Multiplicación de la fraternidad

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He leído hace poco un dominico sudafricano, Albert Nolan, que habla de la multiplicación de los panes y los peces ‘imagen de la eucaristía’ como una multiplicación de la generosidad de todos los presentes que aportaron lo que buenamente tenían y eso bastó para alimentar a la multitud ‘5.000 o 3.000 según las versiones de los evangelios’.

El evangelio dice que Jesús metió la mano en la cesta y repartió la comida y la cesta nunca se vaciaba. Pero la interpretación de Nolan también me seduce porque yo viví algo parecido en África, en una misión llamada Zemio, en donde por 3 meses la multiplicación de los panes y de los peces se convirtió en una verdadera multiplicación de la fraternidad de la comunidad cristiana.

Sucedió que 2.000 soldados congoleños perdieron una batalla contra el ejército ugandés vinieron a refugiarse en Centroáfrica. Venían soldados, niños soldados, mujeres que habían tenido contacto con los soldados y que eran expulsadas del los pueblos, algunas enfermas o embarazadas, muchas desesperadas…

Antes de perder esa batalla, habían ocupado una ciudad, Ango, y habían terminado robando, asaltando, violando, abusando de sus armas y de la gente. Perdieron la batalla y huyeron hacia Centroáfrica, a 120 Km a pié, por la selva. Atravesaron el río que divide Centroáfrica y Congo, dejaron sus kalasnikofs y se quedaron con sus armas blancas y su dinero pues hacía poco tiempo que le habían pagado.

La gente de la ciudad de Zemio, una población de unas 3.000 almas, estaban tan preocupadas viendo llegar a 2.000 soldados y conociendo los desmanes a los que se habían dado en un pasado no muy lejano, que muchos huyeron a la selva. En la misión estaba la Hermana Paula, salvadoreña, con dos mejicanas, dos padres polacos y dos colombianos. No son cooperantes humanitarios por los que sus gobiernos deban preocuparse si los rapta Alcaida. Están allí, simplemente viviendo su vocación de estar con los más pobres de ésta tierra, contar sus lágrimas día a día y hacer de su entrega, no una breve excursión humanitaria, sino un servicio al lado de su pueblo.

A los pocos días me llamó uno de ellos por la radio transmitente y me dijo que el ambiente estaba muy tenso, que los soldados querían cambiar dinero congolés para comprar comida y que temían que pronto se pusieran a abusar de la gente. Me puse al volante de mi pequeña Suzuki y en 16 horas (300 Kms) me planté en la misión donde me quedé un mes. Los padres se preocuparon cuando les dije que no traía dinero conmigo, que solo traía mi fe.

Les pedí que vinieran todos, padres y hermanas, a la Misa conmigo y allí nos pusimos en las manos de la Providencia, nos dimos coraje unos a otros, nos dijimos: “aunque pasemos por valles de tinieblas, no hay que tener miedo, porque tú vienes conmigo…” La Misa nos reconfortó. Era sábado y nos fuimos a dormir.

El domingo era la Misa dominical. Los católicos de Zemio vinieron y yo les leí el texto de la multiplicación de los panes y los peces. Les expliqué el texto y les hablé de los soldados. El Señor nos pide: “Dadles vosotros de comer”.

La gente me miraba perpleja. Les dije que no miraran sus manos manchadas de sangre, ni sus papeles de soldados inmigrantes ilegales, ni su acento, miren sólo sus ojos y vean a un hermano y a Jesús que les dice: “Todo lo que hagan a uno de éstos, a mí me lo hacen. Les dije que cada día prepararíamos de comer en la misión. Si no es para 2.000, será para la mitad, o para un centenar, o para los niños soldado que les invité a sacar del campamento para llevar a sus casas.

Le dije: “habrá también un almacén, los que lo deseen, que traigan comida, mandioca, fruta, calabaza, alubias, arroz… Cada movimiento de la parroquia vendrá cada día por turnos para cocinar lo que haya.”

Salieron de Misa y empezaron a hablar entre ellos. Una mujer, siempre ellas las primeras, dijo que su grupo sería el primero, la legión de María y luego empezaron a reaccionar y a hacer los turnos.

Durante un mes se preparó de comer para unos 500 soldados, cada día. Se llevaban las cacerolas por las tardes y el comandante los llamaba por batallones. Los soldados bajaron la guardia, dejaron la agresividad y la violencia y se creó un hermoso clima de fraternidad.

Los soldados venían a Misa y se les leía las lecturas en lengua lingala, compraron rosarios y medallas, dejaban su ofrenda en dinero congolés y organizaron una coral con cantos de su país.

Le gente siguió trayendo comida y preparándola. Los padres iban a las capillas más cercanas a recoger calabazas y las hermanas cuidaban de unas 200 mujeres enfermas o que acababan de dar a luz.

Así pasó un mes hasta que los soldados fueron recogidos en camiones, los niños soldados también y los hicieron entrar en la guerra por otro lado.

La comunidad cristiana creció con esta experiencia de compartir.

Yo me volví a Bangassou y, cuando el último camión salió de Zemio, el catequista de la misión, Pascal, me llamó por la radio transmitente y me dijo que ya se habían marchado todos, que habían dado las gracias mil veces y que se fueron contentos.

Luego me dijo: “¿Recuerdas, monseñor, el almacén donde guardábamos la comida? Pues bien, el comité de gestión acabamos de pasar por allí y aún queda un montón de comida, de calabazas y arroz, de alubias y mandioca”. Le dije: ”Pascal, el hecho de toda esa comida restante, ¿te recuerda algo?

-“Claro, me dijo, los doce cestos del evangelio”.

En aquella ocasión el milagro se realizó, lo vivimos no como una experiencia del pasado, un capítulo 6 de Juan, sino que fue un “aquí y ahora”, una experiencia de fe que reactualizó el evangelio de antaño. Me pregunto si el mayor milagro fue reunir y preparar comida o el gesto de amor y desprendimiento de la gente.

¿El mayor milagro fue la multiplicación de los panes o la multiplicación de la fraternidad? Todo gesto de fraternidad ya es un pequeño milagro. Pero aquellos misioneros siguen allí después de varios años, ayer rodeados de soldados congoleños y hoy siendo atenazados por una banda de criminales despiadados llamados de la LRA.