Hambre: Datos del mayor genocidio silenciado

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“Hambre, tengo hambre. Mi familia tiene hambre. Mis hijos se mueren de hambre”

Publicado en la revista Autogestión

Este grito desgarrador marca el día a día de millones de personas en el mundo. Su situación, por cotidiana y dramática que sea, pasa desapercibida para la mayoría de nosotros. Nos hemos inmunizado frente el dolor de nuestros hermanos más empobrecidos. Esa realidad se ha ido difuminando ante nuestros ojos. Unos achacan esa situación a la fatalidad, otros al deterioro ambiental, a la guerra, a las plagas, al exceso de población… y otras veces, simplemente, se oculta o miramos hacia otro lado. Pero los hechos son dramáticos: cada día, decenas de miles de personas mueren de hambre.

Los datos del informe de 2022 sobre el Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo[1] son desgarradoras: las cifras del hambre en el mundo han vuelto a aumentar, alcanzándose en 2021 los 828 millones de personas que la padecen.

Según la UNICEF, cada minuto, un niño sufre malnutrición grave en 15 países afectados por la crisis mundial del hambre. “Casi 8 millones de niños menores de 5 años en 15 países afectados por la crisis del hambre corren el riesgo de morir a causa de emaciación grave a menos que reciban alimentos y atención terapéutica inmediata, y la cifra aumenta cada minuto”[2].

Por su parte, el director general de la OMS, Tedros Adhanom afirma que “cada año mueren 11 millones de personas a causa de dietas poco saludables”. ¿A qué se refiere exactamente? ¿a dietas con exceso de grasas, proteínas, sal o azúcares? ¿dietas pobres en frutas y verduras? ¿dietas propuestas por algún influencer?… ¿quizás se refiere a la malnutrición, el consumo de alimentos poco seguros o dietas con desequilibrios entre sus nutrientes? ¿El hambre se incluye entre las dietas poco saludables? Maldita manipulación del lenguaje[3]. Llamemos a cada cosa por su nombre.

Pongamos otro dato en cuestión: las cifras proporcionadas son peligrosas porque pueden crear una imagen errónea del problema. ¿De dónde sale la cifra de hambrientos? ¿Quién los ha contado? ¿Quién ha contado el número fallecidos? ¿Quién conoce la causa de muerte de cada fallecido en cualquier rincón del planeta? ¿Dónde se ha registrado ese dato? ¿Quién diferencia una muerte por hambre de otra provocada por una infección en una persona inmuno-debilitada por el hambre? Nadie. No se puede hacer. Es imposible. La cifra aportada es una aproximación, una estimación (y digo yo) a la baja. Muchos países carecen de sistemas de registro y notificación de eventos tan cotidianos como el nacimiento y la muerte. En muchos países no se sabe cuántos niños nacen cada año o cuantas personas mueren. No se cuentan, no se notifican, no se conoce[4]. Sin embargo, los organismos internacionales nos dan cifras que son las que manejamos, seamos conscientes o no de su falta de rigor.

Hambre ¿desde cuándo?

Todos recordamos, desde siempre, que hay hambre. Lo hemos escuchado en el colegio, en el instituto, en la facultad, en los medios de comunicación, en las tertulias, en los telemaratones… Si echamos la mirada atrás, es algo de lo que siempre hemos oído hablar. No conocemos ningún momento de nuestra historia personal en la que no haya existido hambre en el mundo (aunque no haya sido la portada permanente en los telediarios o la prensa diaria). Ningún problema ambiental, ninguna catástrofe natural, ninguna guerra ha provocado, día tras día, tantos fallecidos como el hambre en el mundo.

Según el informe anteriormente citado, entre 2014 y 2021, el número de personas que sufrían inseguridad alimentaria grave aumentó en más de 350 millones, alcanzando los 924 millones. En 2021, alrededor de 2.300 millones de personas, casi el 30% de la población mundial, estaban en situación de inseguridad alimentaria moderada o grave. Honestamente, creo que podríamos decir que pasaban hambre.

¿Por qué hay hambre en el mundo?

Mucha gente piensa que el hambre ha existido siempre y no se puede evitar. Es una gran mentira.

Los analistas y organismos que han analizado el tema han apuntado una larga lista de causas. Unos hacen referencia a la fatalidad o la mala suerte, otros al deterioro ambiental, a los conflictos étnicos, a las plagas, al exceso de población, a los eventos climáticos extremos (lluvias torrenciales o sequías prolongadas), la deforestación sin control, el agotamiento de la tierra, las “perturbaciones” económicas y la recesión, el aumento de las desigualdades, el despilfarro de alimentos… Y desde hace unos meses, se apuntan nuevas situaciones que parecen complicar más la situación: la pandemia de COVID-19, la guerra de Ucrania y el aumento de precios de los alimentos y los fertilizantes[5].

Sin embargo, como acabamos de recordar, la crisis alimentaria existe desde hace mucho tiempo. No podemos pensar que, si no tuviese lugar esa guerra, o no hubiera existido la pandemia o el precio de los alimentos se hubiese mantenido más o menos estable, el hambre estaría controlada o habría desaparecido. No nos engañemos. El hambre existe porque es negocio[6] y no hay voluntad política para erradicarla[7]. Solo con el 2,5% de lo que se gasta en armamento podría erradicarse el hambre en el mundo. Con el 3% de lo que Occidente gastó a partir de la crisis económica de 2008 en salvar a la banca, también. Dicen que hay que producir más, porque no hay comida suficiente para todos, pero hoy producimos el 60% más de los alimentos que necesita la humanidad[8].

Es cierto que hay eventos, como los citados anteriormente, que complican la situación existente más aún, pero la configuración estructural del sistema, la operativa en las relaciones internacionales, los mecanismos de robo y expolio a los países empobrecidos, las consecuencias de la deuda internacional… han generado un contexto a nivel internacional que asesina, por hambre, a más de 100.000 personas cada día[9].

Y no, no es porque exista escasez o carestía. Ya lo hemos dicho. La agricultura produce alimentos para más del doble de la población mundial del planeta[10]. Resulta paradójico, cuando se analiza la producción mundial de cereales o carne, comprobar como esas cifras no han dejado de aumentar durante las últimas décadas (Figuras 1 a 3).

Fig. 1. Evolución de la producción mundial de cereales de 1960 hasta 2010 (FAO, 2011) y proyección al 2050 según tendencia lineal. Tomado de Fernando H. Andrade, ISBN 978-987-679-055-0

Fig. 2. Evolución de la producción y consumo de maíz en el mundo en los últimos 20 años y previsiones para las próximas campañas. Tomado de (https://www.campogalego.es/escalada-de-los-precios-de-los-cereales-causas-y-previsiones-para-la-campana/

Fig. 3. Producción mundial de carnes (1960-2010) y proyección para la década actual (2011-2020). Fuente: Período 1960-2010 elaborado en base USDA y FAO; proyección 2011-2020 de OECD-FAO (2012). Tomado de https://www.researchgate.net/publication/271385509

Resulta evidente, por tanto, que el hambre no es debida a la escasez o la pobre producción de alimentos.

Entonces, ¿qué está ocurriendo? Pongamos un ejemplo: la cosecha de cereales en 2021 superó un récord histórico… sin embargo, una parte sustancial de esa producción no se dedicó a la alimentación humana. Una razón son las políticas energéticas de los gobiernos de los países enriquecidos, afanados en la economía verde, que promueven la producción de agrocombustibles, eufemísticamente denominados como biocombustibles, aunque eso suponga dejar sin el sustento de cada día a millones de personas en el mundo.

Cerca de 200 millones de toneladas de maíz estadounidense son transformadas cada año en etanol, que se incorpora al combustible de los vehículos con motor de gasolina. El 10% de los cereales producidos en el mundo ahora se utilizan como combustible. Otro 35% de esos cereales se destina a la alimentación del ganado. Se podrían sumar las superficies dedicadas a otros cultivos como la colza, la soja o la palma (aceite de palma) con los cuales se pueden producir compuestos que también son utilizados como combustible. La suma de las superficies de estos cultivos son terrenos que no se dedican, por tanto, a la producción de trigo o de arroz para la alimentación humana[11].

En relación con estos nuevos usos aparece un grupo de sociedades transnacionales que controlan el mercado de cereales, formando un oligopolio[12] y aumentando permanentemente sus beneficios y su fortuna a costa de la población mundial. Solo cuatro sociedades, tres estadounidenses y una francesa, controlan el 70 % del mercado internacional de cereales, ejerciendo un papel clave en la fijación de los precios y el aprovisionamiento[13].

Podríamos contemplar otra cuestión: ¿cuántos alimentos se pierden, se desperdician y se tiran a la basura cada año? Los datos asustan: alrededor de 1.600 millones de toneladas, un tercio de los alimentos producidos a nivel mundial. Y según parece, ese despilfarro va en aumento, esperándose en alcanzar los 2.100 millones, otro 30% más, en el año 2030[14]. ¿Podemos seguir pensando que hay escasez de alimentos o, como dicen otros, demasiada población?

Cabría preguntarnos también ¿qué cantidad de recursos dedicamos a la alimentación diaria en diferentes partes del mundo? Una aproximación nos muestra de nuevo diferencias escandalosas (Fig. 4). En los países empobrecidos puede dedicarse el 75% o más de la renta familiar mientras que, en los países enriquecidos del norte, se invierte menos del 15%. Esa diferencia hace que, para millones de personas, conseguir la manutención diaria sea casi imposible y sufran el hambre. Otros, en cambio, banalizamos la comida y no tenemos reparos en tirarla o especular con ella en las bolsas de valores internacionales. La enorme disparidad en ese esfuerzo se debe, fundamentalmente, a la distancia existente entre los salarios, el nivel de vida y el precio de los ingredientes fundamentales. Mientras que las personas en las naciones desarrolladas tienden a gastar una porción mediana o pequeña de sus ingresos, alimentándose a sí mismas y a sus familias, las personas de las naciones más pobres a menudo tienen que invertir un porcentaje muy elevado de sus salarios para obtener alimentos que abastezcan a sus familias.

Fig 4. The Unequal Cost Of A Plate Of Food Around The World [Infographic] https://www.forbes.com/sites/niallmccarthy/2018/03/26/the-unequal-cost-of-a-plate-of-food-around-the-world-infographic/#241ce8c31ca

 ¿Qué propuestas se han realizado para solucionar el problema?

Siempre que se habla del hambre, se apuntan a las causas para, al menos en teoría, tratar de evitarla o paliarla. Numerosas iniciativas se han puesto en marcha con el fin de controlarla y minimizarla. Pareciera, no obstante, que se trata de un problema de difícil solución. A pesar de los “enormes” esfuerzos de la comunidad internacional, de concienzudos análisis, de las innumerables conferencias internacionales, de la infinidad de horas de diálogos y discusiones, no conseguimos reducirla. Sirva de ejemplo las propuestas que los 189 países miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) lanzaron a bombo y platillo a principios del siglo XXI: los Objetivos de Desarrollo del Milenio[15] (ODM) y, más tarde, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[16].

Esas iniciativas ni abordan ni denuncian las políticas neoliberales de los grandes conglomerados transnacionales que regulan, controlan y especulan en el mercado internacional de cereales y todo tipo de alimentos. Las compras de los stocks a nivel mundial, la adquisición de las producciones a futuro, fijando los precios en bolsas como la de Chicago (EE.UU.), son mecanismos espurios que aumentan los precios de forma injustificada e impiden el acceso a ellos por parte que los países empobrecidos.

Entonces, ¿es posible la erradicación del hambre?

No hay dudas en la respuesta: sí, radicalmente… si hubiese voluntad para hacerlo.

En 1981, este drama del hambre llevó a 52 premios Nobel, a firmar un Manifiesto contra el holocausto del hambre[17]. Un holocausto sin antecedentes, cuyo horror abarca en un único año todo el espanto de las matanzas que nuestras generaciones han conocido en la primera mitad de este siglo, está actualmente en proceso de realización y desborda cada día más, a cada instante que pasa, el perímetro de la barbarie y de muerte no solamente en el mundo sino también en nuestras conciencias”. Y continuaban “Todos los que contemplan, anuncian y combaten este holocausto están absolutamente de acuerdo en señalar a la política como la causa principal de esta tragedia”.

 En diciembre de 1987 San Juan Pablo II, en la encíclica Sollicitudo rei socialis[18], nos recordaba que “el sistema internacional de comercio hoy discrimina frecuentemente los productos de las industrias incipientes de los países en vías de desarrollo, mientras desalienta a los productores de materias primas. Existe, además, una cierta división internacional del trabajo por la cual los productos a bajo coste de algunos países, carentes de leyes laborales eficaces o demasiado débiles en aplicarlas, se venden en otras partes del mundo con considerables beneficios para las empresas”. Y añadía, “a este respecto, deseo recordar particularmente: la reforma del sistema internacional de comercio, hipotecado por el proteccionismo y el creciente bilateralismo; la reforma del sistema monetario y financiero mundial, reconocido hoy como insuficiente; la cuestión de los intercambios de tecnologías y de su uso adecuado; la necesidad de una revisión de la estructura de las Organizaciones internacionales existentes, en el marco de un orden jurídico internacional.”

 En 2019, en el marco de la 41° Conferencia General de la FAO, el Papa Francisco indicó a los miembros de la Organización la necesidad de actuar sobre las causas que provocan la falta de alimento y acceso a las fuentes de agua. En el origen de este drama se halla sobre todo la falta de compasión, el desinterés de muchos y una escasa voluntad social y política a la hora de responder a las obligaciones internacionales”. Y puntualizó, “no es un asunto interno y exclusivo de los países más pobres, sino que concierne a cada ser humano”.  recordando que “todos estamos llamados a escuchar el grito desesperado de nuestros hermanos y a poner los medios para que puedan vivir, viendo respetados sus derechos más básicos”[19].

Para comenzar, en base a lo que hemos venido comentando, uno de los medios más sencillos a nuestro alcance, un primer compromiso personal y familiar, es reducir y evitar el derroche de alimentos y de agua. Para ello la educación, la sensibilización y la toma de conciencia resultan fundamentales, analizando y denunciando las causas que están generando el drama del hambre. Esta primera tarea nos hará conscientes de que es posible cambiar las cosas, en el plano personal, si decidimos hacerlo.

En el plano ambiental e institucional, otro aspecto fundamental es aumentar la producción local de alimentos, acercando así la producción al lugar de consumo[20]. Resulta vital que cada país mantenga su capacidad para producir alimentos para su población, protegiendo sus recursos naturales (diversidad de semillas, suelo, fuentes de agua…) y respetando los derechos laborales de los agricultores, evitando la explotación laboral y el uso de mano esclava. La historia demuestra que los pueblos han sido desposeídos, y lo son en la actualidad, de gran parte de la biodiversidad que poseían, perdiéndose una inmensa variedad de semillas y generando un empobrecimiento sistemático de sus tierras de cultivo y recursos hídricos[21]. También las condiciones de trabajo en aquellos países donde la explotación de hombres, mujeres y niños es habitual, limita la posibilidad de obtener unos ingresos que permitan tener una vida digna con las necesidades básicas cubiertas.

La producción local, además, puede puentear y evitar las leyes que dicta el mercado en relación con la importación y exportación de productos agrícolas[22]. Ese tipo de producción agrícola permite también la obtención de alimentos utilizando técnicas respetuosas con el medio ambiente y con los derechos de los campesinos[23] frente al modelo neoliberal imperante en la actualidad. La plantación de árboles para la recuperación de las zonas degradadas, la prohibición de la privatización y la recuperación de los recursos hídricos, la diversidad y rotación de cultivos… son estrategias que ayudarían a frenar la degradación del suelo y mantenerlo en las mejores condiciones.

Es imprescindible continuar con la denuncia de las causas, poniéndolas encima de la mesa. Hay que desenmascarar las mentiras sistemáticas sobre esta realidad, liberar a la población de la dictadura de la mentira. Miguel de Unamuno decía que “no hay peor esclavitud que la de la mentira, hay que libertar la conciencia del pueblo diciendo la verdad“. Un ejemplo que requiere esa denuncia permanente, al que se ha aludido anteriormente solo de pasada, son los mecanismos de la deuda. Los países del Sur han sido esquilmados de sus riquezas humanas y naturales hasta provocarles un empobrecimiento sin precedentes. Se trata de un mecanismo de robo sistemático, organizado y legalizado que resulta inmoral[24], obligando a estos pueblos a dedicar sus recursos a los acreedores en lugar de dedicarlos a la satisfacción de sus necesidades fundamentales.

La asociación y formación de pequeños grupos que se planteen estos temas, el estudio y análisis de la realidad, el desarrollo de una conciencia crítica que nos lleve a implicarnos en la denuncia y la transformación del mundo resulta clave para dar respuesta en la situación actual. No nos quedemos inmovilizados ante la fuerza del imperio. San Juan Pablo II nos advertía, en este mundo imperialista: los pueblos del Sur juzgaran a los pueblos del Norte. “¿Cómo juzgará la Historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población del planeta y que rechaza el hacerlo por una ceguera fratricida?

 Autor: Juan J. Marín

Biólogo, profesor de la Universidad de Sevilla. Militante del MCC.

[1]https://www.fao.org/publications/sofi/2022/es

[2]https://www.unicef.org/es/comunicados-prensa/cada-minuto-nino-sufre-malnutricion-grave-15-paises-afectados-crisis-mundial-hambre

[3] Resulta llamativo, ¿cínico quizás?, el GLOSARIO de términos utilizado por los organismos internacionales de la ONU para referirse a este drama:

  • Inseguridad alimentaria aguda: estado de inseguridad alimentaria, en un área concreta y en un momento determinado, que reviste una gravedad tal que amenaza las vidas humanas o los medios de subsistencia, independientemente de las causas, el contexto o la duración.
  • Hambre: sensación incómoda o de dolor causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria. Privación de alimentos. En este informe, el término “hambre” es sinónimo de subalimentación crónica y se cuantifica mediante la prevalencia de la subalimentación.
  • Malnutrición: estado fisiológico anormal debido a un consumo insuficiente, desequilibrado o excesivo de macronutrientes o micronutrientes. La malnutrición incluye la desnutrición (retraso del crecimiento y emaciación infantiles, y carencias de vitaminas y minerales), así como el sobrepeso y la obesidad.
  • Inseguridad alimentaria moderada: nivel de gravedad de inseguridad alimentaria en el cual las personas afrontan incertidumbres sobre su capacidad para obtener alimentos y se han visto obligadas a reducir, en ocasiones durante el año, la calidad o la cantidad de alimentos que consumen debido a la falta de dinero u otros recursos. Hace referencia a una falta de acceso continuado a los alimentos, lo cual disminuye la calidad de la dieta y altera los hábitos alimentarios normales.
  • Inseguridad alimentaria grave: nivel de gravedad de inseguridad alimentaria en el cual, en algún momento del año, las personas se han quedado sin alimentos, sufren hambre y, en el caso más extremo, pasan uno o más días sin comer. Se mide sobre la base de la escala de experiencia de inseguridad alimentaria.
  • Subalimentación (hambre crónica): condición en la cual el consumo habitual de alimentos de un individuo es insuficiente para proporcionarle la cantidad de energía alimentaria necesaria a fin de llevar una vida normal, activa y sana. La prevalencia de la subalimentación se emplea para medir el hambre (indicador 2.1.1 de los ODS).
  • Emaciación: constituye una forma mortal de malnutrición que enflaquece y debilita a los niños y los expone a un elevado riesgo de morir, así como a problemas de crecimiento, de desarrollo y de aprendizaje. En 2022, más de 45 millones de niños menores de cinco años sufren emaciación.
  • Emaciación severa: delgadez extrema del niño con relación a su altura, debido a debilitamiento del sistema inmunitario. Es la forma de malnutrición más inmediata, más visible y mortal. En 2022, más de 13 millones de niños de menos de 5 años son víctimas de emaciación severa.

[4] Siguiendo con los datos “oficiales”: según UNICEF, 1 de cada 3 niños menores de cinco años no existe oficialmente. https://www.unicef.es/prensa/1-de-cada-3-ninos-menores-de-cinco-anos-no-existe-oficialmente#:~:text=Coincidiendo%20con%20su%2067o,que%20nacen%20en%20el%20mundo.

En cuanto a los datos de mortalidad, ¿conocemos los datos reales de inmigrantes muertos en el mar? https://www.migrationdataportal.org/es/themes/muertes-y-desapariciones-de-migrantes ¿sabemos cuántas personas al muerto de la COVID-19 en todos los países?

[5] https://news.un.org/es/story/2022/05/1509482

[6] https://jjolmos.com/el-hambre-tambien-es-un-negocio/

[7] https://www.fao.org/news/story/es/item/8179/icode/, https://www.fao.org/news/story/es/item/37344/icode/

[8] http://solidaridad.net/el-hambre-esta-en-la-raiz-de-muchos-problemas/

[9] Entrevista a Jean Ziegler, relator de la ONU para la alimentación (2005). “Un niño que muere de hambre muere asesinado” https://elpais.com/diario/2005/05/09/sociedad/1115589607_850215.html. Esta cifra varía según la fuente, el año, la persona que la aporta… ¿cuántas personas mueren realmente, cada día, cada segundo, a causa del hambre?

[10] Enrique Lleves, director de la oficina de la FAO en España (2011) se preguntó “cómo en un planeta con tal producción puede haber gente que pasa hambre”.

[11] https://la-sociale.online/spip.php?article759

[12] Situación del mercado en la que el número de vendedores es muy reducido, controlando y acaparando las ventas de determinados productos como si hubiera monopolio (desde las semillas utilizadas, los fertilizantes, la comercialización y la distribución de esos productos).

[13] Las cuatro son: Archer Daniels Midland, De Bunge, Cargill y Louis Dreyfus, a menudo designadas con las siglas ABCD. A modo de ejemplo, según Oxfam Internacional`, “Cargill es un gigante mundial del agroalimentario y una de las más grandes sociedades privadas del mundo… El 87 % de la propiedad de la empresa pertenece a la undécima familia más rica del mundo. La riqueza acumulada por los miembros de esta familia es de 42.900 millones de dólares, y su fortuna aumentó en 14.400 millones de dólares (un 65%) desde 2020, aumentando a un ritmo de 20 millones por día durante la pandemia… En 2021, la sociedad registró ingresos netos de 5.000 millones de dólares, uno de los beneficios más grandes de su historia”. https://www.oxfamfrance.org/wp-content/uploads/2022/05/Final-Davos-Media-Brief-12.5.22_FR-final.pdf.

[14] https://elpais.com/planeta-futuro/red-de-expertos/2021-09-16/11-personas-se-mueren-de-hambre-al-minuto-mientras-otros-tiran-comida.html?mid=DM81423&bid=728196081#?sma=newsletter_planeta_futuro20210922

[15] Ocho objetivos, con diferentes metas cada uno de ellos, que debían conseguirse en el año 2015. El Objetivo 1 era Erradicar la pobreza extrema y el hambre y, una de sus tres metas, Reducir a la mitad la proporción de personas que sufren hambre. Se creó una corriente mundial de adhesión de transnacionales, gobiernos, asociaciones, medios de comunicación, centros escolares, universidades, bancos, ONGs, colectivos… todo el mundo apoyándolos, pero no pudo ser. Las evaluaciones realizadas demostraron que no se habían alcanzado los objetivos planteados. ¡Qué difícil es todo! ¿verdad? No importa, tenemos voluntad para seguir adelante: se les da una vuelta, reelaboramos lo que sea necesario y planteamos nuevas metas para el futuro. Así, en 2015, se propusieron los ODS.

[16] En septiembre de 2015 se aprobaron 17 objetivos con la pretensión de erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos. De nuevo, cada objetivo tiene sus propias metas que deben alcanzarse para 2030. El Objetivo dos es Hambre Cero y, una de sus metas, poner fin al hambre y asegurar el acceso de todas las personas, en particular los pobres y las personas en situaciones vulnerables, incluidos los lactantes, a una alimentación sana, nutritiva y suficiente durante todo el año. Igual que sucedió con los ODM, se cuenta con el apoyo de gobiernos, empresas, el sector privado, ONGs, centros educativos…

[17] https://elpais.com/diario/1981/06/25/sociedad/362268010_850215.html

[18] https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html

[19] https://www.aciprensa.com/noticias/el-papa-denuncia-que-una-de-las-causas-del-hambre-es-la-falta-de-compasion-67081?utm_source=boletin&utm_medium=email&utm_campaign=noticias_del_dia

[20] ¿Tenemos necesidad de consumir sandía procedente de Senegal en enero o febrero? ¿tiene sentido consumir uvas de Sudáfrica en Nochevieja? ¿y cerezas en diciembre procedentes de Argentina? ¿revisamos la procedencia del azúcar, frutos secos, pimientos rojos, espárragos, uvas pasa, remolacha, soja… que consumimos habitualmente? ¿dónde se producen? ¿a qué precio?

[21] A lo largo de la historia de la humanidad se han utilizado entre 7.000 y 10.000 especies. Hoy cultivamos comercialmente no más de 150, y solo cuatro (trigo, arroz, maíz y patata) están contribuyendo con más del 60% a la alimentación calórica humana. Durante los últimos 50 años, tanto el Banco Mundial (BM) como el Fondo Monetario Internacional (FMI), han promovido en muchos países de la región tropical la reducción de su producción de trigo, arroz o maíz, para reemplazarlos por cultivos más “útiles” en los mercados y la exportación (cacao, café, bananas, cacahuetes, flores, algodón…).

[22] En este sentido, de nuevo el BM y el FMI, recomendaron en esos países la supresión de los silos de grano, que servían para abastecer su mercado interior en caso de insuficiencia de la oferta o de un aumento vertiginoso de los precios. Quedaban así desprotegidos para hacer frente a los imprevistos que pudiesen surgir y expuestos a las tiránicas leyes del mercado. También las políticas a favor de la supresión de los organismos que facilitaban el crédito público a los campesinos, respaldadas durante años, de nuevo por el BM y el FMI, llevaron a los agricultores a caer en manos de préstamos privados que, a intereses de usura, los llevaron a un empobrecimiento y endeudamiento cada vez mayor. Esta situación dramática fue la causa que llevó al suicidio de más de 400.000 campesinos en la India durante los últimos 25 años (https://scroll.in/article/1003219/nearly-400000-farmers-committed-suicide-in-india-between-1995-and-2018-why). Finalmente, también los dos organismos internacionales, cerrando el círculo a favor de las grandes sociedades del agrobusiness, que buscan en la tierra las ganancias que no se obtienen en los mercados tradicionales, y de los países del norte exportadores de cereales (EE.UU, Canadá y Europa), hicieron que los gobiernos del sur tuviesen que abrir sus fronteras a las importaciones de alimentos subvencionados por esos países del norte, provocando la  quiebra y ahondando el empobrecimiento y endeudamiento, cada vez mayor, de miles de productores locales.

[23]  Esta práctica garantiza los derechos colectivos de campesinos, protege la biodiversidad, refuerza los sistemas alimentarios locales, pone en valor el trabajo de la mujer en el campo y se evita la utilización de OMG, pesticidas y abonos químicos.

[24] La inmoralidad deriva del hecho de que, frecuentemente, la deuda fue contraída por regímenes políticos no democráticos que no utilizaron el dinero recibido en el interés de la población. Además, en demasiadas ocasiones, se han organizado desvíos masivos de dinero, con el acuerdo tácito o activo de los Estados del Norte, de los acreedores privados del Norte, del BM y del FMI. Los acreedores provenientes de los países más industrializados prestaron el dinero, con pleno conocimiento de causa, a regímenes con frecuencia corruptos. Por consiguiente, esos acreedores no tienen derecho a exigir a los pueblos el reembolso de esas deudas inmorales e ilegítimas.