La violencia marca a mi pueblo (Desde Venezuela)

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Estaba sentada en mi escritorio trabajando, cuando de repente alguien tocó la puerta. No me molesté en levantarme para ver quién era porque pensé que estaba la secretaria. Sin embargo, seguían tocando con mayor insistencia y pensé que lo mejor era ver quién era porque de lo contrario tampoco iba a poder concentrarme en lo que estaba haciendo. Al asomarme vi a una representante que me resultó conocida, pero realmente no supe de quién era la madre.

Me dijo con cara de angustia y agarrándose fuerte las manos: disculpe, Directora. Quisiera conversar con usted. Inmediatamente pensé que se trataba de un cupo porque a cada momento llegan personas que no se enteraron de las reuniones realizadas para dichas plazas y suben a Dirección a buscar información. Estaba a punto de preguntarle el motivo pero me contuve y le dije que pasara.

Mi sorpresa fue grande cuando me dijo que estaba muy asustada porque el CICPC (Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas)  había matado a un muchacho unas horas antes en un barrio cercano. Creí que se trataba del miedo que ocasiona el asesinato de alguien en nuestros sectores, pero la señora con lágrimas en los ojos y muy nerviosa continuó;

“Directora, estoy muy asustada por mi hermana, mi sobrina y mi familia. La muchacha que asesinaron era la nuera de mi hermana. Cuando esto ocurrió todos estábamos presentes. Todos vimos quién lo hizo pero ninguno de nosotros lo delatamos porque resulta peligroso”. Aquella mujer llena de pánico no dejaba de llorar, continúo con su relato:

“La policía se  encargó de averiguar de casa en casa y dieron con los responsables y a uno de ellos lo acaban de matar. El miedo que me da es que esas personas piensen que fuimos nosotros los que dimos sus nombres y direcciones y quieran venir a vengarse”

Procedí a hacerle una pregunta que dudaba en hacerla porque podía resultar indiscreta y que al final le hice: Señora, ¿Ustedes conocían a los delincuentes? La respuesta me dejó atónita. Me dijo:

Todos los conocemos. Ellos la llamaron y ella fue confiada porque los conocía, fingieron un robo de carro y le propiciaron varios disparos delante de todos nosotros. No les importó nada”.

Yo me quedé muda, realmente no sabía qué decir, sólo me pasaba las manos por la cara para disimular mi asombro, lo desconcertada que estaba. A los pocos segundos reaccioné y le dije que tuviera fe en Dios, que no le iba a pasar nada.

Ella temía por su hija que estudia segundo año de liceo porque se viene caminando sola de su casa al colegio y según ella los muchachos asesinos los tienen identificados. La señora en medio de su angustia me preguntó que si sabía de qué joven asesinada me hablaba y que si había visto el periódico, que lo que decía la prensa no era del todo cierto.

Yo le dije que no porque estaba enferma, de reposo y que no sabía. Inmediatamente me acordé que mi hermano había comentado en casa que habían asesinado a una muchacha en Brisas del Paraíso y que sus asesinos le habían colocado en un papel el motivo por el cual la mataron. La nota decía: “eso te pasó por sapa”.

Sentí pánico porque eso jamás había pasado en estos barrios, no me refiero a los asesinatos, porque ocurren a diario, sino en escribir en un papel y dejar en pleno funeral la causa del crimen.

Esa familia quedó marcada para siempre. El esposo de la mujer asesinada tuvo que huir y su mamá y hermanita deben hacerlo también. Deben dejar su hogar en estos momentos de crisis humanitaria que vive Venezuela porque están en peligro.

Los jóvenes que la asesinaron pertenecen a una banda organizada de las más peligrosas de uno de los sectores y matan sin piedad. Intenté desde mi desconcierto, darle ánimos a la señora. Ella lloró mucho y me planteó la posibilidad de retirar a su sobrina de 10 años porque era cuñada de la víctima y debían abandonar la casa lo antes posible. Sin embargo, no querían que reprobara el año escolar porque a mediados de julio culmina el último lapso.

La señora me repetía muchas veces: “Nosotros no fuimos quienes delatamos a esos muchachos, pero ellos van a creer que fuimos nosotros porque la camioneta de mi esposo estaba allí cuando ocurrió todo. Nosotros no tenemos nada que ver con ese problema y no queremos irnos y dejar nuestra casa”.

Intenté tranquilizarla, diciéndole que Dios y la Virgen estaban con ellos.

Le pregunté: ¿La joven no tenía hijos, verdad? Nuevamente la respuesta a mi pregunta me dejó inmóvil. “tiene 3 y esas criaturas vieron todo, profesora. Ellos vieron cómo asesinaron a su madre y la más pequeña estaba muy afectada, pero mi sobrino huyó con ellos, le llevó los niños a la familia materna porque él los estaba criando, pero no eran sus hijos”.

Esto me causó una profunda tristeza y no aguantaba las ganas de llorar. Entendí que debía dar fortaleza a la señora y le dije que oraría por ella y su familia. Le di mi número telefónico para que me avisara lo que ella y su familia decidieran con respecto al retiro de la niña.

La señora se fue muy asustada y yo me quedé pensando en los niños que vieron el asesinato de su madre.

Y me pregunto: ¿quiénes son los responsables de que en los barrios más pobres hayan bandas organizadas que mandan más que las autoridades? ¿De dónde nuestros jóvenes sacan las armas de fuego? ¿Quiénes se las proporciona? ¿Por qué en las casas es más fácil conseguir un arma de fuego que alimento.

Realmente, los asesinos también son víctimas. Víctimas de un sistema asesino que les ha matado desde niños su inocencia y pretende quitarle la dignidad que tienen por ser hijos de Dios. Debemos luchar contra la violencia y la impunidad que arrastra consigo a los más débiles, a los preferidos del Señor.

Por Elimar Portuguez