Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud 2004

1538

Mensaje que Juan Pablo II ha enviado a los Jóvenes del Mundo con motivo de la XIX Jornada Mundial de la Juventud que se celebra el 4 de abril de 2004, domingo de Ramos, a nivel diocesano con el tema «Queremos ver a Jesús».

Salid al paso de todos los sufrimientos humanos con el empuje de vuestra generosidad y con el amor que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40). ¡El mundo tiene necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna! No es suficiente, de hecho, «hablar» de Jesús; en cierto sentido hay que hacérselo «ver» con el testimonio elocuente de la propia vida (Cf. «Novo millennio ineunte», 16). .«Queremos ver a Jesús»


CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 1 marzo 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el Mensaje que Juan Pablo II ha enviado a los Jóvenes del Mundo con motivo de la XIX Jornada Mundial de la Juventud que se celebra el 4 de abril de 2004, domingo de Ramos, a nivel diocesano con el tema «Queremos ver a Jesús» (Juan 12, 21)

¡Queridos jóvenes!

1. El año 2004 constituye la última etapa antes de la gran cita de Colonia, donde en el año 2005 se celebrará la XX Jornada Mundial de la Juventud. Os invito, por tanto, a intensificar vuestro camino de preparación espiritual, meditando en el tema que he escogido para esta XIX Jornada Mundial «Queremos ver a Jesús» (Juan 12, 21).

Es la pregunta que unos «griegos» hicieron un día a los apóstoles. Querían saber quién era Jesús. No se trataba simplemente de saber cómo era el hombre Jesús. Movidos por una gran curiosidad y por el presentimiento de que encontrarían respuesta a sus preguntas fundamentales, querían saber quién era verdaderamente y de dónde venía.

2. Queridos jóvenes, os invito también a vosotros a imitar a esos «griegos» que se dirigieron a Felipe, movidos por el deseo de «ver a Jesús». Que vuestra búsqueda no esté motivada sólo por la curiosidad intelectual, que ya de por sí es un valor, sino que esté alentada sobre todo por la íntima exigencia de encontrar la respuesta a la pregunta por el sentido de vuestra vida. Al igual que el joven rico del Evangelio, buscad también vosotros a Jesús para plantearle la pregunta: «¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (Marcos 10, 17).

El evangelista Marcos aclara que Jesús fijó en él su mirada y le amó. Recordad también otro pasaje, en el que Jesús le dice a Natanael: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi», sacando del corazón de aquel israelita en el que no había engaño (Cf. Juan 1, 47) una bella profesión de fe: «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Juan 1, 49). Quien se acerca a Jesús con un corazón libre de prejuicios puede llegar más fácilmente a la fe, pues ha sido Jesús mismo quien le ha visto y amado antes. El aspecto más sublime de la dignidad del hombre está precisamente en su vocación de comunicarse con Dios en este profundo intercambio de miradas que transforma la vida. ¡Para ver a Jesús, es necesario ante todo dejarse guiar por él!

El deseo de ver a Dios se encuentra en el corazón de todo hombre y de toda mujer. Queridos jóvenes, dejaos mirar a los ojos por Jesús para que crezca en vosotros el deseo de ver la Luz, de experimentar el esplendor de la Verdad. Ya sea que seamos o conscientes o no, Dios nos ha creado porque nos ama para que por nuestra parte le amemos. Este es el motivo de la inapagable nostalgia de Dios que el ser humano lleva en el corazón: «Tu rostro busco, Señor, no me escondas tu rostro» (Salmo 27, 8). Este rostro, como sabemos, Dios nos lo ha revelado en Jesucristo.

3. ¿Queréis también vosotros, queridos jóvenes, contemplar la belleza de este rostro? Esta es la pregunta que os dirijo en esta Jornada Mundial de la Juventud del año 2004. No respondáis demasiado de prisa. Ante todo haced silencio en vuestro interior. Dejad que emerja desde lo profundo del corazón ese ardiente deseo de ver a Dios, deseo en ocasiones sofocado por los ruidos del mundo y por las seducciones de los placeres. Dejad que emerja ese deseo y haréis la maravillosa experiencia del encuentro con Jesús. El cristianismo no es simplemente una doctrina; es un encuentro en la fe con Dios, presente en nuestra historia con la encarnación de Jesús.

Tratad con todos los medios de que este encuentro sea posible, dirigiendo la mirada hacia Jesús que os busca apasionadamente. Buscadle con los ojos de la carne en los acontecimientos de la vida y en el rostro de los demás; pero buscadle también con los ojos del alma a través de la oración y de la meditación de la Palabra de Dios pues «la contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura» («Novo millennio ineunte», 17).

4. Ver a Jesús, contemplar su rostro, es un deseo inapagable, pero es también un deseo que el ser humano por desgracia puede deformar. Es lo que sucede con el pecado, cuya esencia está precisamente en distraer los ojos del Creador para dirigirlos a la creatura. Aquellos «griegos» que buscaban la verdad no hubieran podido acercarse a Cristo, si su deseo, alentado por un acto libre y voluntario, no se hubiera concretado en una decisión clara: «Queremos ver a Jesús». Ser verdaderamente libres significa tener la fuerza para escoger a Aquél por el que hemos sido creados y para aceptar su señorío en nuestra vida. Lo percibís en lo profundo de vuestro corazón: todos los bienes de la tierra, todos los éxitos profesionales, el mismo amor humano que soñáis no podrán satisfacer plenamente vuestras expectativas más íntimas y profundas. Sólo el encuentro con Jesús podrá dar pleno sentido a vuestra vida: «Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti» escribió san Agustín («Confesiones», I, 1). No os dejéis distraer en esta búsqueda. Perseverad en ella, porque de ello depende vuestra plena realización y vuestra alegría.

5. Queridos amigos, si aprendéis a descubrir a Jesús en la Eucaristía, sabréis descubrirlo también en vuestros hermanos y hermanas, en particular en los más pobres. La Eucaristía recibida con amor y adorada con fervor se convierte en escuela de libertad y de caridad para realizar el mandamiento del amor. Jesús nos habla el lenguaje maravilloso de la entrega de sí y del amor hasta el sacrificio de la propia vida. ¿Es algo fácil? No, ¡lo sabéis! El olvido de sí no es fácil; aleja del amor posesivo y narcisista para abrir al hombre a la alegría del amor que se entrega. Esta escuela eucarística de libertad y de caridad enseña a superar las emociones superficiales para arraigarse firmemente en lo que es verdadero y bueno; libera de la cerrazón en uno mismo y predispone a la apertura a los demás; enseña a pasar de un amor afectivo a un amor efectivo. Porque amar no es sólo un sentimiento; es un acto de voluntad que consiste en preferir de manera constante el bien del otro al bien propio: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Juan 15, 13).

Con esta libertad interior y esta ardiente caridad Jesús nos enseña a encontrarle en los demás, en primer lugar en el rostro desfigurado del pobre. A la beata Teresa de Calcuta le gustaba entregar una «tarjeta de visita» en la que estaba escrito: «Fruto del silencio es la oración; fruto de la oración la fe, fruto de la fe el amor, fruto del amor el servicio, fruto del servicio la paz». Este es el camino del encuentro con Jesús. Salid al paso de todos los sufrimientos humanos con el empuje de vuestra generosidad y con el amor que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40). ¡El mundo tiene necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna! No es suficiente, de hecho, «hablar» de Jesús; en cierto sentido hay que hacérselo «ver» con el testimonio elocuente de la propia vida (Cf. «Novo millennio ineunte», 16).

Y no os olvidéis de buscar a Cristo y de reconocer su presencia en la Iglesia. Es como la prolongación de su acción salvadora en el tiempo y en el espacio. En ella y por medio de ella Jesús sigue haciéndose visible hoy y haciendo que le encuentren los hombres. En vuestras parroquias, movimientos y comunidades, acogeos mutuamente para hacer que crezca la comunión entre vosotros. Este es el signo visible de la presencia de Cristo en la Iglesia, a pesar del opaco diafragma que con frecuencia interpone el pecado de los hombres.

6. No os sorprendáis, después, si en vuestro camino os encontráis con la Cruz. ¿Acaso no dijo Jesús a sus discípulos que el grano de trigo tiene que hundirse en la tierra y morir para poder dar mucho fruto? (Cf. Juan 12, 23-26). Con estas palabras quería decir que su vida entregada hasta la muerte sería fecunda. Ya lo sabéis: tras la resurrección de Cristo, la muerte no tendrá la última palabra. El amor es más fuerte que la muerte. Si Jesús aceptó morir en la cruz, haciendo de ella el manantial de la vida y el signo del amor, no es ni por debilidad, ni por gusto por el sufrimiento. Es para alcanzarnos la salvación y hacernos ya desde ahora partícipes en su vida divina.

Esta es precisamente la verdad que quise recordar a los jóvenes del mundo al entregarles una gran Cruz de madera al final del Año Santo de la Redención, en 1984. Desde entonces, ha recorrido los diferentes países preparando vuestras Jornadas Mundiales. Centenares de miles de jóvenes han rezado en torno a esa Cruz. Al poner a su pies el peso que cada uno lleva en sus espaldas, han descubierto que son amados por Dios y muchos han encontrado también la fuerza para cambiar de vida. Este año, en el vigésimo aniversario de aquel acontecimiento, la Cruz será acogida solemnemente en Berlín, desde donde recorrerá toda Alemania en peregrinación hasta llegar el próximo año a Colonia. Deseo repetiros hoy las palabras que pronuncié entonces: «Queridos jóvenes…, ¡os confío la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús por la humanidad y anunciad a todos que sólo hay salvación y redención en Cristo, muerto y resucitado».

7. Vuestros contemporáneos esperan que seáis los testigos de Aquél con el que os habéis encontrado y que es vuestra vida. Sed testigos intrépidos en la vida cotidiana del amor que es más fuerte que la muerte. ¡A vosotros os corresponde recoger el desafío! Poned vuestros talentos y vuestro ardor juvenil al servicio del anuncio de la Buena Noticia. Sed los amigos entusiastas de Jesús que presentan al Señor a quienes desean verle, sobre todo a quienes están más lejos de Él. Felipe y Andrés llevaron a aquellos «griegos» a Jesús: Dios se sirve de la amistad humana para llevar los corazones al manantial de la caridad divina. Sentíos responsables de la evangelización de vuestros amigos y de todos los de vuestra edad.

Que la Bienaventurada Virgen María, que durante toda la vida se dedicó asiduamente a la contemplación del rostro de Cristo os guarde constantemente bajo la mirada de su Hijo (Cf. «Rosarium Virginis Mariæ», 10) y que os apoye en la preparación de la Jornada Mundial de Colonia, a la que os invito a prepararos ya desde ahora con entusiasmo responsable y efectivo. La Virgen de Nazaret, como madre atenta y paciente, modelará en vosotros un corazón contemplativo y os enseñará a fijar la mirada en Jesús para que, en este mundo que pasa, seáis profetas del mundo que no muere.

Con afecto os imparto una especial bendición para que os acompañe en vuestro camino.

Desde el Vaticano, 22 de febrero de 2004

IOANNES PAULUS II