LA VIDA DE MAXIMILIANO KOLBE.

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En un ambiente, de brutalidad extrema, donde nadie daba a otro un trozo de pan, ofreció su vida por la de un padre de familia. El que alguien diera la vida por otro desconocido produjo una profunda impresión a todos. Caminó a la horrible muerte, de larguísima agonía, cantando salmos y a todos sus compañeros de celda les ofreció los últimos sacramentos. Al igual que el centurión ante Jesús en la Cruz, sus guardianes reconocieron estar ante un hombre, no solo inocente, sino excepcional. El 1971 es beatificado y canonizado en 1982…
La persona puede usar dos lenguajes: el de la vida y el de la lengua. Solo uno es siempre verdad y ese es el de la vida. Cuando los cristianos nos proponemos evangelizar nos quejamos de la dureza del ambiente olvidándonos muchas veces de que hay algunas cosas que siembran el interrogante irresistible. Una de ellas es la vida de los Santos.

Pero también a nosotros, que nos decimos cristianos, la vida de los Santos nos dejan sin palabras ante todas las excusas que permanentemente agitamos y es que con ellos descubrimos que por seguir a Jesús el cansancio no era problema, la familia no era un obstáculo, la salud, etc. Hay vidas que demuestran que todo pasa a ocupar los últimos lugares porque primero está Cristo. Los Santos nos dejan sin justificaciones.

Y cuando hablamos de santos no nos estamos refiriendo a extraños personajes de la Edad Media sino también de hombres actuales, de nuestro tiempo, que nos cierran el paso a todas las tonterías que se dicen sobre la santidad. Nos gusta imaginarnos a los santos como personas que desde pequeñitos hacían milagros y ya se les notaba porque vestían túnica blanca. Aznar, orgulloso, descubría sus secretos personales en una entrevista y se vanagloriaba de ser un hombre mediocre en el plano religioso. Cuando Álvaro D´Ors lanzaba al príncipe Felipe de Borbón el reto de ser santo, éste le respondió con risitas mirando al público. La santidad no es un chiste: es la vocación del cristiano.

No lo olvidemos. La Iglesia no necesita sabios sino testigos.

M. Kolbe fue un hombre de una profundísima fe. Su primer biógrafo dijo de él que era más fácil que vacilaran las bases de los Alpes que su fe. Su fe en la victoria de Dios y el amor a su justicia hizo posible que, al final, su vida fuera entregada en sacrificio.

Pero la entrega final fue posible gracias a que toda su vida fue una entrega permanente. Somos tan superficiales que nos gusta quedarnos con los hechos que se nos muestran como más llamativos pero no nos gusta pensar lo que hizo posible que esos hechos ocurrieran.

Vamos a destacar su labor de apóstol en las tareas editoriales. Se puso en marcha con el compromiso de no generar gasto alguno a su orden. Su primer ejemplar no llevaba ni portada. Él mismo era redactor, encargado de compras, de la correspondencia con los suscriptores y hasta de chico de los recados. Y todo ello con una salud frágil por la tuberculosis que le obligaba a pasar temporadas en sanatorios.

Su lucha siempre se desarrolló en medio de múltiples persecuciones, indiferencias y hasta burlas de sus hermanos.

Cuando llega a los 100.000 ejemplares los que se reían de las locuras del fraile chiflado le empiezan a tomar en serio. Hubo quien vio las ganancias rápidas y Kolbe tiene que frenar a los que se apuntan con fines ajenos al proyecto. También hubo que hacer frente a los enemigos externos. Otros periódicos y grupos de presión le hostigaron, los proveedores le exigían pago al contado pero no pudieron con él.

Demostró que cuando una idea simple toma cuerpo se produce una revolución. Su obra creció y se acabó creando el complejo editorial más original de todos los tiempos: una ciudad en la que se editaban hasta 8 publicaciones, alguna de hasta un millón de ejemplares, sin olvidar las publicaciones para niños.

Casi 800 frailes llegaron a vivir en la ciudad que fundó. El primer monasterio del mundo viviendo en estilo franciscano. El trabajo gratuito hizo que fuera la prensa más barata de la nación (5 ó 6 veces por debajo que el resto). En sus escritos se refleja su idea de empezar por lo pequeño para sobrevivir a las primeras dificultades y tener siempre el primer objetivo: la evangelización del pueblo. No prometer más de lo que se puede dar.

La distribución fue con el mismo estilo apostólico con puntos de venta en todo el país y hasta hubo frailes que aprendieron a pilotar aviones, se hicieron emisoras de radio, etc. En el complejo editorial se daba la rotación en los cargos para no apegarse a las tareas y mantener fresco el espíritu evangelizador. Todo ello para hacer verdad la frase de San Agustín: “La verdadera libertad no consiste en hacer lo que nos dé la gana, sino en hacer lo que debemos hacer porque nos da la gana”.

Creada su gran ciudad-convento en Polonia, su espíritu misionero no se detiene y marcha a Japón durante 6 años. Allí ejerce de profesor y, sin saber una sola palabra de japonés, sin soporte económico y sin equipo de redacción, vuelve a lanzarse a la empresa editorial. En pocos años logra que su revista sea el órgano católico más leído del país asiático.

De vuelta a Polonia, estalla la guerra y es hecho prisionero por los nazis. No ceja en su empeño y, al ser puesto en libertad, en plena guerra, vuelve a la labor editorial y se manifestó públicamente en contra de la ocupación y de la persecución religiosa de los nazis. Al “¡Heil Hitler!” respondían “María”. Fue arrestado nuevamente en febrero de 1941 e internado en Auschwitz.

En el campo de concentración destacó por impartir charlas religiosas y confortar espiritualmente a los detenidos. No le faltaron medios para evadirse de su destino pero quiso compartir el holocausto de su propio pueblo y se dejó arrestar por la Gestapo.

El heroísmo de Kolbe fue de toda la vida, gota a gota. El médico que le trató y constató que tenía un pulmón muy enfermo le prescribió reposo absoluto. Pero siguió trabajando igualmente. En Auschwitz también tuvo ocasión de ser tratado médicamente y daba nombres de compañeros que estaban peor que él. Cuando le preguntaban por qué decía que era sacerdote católico.

En su actividad apostólica daba primacía a la actitud misionera de quien la llevaba a cabo lo cual no le hacía dejar de dar importancia a los estudios. En un pabellón de tuberculosos en el que habían intelectuales protestantes, hebreos, agnósticos, etc, llevaba a cabo su labor y reflexionaba sobre ello cuando en una carta dijo “por experiencia personal sé que no es lo mismo aprender en las aulas algo, que aprender la manera de saber exponer un problema de manera convincente. No permita el Señor que un Caballero de la Inmaculada responda a una objeción contra la religión de una manera superficial, porque así dejaría en mal lugar a la religión. Por desgracia, casos tales han sucedido incluso a sacerdotes. Estudia, pues, muy a fondo, la Sagrada Teología”.

Se dio la paradoja que Kolbe pasó de la principal ciudad monasterio del mundo a la ciudad pensaba por los verdugos nazis para el exterminio sistemático: sólidos muros, alambres electrificados, rodeados de vigilantes, hornos crematorios, paseos con patíbulos, etc. En su entrada en el campo fue recibido por un jefe que le arrancó el crucifijo y le abofeteó cada vez que le respondía afirmativamente a la pregunta de si creía en “eso”.

En un ambiente, de brutalidad extrema, donde nadie daba a otro un trozo de pan, ofreció su vida por la de un padre de familia. El que alguien diera la vida por otro desconocido produjo una profunda impresión a todos. Caminó a la horrible muerte, de larguísima agonía, cantando salmos y a todos sus compañeros de celda les ofreció los últimos sacramentos.

Al igual que el centurión ante Jesús en la Cruz, sus guardianes reconocieron estar ante un hombre, no solo inocente, sino excepcional.

El 1971 es beatificado y canonizado en 1982.