Es momento de hablar con claridad y posicionarse: la Inteligencia Artificial (IA) se está configurando como uno de los mayores instrumentos de poder de la historia de la humanidad, y no estamos exagerando para dar fuerza a nuestros argumentos, pues es, verdaderamente, una tecnología que está cambiando la historia de forma dramática y acelerada a favor de los fuertes y poderosos.
Editorial de la revista solidaria Autogestión
La IA no es sólo una herramienta tecnológica. Es un instrumento que permite concentrar información, decisión, vigilancia, influencia y control en manos de muy pocos, el poder tecnológico, político y financiero. Por eso, la cuestión central no reside en su capacidad técnica, sino en qué manos está y en el proyecto de mundo y persona al que sirve.
Habitamos en medio de un entramado capitalista, tecnológico-financiero, que ha convertido nuestras vidas en territorio de explotación. No solo nos utiliza como materia prima, extrayendo datos de nuestras relaciones, búsquedas, desplazamientos, gustos, miedos y deseos, sino que también está empeñado en someter nuestras capacidades humanas, laborales, creativas y espirituales a la lógica del beneficio del lucro. Aquello que hemos recibido como Bien Común, y que debería estar al servicio de los pueblos, queda reducido a recurso productivo, mercancía o información explotable. Esta lógica no se detiene ante nada: basta mirar la explotación laboral, la precarización creciente o, incluso, la esclavitud infantil en fábricas y minas para comprender que el sistema no renuncia a ninguna forma de dominio cuando esta sirve a la acumulación económica y de poder.
Asistimos además a una concentración de poder sin precedentes. Hay una alianza cada vez más estrecha entre grandes corporaciones tecnológicas, fondos financieros, complejos militares, élites políticas y Estados. Su capacidad es inmensa e impredecible. Dominan las infraestructuras digitales, los algoritmos, los datos, las redes de comunicación y los ejércitos.
Por eso, si no se le disputa su sentido, producirá más desigualdad, más injusticia, más vigilancia y más descarte. No basta con admirar su potencia técnica: hay que preguntarse por sus víctimas. ¿Qué ocurre con quienes pierden su trabajo? ¿Qué ocurre con los jóvenes formados para obedecer sistemas que no comprenden? ¿Qué ocurre con los empobrecidos, atrapados en una cultura tecnológica que debilita su capacidad de respuesta? ¿Qué ocurre con los pueblos que no controlan ninguna infraestructura tecnológica? ¿Qué ocurre con la democracia, o lo que queda de ella, cuando la opinión pública está siendo manipulada a escala masiva?
No podemos juzgar la IA desde la fascinación técnica ni desde los intereses del mercado, sino desde la defensa radical de la dignidad humana. La IA solo puede ser moralmente aceptable si está al servicio del bien común, de la justicia y de quienes este sistema empobrece, invisibiliza y descarta. Cuando una tecnología aumenta el poder de los poderosos y deja aún más indefensos a los más débiles, no estamos ante el progreso. Estamos ante un incremento de la dominación, ante un nuevo capítulo de la guerra silenciosa de los enriquecidos contra los empobrecidos, de los fuertes contra los sin poder, a los que esta maquinaria convierte en excluidos o descartados.
El riesgo se agrandará aún más si la respuesta de la sociedad, desvertebrada y fragmentada, no está a la altura. ¿Quién cuestiona realmente este marco de desarrollo de la tecnología entre los partidos políticos, los sindicatos, las instituciones educativas, los gobiernos? ¿Dónde estamos nosotros? Estamos ante el riesgo, una vez más, de reaccionar tarde, dispersos y sin comprender la magnitud histórica de lo que ocurre. Puede suceder lo mismo que con las redes sociales. Cuando nos damos cuenta de la agresión que están suponiendo para nuestros hijos, reaccionamos, pero con un reguero de víctimas que pesará durante mucho tiempo en nuestra conciencia. Es cierto que ya se habla de adaptación y regulación, pero se evita nombrar el núcleo del problema: estamos entregando la vida, la intimidad y el futuro común a un tecnopoder que no responde ante nadie, y que ya condiciona cómo trabajamos, pensamos, creemos, compramos, votamos, aprendemos y nos relacionamos.
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