Siempre me ha producido una tremenda alegría invitar a alguien a un concierto de música clásica al que nunca antes había tenido la oportunidad de ir. Su sensación suele ser una mezcla de incertidumbre, de no saber a lo que van, e incluso de prejuicio por pensar que no les va a gustar o que no es para ellos, porque creen que no lo van a entender… pero la sorpresa llega al recogerles a la salida del concierto. Y ahí es cuando la alegría es máxima, al ver sus caras sonrientes y comentarios de asombro por todo lo que han visto y oído durante su experiencia en la sala del Auditorio o el Teatro, de esa música que intuían que no les iba a gustar, que les iría a aburrir y que, de repente, ha sido una experiencia totalmente nueva, un descubrimiento en todos los sentidos. Y en ese momento es cuando se abre una puerta hacia un mundo inmenso, rico y maravilloso, el de lo que hemos quedado en llamar «música clásica».
Por Sara Galán, músico. Escrito para la Revista Autogestión
¿Y a qué nos referimos con ese término? ¿Qué tipo de música es esa?
Para empezar, la música es un arte efímero, se crea y se desenvuelve en el tiempo, y el tiempo conforma la historia, nuestra historia. La música clásica (aunque algunos la llaman «culta», ya que es más elaborada y requiere de más atención en contraposición a la «popular», más sencilla) por tanto es aquella que ha sido creada, compuesta, escrita, interpretada y, añadiría, escuchada durante muchos siglos.
Los historiadores de la música han puesto una fecha de inicio de lo que conocemos con este término: la considerada primera ópera, L’Orfeo, de Claudio Monteverdi, compuesta en el año 1607. Lo anterior a esta fecha se le suele llamar «música antigua», aunque esta época requeriría de otro extenso artículo, ya que es una música también muy rica y abundante.
Pues bien, estamos hablando de que desde ese año 1607, siglo XVII, hasta hoy mismo hablamos de música clásica, es decir, cuatro siglos más un cuarto de lo que llevamos vivido en el siglo XXI actual. Imagínense la cantidad de música que se ha escrito desde aquel entonces…
Para poder distinguir la música creada durante ese largo tiempo histórico, se ha dividido por épocas, como en las otras artes (aun con algunas diferencias), según los cambios en la forma de componer, el uso de los diversos (y cambiantes) instrumentos y la voz.
Es importante saber que dentro de la enorme cantidad de obras que existen, cada una tiene su peculiaridad en cuanto al uso que cada compositor le da a los instrumentistas y cantantes que vaya a necesitar para transmitir lo que desea. Esto se podría dividir más o menos en las siguientes categorías o géneros: la música sacra o religiosa (iglesias), la ópera o zarzuela (teatros), sinfónica orquestal con instrumentos (auditorios), a solo o música de cámara (grupos reducidos en salas más pequeñas) y música coral (cantantes).
Volviendo a la división por épocas que hemos comentado antes, grosso modo cada una de estas épocas tiene una duración entre un siglo y un siglo y medio. Para no extenderme demasiado, tan solo quisiera nombrarlas: la primera de ellas es el Barroco, seguido del Clasicismo (que podría confundirse con la palabra «clásica» de la que venimos hablando), después vendría el Romanticismo, y ya cuando llegamos al convulso y moderno siglo XX hay muchas más subdivisiones, aunque el término genérico que se empezó a utilizar, y comúnmente se sigue utilizando, es el de música Contemporánea, cada vez más compleja, así como lo fueron y siguen siendo nuestros tiempos, sobre todo en cuanto al uso del lenguaje musical e instrumental a nivel sonoro.
Pero lo bonito también es darse cuenta de dónde y cómo se ha compuesto y se sigue componiendo esa música. Fíjense, Claudio Monteverdi era italiano, así como Antonio Vivaldi, Giuseppe Verdi, Giacomo Puccini o Gioachino Rossini. Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven y Richard Wagner eran alemanes; Wolfgang Amadeus Mozart, Anton Bruckner y Gustav Mahler eran austríacos; Claude Debussy y Maurice Ravel eran franceses; Sergei Rachmaninov, Piotr Ilich Tchaikovsky y Dimitri Shostakovich eran rusos; Manuel de Falla, Isaac Albéniz y Enrique Granados eran españoles… y podríamos continuar enumerando una lista enorme de compositores y lugares, ya no solo europeos, además de tantísimos que actualmente siguen escribiendo música alrededor de todo el mundo.
¡Qué legado tan inmenso nos han dejado y nos siguen dejando! Y nosotros, los músicos intérpretes, tenemos el maravilloso trabajo de revivir cada vez sus obras para que puedan volver a ser escuchadas por el nuevo público de cada momento histórico.
¿No es maravilloso?
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