Eutanasia: homicidio por enfermedad

1955

Uno de los problemas principales de la eutanasia tiene que ver, precisamente, con la «libertad» de autodeterminación del enfermo. ¿Hasta qué punto sería «libre» un enfermo terminal o que tiene graves padecimientos para decidir terminar con su vida, dado que puede sentirse corno una «carga» para sus familiares o cuidadores, ó que éstos pueden «presionarlo» en ese sentido, sobre todo si otros enfermos han dado ya «ejemplo»?… La experiencia holandesa demuestra que muchas eutanasias se realizan sin el consentimiento del enfermo. Y es que la eutanasia empieza siendo una excepción y acaba trivializándose, convirtiéndose en una alternativa normal.

Por Fernando Rey Martínez
Profesor de Derecho Constitucional
Fuente: Solidaridad.net

He pasado gran parte del fin de semana dedicado a la fascinante tarea de leer la biografía de las palabras en el Diccionario Etimológico de Joan Corominas, gracias a lo cual he podido enterarme, por ejemplo, de que la palabra «análisis» viene del verbo griego «desatar». Es decir, «analizar» evoca la idea de ir «soltando» las partes de un texto o de un hecho para su examen. Pues bien, propongo al lector «analizar» o «desatar algunos nudos» de una cuestión muy importante que los holandeses con su ley despenalizadora han vuelto a poner en el centro del debate social, la cuestión de la eutanasia. Mostraré, de entrada, mis cartas: estoy en contra de la eutanasia, como lo estoy de la pena de muerte o del aborto. Acepto, por supuesto, que los partidarios de todas estas interrupciones de la vida ajena aportan algunos argumentos de peso y que en la realidad se producen no pocos casos-límite difíciles de decidir. Lo que no me parece tan aceptable es que en el diálogo sobre la eutanasia se haga trampas. En efecto, muchos de los tópicos pro-eutanásicos tal y como se presentan ante la opinión pública me parecen falsos y manipuladores. Indicaré tres. El primero y principal: la eutanasia se suele presentar como una ayuda a la muerte con dignidad de otro por compasión. Pero esta definición, que no tiene en cuenta que ayudar a morir con dignidad es más bien la tarea de la cada vez más importante y desarrollada medicina paliativa, oculta también el hecho fundamental de que la eutanasia en sentido estricto es matar directamente a otro ser humano, aunque sea un enfermo, y aunque el que lo haga exhiba un móvil presuntamente noble. Administrar calmantes que acortan la vida del enfermo terminal a la vez que le alivian los dolores no es eutanasia, como tampoco lo es renunciar a terapias desproporcionadas o, en general, alargar la vida del paciente absurdamente. Por supuesto que todos tenemos derecho a que nuestro cuerpo no sea víctima de un «ensañamiento terapeútico» por parte de los profesionales sanitarios. Pero conviene saber que eso, en rigor, no es eutanasia. Eutanasia es dar muerte a otro. Por eso el Código Penal la regula en el titulo dedicado al homicidio. Se trata de un auténtico homicidio por enfermedad. El segundo tópico es el de la obligada mención al caso Ramón Sampedro. Ciertamente, conmovía su deseo de morir y su sufrimiento. Pero el señor Sampedro no es representativo de tantos tetrapléjicos que luchan por la vida cada día con un coraje impresionante. La excepción no pueda convertirse en la regla. Un tercer argumento presenta la eutanasia como una manifestación de la libertad de cada persona. «Mi vida es mía y hago con ella lo que quiero». Por otro lado, como sucede que la principal entidad que se opone a la eutanasia es la Iglesia Católica, muchos abundan en la afirmación anterior invitando a sacudirse el yugo eclesiástico. Citar en el debate a la Iglesia es, sin embargo, arrojarle confusión interesadamente porque se quiere aprovechar el creciente descrédito de la institución para apoyar la postura pro-eutanásica. La Iglesia tiene derecho a expresar sus opiniones, como cualquier entidad o persona. Pero ésta no es una cuestión que deba decidir ella, sino los ciudadanos a través de sus representantes. Y la oposición a la eutanasia puede provenir tanto de una concepción antropológica positiva de la vida que la entienda corno sagrada, cuanto de otra visión negativa que no se fíe demasiado ni de los semejantes (especialmente de los propios herederos) ni de un Estado que podría ahorrarse sustanciosas sumas de dinero si en vez de cuidar se dedicara a eliminar pacientes. Lo cierto es que, por lo menos hasta la fecha, tanto la legislación como la jurisprudencia españolas acertadamente han venido entendiendo que la vida es un bien jurídico irrenunciable para su titular, como lo es también la libertad, de modo que, por ejemplo, una decisión libre completamente libre de renunciar a ella convirtiéndose en esclavo de otro no seria válida en absoluto. Tampoco la igualdad o la educación son negociables. Porque vida, libertad, igualdad, educación, etc. no sólo se refieren a las personas en concreto sino también a cómo se organiza toda la sociedad en su conjunto. Se trata de buscar un equilibrio.

Uno de los problemas principales de la eutanasia tiene que ver, precisamente, con la «libertad» de autodeterminación del enfermo. ¿Hasta qué punto sería «libre» un enfermo terminal o que tiene graves padecimientos para decidir terminar con su vida, dado que puede sentirse corno una «carga» para sus familiares o cuidadores, ó que éstos pueden «presionarlo» en ese sentido, sobre todo si otros enfermos han dado ya «ejemplo»?. ¿Hasta qué punto un enfermo grave es libre para tomar una decisión así si, como suele suceder, está deprimido, o muy cansado, o no ha sido bien tratado su dolor, o ha sido abandonado por sus familiares o no tiene, etc.?. ¿Hasta que punto es válido un testamento vital en el que uno decide lo que se debe hacer con él cuando ya no pueda decidir por si mismo, si no se puede corroborar el consentimiento justamente en ese momento final (porque no es lo mismo opinar sobre la propia eutanasia cuando se está sano que cuando se enferma gravemente)?. La experiencia holandesa demuestra que muchas eutanasias se realizan sin el consentimiento del enfermo. Y es que la eutanasia empieza siendo una excepción y acaba trivializándose, convirtiéndose en una alternativa normal. Por otro lado, si se permitiera la eutanasia, ¿en qué especie de «verdugos presuntamente bondadosos» acabarían convertidos algunos médicos?, y ¿cómo repercutiría eso sobre la confianza de la ciudadanía antes las instituciones sanitarias, es decir, con qué ánimo se pondría en sus manos un enfermo grave con deseo de luchar por su vida, sobre todo si es anciano o discapaz?.

En España la eutanasia es un delito castigado en su modalidad más grave como una pena de seis meses a tres años y en la más leve de uno a seis arrestos de fines de semana. Esto significa que normalmente ni siquiera lleva aparejada la entrada en la cárcel. Pero es que ni siquiera hay apenas casos de aplicación de esta leve sanción penal. Por eso creo que la situación es ya demasiado tolerante en España con la eutanasia como para ir más allá dando el paso de la legalización. Los defensores de la eutanasia nos prometen acabar con el sufrimiento y dar rienda suelta a nuestra libertad. Así planteada, es una oferta tentadora, pero tramposa. Prefiero que con el dolor acabe la medicina paliativa, aunque ello sea más caro para las arcas públicas que un sistema organizado de homicidios por enfermedad a la holandesa.

 

 

EL NUEVO PROYECTO DE LA MONCLOA

EL GOBIERNO PODRÍA LEGALIZAR ABORTO Y EUTANASIA EN 2006

Fuente: El Semanaldigital.com

A pesar de que todos los estudios indican que la voluntad de los enfermos es cambiante, ya circula la cifra de más de 200 pacientes terminales que piden cada año que se acabe con su vida.

8 de septiembre. Olía a poner piedrecitas en el camino para la regularización de la eutanasia en España. Todo arrancó con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y seis de sus ministros –casi nada– arropando en los madrileños cines Kinépolis al cineasta Alejandro Amenábar durante el estreno de su última película, Mar Adentro. Ese día, al ser preguntado expresamente sobre su opinión sobre la legalización de esta práctica, el jefe del Ejecutivo se limitó a responder: «Vamos a hablar de cine».

Días más tarde, este lunes, Zapatero respondió con un «seguramente no» a la pregunta de si hubiera ayudado a morir a una persona en la situación del famoso tetrapléjico gallego Ramón Sampedro, cuya vida y muerte es argumento del film de Amenábar. El presidente del Gobierno manifestó en declaraciones a Punto Radio que la eutanasia «merece un debate público», aunque «no está entre las prioridades» de su agenda. Sin embargo, desde el Ejecutivo se empiezan a emitir cantos a la necesidad de terminar con el sufrimiento de los enfermos terminales.

Sin duda, se está fabricando el debate. A pesar de que todos los estudios indican que la voluntad de los enfermos es cambiante, ya ha empezado a circular una cifra superior a los 200 pacientes terminales que piden cada año que se acabe con su vida. O que otras 10.000 víctimas de cáncer o con enfermedades degenerativas manifiestan su deseo de que se ponga fin a sus días. Según confirman a Elsemanaldigital.com fuentes de Ferraz, el Gobierno desea abrir un debate sobre la eutanasia el próximo año en el Congreso. Incluso se piensa ya en encargar una encuesta al CIS para conocer la opinión de los ciudadanos.

El Ministerio de Justicia que hoy encabeza Juan Fernando López Aguilar podría incluir en la reforma del Código Penal prevista en 2006 una regularización de la eutanasia junto con la despenalización del aborto en las 12 primeras semanas de gestación sin aducir motivos. «En cualquier caso todo dependerá de la receptividad de la opinión pública y de los distintos grupos parlamentarios», insisten en las filas del PSOE.

 

 


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