santo, no solo tomó la carne de María, con toda la carga genética y biológica que una madre aporta a su hijo, sino que también fue configurado en sus afectos, pensamientos, palabras, ademanes, carácter, etc. por María. Se ha dicho que en el Nuevo Testamento se habla muy poco de María, pero no es cierto: cada vez que escuchamos las palabras de Cristo en el Evangelio o contemplamos sus signos, estamos oyendo y viendo a la madre que formó su corazón humano, que le enseñó a orar, a pensar, a hablar, a amar… Las Bienaventuranzas de Cristo, carta magna del Reino de Dios, son un trasunto del Magnificat de María. Y los protagonistas son los mismos: el Dios de la Misericordia y los pobres.

El Padre hizo todo para Cristo y por Cristo (Col 1, 16) por medio del Espíritu Santo; por eso mismo todo está marcado intrínsecamente por María. Ella no es un añadido de la fe ni debemos convertirla en mero objeto de devociones subjetivas y voluntaristas. Ella está, querámoslo o no, en el diseño mismo de todo lo real y está en su finalidad.

Ella es la obra perfecta del Espíritu Santo, que habita de un modo especial en su corazón porque es la verdadera Arca de la Nueva Alianza cubierta por la nube, la shekinah (Lc 1, 35.41); por eso, María está de pie en la hora definitiva del comienzo del Reino (Jn 2, 4), de la Iglesia (Hch 1, 14) y de cada uno de nosotros, especialmente en la Cruz (Jn 19, 26), abriéndonos a la acción del Espíritu de Dios. Ella es la Reina madre a la que el Rey no puede negarle nada (1 Re 2, 13-20).

Equivocarse con María es equivocarse con Cristo y con la verdadera fe liberadora; esto explica el vano intento del imperialismo de borrar la huella mariana de los pueblos explotados, para lo cual ha invertido ingentes cantidades de dinero y sembrado de sectas fundamentalistas los barrios empobrecidos con el fin de dividir y alienar. Pero María y su descendencia enfrentan a este dragón maligno y lo vencen en un combate espiritual y cósmico en el que estamos llamados a participar militantemente (Gn 3, 5; Ap 12). •

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