LA MÚSICA Y LA CULTURA: Un ensayo para dar la “nota”

Buscando este ideal, buscando la Verdad y la justicia, al mismo tiempo que experimentamos disfrutar de la música.

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La música siempre ha sido una expresión de la cultura. Uno de los primeros signos de humanización en la historia del hombre fue la aparición de la música y la danza (que no es sino la expresión de la música a través del movimiento). Por eso cualquier tipo de música nos invita al movimiento. Se nos van los pies, los brazos, todo el cuerpo. No sería arriesgado afirmar que el primer grupo de seres humanos se manifestó como tal con la aparición de la música.

Por Juan Antonio Tapia. Biólogo y maestro para la revista solidaria Autogestión

Cuando los sonidos se articulan y adquieren un sentido aparece el lenguaje. Pero muchos grupos de animales poseen un cierto lenguaje, más o menos elaborado, y eso no les confiere el carácter de humanos. El hecho de que esos sonidos, además de tener un significado, posean una belleza formal, una armonía, realiza un proceso casi milagroso que transforma lo que no era más que un ruido o, a lo sumo, un sonido, en una melodía, en música.

Cuentan que Beethoven afirmaba que la música es el lenguaje de Dios. Seguro que no es el único que piensa así. Y no le falta razón. La música alcanza zonas de nuestro ser que otras expresiones no alcanzan. El mismo Beethoven, una vez que su sordera lo aisló de los sonidos externos, siguió produciendo música y algunas de sus obras más geniales son de este periodo. La música vivía en su interior y eso le permitió seguir disfrutándola.

Pero sigamos con nuestra reflexión sobre la música… El problema es que de las primeras manifestaciones de la música no nos quedan testimonios materiales, como sí ocurre en la pintura, la escultura, los ritos funerarios o los símbolos, amuletos y objetos de la vida cotidiana.

Y resulta que para conocer a fondo una cultura es necesario conocer su música. Uno de nuestros primeros libros de la editorial Voz de los Sin Voz, llamados entonces Cuadernos de Estudio y Debate, trató sobre la música. Es verdad que fue un estudio limitado a la conexión de algunos grupos de rock y de sus canciones con sectas satánicas (cosa que, por otro lado, muchos de ellos no sólo no han negado, sino que manifiestan abiertamente). Que estas orientaciones sean hechas con más o menos convencimiento no limita el hecho de su influencia, con un lenguaje extremadamente crítico y certero frente a las contradicciones del sistema capitalista y de unas formas de vida basadas en formalismos externos y costumbres, pero, en el fondo, formas vacías interiormente. Esta crítica, perfectamente loable y legítima, choca contra las propuestas que hacen estos grupos de artistas después en las mismas canciones, huyendo hacia mundos irreales o limitándose a destruir lo malo o injusto, pero sin promover una tarea constructiva, realista y, sobre todo, en este mundo que tenemos y no en otro «más allá de las estrellas», cuando no en la simple y llana evasión a través de las drogas.

Sin embargo, el anterior análisis se sitúa varias décadas atrás y la música ha ido cambiando, como ha cambiado la sociedad, vertiginosamente. Esto lo veremos más adelante.

Históricamente la música ha guardado una estrecha relación con la fe, con las creencias. Así, muchos de los grandes compositores han producido verdaderas obras maestras en sus composiciones religiosas. Y esto también ha ejercido gran influencia en la música popular.

Es cierto que hay innumerables muestras de música profana, pero, incluso en éstas, suele haber un trasfondo cultural de la religiosidad, de los valores y las creencias de cada época.

Cada etapa histórica ha tenido su propia cultura, cada cultura ha creado su música y la propia música ha configurado, a su vez, la cultura, ya que es una herramienta potentísima, una herramienta que toca el corazón, los sentimientos, de una forma especial, diferente a otros tipos de arte debido a lo efímero del sonido, a diferencia de un cuadro, una escultura, un poema (que siempre puede quedar físicamente expresado). La música, salvo para aquellos que dominan la lectura de partituras (que son una minoría de las personas) se basaba fundamentalmente en el recuerdo. Es verdad que los variados métodos de grabación actuales han resuelto este problema en gran parte. Pero el recuerdo sigue siendo una pieza fundamental para transmitir la música. Recordar es una palabra que hace una referencia directa al corazón, literalmente significa «volver a hacer pasar un sentimiento por el corazón». Tal vez por eso la belleza de la música tiene una dimensión tan universal, que también la tienen otras artes, pero, me atrevo a decir, la música de una manera especial.

Decía un sacerdote encargado de atender a los refugiados en los campos de Alepo, en unas condiciones tan inhumanas que, cada cierto tiempo, tenían que salir de allí para no caer irreversiblemente enfermos en su estado físico y psíquico. Decía este sacerdote: «La mejor manera de cambiar un pensamiento obsesivo que puede llegar a atormentarte es a través de una canción. Yo cantaba todas las noches para quitarme los pensamientos de impotencia y amargura que me producía el campo de refugiados, porque, de lo contrario, no sería capaz de volver a mi trabajo al día siguiente».

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Una canción, es increíble el poder de una canción, que es el poder de la música, sobre el alma humana. Baste decir que unas de las enfermedades más devastadoras sobre la identidad de cada persona, sobre su ser mismo, son la demencia y el Alzheimer. Ambas destruyen lo más íntimo de nosotros mismos, nos separan de nuestra propia intrahistoria y nos aíslan con crueldad del resto de la humanidad. En estos enfermos la música es un aliado impagable. Porque, por alguna razón, los recuerdos de las melodías que han marcado nuestras vidas se alojan en alguna zona especialmente resistente al olvido. Y así alguien que no es capaz de recordar su nombre ni el de su cónyuge o sus hijos, es capaz de recordar el texto y la música de una melodía que ha sido significativa en su vida. Muchos enfermos de Alzheimer viven, a través de terapias musicales, un renacer de sus recuerdos, una pequeña victoria frente al olvido, incluso un remanso de paz a la hora de comunicarse con la gente que los atiende cada día. Y no sólo en los casos de demencia, sino también como terapia en situaciones de depresión, ansiedad, estrés… La música es un poderoso aliado.

Sin embargo, no podemos mirar ingenuamente el poder de la música. Pudiera parecer que la música siempre nos lleva a la exaltación de nuestros valores más profundos y verdaderos. Pero no es así.

La música nos toca el corazón, pero, depende de cómo hayamos cultivado nuestro corazón, hará aflorar desde virtudes heroicas hasta los comportamientos más abyectos que puede producir el ser humano. Baste recordar el deleite con el que los nazis disfrutaban de la ópera y la música clásica antes o después de haber cometido crímenes absolutamente diabólicos sin ningún remordimiento.

¿La música nos hace mejores? No necesariamente. Pero sí es el instrumento que mejor nos ayuda a encauzar nuestro interior. Si hemos cultivado un ideal, la música nos ayuda a expresarlo de una manera sublime. Si hemos perseguido el bien y la belleza, la música nos eleva hasta casi tocarlos. Si hemos buscado la verdad frente a la mentira, la música nos da herramientas para ser buscadores de la Verdad con mayúsculas. ¿Cómo? Buscando este ideal, buscando la Verdad al mismo tiempo que experimentamos disfrutar de la música.

Todos los movimientos que han querido ser revolucionarios han creado su propia música para sostenerlos. Aquí resulta una evidencia el poder de la música como instrumento para hacer política en el verdadero sentido de la palabra, que es ocuparse de los problemas del común, de la polis. Y tenemos sobrados ejemplos recientes y lejanos de esta tarea de la música:
  • La Cantata de Santa María de Iquique reflejando las luchas de los mineros en Chile por dignificar su trabajo.

  • La historia de Víctor Jara (también chileno) que muere torturado (le cortaron las manos) pero sigue cantando sus canciones.

También grandes compositores se han admirado de luchas liberadoras del pasado y les han puesto notas, acordes, voces. Así, el Nabucco de Verdi, pone en valor la lucha por la liberación del pueblo judío frente al imperio de Egipto y que sirvió como espoleta del pueblo italiano en su lucha frente al fascismo y al nazismo. O, más cercano a nosotros, la extraordinaria versión que Pau Casals hizo de El cant dels Ocells como símbolo de la resistencia pacífica desde su exilio frente a la dictadura franquista.

Todas las formas de poder político se han cuidado muy bien de tener su referencia en la música. A veces como un simple panfleto con notas musicales. Pero otras veces como obras maestras de la música, como un reflejo de un ideal al que aspiraban, incluso aunque la realidad de su práctica sea una terrible contradicción con los principios que la inspiraban.

Recordemos así La Internacional (comunista y socialista) o el precioso himno anarquista A las Barricadas, pero también el Cara al Sol y otros himnos del franquismo. Todos los grandes movimientos políticos han tenido su música inspiradora.

En la música actual también se busca influir o responder a propuestas políticas y sociales. Pero debo reconocer que los métodos de creación se me hacen mucho más simples. Puede ser que mi gusto musical se quedó anclado en otra época. Pero también puede ser que todo se haya vuelto, no más sencillo, sino más simple, que no es lo mismo. Muchos mensajes, desde luego, no evocan un elevado ideal (dame más gasolina, papichulo, lo hacemos los cuatro…) aunque puedan arrastrar masas de fans enfervorizados. Y también puede ser que las propuestas más profundas y de mayor calidad queden ocultas tras un espeso velo de superficialidad que tejen los superventas y discos de oro. Y no niego que pueda haber experiencias musicales inspiradoras, Dios me libre. Pero sí me atrevo a decir que, si las hay, no gozan, en absoluto, del prestigio y la extensión de aquellas melodías que levantaron a pueblos y generaciones enteras.

Y, una vez hecho este intento de resumen sobre el papel inspirador de la música, podemos hacernos algunas preguntas. Pero yo me voy a centrar en sólo una.

¿Cuál es el mayor problema que puede surgir de todas estas experiencias más o menos inspiradoras? La incoherencia.

La incoherencia ha sido un estigma durante la historia que ha marcado (y, tal vez, de una forma especial) a la música. Muchos fabulosos compositores, artistas, genios, han llevado unas formas de vida totalmente incoherentes con los sentimientos y aspiraciones transmitidas por su arte. Esta es la parte más difícil de la vida. Dicho en otras palabras: LA HONRADEZ. Ser honrado es un acto heroico. Me atrevo a decir que ningún hombre lo ha logrado en su totalidad. Como se dice en el lenguaje cotidiano: todos cojeamos de alguna pata.

La coherencia es una lucha para toda la vida, la honradez es EL IDEAL por excelencia.

La coherencia es una lucha para toda la vida, la honradez es EL IDEAL por excelencia.

Muchos grandes compositores dejan mucho que desear en su vida personal. Mozart, por ejemplo, llevó una vida que seguramente contribuyó a su muerte prematura por su gran incapacidad para manejar sus asuntos financieros. Eso no resta un ápice a su genio, pero sí a su coherencia personal. Otros, como Debussy, eran extremadamente crueles en el trato personal.

Esto no refleja más que una realidad incuestionable. Somos seres limitados, necesitamos de los demás. Cada uno de nosotros, dejados a nuestros propios impulsos, somos una auténtica ruina. Sé que muchos no lo admitiremos jamás en público, pero también sé que, en privado, ninguno pasaríamos un examen de coherencia y de honradez.

Entonces ¿Cuál es la clave?

Decía un gran teólogo y pensador del siglo XX, don Tomás Malagón (además, un verdadero experto en música clásica), que el hombre es esencialmente deseo. Que aquello que deseamos ser es mucho más real que lo que somos o lo que los demás creen que somos ¡Qué paradoja! Pero, a la vez, ¡Qué bendición! No estamos condenados a ser el desastre que somos, incoherentes, hipócritas, a condición de que mantengamos el firme deseo de luchar por la coherencia y la honradez. Esta es la clave. El problema está en mantener viva la llama del deseo de buscar la honradez con eficacia. Porque si apagamos ese fuego y nos dejamos llevar, ni siquiera nuestras posibles genialidades, suponiendo que las tengamos, nos librarán de una vida disociada y discordante. O de unos comportamientos hipócritas e incoherentes.

Esta entiendo que es la clave para disfrutar y comprender cualquier tipo de arte y, en especial, el de la música. El lenguaje de Dios con los hombres…

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