¿Un nuevo Singapur en las costas europeas?

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El primer ministro británico, David Cameron, ha destapado la caja de los truenos al anunciar un referéndum para 2015 sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

En el Foro de Davos del pasado enero explicó que su país no se siente «cómodo» en una UE en la que la mitad de los países que la integran en la actualidad comparten una moneda, lo que te lleva inexorablemente hacia una unión bancaria y una unión fiscal.

Desde que los británicos se incorporaron a la UE en 1973, los encontronazos entre Downing Street y sus socios europeos han sido frecuentes, pero hasta ahora ningún gobierno británico se había cuestionado seriamente su permanencia en la UE. Seguir en Europa es muy ventajoso para Reino Unido por el acceso al mercado único de más de 500 millones de personas. La mitad de las exportaciones del Reino Unido las compran el resto de socios europeos. Esto podría conseguirse también con un acuerdo bilateral -como Suiza- o bien manteniéndose en el Área Económica Europea -como Noruega-, pero estos dos países se ven influidos por la legislación comunitaria y, sin embargo no tienen ni voz ni voto en su elaboración. Cosa a la que el Reino Unido no quiere renunciar. Además, hay otro tema clave para ellos: el cómo quedaría la City londinense, cuyos servicios financieros suponen el 9% del PIB británico.

El anuncio del plebiscito se puede entender como una maniobra del Gobierno británico para ganar fuerza negociadora ante Bruselas o bien un acto político para ganarse a los euroescépticos de su propio Partido Conservador. Pero tiene sus riesgos ya que muchos medios de comunicación británicos llevan las dos o tres últimas décadas mostrando hostilidad hacia la UE y las encuestas señalan que el 70% de los británicos apoya la consulta y más de la mitad votaría ahora mismo a favor de la salida del Reino Unido de la UE. Además, el resurgir en 1993 del partido UKIP con este objetivo va ganando protagonismo político parlamentario y regional. Y el problema para Cameron es que negociar una opción mejorada en las negociaciones con la UE es complicado, ya que el Reino Unido disfruta de una gran número de privilegios en su relación con la Unión Europea.

El cheque británico

El cheque británico se creó en el Consejo Europeo de Fontainebleau, en 1984, respondiendo a las peticiones de los mandatarios británicos que se quejaban del desequilibrio presupuestario que en aquel momento presentaba su país dado que su aportación al presupuesto europeo era muy elevada en comparación con la inversión relativamente reducida en su territorio. Famosa fue la frase de Margaret Thatcher «I want my money back» ¡Que me devuelvan mi dinero!, y cuyas exigencias jugó un papel decisivo en la negociación del cheque, argumentando que gran parte de los fondos comunitarios iban destinados a las ayudas agrícolas mientras que en ese país el peso de la agricultura en su economía era muy reducido. En definitiva, una compensación por no beneficiarse de la PAC.

En virtud del cheque, Bruselas envía cada año unos 5.000 millones de euros a Londres. La forma de cálculo es sencilla. El Reino Unido, como el resto de países, paga cada año a Bruselas un porcentaje de su PIB ligeramente superior al 1%. Al mismo tiempo Londres recibe de Bruselas retornos en forma de ayudas. Como país rico que es, los retornos procedentes de Bruselas no cubren todo el dinero que pone en las arcas comunitarias, por lo que su saldo con la UE es negativo. Sin embargo, la existencia del cheque le permite reducir mucho su factura porque se le devuelven dos tercios de todo ese saldo negativo, algo que no sucede con el resto de países. De esta forma, Londres contribuye a la UE el 66% menos de lo que le tocaría. Si por su riqueza debería estar entre los tres primeros puestos de contribuyentes, gracias a este trato privilegiado se encuentra en la lista de contribuyentes por debajo de la décima posición.

El caso es que el cheque se introdujo en 1984 cuando el peso del gasto agrícola era el 75% del presupuesto comunitario, y en la actualidad apenas llega al 40%, y para el 2014-2020 será menor. Además desde su creación han tenido lugar una serie de modificaciones en su cálculo, siempre a su favor.

El cheque británico sigue siendo un motivo de controversia cada vez que los europarlamentarios se reúnen para debatir los presupuestos de la Unión Europea. En las últimas negociaciones del 2014-2020 el Reino Unido ha mantenido una posición de bloqueo para impedir que el cheque se reduzca y lo han conseguido.

Junto a la compensación británica, otros países –los más ricos- también han negociado su propia compensación, aunque no tiene carácter perpetuo. En concreto, el último documento del Consejo Europeo propone una compensación de 2.800 millones para Alemania, 1.150 para Países Bajos y 325 para Suecia a repartir en los próximos siete años.

La City londinense

La City son casi dos kilómetros cuadrados en el centro de Londres en los que viven 9.000 personas y en los que cada día entran a trabajar 350.000, el 80% en el sector financiero. No es un distrito municipal de Londres sino que tiene su propio órgano político de gobierno que es The City of London Corporation sobre la que poco manda el Parlamento; cuenta con su propia policía, y en la que de facto gobiernan los bancos. Probablemente sea el grupo de presión política (lobby) más poderoso del mundo. Tiene su propio alcalde, distinto del de Londres y en el que votan no sólo los ciudadanos, siempre a título independiente porque en él no hay partidos, sino también las empresas, como los bancos allí radicados. Eso, gracias a un sistema electoral que lejos del «una persona, un voto» reconoce el derecho de sufragio a las empresas bajo el principio de «a más empleados, más votos»: hasta 9 trabajadores, uno; con 10 empleados en nómina, dos; y así hasta las de más de 3.500, que tienen 79 votos. La reina tiene que pedir permiso al alcalde para entrar en la milla cuadrada.

El papel de su alcalde, el llamado Lord Mayor, que en el exterior tiene tratamiento de ministro, es promover por todo el mundo la desregulación financiera, abrir puertas a los más altos niveles para las empresas de la City,y conseguir que las prioridades del sector bancario se trasladen a prioridades del gobierno. Así ocurre, que el gobierno británico siempre ha tendido a identificar los intereses de la City con el interés nacional.

Nueva York es un centro financiero mayor, pero gran parte del volumen que mueve es estadounidense. Si hablamos de transacciones internacionales, la City es el más grande del mundo y aloja el mayor centro financiero para no residentes, offshore o extraterritorial, vinculado estrechamente a los paraísos fiscales satélites del entorno europeo, como las Islas Vírgenes Británicas, las Turcos y Caicos, las Bermudas, las Caimán, las Bahamas y las Islas de Man y del Canal y otros territorios británicos como Gibraltar… toda una telaraña de paraísos fiscales formada por los territorios vinculados a su pasado imperial.

Una red de ONGs basada en la opacidad financiera, Tax Justice Network (TJN), denunció que Uruguay, Panamá, Costa Rica y la City de Londres integran una lista alternativa de paraísos fiscales que incluye a unas 60 jurisdicciones; y que los principales proveedores de opacidad financiera no son las pequeñas islas soleadas, sino naciones ricas que en sus propios territorios tienen espacios de opacidad, como la City.

Lugar famoso por sus sueldos millonarios, sus bonus de vértigo y su ambiente competitivo, se ha lucrado enormemente con la «crisis del euro» a través de los fondos de alto riesgo de Londres y sus operaciones especulativas. Paradójicamente allí tiene lugar aproximadamente el 40% de todas las operaciones financieras en euros, más que en todos los 17 estados miembros juntos.

En 1999 cuando se gestaba el euro y el nuevo sistema electrónico que soportaría las nuevas operaciones en bolsa en la moneda única, se debatía teóricamente si la capital financiera del euro sería Fráncfort o Londres, pero la City se impuso en la práctica desde el primer momento por su larga experiencia financiera, sus leyes laborales y fiscales y el idioma. En la actualidad, la mayor integración entre los países de la eurozona y la legislación bancaria común chocan con la primacía de Londres y 2013 será el año de las negociaciones en las que la capitalidad financiera del euro estará sobre la mesa.

El Gobierno británico ha denunciado al BCE por tratar de imponer una norma por la que las transacciones en euros deben ser liquidadas en países que utilizan esa moneda. El gobernador del Banco de Francia ha reivindicado que las operaciones financieras en euros deberían tener lugar en la eurozona en lugar de en la City, «ya que no es lógico que el centro financiero más activo para nuestra moneda o para proporcionar servicios dentro de la unión económica se localice en el extranjero». El alcalde de Londres ha acusado a Francia de querer robar a Londres la corona financiera. Se trata, en definitiva, de pugnas por el poder.

Londres quiere un referéndum. En el fondo es un chantaje para imponer sus condiciones a la UE: repatriar competencias, blindar la City y poner en marcha un movimiento preventivo para proteger a quienes quieran estar en la UE, pero no en el euro. Los europeístas como Tony Blair advierten que con el desplazamiento del poder en el mundo, el único modo en que Reino Unido puede evitar la irrelevancia es el de asociarse con los demás socios europeos, al unirse al mayor mercado mundial y los considerables recursos políticos, diplomáticos y militares de las naciones de Europa. En lugar de subcontratar las grandes decisiones de Washington y Pekín, los europeos deberían unirse en un intento de construir un mundo G-3.

Por el contrario, los euroescépticos británicos acusan al mercado único de tener inmovilizado al mundo empresarial británico con trámites burocráticos; que la unión aduanera retiene a Reino Unido como rehén de los lobbies proteccionistas de todos los estados miembros y que la libre circulación de personas está inundando su mercado de trabajo con inmigrantes. Abogan por la auténtica libertad de comerciar globalmente, por un futuro como centro financiero mundial, un nuevo Singapur, al lado de las costas europeas.

Singapur y Hong-Kong –sobre todo el primero, ya que no está ligada a China–, ganan enteros en el mercado de los paraísos fiscales, una vez que Suiza ha decidido apostar por la transparencia. La colonia británica recoge el testigo del país helvético como paraíso financiero de vanguardia. Como Suiza antes, Singapur no tiene una legislación offshore específica, goza de una enorme actividad económica, y, sobre todo, mantiene el secreto bancario. ¿Eso quiere ser el Reino Unido?.

Autor: Rosario Torres