El secreto escondido detrás del coche eléctrico

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Niños en las minas de Coltán

Hay conquistas tecnológicas que tienen su lado oscuro. El coche eléctrico, la solución final para el contaminante motor de explosión, conquistará nuestras carreteras y llenará de enchufes nuestras ciudades en pocos años. Se reducirán los gases de efecto invernadero y las calles serán más respirables. Hasta ahí las ventajas son incuestionables pero, al igual que el vehículo de gasolina necesitaba el petróleo como combustible, lo que creaba una enorme dependencia del oro negro, para la expansión del coche eléctrico es imprescindible un mineral en la construcción de sus baterías: el cobalto. ¿De dónde se extrae? ¿Cuánto cuesta? ¿Por qué hoy es el más codiciado del mundo?

La respuesta la encontramos a miles de kilómetros del primer mundo, en pequeñas minas artesanales a las que no es fácil llegar, algunas en zonas de conflicto y otras aisladas de cualquier norma estatal que las regule. En la colina de Gatombe, en el este del Congo, encontramos uno de esos agujeros negros de los que se obtienen estos minerales tan deseados.

Desde la frontera con Ruanda se tardan de tres a cuatro horas de coche (todoterreno) por carreteras llenas de barro y llenas de controles militares. Si se tienen los contactos necesarios y se consigue llegar sin contratiempos, lo primero que uno se encuentra a las faldas de la montaña es un campo de refugiados ruandeses con unas condiciones de vida extremas. La explotación se nutre de sus brazos y sus piernas para extraer coltán, manganeso, oro y cobalto. La mayoría de sus habitantes son menores.

En un ambiente de película de Western, con casas de madera y calles llenas de barro, el único lugar en el que puedes dormir es un establecimiento que hace las veces de hostal y prostíbulo. En la habitación contigua, vemos un hombre con un AK47 junto a su cama.

Allí viven los mineros. Uno de ellos, Innocence, de 16 años, decidirá acompañarnos al día siguiente hasta la explotación. No hay hoteles propiamente dichos. En un ambiente de película de Western, con casas de madera y calles llenas de barro, el único lugar en el que puedes dormir es un establecimiento que hace las veces de hostal y prostíbulo. En la habitación contigua, vemos un hombre con un AK47 junto a su cama.

Sin pegar ojo por el ruido nocturno del generador, al día siguiente subimos con Innocence a la mina. Tratamos de encontrar al alcalde de la ciudad, para que nos dé permiso para ascender. Nos dicen que no puede recibirnos «porque está borracho». El trayecto, que para nosotros se prologará tres horas resbalando por rampas chocolateras de fango mientras que él suele completarlo en 40 minutos. Cuando ya estamos cerca, un grupo de hombres baja a un minero muerto sobre una tabla. «Todos los días muere gente aquí», nos dice uno. «Tenéis que contar esto». Nadie sabe cuánta gente engulle la montaña, por eso una ONG está empezando a elaborar estadísticas sobre estas pérdidas. Como las galerías no se apuntalan, los hundimientos son constantes. A veces mueren 30 o 40 personas de golpe que quedan atrapadas en el túnel. La explotación del filón sigue hacia otro lado.

Por el camino nos cruzamos con ancianas que llevan atadas a la cabeza varias cajas de refrescos y comida para vender en el interior de la mina, donde se forman auténticos mercados para que los mineros puedan comer en el menor tiempo posible. La primera norma es excavar. Norma número dos no hay. Cuando llegas arriba, la vista se pierde entre la niebla.

Cientos de adolescentes y hombres adultos trabajan pico y pala para sacar el mineral. Muchos de ellos cargan sacas de rocas para conducirlas a un riachuelo en el que cuatro chavales lavan y criban todo. De allí, saldrá hacia uno de los llamados comptoirs de Goma, almacenes de grandes empresas multinacionales, la mayoría belgas o chinas, pasará por la noche la frontera con Ruanda y, de allí, hacia la costa de Tanzania, donde se embarca hacia las zonas fabriles de Shanghai.

Según el Servicio Geológico de EEUU, más del 50% de las reservas mundiales de cobalto se esconden en el Congo, sobre todo en la provincias de Lualaba, Katanga, Kassai y en menor medida en las regiones del lago Kivu, que también chapotean sobre enormes reservas de coltán, oro, manganeso y casiterita. De hecho, los problemas de la minería tradicional para alimentar la industria tecnológica de los smartphones, tabletas y ordenadores se reproduce casi en la misma medida con el cobalto: zonas sin ley a casi 2.000 kilómetros del estado congoleño, niños mineros, nula protección de riesgos laborales, salarios de miseria y señores de la guerra que cobran sus propios impuestos a las concesionarias chinas. Ninguna de estas minas se dedica sólo al cobalto.

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