Testimonio de solidaridad en la historia: Isabel Zendal

352
La corbeta María Pita, fletada para la expedición Balmis, en 1803 (grabado de Francisco Pérez).

Hace tres siglos, la viruela se convirtió en una de las pandemias más letales  de la historia de la humanidad. Fue de las enfermedades más temidas en el mundo. No hablamos de un virus cualquiera sino de un virus que es altamente contagioso y puede haber matado a más personas que ninguna otra enfermedad sobre la faz de la Tierra.


SOLIDARIDAD FRENTE A LA ADVERSIDAD DE LA VIDA.

Solidaridad frente a la adversidad de la vida

BRAZO A BRAZO CONSTRUYENDO BIEN COMÚN


El Nuevo Mundo no conocía esta enfermedad antes de la llegada de los españoles. También allí quedó mermada la población hasta límites insospechados por la dichosa viruela.

Pero la capacidad humana para luchar contra la adversidad es increíble. Cuanto mayor es la hostilidad, mayor es el esfuerzo que hacen hombres y mujeres por escribir páginas de la historia desde la solidaridad, compartiendo y arriesgando incluso la VIDA.

El 30 de noviembre de 1803, parte del Puerto de Santa María la corbeta María Pita. A bordo van veintidós niño, cuya misión es transportar la vacuna contra la viruela. Junto a ellos viajan el médico-cirujano Francisco Javier Balmis, el joven cirujano José Salvany y, lo que más llamó la atención de esta gran expedición, una mujer. Era la única mujer que iba en el barco: Isabel Zendal. 

Zendal tuvo el arrojo y la valentía de embarcarse con un montón de marineros en la que se ha llamado la primera “Expedición marítima”. Ha sido denominada  como la primera operación internacional sanitaria y humanitaria de la historia. Posteriormente se le puso el nombre de “Real expedición Filantrópica de la Vacuna”. Realmente filantropía fue una palabra utilizada por la masonería  para evitar la palabra Caridad. Su objetivo era llevar la vacuna de la viruela por todos los territorios descubiertos por  España  para poner fin a una epidemia que estaba costando la vida a cientos de miles de personas, especialmente a los niños.

La expedición fue dirigida por Balmis. Tomó una decisión escandalosa: la vacuna sería transportada por los veintidós niños. Así que no llegó a las Américas en tubos de ensayo. El suero se transportaría pasando de brazo a brazo hasta llegar a América y otros territorios. El hecho de que fueran niños los que transportaran en su cuerpo la vacuna sólo es posible entenderlo desde la perspectiva de la época. Es difícil entenderlo si no se tiene en cuenta los medios con los que se contaban y el terror que provocaba la enfermedad. No existían entonces refrigeradores ni tantos avances científicos como conocemos en la actualidad.

En 1796, el médico inglés Edward Jenner descubre la vacuna de la viruela y sólo cuatro años después, el doctor Francisco Piguillen trae la vacuna a España. Balmis, consciente de la importancia del descubrimiento, se involucra intensamente en él. Él es “un profesor instruido en la materia  que desea procurar el bien público”.

A la misión de enviar a América una vacuna de manera gratuita para acabar con la viruela se la llamará  “Real expedición” porque el doctor Balmis convence al Rey Carlos IV, cuya hija había sufrido la enfermedad, Esto representa un hito en la historia porque es la primera gran campaña de vacunación realizada hasta ese momento en la historia de la humanidad. El propio descubridor, Jenner, considera este hecho como un ejemplo de bondad y el historiador y antropólogo A. Humboldt como el más memorable en los anales de la historia.

Fue un viaje largo, de varios años. De la Coruña a las Islas Canarias, luego a Puerto Rico y Venezuela. Allí la expedición se dividió en dos: una parte se dirigió al Sur (Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia) encabezada por el médico militar catalán José Salvany, quien había estudiado medicina en el convento de San Agustín de Barcelona. La ruta de Salvany duró más tiempo. Muere en Cochabamba, a los 32 años, habiendo recorrido 18.000 Km. aplicando la vacuna. La otra fue hacia el norte (Cuba, México y el suroeste de EE.UU) dirigida por Balmis. Desde México la expedición partió a Filipinas, Macao y China, es decir, la expedición dio casi la vuelta al mundo. 

Ahora bien, no se hubiera podido llevar a cabo sin Isabel Zendal, responsable de los 22 niños que se alojaban en el Orfanato de la Caridad de La Coruña. Ella era la rectora de ese orfanato  y decidió no abandonarlos ni un solo instante. Balmis dijo de ella que era una infatigable trabajadora. y había derramado todas las ternuras de la más sensible madre sobre los angelitos que tenía a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde A Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuas enfermedades”.

A pesar de su valía, llegó a ser una de las grandes olvidadas de este hito histórico. Gracias al periodista Antonio López Mariño conocemos aspectos claves de su biografía. Antonio investigó que desde Ordes , Isabel partió hasta la Coruña para emplearse en el servicio doméstico. Trabajó en la casa de un riquísimo comerciante local, Jerónimo Hijosa. Resultó ser este el más importante financiador privado del Hospital de Caridad, gestionado por la Congregación de los Dolores, donde terminó trabajando y demostrando su grandísima calidad humana.

Esta calidad humana tiene una matriz clara en su propia experiencia vital. Su vida estuvo marcada por ser madre soltera y por ser hija de labradores pobres de solemnidad, hasta el punto que sus padres fueron enterrados de caridad en sepulturas propiedad de la parroquia, sin testamento, pues no tenían nada que legar.  Ella se ocupará toda su vida de niños abandonados -la categoría más desfavorecida de la sociedad- en el torno de una inclusa. Niños a los que no quería nadie, excepto Isabel. Cada semana, en una ciudad que no llegaba a los quince mil habitantes, entraban dos niños por el torno. Todavía hoy puede leerse en algún orfanato inscripciones como esta “Mi padre y mi madre me arrojaron de sí. La caridad divina me recoge aquí.”

La mujer que había acompañado a estos niños en travesías oceánicas, sin que se le muriese ninguno, ha sido considerada la primera enfermera hispana de la historia, la 

primera enfermera en misión internacional según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el año 1950. En España no tiene el reconocimiento que se le ha dado en México, donde falleció Isabel. La escuela de enfermería de Puebla lleva su nombre, además de la medalla al mérito de los enfermeras concedida por el gobierno nacional desde 1975.

Para llevar la vacuna se debía inmunizar un niño y a los 10 días, cuando madurara la pústula,  se extraía el material y era inoculado mediante incisiones en el brazo de otro niño; así se traspasaba de uno a otro manteniéndola activa hasta llegar a tierra firme, en donde se ubicaban nativos para ser vacunados y poder   distribuirla a tantos como se pudiera y para seleccionar a otros niños que la llevaran a otros destinos.

Desde el experimento de Jenner se sabe que la inoculación de brazo a brazo no acarrea ningún problema físico para la persona vacunada. Era el método más adelantado de la época. La gente que fue a la expedición tuvo la sabiduría de no ser ellos los que  vacunaran a la población para que lo hicieran ellos mismos. Era más importante enseñar cómo hacerlo. Gracias a esta decisión se crearon las Juntas de Vacunación, instituciones que se fundaron en cada uno de los territorios para poder organizar el proceso de vacunación.

La viruela fue declarada oficialmente erradicada por la OMS en 1980, convirtiéndose en la primera enfermedad eliminada a escala mundial.

La historia nos permite devolver la vida a episodios históricos olvidados o a esas personas sencillas a las que casi nunca se tiene en cuenta. Ellas nos recuerdan que o la historia se construye desde abajo, desde la solidaridad, compartiendo la propia vida, o lo que ésta construye es opresión y explotación.

Publicado en la Revista Autogestión 153