Llamados a remar juntos. Dejemos que reavive la esperanza

852

Un microscópico organismo tiene en jaque a todo el planeta, a sus sabios y científicos. Seamos más modestos. No subestimemos la fuerza y el poder de lo pequeño, tanto en lo negativo como en lo positivo. Esta crisis sanitaria mundial ha dejado en evidencia nuestra fragilidad, volviendo nuestros ojos y nuestra mirada a Dios encarnado en Jesucristo.

Toda crisis produce pérdidas. En ese caso pérdidas humanas y económicas fundamentalmente. Pero también toda crisis es una oportunidad. Una oportunidad para encontrarnos con nosotros mismos, en lo que realmente somos. Una oportunidad para descubrir quién es el sostén de Universo. Una oportunidad para sacar lo mejor de nosotros mismos: la fraternidad, el dejar de lado lo que nos divide y separa para luchar juntos, la solidaridad, la plegaria unánime al Dios de la vida.

Las situaciones límite como la que estamos viviendo sacan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Estas semanas hemos visto muchos hechos de egoísmo e insolidaridad: las personas que dejaban desabastecidos los supermercados, los que se trasladan de residencia o se van de vacaciones, los que huyen pensando solamente en sí mismos y en su seguridad, los que se quedan en casa por miedo, no por solidaridad, pudiendo prestar un servicio necesario para salvar la vida de los demás.

Pero han sido muchísimos más, o por lo menos serán los que realmente pasarán a la historia de la humanidad, los hechos de solidaridad, personales e institucionales, de aquellos que han arriesgado y siguen arriesgando sus vidas sirviendo a los demás, especialmente a los más débiles y vulnerables. San Juan Pablo II ya nos dijo en la Sollicitudo Rei Socialis que “la solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.”

Así, hemos visto estos días al colectivo de taxistas de Madrid rechazando 132.000 euros en ayudas al combustible y limpieza para que se destinen a la Sanidad. Ellos siguen transportando de forma gratuita a los sanitarios para que puedan atender a los enfermos en sus propias casas.

La Iglesia y muchos de sus miembros siguen poniendo en práctica, con más fuerza que nunca, lo que tanto nos pide el Papa Francisco: ser Iglesia en salida. En esta actitud entregó su vida hace unos días al P. Giuseppe Berardelli, sacerdote de Bérgamo. Falleció tras ceder su respirador, comprado por su comunidad parroquial para él, a un chico más joven que ni siquiera conocía.

¿Qué decir de las comunidades de religiosas de clausura que han dejado sus trabajos habituales para hacer mascarillas? ¿O de los voluntarios que se juegan el tipo socorriendo a personas sin hogar, repartiendo comidas y medicinas a los que no tienen nada?

En estos días han fallecido sanitarios, sacerdotes, religiosas, agentes de seguridad y muchas personas se han contagiado porque estaban al servicio de los enfermos. Especialmente me conmueven aquellos médicos jubilados que se han presentado voluntariamente en las urgencias de los hospitales poniéndose de nuevo su bata blanca y que han fallecido contagiados por el coronavirus. Su testimonio heroico es de enorme agradecimiento para todos. Todos ellos son los santos de la puerta de al lado, como le gusta decir a nuestro Papa Francisco. Personas que no se dejan llevar por la emotividad del momento. El que da la vida de forma heroica en un momento así, es porque primero la ha dado día a día, gota a gota, en las pequeñas y cotidianas decisiones ordinarias, de forma callada y escondida la inmensa mayoría de las veces.

A la pandemia del virus hemos respondido millones de personas en todo el mundo con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura, permaneciendo unidos más allá de nuestras legítimas diferencias. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

Venceremos porque le esperanza cristiana no es optimismo, una especie de estado de ánimo positivo. Nuestra esperanza es Jesucristo en persona, su fuerza de liberar y de hacer nueva cada vida. Nuestra esperanza es Cristo resucitado. Ha vencido el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, el mal, la injusticia. El es nuestra esperanza.

Estamos llamados a llenar de esperanza el momento de la muerte, acoger y sostener a su familia y seres queridos e iluminar la tarea de los profesionales de la salud. El Señor ha venido para que tengamos vida en abundancia (Jn 10, 10) y en Él hemos sido llamados a ser sembradores de esperanza, misioneros del Evangelio de la vida y promotores de la cultura de la vida y de la civilización del amor. ¡No tengamos miedo! Pongamos toda nuestra creatividad, nuestra vocación, nuestros dones al servicio del bien común.

J.G