En el espejo de nuestros ancianos ¿Aprenderemos algo de lo que ha ocurrido con nuestros ancianos durante esta pandemia?

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Los abuelos, nuestros abuelos.

Los abuelos, nuestros abuelos, han aparecido en escena avergonzando a nuestra sociedad a raíz de esta pandemia. Han pasado a la primera plana. Y se han escuchado hacia ellos los más bellos y sublimes elogios que pueden hacerse de un colectivo de personas, que se sacrificaron para que la siguiente generación no viviera sus penas y sus miserias. Ellos son los que levantaron Europa tras una guerra mundial y los valederos de unas conquistas de bienestar que ahora nos parecen ya de otro tiempo.

Pero lo cierto es que no nos hemos acordado de ellos, como de Santa Bárbara, hasta que la sociedad ha tronado, hasta que nuestra geografía se ha sembrado con sus muertes anticipadas. Si no podemos negar que estaban ya en el tramo de su vida en dónde la muerte mira a la cara, lo ocurrido no justifica ni mucho menos las condiciones en las que se ha producido. Cientos de familias no se han podido despedir de ellos, ni les han podido pedir perdón o dar las gracias, ni les han podido velar. Ni siquiera han podido realizar un funeral y enterrarlos adecuadamente.

Su muerte se ha producido en la soledad de las UCIS de los hospitales, en la soledad de las macroresidencias de ancianos, en la soledad en la que venían viviendo- abandonados- en sus casas. Es verdad que no una soledad total en todos los casos, porque también tenemos que agradecer, y mucho, que en su lecho de hospital el personal sanitario se ha desvelado y desvivido por ellos. Y lo mismo ha hecho la mayoría del personal de las residencias y de las morgues habilitadas para dar salida a unos servicios funerarios que no daban abasto. Pero a su lado faltaban sus seres queridos. Y esto se cobrará también un precio.

Los datos de su mortalidad son tan sobrecogedores que a todos nos han hecho temblar. Y, desde su frialdad inhumana, delatan que cerca de un 80% de los muertos eran personas mayores de 70 años. Y más del 60% de estas muertes se han producido entre los internos en las residencias de ancianos. Sabemos que las cifras están en discusión. Pero la discusión no estriba en determinar si son menos, sino si son aún más.

Pero ¿cuál era la situación de nuestros ancianos antes del coronavirus?

Está claro que ahora vemos lo que antes no queríamos ver. Los ancianos han avergonzado a nuestra sociedad, pero no menos de lo que la sociedad se venía avergonzando de los ancianos. La tragedia se reviste de hipocresía, que posiblemente sea el peor de los diagnósticos, el diagnóstico en el que peor salimos retratados.

En España la situación demográfica, sin que se haya hecho absolutamente nada para revertirla, viene siendo la de un país envejecido.  Según los datos estadísticos del Padrón Continuo (INE) a 1 de enero de 2019 había 9.057.193 personas mayores, un 19,3% sobre el total de la población (47.026.208). Los mayores de 60 años ya han superado a los menores de 14 años. Es decir, estamos en un proceso, parece que irreversible, de pirámide invertida. El dato sólo era leído como un síntoma de nuestro excelente “calidad de vida”, ya que tener una mayor esperanza de vida, y España estaba a la cabeza de este índice en el mundo, constituye un indicador de dicha calidad.

La mayoría de los ancianos, sin embargo, viven inmersos en la enfermedad y medicalizados, mal atendidos y/o inmersos en la soledad y aparcados. Algunos datos nos vienen bien:

  • Al menos dos millones de ancianos viven sin ninguna compañía, la mayoría de ellos son mujeres y casi la mitad tiene más de 80 años. El 40% de ellos reconocen abiertamente que se encuentran completamente solos.
  • En cuanto a ancianos en las residencias, y aunque los datos no están tampoco muy claros, se estima por parte de la patronal (CEAPs) que en España hay 381.000 plazas de residencia de mayores. De éstas, el 52% son privadas, aunque la mayoría cuentan con alguna forma de financiación pública, o sea, son concertadas o se financian con prestaciones económicas vinculadas de la Ley de Dependencia.
  • Cerca de un 50% de nuestros mayores de 64 años padecen enfermedades crónicas y, por lo tanto, requieren de la atención y cuidados sanitarios.

La situación de nuestros ancianos revela, sobre todo, a una sociedad a la que les ha importado un pimiento nuestros ancianos. Lo decía muy claro el periodista Rubén Amón en el Confidencial (19/03/2020).  Los viejos deberían ser nuestra clase senatorial, nuestra comunidad de sabios, pero los hemos arrinconado en el desolladero de los humanos que molestan y nos recuerdan la finitud. Y los hemos alejado de la manada, como hacen los elefantes con los paquidermos que agonizan. Los viejos nos importan un pito hasta que se convierten en materia experimental. A los viejos los aceptamos solo cuando no parecen viejos. Cuando suben el Everest. Cuando tienen la dentadura blanca. Cuando corren el maratón de Nueva York. O cuando tienen una amante de 20 años.

Nuestros ancianos son valorados, institucionalmente hablando- no entramos en lo personal- en tanto en cuanto contribuyen a la productividad y eficiencia que necesita el sistema económico para sostener sus increíbles tasas de lucro y poder. Y por eso también se les elogia si “cuidan a los nietos”, o cuando contribuyen, con sus pensiones- tan desiguales como la propia desigualdad social-, a no romper la frágil frontera que hay entre la pobreza y la subversión. Para eso también sirven, para sostener en los límites tolerables de la exclusión el increíble aumento de la pobreza sobrevenida que se produciría si esta contribución suya no existiera.

El sistema sanitario de “atención” a nuestros ancianos salta por los aires.  

El sistema sanitario, no entramos en razones y habrá que entrar, se ha visto claramente desbordado con esta crisis. La vulnerabilidad de los ancianos ha sido un factor fundamental en este desbordamiento.

Pero, cuando el sistema sanitario se ha visto desbordado por los contagios masivos de los mayores, ¿qué directrices se han recibido en los centros sanitarios y en las residencias?  Pues una coherente con toda la filosofía de este sistema: los ancianos no pueden ser candidatos a los hospitales. El protocolo establecido por la Sociedad de Medicina Intensiva para esta crisis determinó que “en situación de saturación o desbordamiento, es necesario priorizar la atención de los casos potencialmente más recuperables”. El anciano que llegara con coronavirus a los hospitales en la actual situación no iría a la UCI ni sería intubado. Por ello, los distintos servicios regionales de Salud ordenaron a las residencias que siempre que haya un caso sospechoso, se pongan en contacto con el hospital de referencia para valorar si el anciano será derivado o si deberá permanecer y ser tratado, si hay medios, en la propia residencia.

No hablamos siquiera de los que no se atrevieron ni a llamar por teléfono para solicitar ser atendidos en los hospitales, presos del pánico y el horror. Esos no tenían ni atención hospitalaria, ni residencia que les cuidara, ni prácticamente a nadie cualificado a su lado.

José Augusto García Navarro, presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) afirmaba que «el coronavirus ha desbordado el sistema sanitario y hasta el social. Ha tensionado el sistema con la asistencia a los casos de agudos, las UCI, faltan respiradores… Y hemos dejado en segundo plano la mortalidad de los más vulnerables. Son personas con muchos trastornos de movilidad, incluso más del 50% de los mayores en residencias tiene algún trastorno cognitivo, por lo que no se les puede decir que no toquen algo o no se quiten la mascarilla… Necesitan ayuda para vestirse, para lavarse, para andar. Cuando uno se contagia, es enormemente fácil que contagie a sus compañeros y a los trabajadores que los cuidan».

El dilema ético entre los que tienen que ejecutar el triaje está servido. Al final, se pone en la tesitura de decidir sobre la vida y la muerte de otro ser humano a quienes tienen como vocación, y así lo demuestran día a día contra viento y marea, de cuidar y salvar vidas. Es curioso que nunca ejercen ni aparecen como verdugos directos de las decisiones de esta envergadura quiénes las dictan. Al contrario, con frecuencia aparecen como los campeones de la compasión.

Con los hospitales desbordados y con la orden de que no se acuda a ellos en el momento álgido de la crisis sanitaria, la responsabilidad de los ancianos afectados debe trasladarse a otra línea, las residencias. Que han resultado ser uno de los principales focos de contagio y el primer foco de casos letales.

Se buscan chivos expiatorios.

Una parte importante de la sociedad ha delegado a las residencias el cuidado de los mayores a los que ellos no podían cuidar. Como decía el padre Oreste Benzi, fundador de la Comunidad Papa Juan XXIII  y nos recordaba hace poco Andrea Ricardi, fundador de la Comunidad de Sant Egidio, «Dios creó la familia; los hombres, las residencias».

Y en este momento, tenemos a las “residencias” reconvirtiéndose en hospitales de segunda categoría sin serlos. Los ancianos- y aún más si presentan graves trastornos mentales- se han convertido en unos apestados. Y al personal de las residencias, normalmente volcado en el cuidado de estos, se les exige atender una demanda para las que evidentemente no están preparados (¿Había alguien que lo estuviera?). Los criterios y los protocolos que se les han dado a las residencias resultan tremendamente ambiguos. Si los hospitales estaban sin recursos, imagínense los centros residenciales. Y, sin embargo, ahora la presión social directa recae sobre ellas y sobre su personal. Los familiares de los fallecidos empiezan a presentar denuncias de hechos ocurridos en circunstancias concretas, con personas concretas cometiendo errores, teóricamente evitables.

Cuando la sociedad reacciona ante la catástrofe humana y el reguero de víctimas que va dejando se hace tan evidente, lógicamente la sociedad intenta explicarse qué ha ocurrido y por qué. Y aunque ello debería derivar en tratar de localizar la parte de responsabilidad que nos toca a cada uno, no suele suceder así.

El problema suele ser que todos queremos descargar en los demás la responsabilidad que tenemos nosotros. Y el problema se agudiza, sobre todo, cuando los que más confianza han recibido para gestionar con responsabilidad esta crisis ven como esta confianza se quiebra y se apunta a ellos como los máximos responsables de una mala gestión. La estratagema del poder en ese caso siempre ha sido la misma: buscar un chivo expiatorio. Es decir, buscar una respuesta fácil, emotiva, aparentemente convincente, que siempre tiene parte de verdad y que, ante todo, desvíe la atención de la pregunta por las causas y desvíe la atención de la responsabilidad que cada persona e institución tienen. El chivo expiatorio se hace más necesario aun cuando el capitán otea amenaza de motín en el barco.

Los chivos expiatorios serán, a ojos de la “masa social”, personas visibles, instituciones concretas que puedan fácilmente identificarse. Y mira tú por dónde suelen buscarse entre los que se pusieron a achicar el agua de la nave que se estaba hundiendo, entre los que están a la vista, entre los que dan la cara y arriesgan la vida.

En esta crisis sanitaria, nos queríamos centrar en ella y en los ancianos, los que han estado en primera línea todo el tiempo han sido la ciudadanía (no cito aquí la cantidad de personas “sin cualificación” que ya conocemos) y los profesionales sanitarios, que se han volcado estos días para tratar de suplir las carencias de una estructura que hacía aguas por todos los lados. Aunque todo el mundo sabe que este “voluntarismo” no es más que un parche. “La solidaridad ha surgido porque el sistema ha saltado por los aires. Estos gestos han puesto de manifiesto que el sistema no funciona” declaraba el director de Deusto Business School, Iñaki Ortega.

El disloque y el disparate de nuestra opinión pública y, por omisión, de muchos de nuestros dirigentes políticos, ensañándose en muchas ocasiones en residencias “que no cumplen” y en el personal que está en primera línea y “que actúa poco profesionalmente”, no puede ser más canalla. Hasta el ensalzamiento de los sanitarios y el personal cuidador, escenificado a diario en un concierto de aplausos merecidos, juega claramente a favor de distraernos sobre los problemas que no se quieren analizar. Porque esto no es un problema del “personal” sino un problema estructural y de una cultura del descarte.

Y si, además, como ha ocurrido, el ensañamiento y la atención se desvía a las residencias o centros que tienen como titularidad a la Iglesia, a las órdenes religiosas o a la multitud ingente de personas que dentro de la misma llevan toda su vida ocupándose de los que nadie se quiere ocupar, la canallada no tiene nombre y no admite otra disculpa que la dimisión inmediata de los responsables políticos que la consienten. No se puede jugar más sucio a hacer politequería.

Lo cierto, como a continuación apuntamos, es que la clase política casi siempre trata de salvar su responsabilidad a golpe de decretos que luego tienen que ejecutar otros a los que ni siquiera se les consulta con la debida atención. Se ha dejado que los profesionales sanitarios o el personal de residencias gestionen situaciones absolutamente insostenibles, de forma que, como siempre, si algo sale mal, el culpable sea el último eslabón de la cadena, el más débil. Pero un sector de ese personal sanitario y de cuidados, que venía venir de lejos esta jugada de manipulación, ya ha dado la voz de alarma a la sociedad: que no, que no queremos aplausos, que lo que queremos es otra cosa. Queremos trabajar en condiciones dignas. Queremos un replanteamiento de todo el sistema de salud y cuidados, entre otras cosas.

¿Sólo crisis sanitaria? No. Esta economía mata. 

Es también Iñaki Ortega, al que nos hemos referido anteriormente, el que decía que “la crisis sanitaria nos ha puesto ante un espejo, donde hemos visto reflejada la fragilidad de las instituciones de las que nos hemos dotado para hacer frente a la vejez y a la dependencia en esta etapa. Un problema que va desde el modelo residencial, formado por macrorresidencias en las que el virus se ha extendido con rapidez, a las condiciones precarias de las personas, en su mayoría mujeres, que están a cargo de estos cuidados”, continúa el directivo. Pero la crisis aún va mucho más allá.

En una estructura productiva basada en un empleo basura, precario, temporal, flexible, con entradas y salidas constantes en un mercado laboral en pleno proceso de reconversión, y en dónde las rentas del trabajo no han cesado de disminuir, las unidades y las redes familiares de subsidariedad también han saltado por los aires.  ¿Quién puede hacerse cargo de los ancianos (y de los hijos) en su casa cuando se está al borde del desahucio, en un piso indecente que se lleva más del 40% del salario de una familia con ingresos? ¿Quién puede hacerse cargo de los ancianos (y de los hijos) con un empleo que pide estar a disposición de las empresas, ya sean propias o ajenas, prácticamente 15 horas diarias incluyendo los fines de semana completos? ¿En qué consiste la llamada “conciliación familiar” real para la mayoría de las familias en nuestro “mercado de trabajo”? ¿Quién puede arriesgarse a quedar completamente excluido de un empleo o un salario exiguo si decide pedir una excedencia para cuidar a sus mayores o a sus hijos? Y podríamos seguir.

Para colmo, lo cual no nos puede pasar desapercibido, entre las primeras leyes que nuestro gobierno de España se había propuesto aprobar, está la ley que propone legalizar la Eutanasia. Y si esta propuesta de ley está encima de la mesa es porque la cultura y la mentalidad de la sociedad, en gran medida, ha sido preparada para ello. Los ancianos, y más si se consideran completamente inútiles, discapacitados, dependientes y costosos, deben tener derecho a morir. Y se apostilla “con dignidad”. Lo “progresista”, por lo visto, es aceptar su palabra o la de quién debe pronunciarse en su nombre, que ha sido educado- como todos- para que el sufrimiento no forme parte de su vida. Si además de considerarte (y de que te consideren de hecho, no de palabra) inútil, costoso y gravoso, estás sólo, y te dicen en todas las cadenas de comunicación que eres el principal foco de contagio de la muerte a tu alrededor… ¿podemos deducir ya cuál va a ser la respuesta de nuestros ancianos o de sus familiares? Efectivamente. Este sistema necesita chivos expiatorios para esconder sus vergüenzas y sus injusticias. Y nosotros, al interiorizar esta cultura de la muerte y del descarte, les servimos de coartada.

Así pues, que nadie se llame a engaños. La estructura socioeconómica, la configuración institucional del Estado (Estado de mercado infinitamente más que Estado social), así como la cultura del ocio, la evasión y el descarte de lo que estorbe al estatus de los privilegiados, no es más que una expresión del capitalismo puro y duro. Los cimientos de todo este aparato al que se le han visto algunas de las partes más tapadas, están en una economía que se ha diseñado para el lucro, la codicia y el poder de unos pocos. Y el coronavirus no ha hecho más que mostrárnoslo. Por si lo queremos ver.

Un momento privilegiado para repensar nuestra relación con los más débiles de nuestra sociedad.

Este dolor colectivo que estamos padeciendo sería un momento privilegiado para preguntarnos y reflexionar qué sitio tienen los ancianos, los débiles, en una sociedad que descarta a todo el que no sea útil desde una perspectiva economicista. ¿Qué causas económicas, culturales, sociales y políticas tiene el descarte de los ancianos? No evadamos la tragedia que vivimos y afrontemos el problema allí donde están sus causas. Necesitamos una reflexión colectiva, serena pero firme, que arroje luz sobre tanto sufrimiento. La necesitamos para afrontar el futuro.

“Queremos hacer valer nuestros “derechos” de decidir si dejar vivir o no a otro y ahora nos damos cuenta de que no podemos ni decidir por la vida de nosotros. Vivimos en un planeta que hoy se pone una máscara no solo para un virus sino para tapar nuestra vulnerabilidad mezclada con soberbia y se lava las manos para no reconocer nuestra responsabilidad tal como un Pilato”.  Son palabras del hermano franciscano Richard Hendrick a propósito de lo que nos está enseñando esta pandemia.

Ante la crisis del Covid-19 tenemos la oportunidad de un mundo diferente, tal y cómo han apuntado muchas reflexiones de las que en este medio nos hemos hecho eco. El dilema, leas lo que leas sobre este tema, se reduce a dos opciones. En ambas, el mundo se encuentra enseñándonos sin pudor alguno las ruinas de una terrible devastación sin precedentes que rememoran el paso de los jinetes del apocalipsis. Cabe que esto sirva para acelerar los planes de las nuevas élites, a todas luces imbuidas del viejo sueño totalitario (ahora con una capacidad tecnológica de control sin precedentes). O cabe que la sociedad despierte, debata y se organice.

Nosotros apostamos por trabajar en la segunda opción. Y para ello podemos tomar de referencia una experiencia tan indeleble como la que también hemos tenido en medio de tanto dolor: la experiencia del valor tan importante que tiene aquello que apenas contaban para este sistema; la experiencia de la de subsidiariedad, del apoyo y la ayuda mutua; la experiencia de la solidaridad sin fronteras, de la cooperación; la experiencia del cuidado y  la ternura hacia los más vulnerables y débiles; la experiencia, en suma, de los que vienen trabajando y siguen trabajado con la noble intención de construir el bien común con absoluta independencia de las etiquetas politiqueras con las que el juego del poder nos pretende dividir, disolver y enfrentar.

Cabe seguir apuntalando una cultura de muerte que legitima un mundo de esclavos. O cabe un plan para resucitar, en la línea que nos ha propuesto el Papa Francisco.  Tenemos que decidir en qué dirección empujamos. Porque aquí la neutralidad, como siempre, será imposible.

 

Ana Solano y Manuel Araus