Inteligencia artificial: Ponerla en su sitio

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Aseguraba David F. Noble, un famoso historiador y crítico estadounidense, que la ciencia y tecnología en nuestra época, se han convertido en una especie de religión donde a fuerza de fábulas, leyendas, mitos y, sobre todo mentiras, se pretendía fundar toda posible discusión sobre sus alcances, principios, fines, efectos y supuestos beneficios que traería para todos.

Pero esto no debe ser así. Porque en primer lugar la realidad es que la inteligencia Artificial (IA) es una herramienta tecnológica no una ciencia, aunque su creciente influencia está siendo palanca definitiva en el cambio de época.

Se trata pues de una opción tecnológica a escala global, como ocurrió con la energía nuclear, las biotecnologías en la agricultura, o las actuales Tecnologías de la Comunicación e Información (TCI), siendo todas ellas capitaneadas por parte de las grandes empresas tecnológicas y estados, interesados en su explotación política, económica y militar. Una visión materialista, de lucro y de poder orienta estos desarrollos que desafían nuestra libertad y la dignidad de la vida humana.

La carnalidad (cuerpo), la solidaridad, la fraternidad, la visión trascendente de la vida, y el propio error, acrecientan la belleza de las creaciones humanas por pequeñas que sean. La inteligencia habita y se recrea en un solo lugar: el ser humano. Por eso no se puede minusvalorar lo humano bajo la tiranía de este mito.

Ante este desafío en el marco de las nuevas filosofías transhumanistas deberíamos orientar nuestros esfuerzos en dos cuestiones básicas.

En primer lugar, reclamar lo humano como hecho fundamental. Esta propuesta tiene consecuencias políticas, sociales, culturales y laborales de primera magnitud en orden a respetar la dignidad de lo que somos y a reconstruir los vínculos rotos. Esto solo se puede llevar a cabo desde un combate cultural desde abajo, que coloque en la esfera de la moral y de la ética, unos principios expulsados de nuestras sociedades. Por ejemplo, invertir la pirámide que intenta poner a los animales y las máquinas (IA, robótica…) por encima o a la altura del mismo ser humano. Tenemos que dejar claro en nuestras intervenciones y propuestas que la Inteligencia es una facultad fundamentalmente humana. La inteligencia humana no puede ser igualada porque contiene sellos infranqueables por un algoritmo que habita en la física inorgánica del semiconductor. La inteligencia humana no se puede racionalizar en modelos lógicos, abstractos o heurísticos.

Y en segundo lugar, poner freno a los abusos permanentes sobre las personas, mediante la denuncia de las estructuras que sostienen y manejan en su único provecho, estas palancas tecnológicas que pivotan esta gran transformación. Hemos de evitar los engaños del zorro en el gallinero de aquellos que plantean disidencias, simulando ser alternativa cuando son quienes potencian estas tendencias. En la mayoría de las ocasiones las grandes compañías se envuelven en una bandera de “buenas prácticas” como operación de marketing hacia el exterior. Como siempre, bajo especie de bien de las posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías en el día a día, aceptamos como principio, que todo lo posible debe de explorarse (investigación, desarrollo) y ejecutarse (aplicación). Craso error.

La introducción de la inteligencia artificial en nuestras vidas, revestida en el traje neoliberal es un engaño en toda regla. Hoy se usan estos sistemas para sensorizar y esclavizar al trabajador. También como consumidores y activistas de las redes, nos hacen creer que decidimos con autonomía en todas los aspectos de la vida, que nos podemos autoconstruir personal y ambientalmente. Mientras esto sucede se van alterando los derechos básicos y fundamentales, encauzando opiniones y sentimientos, en un magma de un individualismo galopante desvinculado de los otros.

La política ha de tomar el mando del desarrollo y la orientación de la IA, pero las directivas no las deben marcar los lobbies de turno ni tampoco las autocracias que someten a millones de personas bajo el sello del neocapitalismo. Afirmamos y defendemos que la ciencia y la técnica deben estar al servicio del ser humano y no al revés.

Editorial revista Autogestión