Hablar del derecho a no tener que emigrar implica reconocer que la migración, en muchísimas ocasiones, no es una elección libre, sino una imposición de una miseria generalmente provocada.
EL DERECHO A UNA VIDA DIGNA EN EL PROPIO HOGAR
En el actual escenario político y social, la migración se ha convertido en un tema arrojadizo entre partidos políticos, a menudo despojado de su dimensión humana para transformarse en una herramienta de polarización. Sin embargo, detrás de las cifras y las disputas por los procesos de regularización, subyace una realidad profunda: la migración no es solo un fenómeno de movimiento, sino el síntoma de una brecha norte-sur que nos obliga a replantearnos lo que hoy llamamos el «derecho a no tener que emigrar».
Vivimos en un mundo de fuertes contradicciones. Eduardo Galeano lo resumía al señalar que consumimos cultura, comida y tecnología de todas partes del mundo —desde una pizza italiana hasta un café brasileño— pero seguimos llamando «extranjero» al vecino que llega de fuera. Esta paradoja se acentúa cuando observamos que poseemos la frontera con la mayor diferencia de renta del mundo. Mientras los ciudadanos de la Unión Europea pueden viajar sin visado a casi cualquier rincón del planeta, los ciudadanos de los países empobrecidos solo pueden hacerlo a otros tan empobrecidos como ellos. Como bien señaló Zygmunt Bauman, nuestra sociedad actual fomenta y premia el viajar para generar ganancias, pero condena y persigue el viajar para sobrevivir.
EL DERECHO A NO TENER QUE MARCHAR
Hablar del derecho a no tener que emigrar implica reconocer que la migración, en muchísimas ocasiones, no es una elección libre, sino una imposición de una miseria generalmente provocada.
En África, familias enteras trabajan y ahorran durante años para que un solo miembro pueda estudiar y/o ser enviado a Europa. El coste de la ruta en patera puede oscilar entre los 2.500€ y los 5.000€ de media, una fortuna solo asumida por las personas con más recursos de los países empobrecidos en un intento desesperado de progreso. Este éxodo supone una herida abierta para el continente africano: la fuga de cerebros le cuesta a África unos 4.000 millones de dólares al año, con 20.000 profesionales especializados emigrando hacia el norte anualmente. Si la situación en África sigue degradándose, ningún muro ni visado podrá detener a quienes están determinados a luchar por su supervivencia. El hambre no entiende de fronteras.
LOS RETOS DE LA INTEGRACIÓN
No obstante, ignorar los problemas de una gestión migratoria deficiente sería un error. La integración no es un proceso automático. No se puede integrar eficazmente sin trabajo, sin formación y sin futuro. Cuando el Estado falla en proveer vivienda, educación o trabajo, los migrantes se convierten en el chivo expiatorio de las deficiencias gubernamentales. Este conflicto social es alimentado en ocasiones por intereses políticos, como vimos recientemente, la masa migratoria fue utilizada para erosionar las fronteras españolas, buscando debilitar la soberanía de Ceuta y Melilla en favor de aspiraciones territoriales por parte de Marruecos.
La realidad de los menores extranjeros no acompañados (MENAS) es otro ejemplo crudo de este desafío. Muchos llegan con experiencias traumáticas y heridas abiertas, habiendo vivido sin familia en ciclos de calle y cárcel en sus países de origen, donde la dureza del sistema (adicciones, palizas y maltratos) los ha empujado a situaciones de violencia de la que es difícil salir.
HACIA UNA FRATERNIDAD UNIVERSAL
La solución no pasa por la externalización de fronteras mediante acuerdos con países que no respetan los derechos humanos, sino por una regulación que garantice la seguridad y la dignidad. Las migraciones, como propuso San Juan Pablo II, deberían considerarse la «avanzadilla de los pueblos hacia la fraternidad universal».
Para que el «derecho a no emigrar» sea real, es necesario que la comunidad internacional entienda que no hay futuro sin el desarrollo de los países emisores, que no hay futuro si se les continúan “robando”. Mientras el capitalismo siga condicionando la voluntad política de abrir o cerrar puertas según conveniencia económica, seguiremos tratando a los seres humanos como mercancía.
En conclusión, el reto de la inmigración no se resuelve con muros más altos o más largos, sino con puentes de solidaridad y, sobre todo, con la creación de condiciones que permitan a cada ser humano florecer en su propia tierra. Solo así la migración dejará de ser una huida desesperada para convertirse, quizás, en una opción libre y enriquecedora para toda la humanidad.
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