La Argentina gime y espera…

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Basta escuchar o leer las Noticias de cada día para diagnosticar que Argentina está enferma, muy enferma. Está enferma en todos los niveles de la sociedad: en relación familiar comenzando por esposos; en relaciones sociales y políticas; en relaciones sindicales y empresariales y hasta en relaciones religiosas.

Muchas voces se levantan para dar solución al “mal argentino” que corre el riesgo de degenerar en un mal endeble o crónicas que lleve a una Argentina sin solución… Una Argentina sin futuro y que tome el camino de la desaparición como tantos poderosos imperios o naciones que se las recuerda por hazañas pasadas. 

No es el caso argentino. Somos muchos que pensamos que la Argentina tiene muchas y diversas riquezas que mancomunadas hacia el bien de todos desde una radicalidad en honestidad, la Argentina no solo se va a recuperar sino va a volver y con mayores posibilidades a ocupar un puesto de vanguardia en solidaridad interna y mundial para colaborar por un mundo más humano cuyo progreso sea un beneficio sin fronteras… 

La Argentina es potencialmente rica y sin embargo hay gente sin techo, sin un plato de comida, sin trabajo. Gente desesperada porque no logra un mínimo de atención de su propia salud y la de sus hijos…Una niñez y juventud que crece débil y sin esperanza y por eso mismo sin alegría…, caldo de cultivo de la violencia y la droga que degenera y mata… Apenas unos pocos rasgos de una sociedad enferma y decadente. Triste panorama de una Nación sin sentido de fraternidad social y de una dirigencia política incapaz de unirse para desterrar estructuras políticas con maquillajes pseudo democráticas. Es hora de entrar de lleno en una Democracia real con sus características propias de justicia equitativa con una sola preferencia, la de la atención a los más desvalidos. 

No niego que en la Argentina insolidaria se hayan encendido con el fuego del amor solidario corazones de hombres y mujeres que entregan sus bienes…, su bienestar…y hasta su fama… Precisamente para que el esfuerzo de pocos sea de la Comunidad Nacional y traiga una solución de fondo y nos logremos como Nación solidaria y justa con la Soberanía no de la fuerza sino del reconocimiento de la absoluta dignidad de cada ser humano, con una igualdad de posibilidades como se goza en una familia, necesitamos dar al Dios de Jesucristo el lugar que le corresponde. Claro que me dirijo a hombres y mujeres de fe en Jesucristo y su Evangelio. A mis hermanos y hermanas bautizados, habitantes de esta bendita tierra argentina les digo que escuchemos el clamor de la Fe Cristiana en S.Pablo que en carta a cristianos de la Roma pagana, que en circunstancias de una sociedad decadente los induce a levantar el ánimo, a dejarse invadir por el Espíritu del Resucitado y a “ponerse” a liberar de la corrupción a la sociedad a la que se pertenece. No con aire de superioridad sino de servicio solidario. Urge que impregnemos con la Fuerza de Dios las estructuras de la Iglesia y la Sociedad. Esta es la misión de ser cristiano. No para enorgullecernos sino para ponernos a servir haciendo lo bueno viviendo el amor a Dios, amando aún a quienes nos quieran mal. En el corazón de los bautizados no hay lugar para la enemistad porque somos bautizados para entrar en el Reino de la hermandad universal en amor real a los demás. Sin ambigüedades o exclusiones. Esto es uno de signos de que estamos entrando en el Reino anunciado por Jesús. Para recuperar una auténtica y real grandeza argentina no bastan “buenas” voluntades y menos buenas intenciones… La Argentina de hoy gime por la corrupción de no pocos y clama esperanzada en gente que impregnen con los valores del Evangelio de Jesús las estructuras de la sociedad desde una Iglesia renovada Una Iglesia servidora que, como plataforma proyecte valores del Reino de Dios colaborando con gente de buena voluntad en todos los sectores de la sociedad. Es la hora, principalmente, de los laicos que sacudan la indiferencia y se conviertan en protagonistas del Reino de Dios, levadura del Evangelio en el corazón del Mundo. 

Mons. Miguel Esteban Hesayne, Obispo emérito de Viedma, 7 de julio de 2013