Somos testigos: no podemos callarnos ante tanta vida machacada

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El pueblo africano desde hace tres siglos, está siendo saqueado, silenciado y condenado a no tener voz.

Umoya *
Adital -17.10.06

Con mucha ilusión, miedo y coraje una representación de la Asociación Elín, salimos de Ceuta el día 11 de julio por la mañana, Jesús, Rocío, Cristina, Paco y Hna Paula. A lo largo de cuarenta días, hemos atravesado Marruecos, el Sahara Occidental, Mauritania, Senegal y Malí y por ultimo Costa de Marfil.

Por todas estas tierras hemos caminado con un profundo sentimiento de respeto e ignorancia ante un pueblo que, de tanto morir sabe como ningún otro lo que es la vida. En esta realidad sufriente y gozosa, nos hemos encontrado con algunos de los grupos de inmigrantes en transito hacia Europa con amigos retornados de Ceuta a Senegal, con familias, organizaciones africanas y de cooperación y hemos sido testigos privilegiados de la realidad que viven y de su trabajo. Todo esto nos llama fuertemente a dar a conocer con palabras y gestos nuestro testimonio del porqué estas personas cada día tienen que seguir arriesgando su vida para salvarla de la muerte lenta en sus países, impuesta por nuestra sociedad de consumo y por el sistema neoliberal, pero siempre con la esperanza de poderla salvar y mejorar.

Nuestra primera parada fue Rabat, (Marruecos) allí hemos visto cómo sobreviven cientos de personas de Congo y Costa de Marfil, la mayoría con el estatuto de refugiado, escondidos en lugares inhóspitos e insalubres y hacinados donde se turnan para dormir, sometidos continuamente a la presión y al control de la policía que no reconoce su estatuto de refugiado y continuamente les amenaza, les detiene o les lleva a la frontera con Argelia, tanto a hombres como mujeres y niños, esto porque el gobierno marroquí no reconoce ni respeta sus derechos.  Por ello cada día son arrojados a vivir  de la caridad, de las sobras de la basura y a mendigar para pagar el alquiler de la cueva en la que se esconden en Rabat, y a pesar de ello, nos acogen, nos sonríen, nos cuentan sus esperanzas y nos piden que no les olvidemos. Creen que la situación puede cambiar y resistirán hasta ese momento porque están seguros que Dios les va a ayudar  siempre. Todo el tiempo que estuvimos allí nos acompañó Adama, un joven amigo nuestro, refugiado de Costa de Marfil, perseguido y huido de su país a causa de la guerra civil, que atravesó el desierto entre Malí y Argelia, desafiando  la sed, el extravío, el pillaje de bandidos y de las fuerzas de seguridad. Una vez en Marruecos es protagonista de una historia similar a la anterior, abandonado en el desierto, caminó 500 Km. a pie, hasta llegar de nuevo a Rabat. Pidió al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNHCR) su reconocimiento como refugiado. Ya lo tiene, pero el gobierno marroquí no se lo reconoce. Malvive en una casa mal dotada, con otros sesenta refugiados. No pueden trabajar, no pueden comprar apenas alimentos, viven de las sobras de los mismos mercados. Las fuerzas de seguridad los hostigan, nosotros fuimos testigos de una agresión por parte de la policía marroquí cuando estábamos con él. Nos impresiona su coraje y su servicio a los demás.

Dejamos Marruecos y nos adentramos en el Sahara, muchos kilómetros de arena, de silencio, de rostros curtidos por el sol, el calor y la soledad…

Llegamos Al Aiun, antes ciudad de paso para muchas personas que esperaban llegar a España o a Europa a través de Marruecos. Con pena y rabia constatamos que después de los acuerdos políticos entre Europa, España y Marruecos sobre el control y externalización de fronteras, esta ciudad se ha convertido en prisión de inmigrantes y refugiados que son detenidos por la policía marroquí en el mar, hasta que son abandonados a su suerte en la frontera de Mauritania o en el desierto  entre Argelia o Malí, y cementerio de todos los cuerpos  sin vida que el mar devuelve a sus playas, todos ellos, meses antes habían salido de sus países en busca de una vida digna para ellos y sus familias, en busca de la tierra prometida, que Dios quiere para todos.

Seguimos adentrándonos en el desierto dirección Mauritania. Llegamos a Dahkla una ciudad con bastantes restos de la colonización española después de pasar por continuos controles de policías que suponían tiempos de espera de cierta inseguridad y de muchas preguntas, buscamos la iglesia católica, allí dormimos y nos informaron de que había un grupo de inmigrantes detenidos en un polideportivo. Nos acercamos al lugar, desde la calle vimos algunos subidos en la tapia nos pidieron ayuda, en sus rostros pudimos leer todo lo que las palabras no alcanzaban a expresar: hambre, cansancio, preocupación, abandono, resistencia y sobre todo dignidad, nos dijeron que eran mas de 80, que llevaban mas de 20 días esperando a ser repatriados a Senegal, viviendo a la intemperie y comiendo una vez al día pan y agua, que 8 habían muerto en el mar y 4 en el hospital. Antes que nos diéramos cuenta teníamos a la policía detrás y ante el miedo a tener que pasar un control más o una retención policial nos despedimos, sus palabras fueron: «gracias,  no nos olvidéis, ayudadnos a llegar a España».

Impresionados por la situación vivida y abatidos por la impotencia nos dirigimos a Mauritania. Después de pasar el control de Marruecos nos encontramos ante un desierto  de tres kilómetros minado y sin ruta a seguir porque es terreno de conflicto entre Marruecos, el Frente POLISARIO y Mauritania. Con miedo y gran dificultad lo atravesamos. Llegamos a NUAODHIBU, un lugar a descubrir poco a poco, donde se mezclan los animales con la basura y multitud de pequeños negocios y gente de muy diverso origen. Aquí entre tanta pobreza es difícil distinguir un inmigrante de un mauritano. Fuimos a la misión católica, nos acogió el padre Jerome, él es quien más conoce de la inmigración, allí nos pone en relación con las diferentes comunidades de extranjeros que en la ciudad están más o menos establecidos, provenientes de Malí, Ghana, Gambia, Guinea Conakry… etc. Todos coinciden en decirnos que no era fácil la vida allí pero que en sus países lo tenían mas difícil, no conocen la realidad de los que salen en los cayucos.

Continúan intentándolo porque lo prefieren a seguir muriendo lentamente en su país.

Tuvimos encuentros y dialogamos con grupos de jóvenes inmigrantes de Malí, Costa de  Marfil y Guinea, que esperaban la oportunidad de hacer el viaje en cayuco hacia Canarias. Pero a pesar del control policial que sigue repatriando inmigrantes al desierto, donde muchos mueren de cansancio hambre y sed, y de que las mafias les engañan cobrándoles el dinero y a veces dejándoles de nuevo en Mauritania, o vendiéndoles la gasolina con agua, provocando  que en alta mar se rompa el motor etc, continúan intentándolo porque lo prefieren a seguir muriendo lentamente en su país. Todos viven en la clandestinidad; la ciudad aparentemente esta en calma y para ellos es mas fácil la vida aquí que en Marruecos ya que éste es un lugar de acogida de inmigrantes desde siempre. Las mujeres  inmigrantes son menos, pero lo tiene mas difícil, también con ellas nos encontramos, y nos contaron, como son violadas y maltratadas por los militares y la policía.

En Nouakchott  la capital de Mauritania la mayoría de la población es del África negra. Fuimos acogidos por la diócesis. No pudimos encontrarnos con ningún inmigrante en transito porque viven en la clandestinidad. Compartimos muchos momentos e intercambiamos experiencias con la comunidad de religiosos y religiosas que trabajan allí. El obispo nos recibió y nos expresó su impotencia ante la situación de injusticia, nos dijo: «aquí somos extranjeros y si queremos permanecer, nuestro trabajo tiene que ser discreto y de acuerdo con el gobierno, sin embargo somos conscientes de las injusticias que este pueblo y toda África está viviendo».

En Senegal todo es distinto; dejamos la arena y entramos en la sabana, todo verde, el color de sus gentes y las expresiones abiertas de sus caras, sus trajes de colores… África subsahariana nos acoge. Pasamos por Saint Louis con el mar repleto de cayucos esperando para zarpar al «paraíso». Qué difícil es poder conectar con los que quieren salir. En Dakar nos estremeció ver tantos vendedores y tan pocos compradores y tantos niños de la lata o de la calle, niños comprados para utilizarles y obligarles a mendigar durante todo el día si quieren dormir bajo techo durante la noche.

Fue muy emocionante el encuentro con nuestro querido Assane recién repatriado desde Ceuta donde ha estado 9 meses. ¡Qué de ilusiones frustradas!. En su rostro se reflejaba la alegría de vernos y la frustración del retorno. Fue repatriado a Guinea Bissau siendo senegalés. Nos cuenta cómo fue obligado por la policía a descender del avión a la fuerza, le golpearon y lastimaron un brazo y la espalda, dice que lo volverá a intentar porque en Senegal no hay futuro y quiere que sus hijos puedan comer e ir al colegio y donde vive no es posible. Con él llegamos hasta Tambacunda donde nos encontramos con Mussa, el otro retornado de Ceuta, con las emociones del encuentro se mezclaron cantidad de sentimientos de alegría, rabia por la deportación tan injusta que han sufrido, esperanza en el futuro. Mirando sus rostros de fracaso y cansancio, sentíamos fuertemente las cicatrices de la injusticia en sus caras y la pregunta era, ¿por qué a ellos?. ¿Qué hacer para que esto cambie?

Al día siguiente volvimos a encontrarnos, recordamos el pasado y buscamos cómo enfrentar el futuro, pero la solución no era fácil y seguimos con los interrogantes… Tenían que volver a sus casas y de nuevo la impotencia. Nos comprometimos a no olvidarles y a buscar, con más gente en España, alguna solución. Os invitamos a ello.

Pasamos a Malí y llegamos a Bamako, fue un día intenso, encuentros con familias de algunos inmigrantes y con un grupo de inmigrantes retornados a Bamako desde las fronteras de Ceuta y Melilla. Algunos sabían de nuestro trabajo en Ceuta pero que nunca pudieron llegar a nuestra casa, la  guardia civil los había devuelto a Marruecos y la  policía marroquí a Malí. Algunos tenían heridas de bala, a uno de ellos le faltaba una pierna como consecuencia  de  ellas. Todos se resisten a volver derrotados a sus pueblos. Fue muy interesante el encuentro que tuvimos con Aminata Traore una mujer muy comprometida en la acogida y el acompañamiento a inmigrantes retornados de España, y en la búsqueda de soluciones.

Con un poco de miedo, algo cansados y con muchas ganas de ver a Ana Morano nos fuimos acercando a la frontera de Malí con Costa de Marfil, sabíamos que podría ser difícil porque este país esta en guerra y entrábamos por la zona rebelde. Ana salió a nuestro encuentro y después de unas pequeñas negociaciones y la ayuda de Dios, el día 29 de julio, después de atravesar un sin fin de controles de militares armados, gracias a nuestra querida Ana que dominaba la situación, llegamos a la ciudad de Bouaké, objetivo final de nuestro viaje.

Nos parecía un milagro, nos sentíamos privilegiados y cada vez más afectados por la pobreza y la guerra de estas tierras. Bouaké una ciudad sitiada, cada vez mas pobre a consecuencia de la guerra. La población sobrevive como puede, sin escuelas, sin trabajo, sin luz sin agua… etc.

Ana nos introduce rápidamente en su proyecto. Encuentros con mujeres, acondicionamiento de guardería, de casa de salud, pintura, electricidad, juego con niños, encuentros con grupos, parroquias organizaciones y familias, algunas de ellas nos acogieron en sus casas y compartieron con nosotros lo mejor que tenían. Experimentar su pobreza fue duro para nosotros, pero mereció la pena porque fuimos enriquecidos por su calidad humana y su Fe.

Disfrutamos mucho con Ana, nos encantó su trabajo y su manera de estar en esta realidad, trabaja con mujeres inmigrantes, con niños, la mayoría abandonadas por sus maridos y algunas con problemas de sida.

Esta ha sido una experiencia muy fuerte y muy rica. Sentimos que es Dios quien nos ha acompañado y se nos ha manifestado en el camino. A lo largo de todo el viaje se han dado cita muchos cuestionamientos, muchos sentimientos, muchas experiencias y sobre todo mucha gente buena viviendo situaciones límite. Con ellas hemos convivido y compartido su lucha por la supervivencia. Cuesta  expresar con palabras tantas emociones y tantos gritos que aún resuenan en nuestro corazón. Pero no podemos callarnos ante tanta injusticia y tanta vida machacada por el hambre, la falta de agua, la enfermedad, la guerra y la explotación, donde la mayoría de niños no pueden acceder a la escuela porque están desnutridos y enfermos. Nos impresionó de forma extraordinaria la dignidad de este pueblo que, en medio de una gran pobreza material, vive una gran riqueza de valores de supervivencia y dignidad que hace que la injusticia  no les aplaste y sigan buscando La Tierra Prometida. 

Esto es algo de lo mucho que hemos vivido. Ahora de nuevo aquí, nuestra responsabilidad es mayor y los cuestionamientos más fuertes. Sabemos que el pueblo africano desde hace tres siglos esta siendo saqueado, silenciado y condenado a no tener voz. África esta muy cerca de nosotros para robarles sus riquezas como son: el café, el cacao, los diamantes y minerales, el petróleo, el gas; pero muy lejos para oír sus gritos de denuncia ante la venta de armas, el apoyo a gobiernos corruptos, los experimentos de fármacos etc. que cada día producen las guerras, el hambre, la enfermedad y la muerte. Son Miles de personas, sobre todo niños, los que mueren cada hora y a pesar de ello nos extrañamos, rechazamos y condenamos a los que tienen el coraje de dejar su tierra y arriesgar sus vidas, en lugar de acogerles y acompañarles en esta búsqueda interminable de una tierra mas digna, no porque no quieran la suya, sino porque no les dejamos ni pueden vivir en ella.

 Paula Domingo, comunidad de Ceuta
* Federación de Comités de Solidaridad con África Negra