Id y Evangelizad 124 «¡Iglesia! ¡Siempre en movimiento!

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Hay unanimidad al reconocer el trascendental impacto que para la Iglesia ha tenido el gran Concilio Vaticano II.

No tanto por la novedad de sus propuestas, todas ellas recogidas de la Tradición católica, sino porque, al ir a la raíz de la naturaleza y misión de la Iglesia (el misterio Pascual y la anticipación del Reino escatológico), resituó sus elementos principales, que estaban trastocados desde hacía décadas, sobre todo por la prevalencia de una eclesiología societaria, es decir, la que la consideraba como “reduplicative qua societas” (al estilo de otra sociedad u organización más). Al volver a las fuentes, el Concilio puso -de nuevo- en el centro de la reflexión lo esencial: la Iglesia es misterio de salvación porque solo en ella acontece en plenitud la incorporación a la vida trinitaria. Eso lo realiza como Pueblo de Dios, que es Comunión jerárquica.

Los últimos Papas, desde el que convocó el magno Concilio -S. Juan XXIII- hasta Francisco, han puesto el máximo empeño en aplicar el Concilio Vaticano II. La tarea ha sido ardua. La recepción de todo concilio es difícil, lenta y arriesgada; y no podía suceder de otro modo con el Vaticano II. Las dificultades no vienen de parte de los textos conciliares, sino de gran parte de pueblo de Dios (al menos el más afectado por la mentalidad secularista), que no ha acogido todavía el don recibido.

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Un ejemplo claro de lo que estamos afirmando es la sinodalidad, que corre el riesgo de ser malinterpretada desde la imperante mentalidad individualista, equiparándola con la democracia burguesa, es decir, como equilibrio de fuerzas, conquista de espacios, empoderamiento…y, en consecuencia, como lucha de facciones y propaganda contra el que es visto como adversario y no como hermano.

Por el contrario, la sinodalidad exige la compenetración de tres principios: la común dignidad bautismal, la comunión eclesial (diacrónica y sincrónica) y, en tercer lugar, la formación en intensidad de todos los bautizados, especialmente de los empobrecidos, para caminar hacia una cosmovisión básica de todo el pueblo de Dios desde la que se pueda discernir-decidir en la Verdad y la Caridad y así no tener que acudir a las votaciones, que suele cargarlas el demonio.

Hay varias realidades eclesiales que ayudan grandemente a la concreción de la sinodalidad. Una de las principales son los movimientos apostólicos, don del Espíritu Santo para promover la conversión y formación en intensidad del laicado y su co-responsabilidad apostólica en la Iglesia y en el mundo, y todo ello en plena comunión con la jerarquía. Todos los papas a los que la Providencia les ha encomendado la tarea de la aplicación del Vaticano II así lo han visto, como se puede observar en algunos artículos de este número de ID. Todos han coincidido al ver en ellos a la misma Iglesia en movimiento hacia la misión, especialmente cuando los pobres son su centro.

Sin duda, los movimientos apostólicos, como toda realidad viva y en crecimiento, tienen que escuchar y aprender mucho, corregir muchas cosas, sobre todo, para crecer sobre estos cuatro pilares que les puso Francisco: evangelización dinámica de todos los sectores (Francisco en EG 29) a los que la Parroquia sola nunca va a poder evangelizar, la lozanía del carisma, el respeto a la libertad de las personas y la búsqueda de la comunión. El ministerio jerárquico y toda la Iglesia debemos acogerlos con alegría, como regalo del Espíritu para hacer real la sinodalidad.

Editorial Revista Id y Evangelizad

 

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