Niños usados como soldados o «bombas suicidas» en Afganistán y Pakistán

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Los más pequeños han sido utilizados e instruidos en cómo hacer explotar artefactos explosivos improvisados o efectuar labores de vigilancia e información sobre la ubicación de las fuerzas de seguridad y funcionarios del estado. Esto es cada vez más común en la región.

Adolescentes han sido hallados arrastrando a militantes heridos del Talibán, recogiendo armas abandonadas o incluso combatiendo.

Las autoridades afganas aseguran haber arrestado a unos 250 menores de edad en los últimos 10 años debido a estas actividades. Un cambio en estas tendencias regionales es el creciente número de niños atacantes suicidas.

Los menores están siendo reclutados simplemente porque son niños.

La capacidad de las fuerzas de seguridad afganas se ha incrementado y cada vez es más difícil para los atacantes suicidas adultos llegar hasta sus blancos.

Se considera que los niños son más fáciles de «reclutar»: pueden ser fácilmente influenciados para que lleven a cabo un ataque y las fuerzas de seguridad rara vez sospechan de ellos.

Madrazas como campo de reclutamiento

Al igual que cientos de miles de otros niños, el tío de Naqibullah -que cuidaba de él desde la muerte de su padre- lo inscribió en una escuela religiosa.

Los militares afganos han aprendido a desconfiar de los niños en ciertas zonas.

Las familias pobres de Pakistán y Afganistán envían a sus hijos a las madrazas para obtener educación y alojamiento gratuitos.

Pero estos colegios son el principal campo de reclutamiento para los talibanes. Entrevistas con niños detenidos revelan que son recogidos de las calles y también en vecindarios pobres.

En muchos casos, los padres y representantes dicen no ser conscientes de la situación.

Niñas reclutadas

Hay casos muy raros de niñas reclutadas.

Spozhmai, de 10 años, recibió mucha atención internacional cuando fue apresada en enero de 2014 en el sur de la provincia de Helmand.

La pequeña Spozhmai fue detenida en un puesto de control.

Tras su arresto, dijo que su hermano intentó obligarla a que detonara los explosivos que cargaba.

En 2011, una niña de ocho años resultó muerta en la provincia central de Uruzgan con unos explosivos que cargaba en un bolso de tela, que fueron detonados a control remoto cuando llegaba a un puesto de la policía.

Pakistán, campo de entrenamiento

Funcionarios afganos señalan que más del 90% de los potenciales atacantes suicidas son «entrenados y engañados» en Pakistán. Agregan que allí «son forzados y se les lava el cerebro».

Sin embargo también hay evidencia de que se los entrena en partes de Afganistán controladas por el Talibán.

El año pasado un padre afgano en la norteña ciudad de Kunduz entregó su hijo adolescente a la policía.

«Lo hice porque temía que pudiera radicalizarse cuando desapareciera por unos meses», señaló. Su familia había regresado de Pakistán un año antes.

Algunos han llevado a cabo ataques suicidas en Pakistán. Un niño de 12 años con uniforme colegial hizo detonar los explosivos que cargaba matando cerca de 30 personas en la localidad de Mardan en febrero de 2011.

Promesa de mejor futuro

Naquibullah dice que quienes le dieron adiestramiento le dijeron que iría al cielo, que todos sus problemas desaparecerían.

Funcionarios señalan que los predicadores prometen a los niños un camino alejado del aburrimiento y del trabajo duro relacionados con la pobreza.

«Les ofrecen visiones de un paraíso, donde fluyen ríos de leche y miel, a cambio de dejar sus vidas y convertirse en atacantes suicidas», señaló un funcionario.

Los niños son fácilmente influenciados para que lleven a cabo ataques.

Aunque las confesiones que se obtienen de los jóvenes a veces no son confiables, se trata de relatos escalofriantes de cómo fueron adiestrados para intentar misiones suicidas.

  • Se les asegura que las niñas y mujeres afganas son violadas por las «fuerzas extranjeras invasoras» y que el Corán es quemado por los estadounidenses.
  • A los niños se les dice que es su deber religioso resistir las fuerzas infieles de la coalición, y que ellos y sus padres irán al paraíso.
  • Y se les dice que los afganos que intentarán matar «merecen morir» porque «no son verdaderos musulmanes» o son «colaboradores de los estadounidenses».
  • En todo caso, los niños rara vez se enteran de quienes son sus objetivos y por qué merecen la muerte.

En algunos casos simplemente se les miente. Algunos reciben amuletos que contienen versos del Corán que supuestamente los ayudarán a sobrevivir.

Otros reciben llaves que cuelgan de sus cuellos y se les dice que abrirán para ellos las puertas del paraíso.

El Talibán lo desmiente

Hay, por supuesto, leyes internacionales contra el uso de niños en conflictos.

De acuerdo al Artículo 1 de la Convención de 1989 de los Derechos del Niño, todo el que tiene menos de 18 años es un niño. La ley afgana también prohíbe el reclutamiento de menores en las fuerzas armadas o la policía.

En Pakistán, muchos de los jóvenes son coaccionados para que lleven cabo misiones suicidas.

Los portavoces del Talibán suelen negar que usan niños, especialmente niñas.

Los tres Códigos de Conducta y Regulaciones promulgados después de la caída del régimen del Talibán a finales de 2001 prohíben que jóvenes sin barba puedan unirse a sus filas.

Sin embargo un funcionario del Talibán reconoció que los comandantes locales podían cometer irregularidades. Para muchos la edad exacta no es importante. Se considera que cualquiera que ya haya pasado la pubertad y que sea mentalmente apto está listo para combatir.

Niños en rehabilitación

Según funcionarios de seguridad afganos, más de 30 niños acusados de tener vínculos con la insurgencia aún están en centros de detención.

La rehabilitación se complica debido a la escasez de recursos. Si bien algunos niños logran pasar el proceso de recuperación, unos pocos, según un informante, incluso lamentan no haber podido llevar a cabo la misión suicida.

Naqibullah describe lo que le sucedió a él: «Me mantuvieron en otra madraza durante unos meses. Entonces otros hombres vinieron y me llevaron a Kandahar».

«Un día me llevaron en un auto, me dieron un chaleco pesado y apuntaron hacia unos soldados».

Los niños han sufrido de manera desproporcionada en la guerra afgana.

Pero la policía lo detuvo antes de que detonara los explosivos y los hombres que lo acompañaron desaparecieron en la distancia en un auto.

Autor: Dawood Azami