El 24 de noviembre de 2012, al menos 117 trabajadores perdieron la vida en un incendio que se produjo en la fábrica textil Tazreen Fashions, a las afueras de Dhaka, en Bangladesh. El elevado número de víctimas mortales se debió a que las salidas estaban bloqueadas y las ventanas enrejadas. Hombres, mujeres y niños trabajaban en esclavitud en auténticas cárceles.
Artículo publicado en la revista Autogestión
Y el 24 de abril de este año se cumplen trece años de la tragedia del Rana Plaza, ocurrida en 2013. Ese miércoles, 3.000 trabajadores entraron en el edificio de ocho plantas situado en Savar, un suburbio también de Dhaka, que albergaba mayoritariamente fábricas textiles. El día anterior, las autoridades de Bangladesh pidieron al propietario, Sohel Rana, que evacuara el edificio por problemas estructurales. Pero los trabajadores, debido a las amenazas para continuar produciendo y a los salarios de pobreza, se vieron obligados a entrar a la fábrica aquel día y, a las 8:57 h del 24 de abril, el edificio se derrumbó en dos minutos, matando al menos a 1.132 personas e hiriendo a más de 2.500. No quedó absolutamente nada. De esta fábrica salían prendas para marcas como Benetton, Prada, Bonmarché, Gucci, Versace y Zara, así como ropa más barata para Walmart.
No fueron accidentes, sino consecuencias previsibles de un sistema que prioriza el beneficio por encima de la vida humana. Trece años después del incendio de Tazreen Fashions y del derrumbe del Rana Plaza, las condiciones laborales del sector textil de Bangladesh continúan siendo inaceptables e inhumanas.
Estas son las fábricas mortales de la globalización del siglo XXI: edificios mal construidos, con escaso mantenimiento, para un proceso de producción orientado hacia largas jornadas laborales, con escaso control y regulaciones, máquinas de tercera categoría y trabajadores, en su mayoría niños, cuyas vidas están sometidas a los imperativos de la producción just in time (justo a tiempo) o de la fast fashion (moda rápida), mientras las marcas ganan grandes fortunas.
La industria textil low cost o fast fashion, liderada también por gigantes como Shein o Temu, se basa en la explotación laboral, la esclavitud infantil y la degradación ambiental.
La industria textil low cost o fast fashion, liderada también por gigantes como Shein o Temu, se basa en la explotación laboral, la esclavitud infantil y la degradación ambiental. Un simple clic en estas páginas tiene un alto coste humano oculto. Una explotación extrema que afecta a millones de trabajadores en fábricas deslocalizadas, donde las grandes empresas recurren a la subcontratación masiva, la opacidad en la cadena de suministro y la falta de regulación internacional.
Cientos de miles de niñas y niños producen la ropa barata que el mundo rico adquiere a precios irrisorios, soportando brutales abusos laborales y sexuales. Son el último eslabón de una glamurosa industria que oculta un sistema de esclavitud moderna entre los más vulnerables de la sociedad.
Marina Ponce, educadora y miembro del Consejo de Redacción de la revista Autogestión
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