Relatos, cuentos y parábolas que te harán pensar…Kurt Kauter, Eduardo Galeano, Bertolt Brecht…

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UN COLIBRÍ EN UNA RAMA . SI LOS TIBURONES FUERAN PERSONAS. PREGUNTAS DE UN OBRERO ANTE UN LIBRO. PREFERENCIAS… VENTANA SOBRE LA UTOPIA. PARÁBOLA DE LOS SIETE MIMBRES …
UN COLIBRÍ EN UNA RAMA

¿Cuánto pesa un copo de nieve?… preguntaba un colibrí a una paloma .
La paloma respondió: nada, y el colibrí le contó:
Me posé en una rama de pino, cerca de su tronco. Empezaba a nevar. Como no tenía nada que hacer empecé a contar los copos mientras caían sobre las ramas de mi tronco. El número exacto fue de 3.741.952. Cuando cayó el siguiente copo (sin peso, como dices) la rama se rompió.
Dicho esto, el colibrí levantó el vuelo.
Quizá tan solo sea necesaria la colaboración de una persona más para que la solidaridad se abra camino en el mundo

Kurt Kauter

MANOS QUE ORAN

Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier otra cosa que se presentara.

A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia.

Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario.

Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Albretch Durer ganó y se fue a estudiar a Nuremberg. Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.

Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.

Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus estudios una realidad.

Sus palabras finales fueron: «Y ahora, Albert hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti».
Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenía el rostro empapado en lágrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras murmuraba una y otra vez: «No… no… no…».

Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente: «No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis… mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano… para mí ya es tarde».

Mas de 450 años han pasado desde ese día. Hoy los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente la mayoría de las personas, sólo recuerde uno, tal vez hasta tenga uno en su oficina o en su casa.

Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente «Manos», pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a esta maravilla y le cambió el nombre por el de «Manos que oran».

SI LOS TIBURONES FUERAN PERSONAS

Si los tiburones fueran personas harían construir en el mar unas cajas enormes para los pececillos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto vegetales como animales. Se encargarían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían toda clase de medidas sanitarias. Si por ejemplo, un pececillo se lastimara una aleta, le pondrían inmediatamente un vendaje de modo que el pececillo no se les muriese a los tiburones antes de tiempo. Para que los pececillos no se entristecieran, se celebrarían algunas veces grandes fiestas acuáticas, pues los peces alegres son mucho más sabrosos que los tristes.

Por supuesto, en las grandes cajas habría también escuelas. Por ellas los pececillos aprenderían a nadar hacia las fauces de los tiburones que andan perezosamente tumbados por alguna parte. La asignatura principal sería, naturalmente, la educación moral del pececillo.

Se les enseñaría que para un pececillo lo más grande y lo más bello es entregarse con alegría, y que todos deberían creer en los tiburones, sobre todo cuanto éstos les dijeran que iban a proveer un bello futuro. A los pececillos se les haría creer que este futuro sólo estaría garantizado cuando aprendiesen a ser obedientes. Los pececillos deberían guardarse muy bien de toda inclinación vil, materialista, egoísta y marxista; y cuando alguno de ellos manifestase tales desviaciones, los otros deberían inmediatamente denunciar el hecho a los tiburones.

Si los tiburones fueran personas, también habría entre ellos un arte, claro está. Habría hermosos cuadros a todo color de las dentaduras de los tiburones y sus fauces serían representadas como lugares de recreo donde se podría jugar y dar volteretas. Los teatros del fondo del mar llevarían a escena obras que mostrasen a heroicos pececillos nadando entusiásticamente en las fauces de los tiburones y la música sería tan bella que a su son los pececillos se precipitarían fauces adentro, con la banda de música delante, llenos de ensueños y arrullados por los pensamientos más agradables. Tampoco faltaría la religión.

Ella enseñaría que la verdadera vida comienza verdaderamente en el vientre de los tiburones.

Y si los tiburones fueran personas los pececillos dejarían de ser, como hasta hora, iguales. Algunos obtendrían cargos y serían colocados encima de los otros. Se permitiría incluso que los mayores se comieran a los más pequeños. Eso sería delicioso para los tiburones, puesto que entonces tendrían a menudo bocados más grandes y apetitosos que engullir. Y los pececillos más importantes, los que tuvieran cargos, se cuidarían de ordenar a los demás. Y así habría maestros, oficiales, ingenieros de construcción de cajas, etc. En pocas palabras, si los tiburones fueran personas, en el mar no habría más que cultura.

Bertolt Brecht. «Historias de almanaque».

PREGUNTAS DE UN OBRERO ANTE UN LIBRO

Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a contruir otras tantas?¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la ganó, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién paga sus gastos?

Bertolt Brecht. Una pregunta para cada historia.

PREFERENCIAS…

«Como suele ocurrir en la vida, las cosas mas complejas tienen una sencilla solución…
Un experto asesor de empresas en Gestion del Tiempo quiso sorprender a los asistentes a su conferencia. Saco de debajo del escritorio un frasco grande de boca ancha. Lo coloco sobre la mesa, junto a una bandeja con piedras del tamaño de un puño y pregunto:

«¿Cuantas piedras piensan que caben en el frasco? »

Despues de que los asistentes hicieran sus conjeturas, empezó a meter piedras hasta que llenó el frasco. Luego pregunto: «¿Está lleno?»

Todo el mundo lo miró y asintió.
Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla. Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agito. Las piedrecillas penetraron por los espacios que dejaban las piedras grandes. El experto sonrió con ironía y repitió la pregunta: «¿Está lleno?»

Esta vez los oyentes dudaron: «Tal vez no, contestaron.»

Bien! y puso en la mesa un cubo con arena que comenzo a volcar en el frasco.La arena se filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.

«¿Está lleno?» preguntó de nuevo. «¡No!» – exclamaron los asistentes.

» Bien» – dijo y tomó una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco.

El frasco aun no rebosaba. «Bueno. ¿Qué hemos demostrado?» preguntó.

Un alumno respondió: «Que no importa lo llena que esté la agenda, si lo intentas, siempre puedes hacer muchas mas cosas».

«¡No!» – concluyó el experto, lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después.

«¿Cuales son las grandes piedras en la vida?

Recuerda: ponlas primero. El resto ya encontrará su lugar.»

VENTANA SOBRE LA UTOPIA

Ella está en el horizonte,
-dice Fernando Birri-
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos
y el horizonte
queda diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.

Eduardo Galeano

PARÁBOLA DE LOS SIETE MIMBRES

Era una vez un padre que tenía siete hijos. Cuando estaba para morir, llamó a los siete y
les dijo así:

-Hijos, ya sé que no puedo durar mucho; pero antes de morir quiero que cada uno de vosotros me vaya a buscar un mimbre seco y me lo traiga aquí.

-¿Yo también? -preguntó el menor, que sólo tenía cuatro años.

El mayor tenía veinticinco, y era un muchacho muy fuerte, y el más valiente de la aldea.
-Tú también -respondió el padre al menor. Salieron los siete hijos, y de allí a poco volvieron, trayendo cada uno su mimbre seco.

El padre cogió el mimbre que trajo el hijo mayor, y se lo entregó al más pequeño, diciéndole:

-Parte este mimbre.

El pequeño partió el mimbre, y no le costó nada partirlo.

Después el padre entregó otro mimbre al mismo hijo más pequeño, y le dijo:

-Ahora, parte ése también.

El niño lo partió, y partió, uno por uno, todos los demás, que el padre le fue entregando, y no le costó nada partirlos todos. Partido el último, el padre dijo otra vez a los hijos:
-Ahora, id por otro mimbre y traédmelo.
Los hijos volvieron a salir, y de allí a poco estaban junto al padre, cada uno con su mimbre
-Ahora, dádmelos acá -dijo el padre.

Y de los mimbres todos hizo un haz, atándolos con un junco. Y volviéndose hacia el hijo mayor, le dijo así:

-¡Toma este haz! ¡Pártelo!

El hijo empleó cuanta fuerza tenía; pero no fue capaz de partir el haz.
-¿No puedes? -preguntó al hijo.

-No, padre; no puedo.

-¿Y alguno de vosotros es capaz de partirlo? Probad…

Ninguno fue capaz de partirlo, ni dos juntos, ni tres, ni todos juntos.
El padre les dijo entonces:

-Hijos míos, el menor de vosotros partió, sin costarle nada, todos los mimbres; mientras los partió uno por uno; y el mayor de vosotros no pudo partirlos todos juntos, ni vosotros, todos juntos, fuisteis capaces de partir el haz. Pues bien, acordaos de esto y de lo que voy a deciros: mientras todos vosotros estéis unidos, como hermanos que sois, nadie se burlará de vosotros, ni os hará mal ni os vencerá. Pero luego que os separéis o reine entre vosotros la desunión, fácilmente seréis vencidos.

Acabó de decir esto y murió, y los hijos fueron muy felices, porque vivieron siempre en buena hermandad, ayudándose siempre unos a otros; y como no hubo fuerza que los desuniese, tampoco hubo nunca fuerza que los venciese.