Revista Id y Evangelizad nº 123 ¡Necesitamos al padre!

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Es una de las necesidades más urgentes de nuestra época, como se deduce de la hermosa Carta Apostólica Patris Corde (‹‹Con corazón de padre››) del papa Francisco, en la que decretó un año en honor a  S. José y en la que propone a este santo varón como modelo de paternidad.

Editorial Revista Id y Evangelizad nº 123

Ser padre, al estilo de José, significa introducir a los hijos en la realidad, afirma Francisco, para que sean verdaderamente libres desde la Verdad, lo cual es posible si hay familia que cultive el sacrificio y el combate. La paternidad evangélica es todo lo contrario de la posesión y el facilismo. En este sentido, el Papa hace una interesante profundización del apelativo de ‹‹padre castísimo›› con el que la tradición califica a S. José: «la castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida».

Uno de los signos más evidentes de la decrepitud de nuestra civilización es el ocaso del padre y de la vocación masculina, que -ineludiblemente- está vinculada a la muerte de la madre y de lo femenino, ya que ambas llamadas (paternidad-maternidad; masculinidad-feminidad) son complementariamente inseparables e inconfundibles. Y, aunque este asesinato de lo paterno-materno sea exaltado por muchos como una verdadera liberación, en realidad ha convertido nuestro mundo en un inmenso orfanato de almas vacías que no conocen la fraternidad porque se les ha secuestrado al padre.

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Poster Id y Ev 123

El ocaso de la paternidad es una de las principales causas del rechazo a toda autoridad y a la tradición. Se trata de hacernos creer que el mundo empieza con nosotros y que todo lo anterior es peor y hasta malo; que cada uno se realiza a sí mismo, sin la colaboración de nadie. Así podemos llegar a creer que somos nosotros los que decidimos nuestra vida, cuando -de hecho- nunca hemos estado más condicionados. El rechazo al padre es también el olvido de las raíces (familiares, religiosas, patrias, culturales) para que la última ocurrencia de cualquier títere del espectáculo, del mundo académico o simplemente la influencia de la ‹‹manada››, sea lo que determine nuestras decisiones y abone la pretensión de control totalitario del Estado. La mitificación de la juventud, de las novedades, de todo lo que esté adornado con la brillantina del progreso, son otras manifestaciones evidentes de esta muerte; pero, la peor consecuencia del ocaso del padre es la destrucción de la familia, que es la verdadera escuela de fraternidad, solidaridad y religación.

Contraportada Id y Ev 123

El fruto del parricidio no es la sociedad de personas iguales y libres que nos prometieron, sino el aumento del perpetuo infantilismo personal y social, caldo de cultivo para el totalitarismo que crece en el mundo. Al rechazar la legítima autoridad moral, basada en el servicio y la entrega de la vida, nos entregamos al autoritarismo y a su sombra (el asistencialismo) porque nos convertimos en seres incapaces de asumir responsabilidades y nos hacemos dependientes de los mantras que nos repiten los que dirigen la opinión pública sobre la libertad y los «derechos» individuales, sin asumir la responsabilidad y los «deberes» hacia el otro y el bien común.

Este proceso ocurre también en el interior de la Iglesia: no hemos caído en la cuenta de que los que la formamos también participamos, en cierta medida, de esa orfandad del padre; la Iglesia necesita sacerdotes ordenados que sean auténticos padres espirituales. En caso contrario, no sería nada extraño que en la misma medida que adoptamos una terminología mundana pseudoigualitaria (democratización interna, participación, tolerancia…) crezcan tanto el infantilismo espiritual y la ausencia de compromiso de los laicos en la transformación del mundo como las actitudes autoritarias y clericalistas.

La Iglesia, el mundo, las familias necesitan, más que nunca, verdaderos padres al estilo de S. José, según el corazón del Padre Dios. De lo contrario, sin padre, nunca sabremos ser hermanos.

Editorial

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