«Elegir la vida». Campaña de lectura social

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«Lloro gritando bajo el casco, cuando voy en moto. Como las calles de Manila son muy ruidosas, nadie se da cuenta de que lo hago y me puedo desahogar esos días en que las injusticias son demasiado dolorosas.» Son palabras del sacerdote francés Matthieu Dauchez que recorre Manila desde hace más de 20 años para liberar a los niños de la esclavitud, de la calle, de la prostitución, del maltrato, de la indiferencia, de la droga, de la falta de amor, de la soledad…, algunos de ellos menores de dos años. Se ha enfrentado a pederastas y a mafiosos.

La vida del padre Dauchez está llena de esperanza, transmitiendo un enorme sentido de la vida, además de una profunda alegría: “Viviendo con estos niños es imposible caer en la desesperanza. Ellos encuentran fuerza y alegría en medio de situaciones terribles. Y no es una falsa coraza ni un mecanismo de defensa, sino que lo hacen porque tienen fe de verdad; porque su identificación con Cristo es tan real que te das cuenta de que la acción de Dios es verdadera y es más fuerte que el mal”, nos explica el padre Dauchez.

Con 23 años, siendo seminarista Matthieu Dauchez (Versalles, 1975) llegó a Manila con dos compañeros para ayudar un tiempo en la fundación Tulay ng Kabataan y ya no regresó. “Nací y crecí en Versalles, y estaba acostumbrado a un entorno de mucho confort. Un día, un compañero me dijo que no aguantaría si me mandaban a una parroquia pobre. Me picó tanto que cuando surgió la ocasión de ayudar unos meses en Filipinas, no me lo pensé”. El padre Dauchez fue ordenado sacerdote de la diócesis de Manila. Actualmente está comprometido y es responsable de la fundación Tulay ng Kabataan (Puente para los niños), una red de casi treinta casas de acogida para más de 2.000 niños y enfermos mentales a los que, como a Ritchelle, Jeremy o Jimmy, recoge cuando vagan por los barrios de Manila y sus arrabales.

“Recorremos las calles para conocer a estos pequeños, sus historias… Algunos tienen familia, pero no pueden o no quieren atenderlos; otros han huido de casa o los han echado. A veces viven en grupo para protegerse unos a otros, pero la mayoría están expuestos a la violencia, las mafias, la miseria y la explotación”, señala. “Y a los que no quieren venir a la fundación, les educamos en la calle, tratamos de alimentarlos y, sobre todo, les llevamos a Dios. Porque todo esto no va solo de ocuparme de los niños y sacarlos de la calle, sino de meter a Dios en su corazón destrozado”, nos dice el padre Matthieu.

Estos pequeños, casi nunca han huido de su familia por un problema material, sino porque han sido rechazados o han sufrido graves abusos. Por eso creen que no son dignos de amar y ser amados. Nuestro primer objetivo es que se den cuenta de que, como todos los niños, sí lo son.

¿Dónde crees que habita Cristo en Manila? No tengo ninguna duda: en el basurero, donde escarban y van miles de mendigos y niños. Allí están los preferidos del Señor. Y ahí es donde quiero que lo encuentren. El padre Dauchez, al lado de cientos de mendigos, pone a Jesús Eucaristía en medio de las smokey mountains, descomunales montañas de basura al aire libre donde viven cientos de familias en busca de chatarra y despojos. Entiendo lo que decía santa Teresa de Calcuta: servir a Dios fue mi primera llamada; servirle en los pobres, la segunda.

Madre Teresa le gustaba definirse como el lápiz de Dios. «Un trozo de lápiz con el que Él escribe lo que quiere». Ni siquiera un lápiz completo. Apenas un trozo pequeño y ridículo». Y así es como se ve el equipo de educadores que trabaja en la fundación, junto con el padre Dauchez: «Nosotros somos instrumentos. Solo Dios puede hacer un milagro en lo más profundo de su corazón. Si un niño viene a la fundación y solo se queda una semana antes de volver a la calle, hay que aceptarlo. Dios encontrará la forma de hacerle ver lo que le hemos manifestado en esos días, cuidándole y hablando con él: que es digno de ser amado y de amar. Lo importante para la fundación no es el éxito de lo que nosotros hacemos, sino el fruto de lo que Dios hace. Intentamos hacerlo lo mejor posible, cometemos errores, a veces somos la persona adecuada en el lugar adecuado… Dios utiliza todo esto para hacer milagros en el corazón de los niños; milagros de los que he sido testigo y que pongo como ejemplo en los libros. Se deben a su trabajo, no al nuestro.»

De las experiencias más conmovedoras que vive este sacerdote francés, en medio de los niños de la calle, es la vivencia del perdón y por tanto, del AMOR. Para hablarnos del verdadero amor, el padre Matthieu hace un elogio del odio: Para amar de verdad, para amar a lo grande, ¡hay que empezar por odiar! No hay amor auténtico sin odio. El amor se entiende a veces de manera mediocre, está como aseptizado. Hay que llorar porque el mal no es odiado. El mandamiento de amar al prójimo es también un mandamiento de odio, porque si amas a tu prójimo, odiarás todo mal que se oponga a ese amor. Jesucristo nos podría decir: ¡Odiad! Odiad vuestro pecado, odiad los pecados de los unos y los otros. El pecado no merece más que nuestro odio; hay que odiar hasta el amor. Así de contundente es: «Lloro porque el amor no es amado… y lloro porque el mal no es odiado».

Para impulsar la lectura de espiritualidad encarnada termino con una frase de Dorothy Day: Cuando tenemos la lectura espiritual en las comidas, cuando tenemos el rosario por la noche, cuando tenemos grupos de estudio, foros, cuando salimos a distribuir literatura en las reuniones, o venderlo en las esquinas, Cristo está allí con nosotros.