Los sin tierra de Asia

1961

La dura realidad de los Rohingya que viven en condiciones inhumanas en países del entorno: Birmania, India o Bangladés.

Hace ocho años, Deelara viajó en tren desde Birmania a Bangladés, luego tomó un autobús desde la frontera de Bengala a Jammu y Cachemira, el estado más al norte India.

“No pudimos quedarnos ahí, porque eran crueles con nuestros jóvenes…No teníamos comida”. Dijo Deelara, de 15 años.

Ella es una de muchos de la minoría étnica Rohingya que tuvo que escaparse a Birmania. Los rohingyas tienen un vínculo religioso y lingüístico con el grupo étnico Chittagong en Bangladés y se los llama Bengalíes en Birmania.

Sin embargo, vivir en India tampoco es fácil para ella.

En Myanmar (Birmania), a los rohingya les dicen: “Bengalíes, ¡vuelvan a su país!”, y en Bangladés, les dicen: “Birmanos, ¡vuelvan a su país!”, cuenta Chris Lewa, del Foro Asiático para los Derechos Humanos y el Desarrollo (en inglés, Asian Forum for Human Rights and Development).

“Su dilema se puede resumir con tres preguntas que a menudo se preguntan los refugiados rohingyas en Bangladés: ¿Quién soy?, ¿a dónde debería ir?, ¿qué debería hacer?” En una declaración al Grupo de Trabajo para Minorías de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Lewa describe la falta de derechos de los rohingyas. “El gobierno identificó ‘135 etnias nacionales’ y los rohingyas no figuran entre ellas. Su actual condición legal equivale, en derecho internacional, a la de apátrida de facto.” Dijo Lewa.

Según Lewa, dicha política fomentó tensiones intercomunales y provocó dos éxodos masivos de 250.000 rohingyas desde Birmania a Bangladés en 1978 y en 1991-92.
De esos 250.000, solo 20.000 están documentados y viven en condiciones abominables en campos de refugiados en Bangladés y, alrededor de 200.000 sobreviven en India, Malasia, Paquistán y Arabia Saudita de forma ilegal.

Las organizaciones que trabajan con los rohingyas dijeron que es importante introducir reformas constitucionales para poner fin al éxodo y a la persecución de los rohingyas.

Condiciones abominables en India y Bangladés

Deelara vive junto a otras 7 familias en un terreno baldío en la zona de Narwal en Jammu. Sus hogares son estructuras construidas a partir de tablas de maderas, tejidos viejos y sucios, y toldos. Hay dos sillas de plástico en una esquina y, en la otra, una enorme bolsa de yute con trapos. Afuera, en la calle, una mujer musulmana rohingya, que lleva un chal sucio sobre la cabeza, lava la ropa junto a una tubería rota de agua.

De acuerdo con Shuchita Mehta, una oficial de información pública del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Nueva Deli, hay 4.000 refugiados rohingya y otros 2.000 rohingyas que piden asilo en India. “Viven en diferentes puntos de India, incluyendo Andhra Pradesh, Deli, Jammu, Haryana, Rajastán y Uttar Pradesh”, comentó Mehta.

Es probable que alrededor de 3.700 refugiados y rohingyas que piden asilo en Jammu y que están registrados en el ACNUR vivan en condiciones mucho mejores de aquellos que viven en Bangladés y Birmania. Según Relief International (organización humanitaria sin fines de lucro), los rohingyas que viven en campos oficiales de refugiados en Bangladés no tienen permiso alguno para trabajar o para abandonar el campo.

Deelara dijo: “Al menos aquí nos ofrecieron sillas para sentarnos. Pero, en Birmania, ni siquiera nos ofrecían eso”.

Deelara contrajo matrimonio en India hace 3 años, derecho por el que podría haber enfrentado muchas restricciones en Birmania. Sin embargo, eso además significó casarse a los escasos 12 años de edad. Su marido trabaja como obrero a 576 kilómetros de distancia de Deli y la visita una vez por mes.

“Los rohingyas se encuentran a sí mismos en un entorno urbano desconocido con una educación limitada, y, en general, trabajan como jornaleros, por una escasa paga diaria que probablemente no cubra sus necesidades básicas”, dijo Mehta.

Las mujeres y niñas Rohingya son, en especial, vulnerables a la explotación y al abuso.

“Nos ganamos la vida recogiendo harapos. Algunos días ganamos entre 50 o 100 rupias (1,50 euros); otras veces, solo 20”, contó Naseema, vecina de Deelara.

Fuera del asentamiento, en el camino, una anciana rohingya extiende la mano pidiendo dinero, mientras que Deelara se para y esquiva la mirada.

Al vivir en India, Deelara no está al tanto de cómo oscila la situación política en Birmania. Ni siquiera sabe que Aung San Suu Kyi ya no está bajo arresto domiciliario y piensa que, si le permiten trabajar, Suu Kyi traerá a todos los Rohingyas de regreso a Birmania. No obstante, eso requeriría de la formación de instituciones democráticas sólidas, un proceso a largo plazo.