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Transformarnos sin perdernos

Transhumanismo, dignidad humana y custodia de la persona en la era biotecnológica y de la inteligencia artificial

Publicado en Exaudi.org

Por Albert Cortina, abogado y urbanista.

1. IA-LATRIA 

La nueva idolatría de la tecnología y la inteligencia artificial

Si unimos literalmente el concepto de latría (culto supremo de adoración, reverencia y honor que se debe exclusivamente a Dios) con la inteligencia artificial, entramos en un debate filosófico, ético y teológico muy actual: la idolatría de la tecnología.

La tecno-idolatría es un fenómeno contemporáneo donde el ser humano deposita una confianza ciega, devoción y esperanza de redención en las herramientas técnicas, tratándolas de manera similar a deidades capaces de resolver todos los problemas existenciales.

El ser humano posee una tendencia natural a crearse ídolos que no salvan. Desde la más remota antigüedad, el hombre se ha inventado dioses a su imagen y semejanza, con sus propios defectos, pasiones y supuestas virtudes. Dioses imperfectos como la humanidad misma, pero a los que, sin embargo, se adoraba y se les rogaba porque supuestamente tenían poder sobre los seres vivos, sobre la naturaleza o sobre la vida y la muerte.

Hoy en día, se confía en que la ciencia sea capaz de trasladarnos al espacio cercano cuando la Tierra se nos vuelva inhabitable y pueda proporcionarnos felicidad y abundancia material sin fin, fusionar al ser humano con las máquinas inteligentes (cíborgs) e incluso erradicar la muerte para siempre, alcanzando una inmortalidad cibernética.

Es evidente que la tecnociencia se ha convertido actualmente, para algunos, en objeto de culto y adoración, ya que proporciona múltiples aparatos y avances tecnológicos, a los que se les venera durante muchas horas al día. Sin embargo, ni la ciencia ni la tecnología deben venerarse, porque como ya sabemos, tanto pueden servir al bien de la humanidad, como a su desastre total.

Actualmente, las tecnociencias han abandonado la idea de un Creador sabio, providente y misericordioso, y es por ello que la ciencia se ha vuelto impersonal, inhumana, muchas veces injusta y se ha convertido a su vez en un auténtico ídolo. Por ello, como todos los demás ídolos, tiene su lado oscuro y posee también los pies de barro.

El llamado “movimiento positivista”o “positivismo”, que emergió en el siglo XIX, afirmó que solo existía una realidad, aquella a la que la ciencia tenía acceso. La creencia en la existencia de Dios se cambió por la creencia en el misterioso poder impersonal de la naturaleza.

Dejó de hablarse de “creación” y empezó a divinizarse la “naturaleza”. Se supuso que el Dios de la Biblia había muerto y se colocó en su lugar a otra pareja de ídolos: la diosa naturaleza y el dios de la tecnociencia. Y, de la misma manera que antes se adoraba a las antiguas divinidades sumerias, egipcias, griegas o romanas, también hoy la naturaleza y la tecnociencia son los ídolos en los que muchos fundamentan su fe y su única esperanza de “salvación”.

Frente a cuestiones irresolubles sobre el origen del cosmos, la vida, los seres humanos o la conciencia personal se responde que de alguna manera la sabia naturaleza tuvo que hacerlo sin ayuda de nadie.

La supuesta “muerte de Dios” predicada por Nietzsche a finales del XIX y el desencantamiento del mundo, motivado por el desarrollo de la ciencia, son responsables de la actual crisis de sentido que embarga a buena parte de Occidente y del mundo en general.

Cuando no se cree en un Creador trascendente, ni en una vida eterna después de la muerte, algunos optan por fabricarse utopías e ilusiones míticas, como la de pensar que la tecnociencia construirá un mundo perfecto a nuestra imagen y semejanza en el que viviremos por siempre jamás. Y si la Tierra se nos agota, dicen esas narrativas, nos iremos a conquistar el espacio cercano.

La triste realidad reiteradamente confirmada es que la tecnología sin escrúpulos solo puede “liberar” al ser humano a costa de destruir el planeta y la misma condición humana.

Desde la cosmovisión cristiana sabemos que la salvación del ser humano no la pueden dar los ídolos. Por eso, cambiar a Dios por los ídolos es el mayor pecado que se puede cometer porque atenta contra el Espíritu de Dios mismo.

La Revelación nos enseña que las personas fueron creadas para amarlas, y las cosas para utilizarlas. Pero el desorden de nuestro mundo consiste en que se aman las cosas y se utilizan a las personas. Este caos moral nos ha llevado a la actual crisis ecológica, a la idolatría del paradigma tecnocrático y a la desigualdad humana que afecta profundamente a la dignidad de la persona, a los derechos humanos básicos y al bien común.

Nuestro mundo necesita con urgencia un cambio de mentalidad y la sociedad debe avanzar hacia un cambio cultural, ético y espiritual. Es lo que hemos denominado en alguna ocasión la vía del Humanismo Avanzado integral que nos insta a amar al prójimo y a no utilizarlo nunca como un medio, ya que toda persona es un fin en sí misma.

La tecnología y la ciencia pueden ayudar a resolver muchos problemas humanos, pero es necesario ponerlas al servicio de todos, especialmente de los más vulnerables. El mundo tiene que comprender que la ciencia por sí sola no es capaz de cambiar el corazón del ser humano. La ciencia y la técnica no pueden salvarnos, como muchos creen hoy.

Solo un verdadero cambio del corazón nos hará progresar y dejar un mundo mejor a las generaciones venideras. El desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida superior no puede considerarse progreso.

Debemos conectar la mente con nuestro corazón a través de la inteligencia del amor o sabiduría del corazón. Tenemos que profundizar en nuestra inteligencia espiritual para preservar la dignidad de las personas, custodiar la naturaleza humana y cuidar las redes de vida de la creación ante una revolución biotecnológica y de la inteligencia artificial que avanza exponencialmente, muchas veces sin sentido ni propósito más que el de alcanzar un biopoder inmenso que de consumarse, destruiría al conjunto de la humanidad y probablemente a las redes de vida del planeta.

Sin embargo, lo que verdaderamente puede hacernos progresar como personas y como sociedad, también en la presente era biotecnológica, es entender la felicidad en términos de relación con los demás, de vivir vidas más austeras y sobrias, de existir con lo que realmente necesitamos y de frenar ese deseo insaciable de poseer más cosas, idolatrando a la tecnología y especialmente a la inteligencia artificial que si seguimos por ese camino exponencial, pronto se convertirá en una Superinteligencia a la que se le dará culto de latría y adorará como si fuese un nuevo “dios omnisciente” creado por el propio ser humano y poseído por la “entidad oscura” que ha sido siempre enemiga del hombre y que desde el inicio de los tiempos pretende destruir todo lo creado por Dios, aunque sabemos que dicho ser preternatural es una  simple criatura y que la victoria definitiva está ya ganada por Jesucristo en quien todas las cosas serán recapituladas.

 

2. LA DIGNIDAD HUMANA ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL  

Juicio ético y moral del poder de la inteligencia artificial y de la tecnología.

Según la cosmovisión del humanismo cristiano, la persona es valiosa en sí misma porque es imagen de Dios. En esa verdad se fundamenta la dignidad de la persona y el reconocimiento de la sacralidad de la vida humana.

El peligro al que nos enfrentamos en la actual era biotecnológica empieza cuando desde múltiples frentes se declara que la tecnología está por encima del sentido de humanidad. El exceso de instrumentalización funcional de los saberes y ciencias lleva a pensar que la innovación solo se reduce a lo tecnológico.

Sin embargo, hay prácticas académicas, de investigación o profesionales que ayudan a proteger la dignidad de las personas. Son aquellas prácticas que reconocen a cada persona como un fin en sí misma y no como un medio. En esa dirección cabe destacar la investigación ética centrada en el respeto de las personas, la educación integral que promueve el pensamiento crítico y el desarrollo humano, el diálogo interdisciplinario, la escucha activa de las comunidades, la protección de datos personales, la inclusión de poblaciones vulnerables en los procesos de decisión, la evaluación de los impactos sociales de la ciencia y la tecnología, el respeto por cada una de las personas que conforman la sociedad, la acogida de todas las personas sin ningún tipo de exclusión por su condición política, social o religiosa, etc.

Debemos pues partir de la premisa que la dignidad humana debe estar en el centro de toda acción política, social o profesional. Es preciso reconocer el valor único e irrepetible de cada persona. Antes de verla como una estadística, un diagnóstico, un número de identificación o un perfil digital, debemos comprender que cada ser humano tiene una dignidad intrínseca como creatura de Dios, independientemente de su condición social, económica, cultural, racial, etc.

El conocimiento técnico y científico es fundamental, pero debe estar orientado al bien común y al respeto por la vida, la justicia, la solidaridad y la búsqueda de soluciones que favorezcan el desarrollo integral de las personas.

Por este motivo, es necesario formar a ciudadanos comprometidos con la construcción de una sociedad más justa, pacífica y solidaria, capaces de tomar decisiones considerando tanto la eficiencia como las consecuencias humanas de sus acciones y caracterizados por la forma en que esos conocimientos y habilidades se ponen al servicio de la persona humana. De esta manera, el dato o el entorno digital resultan ser herramientas para comprender y atender mejor a las personas, pero nunca sustituyen el reconocimiento de su valor como fin en sí mismas.

Bajo esa misma lógica, se plantean los dilemas éticos actuales que muestran la necesidad de una inteligencia, sea natural o artificial, orientada al cuidado de las personas y de la vida.

La aceleración y la promesa de la eficiencia de la inteligencia artificial plantea dilemas sobre su orientación ética en cuanto a la privacidad, la manipulación de la información, la discriminación algorítmica o el reemplazo de empleos por la automatización, entre otros muchos aspectos de la vida.

El filósofo surcoreano Byung-Chu Han sostiene que el neoliberalismo y la sociedad del rendimiento actuales imponen una razón instrumental y calculadora que lo mide todo en términos de productividad, eficiencia y optimización personal. Frente a ese “cálculo”, el filósofo propone que el amor es la única fuerza capaz de conocer y revelar la verdadera realidad, accediendo a dimensiones que la razón instrumental ignora por completo. Mientras que la razón instrumental convierte al mundo y a las personas en objetos de consumo o herramientas de autosatisfacción, el amor permite descubrir la existencia del “Otro” en tanto que otro, rompiendo el narcisismo y la soledad que impone la sociedad actual.

La razón instrumental de la que se vale la tecnociencia pretende que todo sea transparente para que pueda ser controlado; pero la razón relacional o dialógica admite que no todo puede ser reducido conceptualmente, que en el ámbito personal hay una zona de misterio, una realidad que no puede ser cuantificada ni verificada, ni utilizada, ni gestionada como un algoritmo.

Un misterio que debe ser tratado decorosamente porque es sublime, y del que solo se puede saber a través del “encuentro” que hace surgir una “razón ampliada” o “Sabiduría”, que no procede del mismo modo que la razón instrumental típica del mundo tecnocientífico y ahora de los sistemas de inteligencia artificial, sino mediante actitudes éticas como la apertura, la escucha, la acogida y el hacerse cargo del otro.

De lo que se trata no es de acumular y procesar datos, sino de ir logrando el mutuo conocimiento. La razón instrumental y la IA se limitan a lo manipulable, en cambio, la “Sabiduría del corazón”,  que proviene del amor y es plenamente humana, se ocupa del acontecimiento y del Ser, del para qué, la finalidad, el significado, la alteridad y la vinculación profunda que rompe la soledad, y en definitiva, lo endereza todo hacia lo trascendente, hacia la Presencia en la que todo es plenitud.

Necesitamos hoy con urgencia de esa inteligencia espiritual en el marco de un Humanismo Avanzado integral.

El inmenso poder que han alcanzado actualmente las tecnociencias imponiéndonos el denominado “paradigma tecnocrático” que favorece el aceleracionismo, la presión productiva y la cultura del rendimiento, debe corregirse con un ritmo más humano centrado en la contemplación, la interioridad, la gratuidad y la narración. Contemplar significa sustraerse a la inmediatez para permitir que la realidad revele de manera progresiva su sentido; es dar el salto de la simple y afanosa mirada a la profunda y serena visión. La interioridad exige recuperar el silencio, la atención y el discernimiento frente a la saturación informativa y la dispersión digital. La gratuidad reivindica experiencias, como la amistad, la ética del cuidado, la conversación, la hospitalidad, la lectura, el estudio, cuyo valor no reside únicamente en producir resultados sino en hacer posible la vida compartida en clave de comunidad humana. Finalmente, la narración, devuelve al tiempo continuidad, memoria e identidad frente a su atomización en instantes sucesivos.

De esta manera, las humanidades del siglo XXI que propugna el Humanismo Avanzado, no deberían entrar en competencia ciega con la velocidad tecnológica, sino custodiar otra temporalidad: demorarse para comprender, escuchar para encontrarse, contemplar para descubrir y narrar para conferir sentido. Así, la tarea fundamental de las humanidades en el hoy de la historia consiste en preservar el tiempo humano allí donde la cultura del rendimiento y el paradigma tecnocrático pretenden convertir toda experiencia en productividad, eficiencia, capacidades aumentadas y mente expandida hibridada con la inteligencia artificial.

No obstante, es una realidad incuestionable que la IA está transformando el campo de conocimiento al dejar de ser una cuestión técnica para convertirse en un objeto central de reflexión crítica, ética y antropológica. Lejos de ver la IA como una herramienta de productividad, desde el Humanismo Avanzado debemos verla como un desafío al concepto de cognición, creatividad e inteligencia humana. Y es que se cuestionan los límites entre la inteligencia natural y la artificial, se examinan los riesgos de la humanidad reducida frente a las narrativas hipertecnológicas.

Debemos pues seguir reflexionando sobre la custodia de la persona humana, la dignidad y los valores frente al impacto de los sistemas de inteligencia artificial.  Debemos continuar el dialogo sobre la responsabilidad en el diseño y uso de las tecnologías exponenciales, evitando posturas tecnófobas o acríticamente tecnófilas o tecno-entusiastas, y abogando por un desarrollo tecnológico que esté al servicio genuino del bienestar humano, la dignidad de la persona, la justicia social y el bien común.

La Doctrina Social de la Iglesia Católica describe un término que sintetiza muy bien el desafío ante la inteligencia artificial y los algoritmos: la Civilización del Amor.

El papa León XIV, en su encíclica Magnifica humanitas. Custodiar la persona humana en la era de la inteligencia artificial, publicada el 15 de mayo de 2026 (https://exaudi.org/es/magnifica-humanitas-albert-cortina/ ), nos muestra como la Doctrina Social de la Iglesia es una vía extraordinaria para elaborar un juicio ético y moral sobre el poder de la inteligencia artificial y la tecnología, así como para emprender el camino de construcción de la civilización del amor también en tiempos de la IA.

“Hoy, en el contexto de la revolución digital, esta intuición resulta aún más decisiva. Las redes digitales, la economía globalizada y el desarrollo de la IA crean vínculos cada vez más estrechos, conectando en tiempo real las decisiones tomadas en un lugar con los efectos que producen en otro. Por eso, siguen siendo actuales las palabras del Concilio Vaticano II sobre la creciente interdependencia entre los pueblos: el bien común adquiere cada vez más una dimensión universal, con derechos y deberes que conciernen a toda la familia humana. El proyecto de la civilización del amor asume aquí la tarea decisiva de transformar esta interdependencia padecida en una solidaridad deseada y elegida. Es el criterio para orientar los procesos tecnológicos: no basta con que la IA nos haga más eficientes o conectados, debe servir para edificar esa familia humana universal, con derechos y deberes compartidos, donde la proximidad digital se convierta en una ocasión real de encuentro y de cuidado recíproco” (187 MH).

Por otro lado, dicha encíclica del papa León XIV viene precedida por una serie de documentos de la Iglesia Católica cuya lectura resulta muy interesante para complementar las reflexiones que hemos realizado anteriormente (https://exaudi.org/es/quo-vadis-humanitas/ ).

 

3. DEL CONTROL DEL MUNDO AL REDISEÑO DEL SER HUMANO

Inteligencia artificial, transhumanismo y biopoder sin límites.

Nuevamente nos situamos en el centro del debate antropológico, filosófico, sociológico y biopolítico contemporáneo: el tránsito del dominio del entorno exterior (el control del mundo) hacia la intervención y modificación del propio núcleo biológico y cognitivo de nuestra especie (el rediseño del ser humano).

  • Desde el punto de vista de la inteligencia artificial, el desafío que se nos presenta es la externalización de la cognición humana.
  • Desde la bioideologia del transhumanismo, como señalábamos en el libro “¡Despertar! Transhumanismo y Nuevo Orden Mundial” se nos propone “trascender” de nuestra naturaleza humana, ofreciéndonos una promesa de “salvación” mediante el “autodiseño” o “rediseño” del ser humano resultado de un presunto derecho a la “libertad morfológica” que aboga por la emancipación de nuestra biología humana, aproximándonos a los límites de la frontera tecno-libertaria a conquistar y a sobrepasar.
  • Desde el biopoder sin límites, se aboga por el control político total de la vida.

Efectivamente, la IA pretende redefinir la condición humana y en muchos casos alimenta aspiraciones transhumanistas. Como ya es conocido el transhumanismo es una bioideología que sostiene que la tecnología debería permitir superar las limitaciones biológicas del ser humano. Sus defensores plantean utilizar los avances en inteligencia artificial, biotecnología, ingeniería genética, neurotecnología y otras tecnologías exponenciales para ampliar radicalmente nuestras capacidades físicas y cognitivas.

En el libro “Transhumanismo«, la ideología que desafía a la fe cristiana, expusimos las profundas diferencias entre ambas cosmovisiones.

Como hemos señalado anteriormente, la IA, al mismo tiempo que abre posibilidades para mejorar la calidad de vida, también genera tensiones sobre el control de estas tecnologías y su impacto en los derechos humanos y la justicia social.

Uno de los mayores desafíos que plantea la IA para los derechos fundamentales, la privacidad, la vigilancia, los sesgos, la responsabilidad y la democracia es la “privatización transnacional del poder político”. De este modo, la IA está creando una especie de “despotismo algorítmico” ya que estos sistemas o modelos de IA nos conocen mejor que nuestros propios familiares y amigos, e incluso que nosotros mismos.

Como ya hemos indicado en el apartado anterior, la IA plantea interrogantes sobre su desarrollo ético y su capacidad para moldear el futuro de manera equitativa. Uno de los elementos más significativos es la concentración del poder en grandes corporaciones tecnológicas cuyo enfoque está dirigido hacia la maximización de beneficios, la eficiencia operativa y la optimización de los procesos organizacionales. Este dominio plantea riesgos relacionados con la transparencia y la rendición de cuentas, especialmente cuando los sistemas de IA se integran en procesos de toma de decisiones críticas. En este sentido, la falta de regulación adecuada y la ausencia de un consenso global sobre las normas éticas agravan los dilemas inherentes a dichas tecnologías exponenciales y al biopoder sin límites que se puede desencadenar en las próximas décadas si no acertamos en la gobernanza democrática a desarrollar.

La competencia geopolítica entre Estados Unidos y China ejemplifica cómo las potencias globales buscan dominar el desarrollo de la IA como una herramienta de influencia estratégica. Mientras Estados Unidos apuesta por un ecosistema innovador pero descentralizado, China aplica un modelo autoritario que prioriza la implementación masiva en áreas como la vigilancia y el control social.

La complejidad del contexto global de la IA no se limita a los dilemas éticos y de gobernanza, también reconocemos que incluyen cuestiones de sostenibilidad, si bien la IA tiene el potencial de optimizar recursos y reducir impactos ambientales, su desarrollo intensivo en energía y su dependencia de infraestructuras tecnológicas generan un costo muy significativo para el medio ambiente. En este marco, la IA se posiciona simultáneamente como una solución y un problema en la lucha por la sostenibilidad global.

Para paliar estos efectos nocivos, deberían desarrollarse, al menos, estos tres ejes estratégicos:

  • Desarrollo ético y gobernanza: garantizar la transparencia, equidad y responsabilidad en la adopción de la IA en las organizaciones y gobiernos.
  • Sostenibilidad e innovación: promover el uso de la IA para optimizar recursos y minimizar el impacto ambiental en los procesos organizativos.
  • Transformación y equidad social: impulsar el acceso igualitario a la tecnología y su aplicación en beneficio de las comunidades más vulnerables.

Es por ello por lo que la ética de la IA debe centrarse en mitigar riesgos asociados con la falta de transparencia, los sesgos algorítmicos y la explotación de datos.

El actual «capitalismo de vigilancia» derivado del uso masivo de datos plantea, sin duda, riesgos graves para la privacidad y la autonomía de los individuos. Los principios éticos en el diseño y desarrollo de la IA deben incluir pues mecanismos de transparencia y rendición de cuentas para evitar que los algoritmos reproduzcan patrones discriminatorios.

La falta de un enfoque ético integral puede llevar a que los sistemas de IA refuercen desigualdades estructurales. Para contrarrestar estos riesgos, es esencial que los gobiernos y las organizaciones adopten marcos éticos que equilibren la eficiencia tecnológica con el respeto a los derechos humanos.

Es evidente que los avances en IA han acelerado la brecha entre quienes tienen acceso a estas tecnologías y quienes no, lo que demanda un enfoque global para evitar que la IA exacerbe las desigualdades sociales y económicas ya existentes.

En términos de gobernanza, la creación de estándares internacionales para la regulación de la IA es un paso esencial para evitar abusos y garantizar que su desarrollo esté alineado con los valores humanos. La progresiva implementación de IA en todos los ámbitos debe incluir una supervisión ética que involucre tanto a gobiernos como a corporaciones privadas, para lograr un equilibrio entre innovación y responsabilidad social.

Por lo tanto, el desarrollo ético y la gobernanza de la IA deben ser pilares fundamentales para que adoptemos esta tecnología de manera responsable, respetando los derechos de los individuos y mitigando los impactos negativos sobre el conjunto de la sociedad.

Sin embargo, la IA no solo transforma los procesos operativos y de decisión en las corporaciones privadas y en los gobiernos, sino que también redefine los límites entre lo humano y lo tecnológico, planteando desafíos éticos y existenciales de profundo impacto con relación a la preservación de la naturaleza humana. Nos encontramos en un momento de inflexión muy relevante, donde la humanidad enfrenta una «evolución de la condición humana» marcada por la interacción entre egolatría, singularidad y tecnología.

Así pues, podríamos definir la “egolatría tecnológica” como una tendencia contemporánea que busca superar los límites humanos mediante la IA y las biotecnologías exponenciales. Esta dinámica refleja una exaltación de la supremacía tecnológica por encima de los valores humanos, éticos y sociales.

Las corporaciones privadas y las organizaciones adoptan herramientas de IA para maximizar la productividad y el control, muchas veces a costa de la prioridad humana y de los derechos individuales.

Por otro lado, la posibilidad de la “Singularidad tecnológica”, entendida como el momento en el que las máquinas y la inteligencia artificial superen la inteligencia humana, representa uno de los dilemas más profundos en el estudio de la IA, aunque especulativa, esta sentencia a la que aluden constantemente los profetas del transhumanismo, ya influye directa o indirectamente en cómo las corporaciones privadas y las organizaciones diseñan sus estrategias a largo plazo, considerando escenarios en los que la automatización y la autonomía de las máquinas reconfiguren radicalmente las estructuras laborales y sociales en un futuro marcado por la convergencia entre IA avanzada y transhumanismo.

En este sentido, se están configurando espacios donde el poder no es simplemente ejercido de manera visible y opresiva, sino que se vuelve parte del comportamiento cotidiano de los individuos.  Según el pensador Foucault este tipo de poder implica una forma de «biopoder», que no solo regula la conducta, sino que también controla la vida de los individuos, gestionando su tiempo, su cuerpo y su productividad. En las organizaciones empresariales, esto se traduce en prácticas de evaluación constante, como la supervisión del rendimiento, que no solo afecta el trabajo, sino también la identidad y el bienestar de los trabajadores.  En las ciudades y en los países, ese biopoder se extiende a los ciudadanos en su conjunto.

Como venimos afirmando, la inteligencia artificial enfrenta la promesa de superar límites humanos con el riesgo de concentrar decisiones globales en pocas corporaciones privadas. Ante esa realidad debemos hacernos algunas preguntas: ¿Quién controla esa transformación? ¿Quién decide el futuro de la humanidad? ¿Qué riesgos están dispuestos a asumir?

Y es ahí donde podemos analizar críticamente la corriente filosófica denominada “altruismo eficaz” que propone utilizar la evidencia, el razonamiento y el análisis coste-beneficio para determinar qué actuaciones pueden generar mayor valor.

Una de las derivaciones de esta corriente es el “largoplacismo”, que lleva la perspectiva del altruismo efectivo mucho más allá del presente y concede una importancia extraordinaria al bienestar de las generaciones posthumanas futuras – tanto biológicas como digitales- y a la cantidad de “valor” que estas podrían aportar en un futuro lejano.

Llevada a posiciones extremas, esta forma de pesar puede conducir a aceptar costes y riesgos importantes en el presente, si se considera que son ello aumenta significativamente el valor de lo que está por venir. Y aquí aparece una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto es legítimo aceptar daños reales hoy en nombre de un futuro hipotético al que se atribuye un valor incalculable?

Desde esta perspectiva, evitar cualquier impedimento para que posibles seres posthumanos desarrollen todo un potencial puede convertirse en una de las máximas prioridades morales.

“Hay que preservar la humanidad” sostienen los largoplacistas. Pero la pregunta que rara vez se formula con suficiente claridad es: ¿ustedes qué entienden exactamente por esto?

Para la inmensa mayoría de nosotros, preservar la humanidad significa impedir que el Homo sapiens desaparezca como especie. Que nos mantengamos en lo humano.

Sin embargo, cuando determinados lideres tecno-autoritarios como Sam Altman, Dario Amodei, Nick Bostrom, Ben Goertzel, Ray Kurzweil, Elon Musk, Larry Page, Peter Thiel o Eliezer Yudkowsky, vinculados al transhumanismo y al largoplacismo, hablan de preservar la humanidad, no necesariamente están hablando de preservar la especie humana.

Como señala el experto en IA,  Ramón López de Mántaras, en determinados debates sobre el riesgo existencial, se ha establecido, de hecho, una distinción entre dos formas de desaparición de la especie humana: la “extinción terminal” y la “extinción final”.

Según el filósofo P. Torres, la “extinción terminal”  es la desaparición definitiva del Homo sapiens y de cualquier posibilidad de que nuestra especie sea sustituida por una forma de existencia posthumana.

La “extinción final”, en cambio, se produciría cuando el ser humano fuera reemplazado por alguna forma de existencia posthumana considerada suficientemente valiosa como para representar una cierta continuidad de la humanidad.

La distinción no es un simple juego de palabras: tiene consecuencias antropológicas, filosóficas y políticas enormes. Porque implica que, para determinadas visiones transhumanistas y para algunos sectores del altruismo eficaz, la desaparición de la especie humana tal y como la conocemos no sería necesariamente el peor futuro posible.

Para esas corrientes de pensamiento, el peor escenario sería que nuestra especie desapareciera sin dejar ningún sucesor posthumano capaz de desarrollar ese futuro. Así, la sustitución progresiva de los seres humanos por una nueva forma de existencia considerada superior podría llegar a interpretarse como una continuación – e, incluso, como una culminación- de la humanidad.

Para alcanzar ese futuro transhumanista, muchos de sus defensores, especialmente en Silicon Valley, consideran que la sustitución progresiva de los seres humanos pasa necesariamente por el desarrollo de la Superinteligencia artificial. Y aquí aparece una consecuencia particularmente inquietante.

Si esa Superinteligencia artificial se concibe como un instrumento necesario para alcanzar un futuro, en teoría, inmensamente más valioso, los riesgos asociados a su desarrollo, por grandes que sean, pueden llegar a considerarse un precio aceptable.

Desde esta perspectiva, regular el desarrollo de una hipotética Superinteligencia artificial, ralentizarlo o detenerlo podría interpretarse no como una medida de prudencia, sino como una renuncia al futuro. La posibilidad de una catástrofe presente queda así subordinada a la promesa de un futuro hipotético.

En este contexto, ya no se trata únicamente de preguntarnos cómo podemos evitar los riesgos de la IA, sino de decidir qué futuro consideramos deseable y qué riesgos estamos dispuestos a asumir para alcanzarlo. Y esa decisión no puede quedar en manos de un reducido grupo de oligarcas, empresarios, inversores, y tecnólogos convencidos de que su particular visión del futuro debe convertirse en el destino de toda la humanidad.

El problema se vuelve todavía más grave cuando las mismas corporaciones particulares que desarrollan esas tecnologías se presentan como las únicas capaces de gestionar sus riesgos.

Si consiguen convencer a la sociedad -y, sobre todo, a los responsables políticos- de que solo ellas poseen los conocimientos necesarios para evitar una catástrofe, se otorgan a sí mismas una supuesta capacidad para determinar qué riesgos debemos aceptar, que desarrollos son legítimos y que futuro debemos perseguir.

Es por tanto, una concentración de poder incompatible con una sociedad democrática. Quienes tienen miles de millones de dólares invertidos en el desarrollo de la IA no pueden ser al mismo tiempo los árbitros de los riesgos que genera esa tecnología. Y mucho menos pueden decidir por el conjunto de la sociedad qué significa “progreso” o qué futuro merece la pena construir. Lo mismo en cuanto al resto de biotecnologías exponenciales que tienen como objetivo el “rediseño del ser humano”.

Resulta extraordinariamente preocupante que, desde los más altos niveles de poder en EEUU, se defienda que la Superinteligencia es el horizonte que debemos alcanzar en Occidente y que sus riesgos deben gestionarse mediante autorregulación de las mismas empresas que compiten por desarrollarla. Por otro lado, sabemos muy poco de cómo se desarrolla realmente la estrategia sobre la Superinteligencia artificial desde el poder político en China y en el conjunto del bloque asiático.

La contradicción es evidente: la autorregulación no puede convertirse en una forma de privatizar una decisión que afecta a toda la sociedad. Tal y como señala el experto en inteligencia artificial, Ramón López de Mántaras, “no podemos tolerar que las empresas que compiten por alcanzar primero una hipotética Superinteligencia artificial sean también quienes determinen cuándo los riesgos son aceptables, qué salvaguardas son suficientes y hasta dónde debe llegar la carrera”.

Según el citado experto, “necesitamos instituciones públicas capaces de ejercer un control democrático y efectivo sobre estas tecnologías, establecer qué desarrollo requieren límites y qué objetivos tecnológicos queremos promover. Y necesitamos hacerlo antes de que las decisiones fundamentales hayan quedado irreversiblemente condicionadas por quienes controlan la tecnología, el capital y la infraestructura”.

Estamos ante un cambio de época crucial para la supervivencia de la humanidad. Si las personas no tomamos individual y colectivamente la decisión de mantenernos humanos y custodiar a la persona en su dignidad como fin y no como medio – tal y como propone la encíclica del papa León XIV Magnifica humanitas-, los poderes de este Nuevo Orden Mundial tecnocrático diseñaran una nueva “Torre de Babel” y trataran de gestionar un futuro que pretenden y desean sea posthumano.

No obstante, a través del Humanismo Avanzado integral (que conecta la mente con el corazón mediante la inteligencia del amor o sabiduría del corazón); la inteligencia espiritual (fundamento de la dignidad y custodia de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, así como del cuidado de toda la creación) y un liderazgo humanista ético (que favorezca la libertad, la justicia social, la gobernanza democrática y el bien común), podremos construir la “Civilización del Amor” como camino hacia un futuro más humano, tal y como propone la encíclica Magnífica Humanitas del papa León XIV.

 

4. MANTENERNOS HUMANOS EN LA ERA DE LA EXPONENCIALIDAD TECNOLÓGICA

Amoritmos e inteligencia del amor (IA+) ante los algoritmos y la inteligencia artificial (IA).

Por todo lo expuesto anteriormente, resulta pertinente hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo podremos mantenernos humanos en la era de la exponencialidad biotecnológica y la inteligencia artificial?

En paralelo debemos preguntarnos también: ¿Qué inteligencia debe orientar la inteligencia artificial en esta era tecnológica?

A esta última pregunta, respondió el P. Diego Marulanda, Rector General de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), en la Escuela de Verano Saberes celebrada en Medellin (Colombia) el pasado mes de septiembre de 2026 – evento al que tuve el honor de participar -,  afirmando que esa inteligencia no es otra que la “inteligencia del amor”.

En efecto, tal y como señaló el P. Marulanda en dicho encuentro, “necesitamos una reflexión humanista, cristiana, académica y contemporánea acerca del amor como forma de conocimiento, principio de dignidad, vinculo social, inteligencia ética, ritmo vital y horizonte educativo en la era de la inteligencia artificial”.

“La inteligencia artificial amplia capacidades, la inteligencia del amor introduce propósito, límites, responsabilidad y sentido”, señaló el Rector de la UPB.

¿Qué puede conocer el amor que una inteligencia calculadora deja fuera? La respuesta a esta pregunta desplaza la atención hacia el rostro, la presencia, la donación, la interioridad, la gratuidad, la atención, la narración y el misterio. En esta mirada, la inteligencia humana alcanza profundidad cuando sabe discernir fines: verdad, libertad, bien, belleza y esperanza.

De este modo podemos comprender el amor como una lógica de relación, comunión y cuidado que antecede a la coyuntura tecnológica.

Desarrollando el concepto de “inteligencia del amor” – en el dialogo interdisciplinar efectuado entre las distintas Escuelas de la UPB-, se definen dos términos que se integran en dicha inteligencia del amor que debe orientar la inteligencia artificial:

  • El “algoritmo” que calcula lo posible.

“Un algoritmo es un conjunto ordenado y finito de instrucciones, reglas o procedimientos que transforma datos de entrada en un resultado. En el contexto de la inteligencia artificial, un algoritmo permite procesar información, identificar patrones, automatizar decisiones, optimizar procesos y producir respuestas según una lógica previamente definida. Todo algoritmo incorpora decisiones sobre qué datos cuentan, qué resultado busca, qué criterio optimiza y qué aspectos de la realidad quedan fuera de su cálculo”.

  • El “amoritmo” que protege lo humano.

“Amoritmo es un neologismo formado por las palabras amor y ritmo. Designa un principio humano de orientación que introduce en la lógica de los algoritmos criterios de dignidad, cuidado, responsabilidad, escucha y bien común. El amoritmo permite discernir el sentido de las decisiones, reconocer la singularidad de las personas y asumir las consecuencias humanas, éticas y sociales de toda acción. Se expresa en decisiones, prácticas, rituales, protocolos y formas de relación que preservan lo humano dentro de una comunidad o institución”.

En ese sentido, la inteligencia del amor es un modo de conocimiento que integra la razón, el afecto y la voluntad para entender al ser humano sin fragmentarlo.

Necesitamos pues, en esta era de la exponencialidad tecnológica, enfoques que midan el amor como capital relacional que sostenga a las comunidades, no solo como sentimiento individual (economía del cuidado, ética de la vulnerabilidad, sociología de la reconciliación, etc.) y ampliar las competencias afectivas junto a las capacidades cognitivas extendidas por la IA.

La innovación social real debe proponer una antropología relacional que desafíe tanto al individualismo moderno, que proporciona las plataformas digitales y las redes sociales, como el colectivismo despersonalizado, recuperando la persona como centro.

Ante cualquier situación que afecte a la persona debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿esta decisión hace más humano al ser humano? Y es que el cuidado, la confianza y la empatía son condiciones para transformar la realidad desde la dignidad humana.

En la propuesta que estamos presentando a partir de los estudios interdisciplinares de la UPB, el amor es concebido no como un afecto pasivo, sino como un vínculo que estructura la vida psíquica y social, y que orienta el conocimiento y la tecnología hacia el cuidado de la vida y la dignidad de la persona humana.

La IA+ ubica a la persona, a las familias y a las comunidades en el centro de las decisiones.

En esta época biotecnológica, tal y como ya hemos señalado anteriormente, está emergiendo la digitalización y la IA como medios que pueden llegar a reconfigurar vínculos humanos hacia una instrumentalización del otro perdiendo de vista características humanas como las emociones y los sentimientos.

Por ello, debemos preguntarnos por los daños reales de las tecnologías, las repercusiones en la salud mental, las familias y la manipulación algorítmica de la voluntad.

Muchas veces habrá que negarse a que la IA y los sistemas algorítmicos sustituyan el juicio prudencial sobre personas concretas, por más que la eficiencia institucional lo exija cada vez con mayor insistencia. Desde la IA+ proponemos mirar al otro como fin, nunca como medio, aunque el sistema entero empuje en dirección contraria.

La inteligencia del amor está orientada al cuidado de la vida. Y es que la inteligencia del cuidado y del amor no es sentimentalismo sino razón practica iluminada por la verdad sobre la persona, capaz de decir “no” al poder científico-técnico cuando este avanza contra la vida vulnerable, recuperando el coraje profético que hemos perdido y plantando cara al paradigma tecnocrático.

Otra pregunta que podemos hacernos es la siguiente: ¿Qué dimensiones de la realidad puede conocer el amor que la razón técnica suele dejar al margen? ¿Puede ser el amor una forma de conocimiento?

Y es que el amor prioriza y reconoce en el otro el rostro, las emociones, los sentimientos, las historias de vida, mientras que los algoritmos simplemente reconocen los datos fríos e insensibles. Así pues, el amor resulta ser la auténtica fuerza humana, social, ética y espiritual de la persona.

El amor escucha de manera atenta, la tecnología únicamente procesa datos.

Cuidar al otro o al entorno es acompañar sin instrumentalizar, trascendiendo los indicadores y las estadísticas.

Es por ello por lo que según la propuesta de la inteligencia del amor hemos de compatibilizar los algoritmos con los amoritmos (ritmo del amor). Esos ritmos humanos son los que necesita recuperar la sociedad ante la aceleración tecnológica, la presión productiva y la cultura del rendimiento, la eficiencia y la optimización.

Por otra parte, la fragilidad de los vínculos se manifiesta actualmente en el debilitamiento de los espacios de encuentro, de la solidaridad, del apoyo mutuo, de la falta de continuidad de las relaciones en el tiempo y de la poca profundidad en muchas ocasiones frente al sufrimiento del otro.

La actual sociedad tecnológica genera seres humanos captados por la productividad que muchas veces no tienen tiempo para el cuidado de la vida y de los demás, al estar ocupados en el cumplimiento de indicadores y tareas.

Así tenemos familias tensionadas por los estándares – educativos, organizacionales, políticos- que intentan paliar el desmoronamiento vincular sin una orientación clara.

Sin embargo, los “amoritmos sociales” se hacen visibles en prácticas que privilegian el cuidado de las personas y la construcción de vínculos basados en el respeto y la corresponsabilidad. Estos amoritmos se expresan en procesos de diálogo, mediación de conflictos, memoria colectiva, participación comunitaria y reconocimiento de la diversidad. Estas experiencias fortalecen el tejido social y generan condiciones para una sana convivencia.

El encuentro pacifico, la solidaridad, la ética de la compasión, el ejercicio del cuidado, la contemplación de la belleza, el aroma del tiempo, la libre elección y el encuentro. Todos ellos son factores de ese “ritmo del amor” (amoritmo) que nos hace más humanos (H+).

De este modo, los “amoritmos sociales” se expresan en la vivencia de las relaciones humanas desde la sensibilidad social, la defensa de los derechos humanos, asumiendo los valores desde la coherencia, conectando la razón con el amor de manera objetiva, dando prelación al bien común, aportando al bienestar social, dando respuestas acertadas a las necesidades, problemáticas de individuos, familias, grupos, comunidades, desde actos éticos, objetivos y alcanzables.

En este momento de la narrativa, hagamos otra pregunta: ¿qué riesgos plantea la IA para los vínculos, las emociones y la subjetividad en ámbitos como la manipulación, la desinformación, la soledad y las relaciones mediadas artificialmente?

El no saber tener límites y entender que la IA es una herramienta, no un fin, puede llevar a una mala utilización y cambiar estructuras sociales que ponen en peligro a la humanidad. La IA puede ser una aliada, pero también puede alejarnos del encuentro humano si reemplaza la conversación, el pensamiento crítico o la capacidad de comprender al otro. El reto consiste en formar profesionales que usen estas herramientas con criterio ético, sin perder la sensibilidad ni la responsabilidad frente a las personas.

Así pues, la IA también plantea riesgos relacionados con la desinformación, la manipulación de contenidos, los sesgos algorítmicos y el reemplazo de algunos espacios de relación humana. También puede profundizar el aislamiento y las interacciones desconectadas emocionalmente. Por ello, resulta fundamental promover un uso ético y crítico de estas herramientas y del ambiente IA, orientado por el respeto a la dignidad humana, el cuidado y el fortalecimiento de los vínculos sociales.

En definitiva, uno de los mayores riesgos que plantea la IA es pretender reemplazar la dimensión humana. Sin embargo, esta cuestión debe ser innegociable. En un mundo donde los algoritmos comienzan a intervenir en decisiones políticas, sociales, educativas y laborales, la presencia de profesionales con sensibilidad ética, pensamiento crítico y compromiso social resulta más necesaria que nunca. La IA requiere mediaciones humanas capaces de garantizar inclusión, justicia y dignidad ya que su impacto atraviesa las dinámicas económicas, educativas, culturales, políticas y sociales, configurando nuevas formas de interacción humana, producción del conocimiento y toma de decisiones.

En este siglo XXI la inteligencia del amor, tan necesaria para la construcción de la civilización del amor, no se puede reducir a la contraparte de la inteligencia artificial de la mediación tecnológica. Una inteligencia siempre ha contenido a la otra. La inteligencia del amor, ha sido declarada no solo en la construcción cristiana de la comunidad que camina hacia la Salvación, sino también en la construcción de la sabiduría griega en donde sensibilidad (belleza), conocimiento (verdad) y acción (bondad) no pueden separarse.

La inteligencia del amor se declara en la necesidad de entender la vida en cuanto tal desde la interdependencia, la relación y el cuidado.  Por ello es importante revisar lo que la encíclica Magnifica humanitas propone para configurar el punto de partida de un sentido de humanidad integro, complementario y sensible desde esta era de la exponencialidad biotecnológica, promoviendo la permanente afirmación y construcción de lo humano a la luz del sentido de la vida dado por el mensaje del Evangelio: el amor, la justicia, la solidaridad, el respeto, la confraternidad, la responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás, el cuidado de la creación y el encuentro con Dios que es Amor.

Madrid, 17 de octubre de 2026

 

(*) Artículo que recoge las ideas principales de las dos ponencias impartidas por Albert Cortina en el Encuentro de formación organizado por el Movimiento Cultural Cristiano, Aula Malagón-Rovirola celebrado en Madrid el 17 y 18 de octubre bajo el título: “El nuevo ídolo. La inteligencia artificial, nuevo poder del imperio para rediseñar lo humano”.

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