Por Carlos Ruiz, sacerdote misionero y teólogo
Publicado en la revista Id y Evangelizad
La Virgen María ha sido, es y será esencial en el desarrollo de la salvación de la humanidad; por eso, todas las generaciones proclaman dichosa a esta joven galilea pobre, incluyendo los hermanos musulmanes o los ateos que la ensalzan -sin saberlo- al admirarse de los templos levantados en su honor o de las sinfonías inspiradas en su vida. En este artículo intentamos presentar las bases racionales y universales de ese amor popular a María, para lo cual hay que superar el pensamiento dualista y fragmentario que sigue condicionando nuestra cultura. Los fundamentos de la fe mariana son la Encarnación y la capitalidad de María en la personalidad corporativa que es la humanidad.

Raíces históricas de la crisis contemporánea
La cultura contemporánea y, por tanto, nuestras formas de pensar y vivir están determinadas por la crisis civilizatoria que provoca el protestantismo desde el siglo XVI y que hunde sus raíces-principalmente-en la teología voluntarista del Islam y en la antimetafísica del espiritualismo medieval y su secuela nominalista. Lamentablemente, esos errores filosóficos y teológicos (desontologización, voluntarismo, iconoclastia e individualismo) triunfan a la par que el nuevo imperialismo anglo-germánico, que utiliza el luteranismo como ideología aglutinadora y justificadora del nuevo orden. Con el poder económico, militar y político en sus manos, con la imprenta a su favor y con los nuevos territorios conquistados, el capitalismo protestante se impone en casi todo el planeta.
Desde entonces -mediados del siglo XVI-, el pulso entre la corriente helénico-católica y la musulmana-protestante ha ido inclinándose progresivamente hacia esta última, hasta el punto de que la propia teología católica se vio y se ve afectada por el dualismo, fruto maduro del encadenamiento conceptual mencionado. Las realidades que más sufren de estas amputaciones son las que se refieren al misterio de la Encarnación, como es el caso de la Virgen María, ya que en ella -a la par que en Cristo- se da la perfecta armonía (sin invasión ni separación) de los dos órdenes de la realidad.
Frente a la integración entre lo natural y lo sobrenatural y otras realidades correspondientes -razón y fe, libertad y gracia-, que caracteriza a la patrística y a la Escolástica católica, la cultura mahometana-protestante afirma que los mencionados binomios carecen de vínculos estructurales. En consecuencia, lo común no nace de un orden previo y superior a las particularidades sino del contrato social, de los pactos interesados y cambiantes. Esto explica, entre otras muchas cosas, la crisis mortal de instituciones que creíamos firmes hasta no hace mucho: familia, sistema educativo, democracia liberal, partidos políticos… que no es que estén atravesando un bache, sino que están cayendo en el abismo al que las empujó la evolución cultural y teológica que venimos reseñando. Estas instituciones no pueden recuperarse sin un cambio radical de paradigma conceptual: una revolución cultural, en la que María ejerce de luminaria en la oscuridad.
El caso paradigmático de María
Lo anterior, aunque parezca prolijo y, de hecho, exija posteriores razonamientos, explica la dificultad con la que nos encontramos los contemporáneos para entrelazar armónicamente las realidades más sublimes con las prosaicas, lo personal con lo comunitario y lo pasado con el presente y el futuro. Funcionamos al estilo del centro comercial: por departamentos sin conexión. Esta fragmentación metafísica, epistemológica y existencial afecta a toda la teología. Veámoslo en el caso de María Santísima.
Ya el hecho de que exista una materia específica de «mariología» es sintomático de una especialización que difícilmente sirve a la unidad; de hecho, en nuestras facultades teológicas se puede reflexionar sobre María con un sistema de pensamiento diferente-incluso contrapuesto-al que se usa para pensar sobre Cristo; el empleado por la cristología pudiera ser -a su vez- incompatible con el de eclesiología o el empleado para escatología, etc. Y en filosofía ocurre otro tanto. Este pluralismo suele verse como positivo por ofrecer perspectivas diversas; pero es pernicioso porque los estudiantes que llegan a nuestras aulas teológicas, como ocurre en el resto de disciplinas académicas, no tienen una cosmovisión sólida que les permita juzgar e integrar tantas diferencias sustanciales. Y salen con un rompecabezas desarticulado que se suele disimular con frases manidas.
Si aplicamos lo expuesto al estudio sobre María, es decir, el predominio del dualismo, de la fragmentación y de la desontologización, nos encontramos con graves problemas en la mariología contemporánea.
Existe una polarización. Por una parte, la presentación exclusivamente histórico-salvífica (es decir, bíblica) de la Virgen María subraya lo vivencial-espiritual: María es intercesora, modelo y ayuda que nos dispone para la unión con Cristo. Todo esto es cierto, pero -al carecer de referencia metafísica-se circunscribe a María en lo devocional y lo moral, colocándola como extrínseca a la salvación. Lamentablemente, es la orientación predominante en nuestros tiempos. Por otra parte, lo anterior es en gran medida una respuesta a los sistemas que se centran en los atributos o cualidades personales de María, subrayando tanto su excepcionalidad que dificultan y casi impiden su encaje en el orden histórico-salvífico y en el de la naturaleza humana. Esta vía lleva a la práctica colisión con la obra redentora de Cristo y con la propia razón.
Hacia una visión integral que parte de la Encarnación
Quizás más que en ningún otro momento, estamos urgidos y tenemos las condiciones para realizar una teología integral e integradora, que contemple de manera armónica, sin evitar la tensión, estos tres frentes: lo histórico-salvífico, lo ontológico y lo personal. En lo que se refiere a María Santísima, esto nos lleva al siguiente argumentario: la principal referencia de la Virgen María es con la humanidad de Cristo, con el misterio de la Encarnación, por razones obvias; esto la sitúa en una función esencial -no meramente devocional- para la Iglesia y para todo el género humano.
El fin esencial de todo lo que Dios ha hecho para nosotros es incorporarnos a la propia vida de la Trinidad; ese Don no se nos da en inmediatez desnuda, sino en inmediatez mediada por la humanidad de Cristo, tal y como Él la asumió, la vivió, la entregó y la glorificó. Dicho de otra manera: no hallamos la vida trinitaria en el supuesto abismo entre la conciencia y Dios, como dicen los protestantes y algunos teólogos católicos como Karl Rahner, sino en la carne gloriosa y herida del Hijo de Dios, que es hijo de María.
La vida trinitaria se nos da en una humanidad concreta, que es encarnada (espacio-tiempo), es eclesial (trinitaria), es obediencial-oblativa y es… mariana. Y lo es más allá de lo que nos parezca o sintamos nosotros. Toda gracia divina, en cuanto se nos entrega a través de Cristo, es consustancial y esencialmente mariana. Esto es lo que la Iglesia proclama desde Éfeso (431), por lo menos: Cristo es Hijo del Padre en la eternidad e hijo de María en el tiempo; es engendrado por Él y consustancial con Él a la vez que engendrado por María y consustancial con ella. Dos son las generaciones de Cristo, en diferencia pero en continuidad, fundándose la humana en la divina y prolongando la humana a la divina, a la vez que siendo aquella el fundamento para conocer a esta.
La humanidad salvadora de Cristo, fuente de toda gracia, no se puede entender sin María, y esto en todos los sentidos: ontológico, espiritual, afectivo, intelectual, eclesial, social… La Virgen no está actuando en nosotros solo extrínseca o voluntarísticamente (vía ejemplaridad, deseo, intercesión o ayuda), sino que ella actúa en el dinamismo mismo de la gracia porque así lo ha querido el Señor al elegir ese modo concreto de encarnarse, de vivir, de morir, resucitar y enviar el Espíritu Santo.
Lo mariano está en lo íntimo de la gracia divina; es momento interno. Por eso, hay que rechazar el extrinsecismo maximalista, que presenta a María como cauce o ayuda externa que necesitaría Cristo, y con la misma contundencia-hay que evitar el extrinsecismo minimalista, que la considera como mero ejemplo o ayuda para los creyentes. De ahí que poner a la Virgen María en el mismo orden ontológico y teológico que los santos (aunque sea en grado muy superior) es un error de bulto.
La personalidad corporativa y su capitalidad
Inseparable de la visión que establece la esencialidad de María en su relación con el misterio de la Encarnación y de la humanidad de Cristo está la perspectiva filosófico-teológica de la unidad del género humano y de su libertad. Este principio, que nace tanto de la reflexión lógica como de la revelación bíblica, dice que todos los hombres formamos un solo cuerpo, una especie de personalidad corporativa en la que cada miembro está interrelacionado con el resto para bien y para mal. Además, como ocurre en cualquier organismo humano, hay unos integrantes que cumplen la grave responsabilidad de ser cabeza de la persona colectiva y-en consecuencia- sus decisiones libres afectan al resto de sus congéneres. Es lógico que dicha capitalidad fuera ejercida, particularmente, por los primeros humanos, que nosotros llamamos Adán y Eva, quienes se negaron-consciente y voluntariamente- a obedecer el plan salvífico. Y, con ellos, toda la humanidad dijo que no a Dios; esto Romanos 5 lo explica magistralmente.
Pues bien, para que Dios se encarnase (condición sine qua non para compartirnos su vida, como hemos explicado arriba) era necesario que la humanidad le abriese las puertas con su libertad íntegra porque como decía S. Agustín- «Dios que nos creó sin nuestro consentimiento, no nos salvará sin nosotros». Y la única manera de aceptar la oferta divina era a través de una nueva capitalidad, que es la que ejercen Cristo y María. Por eso, los padres de la Iglesia, desde S. Ireneo, los llaman el nuevo Adán y la nueva Eva.
Pero antes fue el Sí de María que el del propio Cristo. No hablamos de primacía ontológica, sino de un orden lógico: María representa a la humanidad todavía no incorporada a la vida trinitaria; su obediencia libre era necesaria para que el Hijo de Dios se encarnase. El Concilio Vaticano II lo expresa de la siguiente manera: «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida» (LG 56). Y el Catecismo de la Iglesia Católica, remedando a S. Tomás de Aquino, afirma: «La Virgen María colaboró con su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Ella pronunció su fiat loco totius humanae naturae (ocupando el lugar de toda la naturaleza humana)» (CIC 511).
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