Los que van a morir

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Entrenan 10 horas diarias, duermen bajo el ring, los hay que apenas pesan 30 kilos. Con sólo ocho años, miles de niños tailandeses se enrolan en las peleas ilegales. Apenas unos pocos logran huir de la miseria. El resto acaba con lesiones irreversibles.

El ring lo es todo para los boxeadores del campamento Sangmorakot de Bangkok. Durante el día entrenan, comen y descansan sobre la lona. Al caer la noche, agotados y casi siempre magullados, duermen bajo ella. El hueco entre el destartalado cuadrilátero y el suelo ha sido dividido en diminutos cuchitriles donde los púgiles, algunos de sólo ocho años, se hacinan entre latas vacías y ropa sucia. Una vieja báscula oxidada, el retrato de un monje, algunos sacos de boxeo agrietados y un ventilador completan este gimnasio ambulante instalado en el patio trasero de un templo budista de la capital tailandesa. El mensaje pintado sobre el espejo donde los boxeadores practican sus golpes recuerda las tres reglas que rigen este lugar: «Trabaja duro. Cuando te sientas agotado, sigue trabajando duro. Si crees que ya no puedes más, continúa».

Pranuch, alias el rey, ha sido el primero en levantarse para el entrenamiento de las cinco de la mañana. Tiene 12 años, pesa 30 kilogramos y ha combatido en cinco peleas ilegales en el último año. «Cuatro victorias y una derrota. Mi entrenador no está contento, dice que soy perezoso y que así no llegaré nunca a nada», explica mientras golpea sin descanso un saco lleno de remiendos.

El rey todavía se resiente de esa única derrota que le dejó una brecha en la cabeza, las piernas y la cara amoratadas y la dvertencia de que otro fracaso sería su billete de regreso a la aldea del noreste de Tailandia de donde vino. Entrenados hasta la extenuación, los pequeños gladiadores de Tailandia tienen las oportunidades contadas. Las mafias de apuestas ilegales los enfrentan en combates donde apenas hay reglas y los niños boxeadores pueden quedar lisiados para siempre. Los organizadores buscan ganar el máximo dinero forzando a los más pequeños a medirse con chavales dos o tres años mayores. Una victoria del boxeador en aparente desventaja triplica automáticamente el valor de las apuestas. Los perdedores, por el contrario, no dan dinero y son abandonados en el camino.«Esa ha sido la ley de este deporte siempre y ellos lo saben», dice Saphapet, el entrenador de Pranuch.

El Muay Thai se ha convertido hoy en la más violenta de las artes marciales que se practica en el mundo. Aparte de los puños, los púgiles pueden golpear al contrario con los codos, las rodillas y los pies.

El señor Niew, patrón del campamento Sangmorakot, admite que la mayoría de sus muchachos no tuvieron elección y fueron enviados aquí por sus familias para que sus hermanos pudieran ir al colegio o para que sus padres dejaran de pasar hambre. «Los traen porque saben que nosotros les damos una oportunidad. Si no, estarían en el campo trabajando en los arrozales o cargando ladrillos por una miseria de dinero», asegura Niew.

Los niños reciben comida, entrenamiento y alojamiento a cambio de dejar sus carreras en manos de los dueños del campamento, que se llevan un 50% de las ganancias y en teoría deben ceder el resto a las familias de los púgiles. Los entrenamientos se alargan de ocho a diez horas diarias, siete días a la semana, 365 días al año, siempre bajo el asfixiante calor tropical del sureste asiático.

Aquellos que no aguantan la presión son expulsados y sustituidos por nuevos boxeadores. Los dueños de los gimnasios de Bangkok calculan en 20.000 el número de menores que cada año ingresan en las guarderías del ring repartidas por todo el país. De todos ellos, sólo uno de cada 1.000 logrará pelear alguna vez en los grandes estadios de Bangkok, donde el dinero es abundante y la fama aguarda a los mejores. «Si logras convertir a un niño pequeño y delgaducho en un arma letal», explica el entrenador Saphapet, «entonces el dueño del gimnasio ha hecho un gran negocio».

Pheerapoon ha hecho ganar mucho dinero al suyo. Con tan sólo 11 años y escasos 25 kilogramos, ha participado en 23 combates y ganado 16. Hace tres meses su oponente le rompió dos costillas. En una pelea anterior se fracturó el peroné. Él asegura haber hecho más daño a sus oponentes. El diminuto boxeador, que apenas supera la altura de las cuerdas del ring, recibe cerca de 6 euros por victoria, propinas aparte.

Pheerapoon hace más de 500 abdominales diarias, cientos de flexiones, corre varios kilómetros, pelea con boxeadores que le doblan el peso y golpea el saco durante horas. Su cuerpo, aunque por tamaño podría ser el de un niño dos o tres años menor, tiene los músculos marcados por el ejercicio constante. Su estómago puede soportar patadas, puñetazos y rodillazos sin apenas inmutarse. «Cuando salto al ring, el oponente se cree que podrá conmigo porque soy más pequeño, pero casi siempre gano porque soy más rápido», dice Pheerapoon repitiendo lo que ha oído decir tantas veces a su entrenador.

Cuando termina el último asalto, el juez anuncia el ganador levantando el brazo de Thi, el más pequeño de los boxeadores. Los dos tienen el rostro hinchado; las piernas, amoratadas. El público intercambia el dinero de las apuestas en las gradas. Una vez sentado en su rincón, el vencedor abre la boca y alguien introduce varios billetes entre sus dientes. Es la propina. «Se irá a la cama dolorido pero contento, esta es su gran noche», dice su entrenador. Thi se ha ganado la oportunidad de una nueva pelea, probablemente el próximo mes.

Los médicos están cansados de ver llegar a urgencias a niños con daños cerebrales e insisten en que, incluso los que no sufren lesiones visibles, terminan con graves mermas en su desarrollo. Niños como el rey Pranuch tienen problemas para expresarse después de haber estado recibiendo golpes en la cabeza desde los seis años. Una vez adultos, la mayoría siguen teniendo el desarrollo mental de un niño. Los que no llegan a profesionales, ya sea porque no eran suficientemente buenos o porque sufrieron lesiones irreversibles, suelen terminar uniéndose a bandas o trabajando de matones.

Inma Muro

Quienes defienden estas prácticas lo rebaten diciendo que los pequeños aprenden valores y disciplina que los apartan de peligros como las drogas o el vandalismo. Pero enseñarles estas cuestiones no justifica que promotores sin escrúpulos exploten a los niños a cambio de unos pocos euros para sus familias y rentables beneficios para ellos. Tampoco exime a esos turistas ávidos de experiencias que se escandalizan tibiamente sin importarles realmente qué hay sobre el cuadrilátero. Habrá quien solo quiera ver un espectáculo, probablemente para ellos sea más tranquilizador.

Autor: David Jiménez ( * Extracto)