Los santos son hombres de carne y hueso

1238

Cuando uno se intenta hacer una imagen mental de un santo cualquiera, sea uno de los primeros cristianos, un santo de la época medieval, o un santo de nuestros días, lo que viene a nuestra mente es la imagen de una persona hecha de una materia diferente de la del resto de los mortales.

Nunca he creído que los santos tuvieran madera de santos, dijo una vez el periodista y sacerdote José Luis Martín Descalzo. Y es que todos nacemos con la misma llamada a la santidad, pero también con la misma carga de imperfecciones, defectos, pecados… y la larga -o corta- lista que uno quiera añadirse a sí mismo.

Lo curioso es que, cuando uno se intenta hacer una imagen mental de un santo cualquiera, sea uno de los primeros cristianos, un santo de la época medieval, o un santo de nuestros días, lo que viene a nuestra mente es la imagen de una persona hecha de una materia diferente de la del resto de los mortales. Sin carne ni huesos, sin sangre…, sin hambre ni sed, sin buenos o malos días, sin defectos, sin malas palabras para nadie, y, sobre todo, sin esfuerzos, miedos o dudas a la hora de ser coherentes con su fe.

Durante muchos años, algunos biógrafos de santos han insistido en pasar por alto u omitir las debilidades de sus biografiados. Como la madre Priora del convento de Lisieux, que, al repasar los escritos originales de la joven santa Teresa del Niño Jesús, suprimió un párrafo en el que, con la mayor sencillez, la criatura confesaba que nunca había logrado rezar un Rosario completo sin distraerse. Para Jesús Urteaga, autor del libro Los defectos de los santos, probablemente temían que los lectores nos escandalizáramos al verlos hombres y mujeres como nosotros. Y precisamente los que todavía estamos lejos de la amistad que Dios busca en nosotros, necesitamos comprobar (porque nos estimulará mucho) que los que están en los altares no son de cera ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas corrientes que tienen que tomar pastillas o duermen mal, o necesitan que se les zarandee, de cuando en cuando, porque pueden distraerse en la oración.

Autor: A. Llamas Palacios