Los muros de la vergüenza contra los inmigrantes

1233

El muro de la vergüenza español es una doble valla de seis metros de altura, que recorre los nueve kilómetros de perímetro fronterizo que divide Marruecos de Melilla.

Nuestros grandes medios de comunicación nos refieren alarmados hechos de «asaltos masivos a la valla de Melilla» o «presión extrema» en la valla, e incluso «una invasión en toda regla». Sin embargo, lo que hay detrás de esta «amenaza» son grupos de inmigrantes subsaharianos desarmados, descalzos y con la esperanza de buscar un trabajo y encontrar una vida mejor.

Ciudadanos africanos y asiáticos, que se hacinan bloqueados en Marruecos esperando una oportunidad para entrar a España o bien saltando la valla de Melilla o si pueden pagar el precio de la patera, por las aguas del Mediterráneo y del Atlántico, e incluso a nado. Pueden llegar a pasar hasta varios años esperando… mientras tanto, permanecen en los bosques escondidos: no pueden avanzar, tampoco pueden volver a sus casas; en Marruecos no pueden trabajar, no reciben atención médica… Confían en poder hacer algún trabajo que los europeos no quieran. Otros, quisieran volver a sus casas, pero no tienen dinero para hacer el camino de vuelta, ni forma de conseguirlo. Y todos, con historias terroríficas a sus espaldas.

Han sido expulsados de sus propios países por los mecanismos perversos de empobrecimiento que los países enriquecidos y las empresas transnacionales les hemos impuesto con las consecuencias de hambre, guerras, dictaduras, saqueo de las tierras cultivables y de sus materias primas, elites corruptas, mecanismos financieros impuestos… Y ahora no les dejamos entrar a nuestros países. Cruzar la valla es cuestión de vida o muerte. Tras meses de persecución y arrinconados por el ejército y la policía marroquíes cerca de la valla, son «materialmente empujados» al salto.

Desde España y desde Europa llevamos siglos robando y empobreciendo a estos países, nuestro deber primero es dejarles de robar y en segundo lugar, devolverles lo robado. Lo que hay que devolver a los países empobrecidos no es a sus ciudadanos expulsados, sino su FUTURO, y mientras saldamos esta deuda histórica y actual con ellos, nuestro deber es ACOGERLES, y tratarles como las personas que son, no como delincuentes y como mercancías. Hablar de «invasión», de «amenaza», «de asaltos masivos»… es lenguaje criminal, falso y mentiroso