Loung Ung. Premio Nobel de la Paz en 1997

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Recuerdo de los dos millones de personas que fueron asesinadas bajo el régimen de los Jemeres Rojos en Camboya. Entre 1975 y 1979, los Jemeres Rojos mataron sistemáticamente a unos dos millones de camboyanos, casi la cuarta parte de la población del país.

Camboya, es castigado con trabajos forzados, está esclavizado, torturado y muchas veces asesinado, en nombre de una ideología que se propone crear un «hombre nuevo». Camboya (la de la bandera roja) se está construyendo sobre una inmensa sepultura. Los niños ofician obligadamente de espías, de delatores de sus propias familias.

El país está sometido al «Angkar», una «organización» que es sin eufemismos, nada más y nada menos que el partido comunista camboyano. En la base del «Angkar» están los cuadros, los educadores, los que vigilan los trabajos, los jefes de aldea y los comandantes de distrito. Todos tienen una función común: el señalamiento y la muerte de quienes no piensan como ellos.

En Camboya tuvo lugar el experimento de ingeniería social más atrevido y radical de todos los tiempos. Fue el comunismo llevado a su consecuencia lógica, a su mayor extremo. El dinero desapareció y la colectivización integral se llevó a cabo en sólo dos meses. El gobierno del Angkar duró tres años y ocho meses y sembró de cadáveres el país.

La familia era considerada una forma de resistencia natural al poder absoluto del Partido, que debía llevar al individuo a una dependencia total del Estado. Por tanto, las familias eran separadas y la autoridad paterna castigada: la educación era responsabilidad exclusiva del Angkar. Los sentimientos humanos eran despreciados y considerados un pecado de individualismo.

Los niños no se libraban de la crueldad del sistema carcelario. Muchos eran encarcelados por robar comida. Los guardianes los golpeaban y daban patadas hasta que morían. Los convertían en juguetes vivos, colgándolos de los pies, luego trataban de acertarles con sus patadas mientras se balanceaban. En una marisma cercana a la prisión, los hundían y, cuando empezaban las convulsiones, dejaban que apareciera su cabeza para sumergirlos de nuevo.

Loung Ung y su familia fueron testigo de esta historia. Perdió a sus padres y a sus hermanos, y a ella la entrenaron para ser niña soldado. He aquí sus palabras:

“En el pueblo Ro Leap, vivimos siguiendo unas reglas y unos reglamentos estrictos que nos marca el Angkar. Esperamos que vosotros cumpláis todas las reglas. Una de ellas se refiere a nuestra manera de vestir. Como veis todos llevamos las mismas ropas. Y todos llevamos el pelo del mismo modo. Así nos liberamos de la vanidad corrompida creada en occidente.”

“…está prohibido llevar ropa de color. Os quitaréis también la que lleváis y también esa la quemaréis. Los colores vivos sólo sirven para corromper la mente. No sois distintos de nadie aquí y desde ahora llevaréis pantalones y camisas negras. Se os dará un juego nuevo cada mes”.

“… El Angkar ha expulsado a todos los extranjeros, de modo que ya no tenemos que hablarnos poniéndonos títulos caprichosos. Desde ahora en adelante llamaréis a todos Met. Por ejemplo este es Met Rune, ésta es Met Srei. Se acabó lo de señor y señora, señoría…

– Sí camarada -respondimos colectivamente-

– Los niños llamarán a sus padres de otra manera. Al padre se le llamará ahora “poh”, y no papá ni papi, ni de ninguna otra manera. A la madre se la llamará “meh”.

En esta aldea, como en toda la nueva sociedad, viviremos en un sistema comunitario. No existe la propiedad privada de los animales, la tierra, de los huertos, de las casas. Todo pertenece al Angkar, él nos proporcionará todo lo que necesitemos. Y si éste sospecha que somos traidores, entrarán en nuestra casas para registrarlas. Nosotros, la gente nueva, comeremos juntos. Las comidas se sirven de doce a dos de la tarde y de seis a siete de la tarde; si llegamos tarde, nos quedamos sin nada. Se raciona: cuando más trabajemos, más comeremos. Todas las noches, después de la cena, el jefe nos comunicará si hay reunión o no. La gente de base y los soldados vigilarán nuestra zona de trabajo. Si ven que descuidamos nuestros deberes, informarán de que somos perezosos y no se nos dará de comer.

Sigo con los ojos al jefe mientras éste pasea ante el círculo de personas. Pido al cielo que no se me olvide nada de lo que ha dicho:

– Debéis guardar todas las reglas que os ha marcado el Angkar. De este modo nunca tendremos que afrontar los crímenes y la corrupción de la gente de la ciudad.

A cada familia se le asigna una casa en la aldea. En esta nueva sociedad los niños no van a la escuela, que solo sirve para llenar el cerebro de datos inútiles. Y está prohibida terminantemente la enseñanza de cualquier clase sin la aprobación del gobierno. Se conseguirá que tengan las mentes agudas y los cuerpos ágiles haciéndoles trabajar de firme. El Angkar no puede consentir la pereza, el trabajo duro es bueno para todos.

… Aunque supuestamente todos somos iguales, en la aldea hay, no obstante, ciudadanos de tres niveles. Los ciudadanos de primera clase son el jefe, que tiene autoridad sobre toda la aldea, sus ayudantes y los soldados Jemeres Rojos. Tienen potestad para enseñar, vigilar, juzgar y ejecutar las sentencias. Ellos toman las decisiones: los destacamentos de trabajo, las raciones de alimentos que corresponden a cada familia, la severidad de los castigos. Son los ojos y oídos del Angkar a nivel local: informan a éste de todo lo que se hace y tienen plenos poderes para imponer la ley.

En nuestro nuevo lugar de residencia no tenemos tiempo de llegar a conocer a nuestros vecinos ni de visitar a otros visitantes de la aldea ni de pasear ni de conversar con nadie ajeno a la familia. Entre la gente nueva no existe prácticamente trato social. Todos mantienen una gran reserva, pues temen que si comparen sus ideas o sentimientos, alguien se lo contará al Angkar.

… Aunque el Angkar dice que en la Kampuchea Democrática todos somos iguales, no lo somos. Nosotros vivimos como esclavos y nos tratan como tales… En la época de cosecha se entrega el grano recogido al jefe de la aldea, que lo raciona después entre las cincuenta familias… Robar comida se considera un delito horrible y al que encuentran robando se arriesga a que le corten los dedos en la plaza pública o a que le obliguen a cultivar un huerto en una zona próxima a los campos de minas. Los soldados Jemeres Rojos sembraron estos campos de minas… Colocaron tantas minas que hay mucha gente que sufre lesiones o que mueren al pasar por esas zonas… Cuando una persona pisa una mina y pierde un brazo o una pierna, esa persona ya no tiene ningún valor para el Angkar. Los soldados la rematan de un tiro para terminar la labor de la mina. En la nueva sociedad agrícola y pura no hay lugar para los discapacitados.

El gobierno de los Jemeres Rojos prohíbe también la práctica de la religión.

* Del libro autobiográfico de Loung Ung: Recuerdo de una niña de Camboya (Ediciones Voz de los sin Voz nº 433)