Carta a solidaridad.net. Por Jose Antonio Barra Martínez
Alguna vez hemos hablado aquí del neoliberalismo, que es la forma que ha adoptado el capitalismo desde la crisis del petróleo de los años setenta hasta la crisis del 2008. Una de sus principales características ha sido la liberalización de los mercados, tanto de mercancías como financieros, muy especialmente de los segundos, liberalización que constituye la base de la mal llamada “globalización”.
Lo de “mal llamada” lo digo plenamente consciente de su significado. En Nicaragua el arroz cuesta lo mismo que en España, mientras que el salario habitual de un peón es de unos 130 dólares. Sin muchas cavilaciones saco la conclusión de que el precio del arroz está globalizado, pero el jornal del pobre peón no. Permításeme aquí un pequeño paréntesis. Recuerdo a una mujer, en Nicaragua, que me explicaba que su salario le daba para arroz y frijoles, y que si quería comprar un cuaderno para sus hijos tenía que quitarse arroz de su plato. También en una biblioteca una profesora nos explicaba que no necesitaban muchos libros de consulta, sino los propios libros de texto de las escuelas repetidos muchas veces porque ningún niño podía comprarlos. ¡Y mesas!, mesas y sillas de las que ninguna casa disponía para que los niños pudieran sentarse a hacer los deberes. Y es que allí las casas son cuatro paredes de adobes amasados con agujas de pino a falta de paja, si hay suerte un techo de cinz, y suelo de tierra: ahora, chaval, tira y estudia. ¡Y sin embargo la gente luchaba por la vida!! Un día que celebrábamos algo, compramos unas piñas para comérnoslas con los chiquillos de un albergue que administraba la parroquia de Ocotal. Sí, si, la parroquia. Toñita, una niña de unos diez años digna de una fotografía de Hugo Brehme, llegó algo tarde; me dirigí a ella con un plato lleno de piña. Al verlo, sin atreverse a tocarlo, dijo: ¡ala, es usted rico!
Pero retomemos el hilo. ¿Qué ha sido del neoliberalismo después del 2008? Pues bien, según algunos economistas, como por ejemplo Arnaud Orain, el capitalismo se ha topado con la escasez de recursos del planeta y se ha revuelto sobre sí mismo como gato acorralado, dando lugar a lo que se suele llamar “capitalismo de la finitud”, que consiste básicamente en un retroceso de la gobernanza multilateral del mundo emanada de organismos como la ONU, mientras que avanza elproteccionismo nacionalista defendiendo lo propio frente al resto del mundo: empresas propias, mercados propios donde abastacerse, mercados propios donde vender, aranceles en las fronteras, … Podríamos hablar de una suerte de liberalismo nacionalista que solo es liberal de fronteras para adentro. Esto ya ocurrió hace tiempo con el mercantilismo de los siglos XVI y XVII, o durante el periodo imperialista desarrollado entre 1880 y 1945. Un nacionalismo, además, apoyado por el poder militar. Ni más ni menos que lo que estamos viendo desde hace algunos años en las noticias de los telediarios. Trump y todos los que son como él no son los causantes de esto, son solo una consecuencia, ya que, en mi opinión, nadie medra en ningún contexto si no es de alguna manera emanación y fruto de ese contexto.
Hay otra palabra que se suele aplicar también al capitalismo actual, “tecnofeudalismo”, con la que se hace referencia a los nuevos ricos propietarios de las grandes industrias tecnológicas que, ahítos de todo, insaciables, ansían ahora acceder al poder político. Recuerdan de alguna manera a los señores feudales. Pienso que la comparación es incorrecta, ya que el feudalismo fue un sistema social forzado por la necesidad de supervivencia y, de alguna manera, fue un “camino de salida”. Lo de los tecnofeudales de hoy no es camino de nada ni necesidad surgida de nada.
Las alternativas no están nada claras. Una posibilidad es mantenerse al margen de los renovados imperialismos nacionalistas depredadores, pero eso exigiría una austeridad que poca gente va a aceptar. Recuerdo una conferencia de un economista en la sede de la UNED de Calatayud en la que no hubo manera de hacer preguntas. Y fíjate tú que al salir coincidimos el ponente y yo ¡en el cuarto de baño!!. Y voy y aprovecho, y le pregunto sobre las posibilidades de que el mundo asuma el crecimiento cero e incluso el decrecimiento; aquel hombre contestó sin rodeos: “eso no hay político que se atreva a proponerlo, ni sociedad que lo consienta”. Así que mal vamos.
La realidad, desde luego es muy compleja. Esto que cuento son solo vientos que soplan y que, junto a otros muchos vientos, irán dando forma a un futuro que desconocemos y que ojalá nos sorprenda para bien.
Me queda añadir algo que oí a una monja misionera en un encuentro en el Monasterio de la Resurrección, un enclave de paz abierto al mundo en el centro de Zaragoza, en la calle Don Teobaldo, cerquita del Puente de Hierro, con hospedería. Aquella monja dijo, más o menos, “a ver si se lo llevan ya todo y podemos empezar a vivir”.
Me quedo pensando que los que manejan los hilos hacen lo que les da la gana; que nosotros, tú y yo, somos la “sociedad” que, según aquel ponente de Calatayud, no va a consentir el decrecimiento; y que Toñita llevaba razón cuando me decía, con una clarividencia atroz, que soy rico.
Tortuera, 2 de julio de 2026
José Antonio Barra Martínez
jbarra22@yahoo.es
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