Paul Kennedy sostuvo en su conocido libro Auge y caída de las grandes potencias (1987) que la preeminencia de una gran potencia depende de dos factores que deben estar en equilibrio. El poder económico: la capacidad de generar riqueza y controlar recursos. Y el poder militar: la capacidad de proyectar fuerza para proteger sus intereses. En lo que llevamos de siglo XXI ha asomado con fuerza otro factor transversal: el poder tecnológico, que está sosteniendo e impulsando, más que nunca, a ambos… sobre todo al segundo.
Editorial de la Revista Autogestión
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La dinámica protagonizada por el complejo militar-industrial y tecnológico actual parece estar saltando todas las reglas internacionales que hasta ahora estaban vigentes para los países enriquecidos. En los países empobrecidos ya se habían sobrepasado muchos de los límites que habían propuesto los acuerdos internacionales: el robo de las materias primas en el Congo o en Sudán, las políticas de préstamos usureros de los organismos internacionales y de corporaciones privadas, la financiación de grupos armados para desestabilizar y cambiar gobiernos en el tercer mundo ¿a qué reglas estaba sujeto? La única norma internacional para los empobrecidos ha sido la ley de la selva. Aunque también para los empobrecidos, esta nueva etapa, está suponiendo una vuelta de tuerca contra su dignidad.
¿Por qué este nuevo desorden mundial?. Una de las respuestas puede ser el declive del modelo actual (EE. UU.) y el auge de China como gran potencia. La postura reactiva de los EE.UU. ante esta situación está agitando y acelerando este proceso geopolítico de uso de la fuerza. Venimos de casi un siglo de vigencia del modelo capitalista anglo, con unas reglas escritas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. La pérdida de la hegemonía estadounidense ante el gigante chino provoca un posicionamiento geopolítico aunque sea necesario el uso de la fuerza.
Uno de los objetivos de este posicionamiento y de esta escalada belicista a nivel mundial es el control de materias primas y fuentes de energía baratas, territorios y rutas comerciales… y en el caso de los EE.UU., la defensa del dólar como moneda de referencia frente al yuan. Recordemos que la frase «La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera» resumió décadas de la política exterior intervencionista de EE.UU. basada en la Doctrina Monroe (1823), donde intereses económicos justifican la expansión militar y el control político de Iberoamérica.
Algunos han adjetivado este momento como el del “capitalismo de finitud” (apropiación de bienes finitos), como una bifurcación o/y evolución necesaria del modelo capitalista neoliberal. En esta “finitud” prevalece una lógica rentista y violenta, y donde los grandes actores no estatales (las mayores empresas tecnológicas e industriales) aspiran a monopolizar los mercados (o, dicho de otro modo, eliminar cualquier competencia). Su objetivo no es solo el acaparamiento directo de bienes existentes. También dentro de su estrategia entra la acumulación de grano, petróleo, oro (moneda)… como parte importante de la guerra en su vertiente económica.
Otra perversa característica de este capitalismo es la simbiosis de grandes empresas y Estado. Gigantes digitales y empresas estatales actúan como «para-Estados» que se apropian de prerrogativas soberanas, eliminando incluso los mecanismos de mercado capitalista tradicionales.
Políticamente, a este modelo, no le sienta bien la democracia.
Políticamente, a este modelo, no le sienta bien la democracia. Es decir, le sobra lo poco que quedaba de la democracia liberal; al contrario, la ve como un obstáculo para la creación de monopolios y la toma de poderes soberanos por parte de corporaciones que no rinden cuentas.
La herramienta tecnológica (IA) se está usando como catalizador en estos procesos. La IA está haciendo que muchas estructuras corporativas se muestren obsoletas y está transformando profundamente y a un ritmo vertiginoso el modelo anterior. Esto tiene consecuencias políticas que todavía no vislumbramos con claridad, pero que van a pasar por una pérdida del protagonismo político de las sociedades. Polarización, populismo, emotivismo sociopolítico, ocaso de la búsqueda del bien común…
Posiblemente, nos queden por vivir años de guerras e inestabilidad que alumbren un nuevo modelo. Años donde los recursos energéticos, las materias primas (minerales de la transición energética), los suelos marinos, el agua potable… que son recursos finitos de suma cero, sean objeto de pugna y disputa bélica. Se nos vendió un capitalismo de bienes ilimitados, una sociedad del bienestar basada en la insolidaridad con el resto del mundo empobrecido. Pero esta ecuación, planteada sin la variable «pueblo» y sin las condiciones solidarias, no tiene una solución ni racional ni justa. La dignidad del ser humano debe ser el telón de fondo, frente a la indignidad de la política internacional sujeta a las reglas del poder y el máximo beneficio.
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