EL MITO DE LA DEMOCRACIA LIBERAL
Editorial
La palabra democracia es una de las palabras más manipulables y manipuladas de la historia. Sin embargo, su definición clásica sigue siendo una referencia: «Poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Según esta definición, la democracia estaría por estrenar. Actualmente vivimos una etapa histórica en la que la democracia, denominada liberal, está en crisis y nuevas formas autocráticas y totalitarias de naturaleza tecnológica y corporativa se están imponiendo.
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Siendo rigurosos, la democracia liberal es una pseudodemocracia, una democracia formal más que real. Es un régimen perverso, de doble uso. Desde que se inventó siempre ha sido la forma política que las oligarquías capitalistas han utilizado para gobernar a los pueblos de los países enriquecidos de occidente haciendo a sus poblaciones cómplices del expolio a los países colonizados del Tercer Mundo. Los partidos conservadores, liberales, socialdemócratas verdes y rosas, los eurocomunistas, los democratacristianos etc. han jugado el papel de gestores políticos del imperialismo neocapitalista.
Pero al mismo al mismo tiempo, a los países empobrecidos y expoliados de Iberoamérica, África y Asia que sostienen las economías del Norte global, se les han impuesto sistemáticamente, en colaboración necesaria de las oligarquías locales, dictaduras de todo tipo o democracias formales muy precarias para poder saquear mejor sus recursos y sus poblaciones.

Por otro lado, la democracia liberal está protegida por una serie de mitos, es decir, mentiras, instaladas desde la oligarquía económica, para manipular la conciencia política del pueblo. Esto ha sido posible porque el poder corporativo ha controlado siempre de manera férrea el sistema educativo, el informativo y el cultural. Nos hemos creído que había libertad de expresión, de asociación, de investigación, de educación, de religión. Han conseguido mediante la revolución digital capitalista que hasta nuestra intimidad más profunda y nuestra libertad trabajen para ellos. Nos hemos tragado que votar cada cuatro años es decidir; que la supuesta separación de poderes garantiza el funcionamiento del sistema; que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, que el pueblo es soberano; que el parlamento es la voz del pueblo, etc.
Al final, el pueblo se ha convertido en una especie de masa de individuos explotados, atomizados, aislados, desquiciados, transparentes, controlados por la nuevas tecnologías y totalmente ausentes de los mecanismos del poder que ha corrompido y encanallado la base social.
Frente a ello es inaceptable seguir tragando que hay que rescatar el modelo de democracia liberal cuando ha sido una estafa que lleva más de 200 años funcionando. Lo cual no significa aceptar las dictaduras y totalitarismos. Por el contrario, tenemos que recuperar y actualizar otras formas políticas que garanticen el Bien Común. Que nadie piense que estamos promoviendo el comunismo en cualquiera de sus versiones.
Nosotros abogamos por construir una verdadera comunidad política basada en la dignidad sagrada del ser humano. Es decir, una comunidad que promueva el desarrollo integral y colectivo de cada persona desde la concepción hasta la muerte natural. La razón de ello solo puede ser el Bien Común. La construcción de esta comunidad no se puede hacer desde el relativismo moral sino desde una concepción fuerte de la verdad sobre el bien humano. Como decía Gandhi, la ley de la mayoría no tiene nada que decir cuando le toca hablar a la conciencia. La verdadera democracia no puede ser un mero procedimiento, sino que debe basarse en una concepción antropológica adecuada. Solo una vinculación fuerte, no relativista, entre moral y política puede ser el fundamento de un régimen político legítimo.
En consonancia con ello, un primer principio que debe regir la comunidad política es la solidaridad- comunión entendida esta como la determinación firme y perseverante de trabajar por el Bien Común, es decir, bien de todos y de cada uno, de tal forma que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

Un segundo principio que debe conformar la comunidad política es la subsidiariedad autogestionaria. Este principio es el que garantiza que el Bien Común solo se puede construir realmente de abajo hacia arriba porque así las personas, las familias y sus asociaciones de base son las que protagonizan autogestionariamente las decisiones y responsabilidades fundamentales.
El bien común, la solidaridad-comunión y la subsidiariedad autogestionaria son la trinidad del orden institucional del que el ser humano puede ser el fin, el centro y el sujeto. Los tres no se pueden separar. Si se separan se corrompen.
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