Carta pública a Errejón: las mujeres no somos vientres de alquiler

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Iñigo Errejón en el programa Hoy por Hoy de la mañana de la SER del 8 de febrero se pronunció a favor de permitir el alquiler de vientres de mujer para satisfacer los deseos de aquellos padres que quieren tener hijos fabricados con su propio semen

Añadió que habría que adoptar correctivos y vigilancia para que esa práctica que llama “maternidad subrogada” no signifique la explotación de mujeres pobres, manifestando con ello su compasión hacia tales sujetos.

En el curso de la entrevista Iñigo Errejón se autocriticó porque su partido esté inmerso más en la discusión de los problemas organizativos y de competencia entre las diversas facciones que se disputan el poder, que en resolver las carencias de la gente. De la gente que no son mujeres, ya que ninguna de las explotaciones y amenazas que las afectan, y hasta las matan, estuvo presente en su discurso. Incluso la locutora tuvo que hacerle notar que cuando hablaba de la gestación subrogada no había pronunciado ni una sola vez la palabra mujer, como si el tema atañera de igual manera a los hombres o fuese un asunto al margen de la especie humana.

El señor Errejón comenzó su reflexión diciendo que todo el mundo tiene derecho a tener hijos. Sin más, lo que para un profesor de Ciencia Política resulta un análisis enormemente pobre como explicación de un tema que afecta a miles de mujeres, en su vida más íntima. Porque como experto que es en relaciones humanas tendría que saber que los derechos de unos no se pueden ejercer contra los derechos de los demás. El derecho a la paternidad no significa que para ejercerlo se pueda disponer del cuerpo de una mujer, bombardeándolo con hormonas, insertándole un óvulo –propio o ajeno- fertilizado, y esperando que la gestación llegue a término para arrebatarle después el hijo, irreversiblemente. Y todo ello por dinero. Este profesor de política que clama diariamente contra la explotación de los trabajadores por los poderes económicos, no le afecta la explotación de las mujeres por todos los poderes: el capitalista y el patriarcal.

Si Errejón recordara la máxima de que la libertad de cada uno acaba donde comienza la de los demás, y se hubiera formado más en feminismo que en su indigesto mentor Laclau, no se pronunciaría con esa ligereza sobre el terrible drama que está ahora asediando a las mujeres pobres de varias áreas del mundo. Aquellas gobernadas por políticos que se han puesto al servicio de las grandes compañías farmacéuticas; de las agencias que buscan muchachas en las zonas rurales de la India, de Pakistán, de Bangladesh, de Ucrania, para contratar, por una aportación miserable que le entregan a la familia, sus ovarios, su matriz, su resistencia física, despreciando su dignidad como ser humano, sus sentimientos y emociones; de los machitos que quieren ser padres a costa de arrancarle el hijo a la mujer que lo ha gestado y parido.

No, señor Errejón, las mujeres no somos vasijas, ni probetas ni conejillos de Indias para hacer experimentos con nosotras ni tenemos nuestros vientres únicamente como fábrica de niños. Las mujeres no sólo invertimos en la maternidad los óvulos y las hormonas que fabrican nuestros ovarios, el calcio, los minerales y los nutrientes que van construyendo el feto; no solo soportamos durante nueve meses que nuestra anatomía vaya cambiando hasta hacer casi irreconocible la persona que éramos antes de la fecundación; no sólo perdemos la turgencia de los pechos y la firmeza de los músculos en esa ímproba tarea de dar vida a otro ser humano, tan lentamente; no sólo perdemos la capacidad de movernos con agilidad, de realizar tareas pesadas y de realizar ejercicio durante nueve meses; no sólo padecemos dolores, desgarros, cesáreas, y a veces infecciones, en el gran trabajo del parto y necesitamos días para recuperarnos de tanto sufrimiento, sino que como seres conscientes de lo que nos está sucediendo invertimos sentimientos y emociones, esperanzas y temores, alegrías y miedos, en esa etapa trascendental de nuestra vida. Y de la misma manera que en la esclavitud no solamente se utiliza la capacidad laboral del trabajador sino la persona misma, y por eso es infame, manipular el cuerpo femenino para fertilizarlo, embarazarlo y después sustraerle el “producto”, como si se tratara de que hubiera fabricado unos zapatos, es también infame.

Por ello es infame que políticos que pretenden trabajar por mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, que denuncian las explotaciones y opresiones que sufren los trabajadores, que escriben largos manifiestos contra un sistema económico y político que condena a la miseria, a la ignorancia, a la tristeza y al dolor a millones de personas, sean tan crueles con las mujeres, para satisfacer los deseos –que no las necesidades- de unos cuantos hombres ricos.

Autor: Lidia Falcón

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