¿Dónde están los luchadores por la paz en estos tiempos de guerra?

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por Rainer Uphoff, periodista.

Vaya por delante: no soy pacifista. Por un lado, porque rechazo todos los -ismos por ser instrumentalizaciones interesadas o incluso perversiones de causas muchas veces justas y necesarias. Por otro, soy lo suficientemente mayor como para haber aprendido con los años que el emotivismo buenista ingenuo de las personas de buena voluntad no da respuesta al lenguaje del poder, propio de los conflictos institucionales. Conflictos siempre rodeados de narrativas -istas, construidas para distraer de los objetivos reales del poder y confundir al “pueblo”: relatan lo institucional como si el plano interpretativo aplicable fuera el personal. Como los evangélicos fundamentalistas que creen que si todos los individuos son buenos, el mundo también lo será, ignorando u ocultando que, en sociedad, en economía, en cultura, en política,… la suma de los individuos no iguala al conjunto. Son categorías diferentes.

«Vivimos en medio de una gran guerra y parece que no nos importa»

Vivimos en medio de una gran guerra y parece que no nos importa. Medio millón de muertos en plena Europa. Antes, cifras así sólo nos dejaban frías en zonas que nuestro inconsciente colectivo proyectaba hacia “el corazón de las tinieblas”, aquel lejano e inefable “tercer mundo”. Pero esta guerra es nuestra, europea, de “primer mundo”, y somos parte activa e interesada de la contienda.

En mi pueblo, tradicionalmente con mucho paro, de pronto quien quiera trabajar, puede hacerlo en condiciones laborables envidiables con sueldazos que más que duplican el salario mínimo en la cercana fábrica de proyectiles, bombas y misiles. Cuando pregunto a los trabajadores si no se sienten cómplices de la guerra, me responden lo que les enseñaron durante la formación: España debe prepararse para lo peor precisamente para evitarlo, se fabrican proyectiles que no matarán a nadie. Sustituyen a proyectiles anticuados, esos sí enviados a Ucrania. Fabricados por sus padres, prejubilados durante los años del cuento del “fin de la historia”.

La izquierda política, hasta principios del siglo XX, existía para defender a los más débiles de la sociedad:

  • a los obreros en general, frente a la explotación capitalista
  • a las mujeres embarazadas en particular, frente a patronos abortistas necesitados de “mano de obra barata y que funciona”
  • a los pueblos, comunidad de excluidos del ejercicio del poder, frente a los señores de las guerras económicas y políticas, deseosos de aumentar su poder y riqueza conquistando recursos naturales y humanos, enfrentando a sus pueblos arengados con “discursos de odio” (verán que los “discursos de odio” verdaderamente criminales nunca son delitos).

La primera guerra mundial se hizo posible por la traición nacionalista de unas izquierdas cada vez más integradas en y alimentadas por el sistema establecido, empezando por la socialdemocracia alemana que terminó ordenando disparar contra “los suyos”, quienes creían estarla defendiendo contra el viejo régimen. La llamada de los socialistas internacionalistas a no trabajar en fábricas de armamento y negarse a obedecer órdenes militares contra sus hermanos obreros fue apagada por armas policiales y propagandísticas.

Tras la segunda guerra mundial, con los movimientos pacifistas murió la lucha social por la paz: una moribunda izquierda ya sólo instrumentalizaba las masas contra guerras “del adversario ideológico” pero no las rusas, chinas, cubanas o cualquiera que se etiquetara “de izquierdas”, terminando de cerrar el círculo cromático de las ideologías, legitimando incluso “izquierdas nacionalistas”, antes llamadas nacional-socialistas.

La pregunta de “¿dónde están hoy los luchadores por la paz mundial?” implica invariablemente la pregunta de “¿dónde están hoy los socialistas?”.

Desde luego, no existe una agencia certificadora internacional que otorga sellos de autenticidad política, ni laboratorios que determinan qué porcentaje de principios activos de socialismo, democracia, liberalismo y serrín se mezclan en cada partido. Pero, históricamente, antes de desclasarnos, la antropología de la que se nutría el discurso socialista definía el ser humano como inviolable y esencialmente comunitario.

En cambio, el liberalismo (coincidiendo con el anarquismo, cerrando otra vez más el círculo cromático ideológico) lo considera como existencialmente individualista, implícitamente libre para ejercer “el derecho del más fuerte, inteligente, apto, rico…” y, por supuesto con “derecho” a adoptar la identidad que le plazca y gozar con el único límite de no hacer daño “al otro” – creando así el dilema de convertir “al otro» en el gran limitador de mi libertad, en lugar de cooperador para construirla comunitariamente, que fue el credo socialista.

El “socialismo” actual, al rechazar todo “esencialismo” por su proximidad a una cosmovisión religiosa, se ha entregado completamente al liberalismo existencialista, necesariamente subjetivo (el siguiente peldaño es emotivista) en su percepción y análisis de la realidad.

Repetimos la pregunta: entonces… ¿Dónde están hoy los socialistas y pacifistas?

«la Iglesia Católica es la única institución Universal que defiende la paz, porque para un cristiano, hijo de Dios, todas las guerras son fratricidas y todas las banderas un insulto al pueblo de Dios»

La respuesta puede sorprender a unos, pero resulta obvia para otros: en nuestro momento histórico (como tantas veces en los últimos milenios), la Iglesia Católica es la única institución Universal que defiende la paz, porque para un cristiano, hijo de Dios, todas las guerras son fratricidas y todas las banderas un insulto al pueblo de Dios. Para un cristiano, todos los migrantes son esencialmente hermanos, y las causas que les expulsan de sus países (la explotación capitalista y su guerra del hambre), un escándalo, relacionado con nuestro bienestar. Todas las vidas humanas son igual de valiosas, frente al cálculo economicista de la verdadera “ultraderecha”, inyectado sin pudor al discurso de la “izquierda” oficial actual, que descarta vidas de personas no productivas, pobres, enfermas, no nacidas o ancianas en función de su utilidad, coste y potencial de beneficio económico.

Aquella poderosa “derecha” histórica triunfó cuando logró enfrentar entre si a los defensores políticos de la vida y, por tanto, de la paz, a cristianos y socialistas, herederos directos, aunque a menudo inconscientes, de la moral social cristiana. Consiguió a lo largo del siglo XX desactivar la militancia incondicional a favor de la vida humana por la que el socialismo había nacido y que había dado sentido a la vida y la lucha de generaciones de personas justas.

Ahora no es más que marca electoral que hace el trabajo sucio que las “derechas” no se atreverían a hacer abiertamente, como el despliegue totalitario de las ultraliberales bio- y psicopolíticas de género, diseñadas para deconstruir el ser humano, preparar la transición al transhumanismo y debilitar los últimos restos de tejido social protector de la libertad personal y comunitaria. El principal objetivo de esta estrategia sigue siendo la neutralización de la familia, la cual, a pesar de los ataques del individualismo consumista y sus cuentas separadas, sigue siendo uno de los pocos lugares en los que se sigue practicando y aprendiendo la solidaridad gratuita.

No sabemos si la palabra “socialismo” es recuperable para un vocabulario político honesto. Como tantos –ismos quedó prostituido y apropiado por intereses inconfesables y contrarios a su origen. Su colaboracionismo con el régimen liberal capitalista global lo ha desacreditado de manera similar a como la imagen de la iglesia católica sufrió en ciertos ámbitos por la colaboración de algunos de sus elementos con el franquismo.

Si en este momento histórico hay una esperanza política, es la de volver a hermanar a cristianos y socialistas, volviendo a los orígenes previos a las grandes manipulaciones imperiales. Hermanar, por supuesto, no implica ningún proselitismo: es respetar, valorar y amar al otro para poder luchar juntos contra las causas de las injusticias y las guerras, descubriendo la riqueza de la complementariedad de identidades. El cristiano puede sentirse socialista o no, pero siempre tendrá que mirarse en el espejo del Evangelio, que nunca le eximirá de la responsabilidad personal y colectiva por el hermano, especialmente el pobre. El socialista puede ser cristiano o no, pero siempre compartirá el compromiso con la justicia, la fraternidad de los seres humanos.

Aunque cueste hablar de socialismo y pacifismo en tiempos de vocabularios resignificados y narrativas construidas, siempre existirán personas que lucharán juntos por la justicia y la paz, empezando con un compromiso personal, enajenable por ninguna excusa ni justificación.

Cuando un trabajador decide no fabricar proyectiles explosivos, no se terminará la guerra, pero es un testimonio en su entorno y ejerce como “pacifista”. Pero las guerras actuales son híbridas, con armas no menos mortíferas, aunque a menudo invisibles:

Cuando un maestro decide no disparar proyectiles educativos de ideologías que deliberadamente reprograman mentes y destruyen personalidades infantiles, tampoco tumbará a los señores de las guerras culturales, que son los mismos que los que financian, impulsan y se lucran con todas las guerras, pero creará un espacio de libertad y dignidad en el que podrá enorgullecerse de ser luchador por la paz en “la otra guerra”.

Los sindicatos que luchaban antes de la primera guerra mundial contra la fabricación de armas, por crear alternativas sociales a los abortos de las obreras, así como por una cultura obrera basada en la lectura común como principal arma de los pobres contra el paternalismo y el subvencionismo, hoy en día responden también ya sólo a intereses económicos e ideológicos: a –ismos con sus narrativas construidas por el Poder.

¿Cuándo veremos la primera huelga contra la fabricación de armas que matan a hermanos ucranianos y rusos, congoleses, nigerianos, yemenitas…?

¿Cuándo veremos las primeras marchas por la paz y contra las causas de todas las guerras?

Sucederá cuando socialistas (o cómo decidan llamarse, si este nombre resulta irrecuperable) y cristianos redescubran sus raíces y vuelvan a la acción común.