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Tres tipos de “desahucios” están de actualidad: vivienda, Ceuta y vientre materno.

Un post en la red X de D. Luis Argüello, presidente de la CEE, nos plantea los tres tipos de desahucios presentes en la sociedad española:

Tres tipos de desahucios están de actualidad: de la vivienda, de Ceuta y del vientre materno. Los tres reclaman diálogo sereno y acuerdos. Entonces nos encontramos ante un cuarto desahucio: la razón y la voluntad de acuerdo parecen haber sido expulsados de nuestra casa común.

1.- El de la vivienda, con un acuerdo social respecto al reconocimiento del grave problema que vivimos: escasez de viviendas, viviendas cerradas sin uso por falta de confianza, casas vacías en la España rural, precios y rentas muy altas, alquileres por habitación sin “derecho a cocina”, pues hasta la cocina se transforma en habitación, millones de pisos de uso unipersonal, etc. Hay cierto acuerdo, emocional más que moral, sobre el “caso Maricarmen”, convertido en bandera, y desacuerdo legal, manipulación ideológica y conflicto político y social sobre las causas y las posibles soluciones a este grave problema. Es un asunto importante a considerar en el “nuevo Contrato social” al que se refirieron trabajadores y empresarios en el encuentro con el papa León XIV.

2.- En Ceuta con diversas experiencias: los ceutíes viven el desahucio de sus calles, plazas y de su normalidad; los inmigrantes, —algunos desahuciados de sus países de origen, otros desplazados por intereses geopolíticos— son deslocalizados continuamente y se resisten a un desahucio definitivo. Los ceutíes, como gran número de españoles, desean un desahucio rápido y total de los que han entrado en la ciudad como “okupas”. En medio, una crisis humanitaria —física, psicológica y moral— que afecta a todos, inmigrantes y ceutíes. También, por contaminación de esta crisis que no es primariamente migratoria, se está condicionando la manera de mirar a los inmigrantes en toda España. Ahora es imprescindible un acuerdo nacional para ayudar a los ceutíes y solucionar la crisis humanitaria; siempre es necesario un pacto de Estado y europeo que aborde las causas de las migraciones en los países de origen, combata las mafias —también haga frente a los Estados que utilizan los éxodos de personas para provocar invasiones por intereses geopolíticos con comportamientos mafiosos—, regule los flujos migratorios y acoja a los que llegan respetando su dignidad, que no se pierde al atravesar la frontera, aunque luego hubieren de ser retornados a sus países de origen. Si la actual situación de natalidad continúa, en pocos años Europa competirá por el inmigrante escaso.

3.- El desahucio del vientre materno provocado mediante el aborto. Es un “desahucio” de consecuencias irreversibles. Una campaña moralista del Gobierno lo presenta como un acto bueno, porque es legal —“tienes derecho”— y autónomo —“decidas lo que decidas, estará bien”—. La ciencia demuestra que en el seno de una mujer embarazada hay un ser humano, un hijo, distinto de ella, sobre el que no puede decidir sin plantearse la moralidad de esa decisión. Necesitará cualquier tipo de ayuda, social, laboral, de vivienda y apoyo pleno. Habrá casos de un gran conflicto ético, pero nunca podrá justificarse la solución en un derecho legal que niega al hijo la vida en cuya dignidad se fundamentan todos los derechos.

“La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”, dijo León XIV en las Cortes y añadió: “la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.”

Ante estos tres tipos de desahucios la argumentación ética varía de forma interesada: de la defensa a ultranza del derecho a decidir del propietario o de la embarazada, si la decisión es legal, sin tener en cuenta a quien sufre las consecuencias, al rechazo de la libre decisión aunque sea legal y confirmada por un juez, pues afecta a personas que deben de ser tenidas en cuenta por encima de la decisión del propietario.

En el caso del “desahucio” de los ocupantes de Ceuta, algunas propuestas, para que sea inmediato, animan a prescindir de la legalidad y quieren cerrar los ojos ante aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad; otras propuestas se niegan a ver que muchos ceutíes también son víctimas de la crisis humanitaria desencadenada por el éxodo-invasión-ocupación.

Los tres asuntos reclaman diálogo sereno y grandes acuerdos. Entonces nos encontramos ante un “cuarto desahucio”: la razón y la voluntad de acuerdo por la defensa de la dignidad humana y el bien común parecen haber sido expulsados de nuestra casa común.

El paso del Papa por Francia: mundo digital, dignidad humana y reconciliación

La encrucijada digital y una mirada a los descartados de la economía.

La primera etapa en París inició en la sede de la UNESCO, donde el Papa centró su intervención en el desarrollo ético de la inteligencia artificial. Advirtió sobre los riesgos de un «paraíso de las máquinas» que termine por minar la esencia humana y la cohesión social.

Posteriormente, el Pontífice se trasladó a la reconstruida catedral de Notre-Dame para presidir una oración con el clero. El contacto con la realidad social de la capital se visibilizó en la visita a un centro de acogida, desde donde hizo una firme llamada a defender la «dignidad infinita» de migrantes y descartados por la economía actual. La jornada parisina concluyó con una vigilia juvenil en el Stade de France y una masiva celebración eucarística.

En sus intervenciones en París y Lourdes, el Papa subrayó tres puntos centrales respecto a la defensa de la vida humana, en un país que ha establecido el aborto como un  derecho.

  • «Lo que es legal no siempre es moral»: Al referirse a las recientes reformas legislativas francesas (como la inclusión del derecho al aborto en la Constitución o el avance del suicidio asistido), recordó que las leyes civiles deben respetar el valor inalienable de la vida y que la legalidad formal no suplanta los principios éticos ni el derecho a la vida.

  • Rechazo a la «cultura del descarte»: Enmarcó la defensa de la vida no nacida dentro de su concepto amplio de la dignidad humana, conectando la protección del no nacido con la atención a los ancianos, los enfermos en estado terminal y los vulnerables.

  • Apoyo a la objeción de conciencia: Hizo un llamamiento explícito a proteger el derecho de los profesionales sanitarios a negarse a participar en prácticas que atenten contra la vida humana, calificando a los trabajadores de la salud como «garantes del cuidado y no de la muerte».

Reconciliación y sanación pastoral en Lourdes

El 27 de septiembre, la itinerancia papal continuó hacia el santuario mariano de Lourdes. Allí priorizó el acompañamiento a los enfermos en el Accueil Notre-Dame, situando el sufrimiento y la fragilidad humana en el centro de la atención pastoral.

También en el marco de la visita al santuario, el Santo Padre sostuvo además un encuentro privado con víctimas de abusos sexuales en la Iglesia. La cita buscó ofrecer un espacio explícito de escucha, reparación e impunidad cero frente a la pederastia institucional.

Una llamada a la paz europea desde Metz

El viaje concluyó el 28 de septiembre en la ciudad de Metz. Desde este enclave fronterizo, el Pontífice dirigió su mirada hacia la arquitectura institucional del continente, apelando a la revitalización del proyecto comunitario europeo a través del diálogo intercultural, la solidaridad entre naciones y los esfuerzos multilaterales por la paz mundial.

Destacamos 3 frases centrales sobre la paz en Metz:

«La paz no es la mera ausencia de guerra ni el fruto del cansancio tras el conflicto, sino un orden vivo que se edifica día a día sobre la justicia, la verdad y la memoria reconciliada de nuestros pueblos.»

«Desde esta tierra de frontera, símbolo de antiguas fracturas y hoy de encuentro, Europa debe recordar que su auténtica vocación es ser un taller incesante de paz y fraternidad para el mundo.»

«Para construir una paz duradera debemos desarmar primero las palabras y las intenciones, sustituyendo la lógica del dominio y del cálculo geoestratégico por la cultura del diálogo y el perdón.»

Sevilla: Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Sabado 26 de septiembre DIFUSIÓN de materiales solidarios en Puerta Jerez (Sevilla)

Sabado 26 a las 20.00h y Domingo 27 a las 11.30h EUCARISTÍA en la Parroquia Dulce Nombre de María, Bellavista (Sevilla)

Perú: Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Sábado 26 de 10.30 a 12.30h: CONCENTRACIÓN SOLIDARIA. En Av. Cesar Vallejos, cruce con Av. Revolución. VES.

Domingo 27 EUCARISTÍA.

– 7.00am en la Capilla Santa Rosa, sector II, grupo 22 VES

– 8.30am y 6.00pm en la Parroquia Cristo Resucitado, sector II, grupo 13 VES

El icono ortodoxo como resistencia cultural de la tradición frente al uso propagandístico.  

Ana Resurrección Navarro García es historiadora del arte y Máster en investigación por la Universidad de Granada. Nacida en Ojtirka, en el Oblast rusófono de Sumi, por lo que tiene vinculación a partes iguales con la cultura ucraniana y rusa. Desde los 4 años de edad vive en España.

Una tabla de caja de munición con la Virgen pintada encima, expuesta en una galería de Lviv, Lvov o Lemberg (tres nombres reales para la misma ciudad); un soldado con uniforme y pistola añadido a la escena del Descenso a los infiernos en una iglesia cercana a Moscú. Los dos bandos de la misma guerra han movilizado el icono como parte de su armamento simbólico, y los dos lo hacen con el mismo lenguaje, heredado del mismo bautismo, el de la Rus de Kiev en 988. Que la imagen sagrada sirva a los fines del poder no es nuevo; lo que merece atención es que, cada vez que la guerra termina, el icono vuelve al taller, a las manos que ayunan antes de coger el pincel, y que en tiempos de conflicto en el que se matan entre hombres, esas manos han sido, casi siempre, de mujer.

 

Un ayuno en medio de los bombardeos

En el arte del icono existe, desde sus orígenes, una disciplina que los propios iconógrafos denominan ayuno de los ojos: cuarenta días de oración y abstinencia antes de ponerse delante de la tabla y coger el pincel, para que la mano no obre por sí misma, sino que se convierta en un medio del Espíritu Santo. Merece la pena traer a la memoria este ritual cuando los iconógrafos siguen sometiéndose a ese ayuno mientras los países que son maestros de este arte viven bajo bombardeos y, en ocasiones, lo emplean con fines bien distintos de la oración.

Símbolos como armamento

El icono ortodoxo ha dejado de ser únicamente un objeto de devoción para convertirse en los últimos años, como ha ocurrido en numerosos periodos de guerra a lo largo de la historia, en un arte de resistencia cultural que emplea medios alejados de los tradicionales: tablas de cajas de munición, para venderse en subastas benéficas, o piezas rescatadas de iglesias bombardeadas que se reescriben combinando los rostros de los santos con los de los caídos en el frente. La guerra no se libra únicamente con armas convencionales; moviliza los símbolos religiosos como parte del armamento, y el icono es uno de los objetos que mejor se prestan a ello por su significado teológico y por su peso en la devoción popular. No ocurre en un solo país: ocurre en todo el territorio en guerra, con el mismo gesto, aunque cada bando lo dirija contra el otro.

Un solo origen

Conviene recordar que ambos países beben de la misma fuente. La tradición iconográfica que hoy se disputa no pertenece en exclusiva a ninguno de los dos ni es un conflicto nuevo: procede del bautismo de la Rus de Kiev en 988, bajo el príncipe Vladímir, que abrió a aquellas tierras el arte del icono llegado de Bizancio y que en nuestro siglo reclamarían como propio tanto Ucrania como Rusia. Cuando hoy un soldado cuelga un icono de un árbol o un iconógrafo pinta a la Virgen sobre una tabla de munición, ambos usan el mismo lenguaje, la misma teología de la imagen y el mismo gesto heredado de la tradición.

El mismo gesto, en ambos lados del frente

El uso de este arte como resistencia cultural se refleja en los dos países por igual. En Ucrania, el proyecto Icons Save Lives, de la galería Iconart de Lviv, reunió a treinta y cuatro iconógrafos con obras realizadas sobre cajas de munición reutilizadas; en palabras de Uliana Krekhovets, unos iconos pacíficos en origen quedaron transformados en defensores del país (Icon Art Gallery / Ukraine House DC, s.f.). El estudio de Olena-Olha Kendzor sobre 164 obras muestra que el icono, en este caso, no sólo consuela, sino que documenta la guerra (Kendzor, 2025), y la guerra alcanza a los propios artistas: Marharyta Polovinko, de treinta y un años, murió en el frente en abril de 2025 (The Art Newspaper, 2025). Es aquí donde aparece la vertiente negativa de este uso de una tradición tan arraigada, la propaganda, que aleja al icono de su función devocional y lo pone al servicio del propio conflicto. En territorio ruso el uso es similar: la iglesia de San Jorge de Najábino añade a su escena del Descenso a los infiernos un soldado ruso con uniforme y pistola, bajo el rótulo propagandístico de «tierra ucraniana ocupada» (Public Orthodoxy, 2025), y no es un caso aislado, porque la Catedral Principal de las Fuerzas Armadas, inaugurada en 2020, tiene como icono central un Mandylion, tal como la tradición determina, reinterpretado con un fuste de cañón del siglo XVIII y piezas de un fusil de la Segunda Guerra Mundial integradas en el marco (Public Orthodoxy, 2023): el material de guerra convertido en soporte de una obra sacra.

Una lógica antigua

Estos actos, en ambos territorios, no reflejan nada nuevo, sino una lógica repetida en todos los periodos de conflicto. En 1612 el icono de Kazán encabezó la liberación de Moscú de la ocupación polaca, y en 1812 la misma imagen se usó contra Napoleón. A lo largo de la historia este arte ha sido instrumentalizado interesadamente como herramienta de guerra, para los fines de los hombres y no para los fines con los que, con tanto esmero, los hacedores de imágenes preparaban la obra bajo el ayuno de los ojos.

Lo sagrado al servicio de los Estados

Esa apropiación tiene un nombre en la reflexión contemporánea. William Cavanaugh ha mostrado que lo sagrado no desapareció con la secularización, sino que emigró al Estado-nación, que gobierna con liturgias propias. El icono propagandístico es la ilustración exacta de esa migración: una imagen concebida para que el hombre deje de ser el centro se invierte para que el centro lo ocupe una bandera. La perspectiva invertida que la tradición fijó, con el punto de fuga delante de la tabla, en el lugar del que mira, significaba que el icono no se posee, sino que interpela; la propaganda lo posee, lo enarbola y le pide que mire al enemigo. El VII Concilio ecuménico, Nicea II (787), zanjó que el honor tributado a la imagen pasa al prototipo, y el prototipo no es una nación ni un ejército.

La imagen viva

Conviene hablar entonces de la otra cara del conflicto, la que resurge en silencio y hace que el sentido original de estas piezas perdure siglo tras siglo. El icono que ambos bandos eligen es en su esencia el eikon zosa, la imagen viva que hace presente aquello a lo que remite. Por eso, pese a los numerosos episodios en que la mano del hombre lo ha usado con fines propagandísticos, resulta significativo que se recurra a este estilo concreto y no a una obra cualquiera, y que el icono como técnica, como canon y como gesto del pintor sometido al ayuno de los ojos siga perdurando casi inalterado desde su origen.

Las manos que sostienen el taller

No sorprende si se tiene en cuenta que la teología del icono ha sido sostenida en tiempos de guerra por la mujer, formada muchas veces junto al iconógrafo, en silencio, y que en los periodos de conflicto acoge este arte como propio y mantiene vivo el taller. Uno de los casos más antiguos es el de Eudoxia de Moscú: mientras Dmitri Donskói combatía, ella impulsaba este arte; tras la victoria encargó el icono del Arcángel Miguel y fundó el Monasterio de la Ascensión en el Kremlin, donde sostendría junto a otras mujeres la producción de imágenes (Eudoxia of Moscow, s.f.). El caso se repite a lo largo de la historia en los talleres domésticos, las svetlitsy, dirigidos por la señora de la casa con otras mujeres y dedicados sobre todo al bordado de imágenes sagradas, que Natalia Majásova describe como casi la única esfera de creatividad que les estaba abierta (Majásova, 1971). Siglos después vuelve a ocurrir: con la ley marcial del 24 de febrero de 2022 los hombres de entre 18 y 60 años no pueden salir de Ucrania y pueden ser llamados a combate, y desde 2023 el Ministerio de Cultura restringe los permisos de viaje a los artistas en edad de reclutamiento (Kyiv Post, 2023; Euromaidan Press, 2025), dejando a este arte sin quienes lo sostenían en su esfera tradicional. Es en esa situación cuando resurge con fuerza la mujer como sostén de la tradición y esperanza de que este arte siga fiel a su origen, alejado de las disputas políticas e ideológicas y centrado una vez más en la oración: la mujer que, en su taller y en silencio, vuelve a adueñarse del canon y sostiene con la mano el oficio, en actitud de servicio inspirada en la de la Virgen María.

Medio y no fin

El icono, aunque utilizado en tiempos de conflicto como arma propagandística o como solicitud de protección divina ante la destrucción que el propio hombre desata al servicio del Estado, sigue recordando que en su origen no busca servir a ninguna causa concreta ni al hombre: es, como se zanjó en Nicea II, un medio y no un fin. El poder y el ejército lo instrumentalizan desde fuera de su norma y de su sentido, apropiándose de su fuerza simbólica; pero el icono nunca perteneció a los bandos que hoy se disputan este arte, sino a una tradición más resistente que cualquier guerra, porque tras cada guerra el icono queda en pie y sigue habiendo mujeres y hombres, hacedores de imágenes que, recluidos en un taller, están dispuestos a ayunar los ojos antes de coger el pincel.

Glosario

Ayuno de los ojos / de los sentidos— Cuarenta días de oración y abstinencia con que el iconógrafo se prepara antes de pintar, para que la obra no sea suya sino de Dios.

Bizancio — El Imperio romano de Oriente, con capital en Constantinopla, cuna del arte del icono.

Canon — Conjunto de reglas fijas (composición, colores, gestos) que el iconógrafo debe seguir sin inventar.

Cavanaugh, William — Teólogo católico estadounidense que sostiene que lo sagrado no desapareció con la reforma protestante, ilustración y secularización, sino que pasó al Estado y al mercado.

Descenso a los infiernos — Escena tradicional del icono de la Resurrección: Cristo baja al reino de los muertos y saca de él a Adán y Eva.

Donskói, Dmitri — Príncipe de Moscú que venció a los tártaros en Kulikovo (1380); Eudoxia era su esposa.

Eikon zosa — griego, «imagen viva»: el icono no representa, sino que hace presente a quien muestra.

Hacedor de imágenes — Nombre tradicional del iconógrafo, que subraya que no es «autor» sino instrumento.

Icono de Kazán — Imagen de la Virgen aparecida en Kazán en 1579, convertida en protectora nacional de Rusia.

Nicea II / VII Concilio ecuménico — Concilio de 787 que zanjó la disputa sobre las imágenes: se veneran, no se adoran, y el honor pasa a quien representan.

Perspectiva invertida — Sistema del icono en que las líneas se abren hacia el espectador: el punto de fuga está delante de la tabla, de modo que es el icono el que mira.

Rus de Kiev — Primer Estado de los eslavos orientales (siglos IX–XIII), con capital en Kiev, antepasado común de Ucrania, Rusia y Bielorrusiaantes de que las invasiones mongolas forzaron el traslado y, en último término, el establecimiento de la “tercera Roma (tras las caídas de la original y de Constantinopla)” a Moscú.

Svetlitsy — Talleres domésticos de bordado, dirigidos por la señora de la casa, en la Rusia medieval.

Vladímir de Kiev — Príncipe que en 988 se bautizó y cristianizó la Rus de Kiev, fundación de navegantes fluviales vikingos para poder seguir comerciando con Constantinopla tras cerrarse el estrecho de Gibraltar por piratas bereberes después de la invasión musulmana de la península ibérica; santo en Oriente.

 

Referencias

Christianization of Kievan Rus’. (s.f.). En Wikipedia. Recuperado en 2026. https://en.wikipedia.org/wiki/Christianization_of_Kievan_Rus’ [ver nota]

Concilio de Nicea II. (787). Definición sobre las sagradas imágenes. En H. Denzinger y P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (nn. 600-603). Herder.

Eudoxia of Moscow. (s.f.). En Wikipedia. Recuperado en 2026. https://en.wikipedia.org/wiki/Eudoxia_of_Moscow [ver nota]

Euromaidan Press. (2025, 27 de febrero). Ukraine halts travel permits for draft-eligible cultural workers amid concerns over non-returns. https://euromaidanpress.com/2025/02/27/ukraine-halts-travel-permits-for-draft-eligible-cultural-workers-amid-concerns-over-non-returns/

Icon Art Gallery / Ukraine House DC. (s.f.). Icons Save Lives by Ukrainian Artists. Google Arts & Culture. https://artsandculture.google.com/story/icons-save-lives-by-ukrainian-artists-ukraine-house-dc/iAURl2jR8rPiYA

Kendzor, O.-O. (2025). Graphic chronicles of the full-scale Russian-Ukrainian war in the works of Ukrainian icon painters. Art and Design, 8(4), 101-114.

https://doi.org/10.30857/2617-0272.2025.4.9

Kyiv Post. (2023). Why Male Ukrainian Performers Will Not Be Allowed Abroad. https://www.kyivpost.com/post/14206

Majásova, N. (1971). Drevnerusskoe shityo [Bordado ruso antiguo]. Moscú: Iskusstvo. Reseñado en Rezansky, I. (s.f.), Medieval Russian Embroidery (Majasova, 1971). https://rezansky.com/medieval-russian-embroidery-majasova-1971/

Navarro García, A. (2026). Simbolismo y significado en los iconos ortodoxos: Nuevas reinterpretaciones en la era contemporánea [Trabajo de Fin de Máster, Universidad de Granada]. Cap. 1, p. 17; apartados 2.1-2.2, pp. 13-19.

Public Orthodoxy. (2023, 3 de marzo). Saviors on Weapon Boards. https://publicorthodoxy.org/2023/03/03/saviors-on-weapon-boards/

Public Orthodoxy. (2025, 20 de octubre). Death in War for Empire as a «Path to Christ»: The «Official Church» in Russia Modernizes Traditional Iconography. https://publicorthodoxy.org/2025/10/20/death-in-war-as-path-to-christ/

The Art Newspaper. (2025, 16 de abril). Marharyta Polovinko, 31-year-old Ukrainian artist, killed on frontline. https://www.theartnewspaper.com/2025/04/16/marharyta-polovinko-31-year-old-ukrainian-artist-killed-on-frontline

Tortosa: Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Jornada Mundial del Migrante y Refugiado.

– Dissabte 26 missa 19h i vetlla M.D. Dels Dolors. Tortosa

– Diumenge 27 Eucaristia 12h Sant Jaume. Tortosa

Úbeda: Concentración Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Concentración y lectura de comunicado por la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Sabado 26 de septiembre. Eucaristía a las 11h en la Iglesia de San Isidoro y Concentración a las 12h en C/ Obispo Cobos.

Madrid: Foro JGDC. Claves del Movimiento Obrero Militante

Foro Julián Gómez del Castillo. Claves del Movimiento Obrero Militante por María del Mar Araus.

Miercoles 23 de septiembre a las 19h en la librería DERSA, Movimiento Cultural Cristiano. Avenida Monforte de Lemos 162, Madrid.

Enlace al Foro Julián Gómez del Castillo

Democracia liberal y cristianismo

Juan Carlos Utrera.  UNED. Filosofía del Derecho

El término «democracia» se ha convertido en una especie de fórmula mágica para justificar cualquier acción política o decisión legislativa. Opera la taumaturgia de amparar a toda ideología que se reclama tal, democrática, al concederle una legitimidad absoluta e incuestionable frente a su opuesto antidemocrático, sinónimo de opresión y barbarie. La clave de esa superioridad de la democracia contemporánea, es decir, del modelo liberal de democracia imperante con distintas variantes a lo largo de los dos últimos siglos en occidente (que lo califica de «mundo civilizado»), reside en un relato bien construido, tan bien construido que ha modelado nuestro modo de pensar lo político.

La piedra angular de ese relato es la voluntad popular, la voluntad política de todos los ciudadanos, superadora, se dice, de viejos privilegios y de sistemas tiránicos. Esa voluntad de todos, y no la de un monarca absoluto, elevada a fuente de toda legitimidad, a criterio infalible, es la nueva soberana y de ella emana la ley que a todos rige. La soberanía popular, la soberanía de un pueblo de ciudadanos libres que se da sus leyes, se presenta entonces como la garantía de la felicidad política de la nueva sociedad emergente con un liberalismo que se pretende la culminación del progreso humano.

Revista Solidaria Autogestión

Algunas falacias de la democracia liberal

Pero esta narrativa dista mucho de responder a la realidad del proceso de constitución de las democracias liberales. En primer lugar, porque la supuesta totalidad del pueblo resulta ser una minoría de hombres propietarios que personifican a la nación y pueden ejercer el derecho al sufragio censitario. A través de una hábil formulación del mecanismo de la representación, el pueblo pasa a ser la nación y la nación pasa a identificarse con la burguesía que monopoliza las nuevas instituciones, por más que se conserve la retórica de la voluntad popular. En segundo lugar, porque la voluntad de los representantes en los parlamentos, es una voluntad orientada únicamente a regular y a garantizar las aspiraciones de esa burguesía y sus derechos civiles, que preservan su poder económico y político. El derecho de propiedad privada ilimitado y la libertad negocial de los propietarios para acumular riqueza es el auténtico principio que articula las instituciones de las democracias liberales (democracias para el pueblo de los señores, como las llama Losurdo) que hacen del estado y sus leyes un instrumento al servicio de esa clase que se beneficia de un capitalismo que desarraiga y expropia a la mayoría del pueblo.

Por lo tanto, en su origen, ni las democracias liberales se gobiernan por la voluntad de todos, sino de unos pocos, ni esa voluntad busca el bien de todos, sino de esos pocos señores. Es una democracia oligárquica para la defensa de intereses oligárquicos, legitimada por la falsa retórica política de la voluntad popular y la igualdad de derechos. Y aunque su evolución esté marcada por la reivindicación para ampliar su base social, en ningún momento se desprende de ese núcleo ideológico: la defensa de la clase propietaria privilegiada en el marco de un sistema capitalista.

La democracia social liberal o el consenso socialdemócrata

De hecho, las transformaciones de las democracias liberales desde comienzos del siglo XX son paralelas a las del orden capitalista. Las crecientes desigualdades y la aparición de masas de proletarios expropiados y empobrecidos que suscitan la denuncia por parte de la Iglesia desde Rerum novarum de León XIII, son las que derivaran en la organización del movimiento obrero, cuyas luchas sociales lograrán la extensión del sufragio, luego extendido a las mujeres, o el reconocimiento de otros derechos políticos (sindicación, manifestación, huelga, etc.) Pero estos logros serán incorporados y absorbidos por ese orden liberal capitalista, de modo que quede intacto su fundamento, el individualismo posesivo, y que, en definitiva, la dialéctica entre capital y trabajo, nunca amenace la primacía de aquél. El llamado «consenso socialdemócrata», generalizado en la Europa posterior a la segunda guerra mundial (y, no se olvide, en el contexto de amenaza de extensión del socialismo de corte soviético), no es otra cosa que la transacción entre el capitalismo y las demandas del movimiento obrero en los límites de la pervivencia de aquél. Este modelo de liberalismo, que adopta características del llamado «estado social» o «estado del bienestar», contribuyó efectivamente durante décadas a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y creó sistemas estatales de pensiones, educación o servicios sanitarios, si bien era a su vez compatible con el tránsito a una fase económica cuya expansión pasaba a depender -como Galbraith señaló con lucidez en su momento- del incremento del consumo de esa clase trabajadora aspiracional, y, debe añadirse, del expolio del tercer mundo, cuyos recursos financiaron ese bienestarismo del que se benefició la clase obrera del primer mundo.

Aunque formalmente ampliada, la participación política en las democracias social liberales en este periodo se desarrolla en los rígidos límites de este consenso socialdemócrata (pues cualquier cuestionamiento radical del mismo es objeto de una inmediata represión) y en todo caso a través de un sistema de partidos que permite mantener bajo control a sus bases sociales y atraerlas discursivamente a ese consenso. En consecuencia, el ejercicio de la ciudadanía democrática se reduce a la elección libre entre partidos incardinados en este marco, que se hacen depositarios de la mítica voluntad popular para administrar el estado dentro de un orden. Esto es, el orden capitalista pasado por el tamiz social, que encuentra en el consumo de masas, tan despolitizadas como satisfechas, su fisonomía propia.

Este pacto vigilado entre capital y trabajo se concreta, y hay que insistir en ello, en un compromiso: la conservación del statu quo del capitalismo y sus élites a cambio de un creciente acceso de la población (a esto se reduce lo que fue el pueblo) a bienes y servicios con que saciar sus inagotables deseos de consumo. El intercambio de votos por prestaciones (¿acaso no nos suena familiar?) sintetiza la esencia de un sistema en el que los supuestos detentadores de la soberanía la entregan por entero a un creciente aparato estatal cuya legitimidad reside en la garantía y la extensión del bienestar, convirtiéndose en los sujetos pasivos de políticas públicas que cuidan de sus cuerpos e, inadvertida y crecientemente, de sus almas.

Una nueva subjetividad

Y es que este nuevo sujeto administrado y despolitizado, no sólo se desenvuelve en la pasividad complaciente de su satisfacción material, sino que el desarraigo de su identidad popular y de su conciencia de clase trabajadora, conduce a que vaya adquiriendo un psiquismo individualista y depredador, que es la clave del triunfo más importante del proyecto político y económico del liberalismo. Esta conquista de las conciencias, que convierte a cada sujeto en un potencial capitalista a la medida de sus posibilidades, se traduce en la emergencia de una subjetividad conforme con esa ideología. Es decir, una forma de percibirse y de comprenderse a sí mismo y al mundo por parte del sujeto, de modo que el individualismo antropológico y el afán de posesión se identifican con la naturaleza humana y se elevan a único motivo de su acción.

Si la clásica lucha de clases oponía dos cosmovisiones opuestas e irreconciliables, su (supuesta) superación consiste en la eliminación de cualquier horizonte de igualdad real y de fraternidad, de vida comunitaria y cooperativa, en beneficio del monopolio de una concepción competitiva en la que triunfadores y descartados son las dos caras de la moneda de la difícil lucha por la vida. En todo caso, el juego político (como bien explica Rawls, filósofo político de referencia del liberalismo contemporáneo) consistirá en un acuerdo o contrato (concepto sacrosanto para el liberalismo) entre triunfadores y descartados que garantice mínimos vitales a estos últimos, como garantía del respeto a los privilegios que disfrutan los primeros. Y así se explica que el voto se asimile a la expresión de las preferencias del consumidor, que en el ámbito político adopta estrategias de cálculo en la búsqueda de sus propios intereses.

Por eso los partidos políticos son los instrumentos a través de los cuales los individuos defienden sus intereses particulares y reproducen el conflicto esencial que está en la base misma del liberalismo y de su idea de democracia: la coexistencia de individuos egoístas cuyos deseos colisionan entre sí y se ven forzados a pactar para maximizar sus expectativas. Es el viejo relato antropológico liberal que, pasado por una leve corrección social, eleva definitivamente a todo sujeto no sólo a esa condición de consumidor insaciable de bienes y servicios, sino también a la de actor interesado en un mercado político a la busca de su ventaja particular.

En estos desembocan aquellos ciudadanos libres de las democracias liberales: en sujetos vueltos hacia sí mismos, sin comunidad, para quienes el otro y lo otro son, todo lo más, ocasión para obtener beneficios y provecho individual. Y así certifican la hegemonía de esa cosmovisión liberal de la que también participan sus víctimas.

La crítica católica

La censura del catolicismo al liberalismo no se limita a la catástrofe humana resultante del primer capitalismo industrial ante el que, decíamos, reacciona Rerum Novarum y, con ella, la doctrina social de la Iglesia. También alcanza a esa subjetividad individualista, calculadora y materialista que está en la base de la democracia liberal, porque cuando esta no es más que la suma de voluntades particulares y no se fundamenta en la verdad objetiva es, como señala la Centesimus annus, un régimen defectuoso. La sola articulación de intereses egoístas es, por definición, lo opuesto a lo que también Juan Pablo II llama “civilización del amor”, que supone la hermandad humana y la trascendencia del mero orden material.

Porque, frente a la preeminencia del individualismo liberal, el catolicismo afirma la existencia de una verdad y de un bien de la comunidad, el bien común, que es su antítesis. Es la realización de la persona con y para los otros en todos los ámbitos en los que se desenvuelve que implica a todos en, de nuevo en palabras de Juan Pablo II, “la búsqueda constante del bien ajeno como si fuera el propio”. Por lo tanto, el solo procedimiento democrático como expresión de una voluntad popular soberana no basta para justificar una forma de gobierno que, en definitiva, debe estar al servicio de ese bien común. A diferencia del liberalismo, la doctrina católica no confunde la forma y el fin del gobierno, de modo que la democracia no puede entenderse como un agregado de intereses particulares. Para el catolicismo, como para el pensamiento clásico, con Aristóteles a la cabeza, se trataría de una demagogia (por definición, forma degenerada de la democracia) al desplazar el bien común en beneficio de la utilidad y las pasiones egoístas, y donde el pueblo se degrada en muchedumbre irracional ajena al bien de la ciudad.

Desde la crítica de Pío IX en el Syllabus a la autoridad resultante del “número y de las fuerzas materiales”, a la censura de Pablo VI a la democracia que persigue “el capricho y los instintos”, pasando por la advertencia de León XIII en Inmortale Dei contra la idea de “la multitud dueña y gobernadora de sí misma (…) para halagar y encender innumerables pasiones”, el magisterio de la Iglesia rechaza la legitimidad de una democracia atravesada por un individualismo negador de la comunidad y del bien humano. Por lo tanto, la democracia, como cualquier otro régimen político, es un simple instrumento cuya preferencia frente a otros depende de circunstancias y momentos cambiantes, porque se supedita a un criterio de oportunidad ordenado al fin, que es lo esencial. Por eso el bien común es siempre la meta permanente y uno u otro sistema de gobierno, que son meros mecanismos ocasionales que permiten, de acuerdo con las circunstancias, lograr en la mayor medida posible ese bien común.

¿Qué democracia?

Entonces, porque el catolicismo no confunde la forma con el fin del gobierno, y porque afirma la existencia del bien común, no puede admitir una democracia como la liberal fundamentada en la explícita negación de ese fin, fragmentado en tantos fines particulares como individuos absolutos e desligados los unos de los otros. Como tampoco puede admitir el gobierno de uno solo o de unos pocos si no se ordenan al bien común, sino a su interés, pues serían, respectivamente, una tiranía o una oligarquía. Esto supone justificar tanto el gobierno del pueblo, como el de uno solo o de unos pocos, cuando sí persiguen ese bien común; pero, aun siendo todos legítimos, ¿cuál de ellos realiza mejor el ideal político cristiano?

Aunque la respuesta depende de quiénes, uno, pocos o muchos de los miembros de la comunidad, alcanzan en un contexto concreto a conocer, expresar y llevar a efecto el bien común, es decir, de cuántos ciudadanos sabios y virtuosos disfruta la comunidad, tanto mejor será el gobierno de los muchos, la democracia, pues significará que la virtud política se extiende a todos ellos. Porque si el gobierno legítimo de uno o unos pocos puede guiar a la comunidad al bien común, el gobierno por sí mismos de los miembros de la comunidad al bien común supone la asunción por parte de todos de su responsabilidad política, de su compromiso en la deliberación y decisión de lo que es bueno para la comunidad y cada uno de sus miembros. De ahí la importancia de la promoción integral y comunitaria que conduce a la asunción por parte de todos de la responsabilidad política para el logro del bien común, que es la condición de la genuina democracia.

Esta democracia de una comunidad de virtuosos será entonces la óptima desde una perspectiva cristiana, al trasladar al espacio político el ideal evangélico. Pues así como la comunidad eclesial en la que todos participan pretende conducir a todos al fin de la salvación, la entrega de todos para el bien de todos persigue la felicidad política de la comunidad y de sus miembros. Una entrega, democrática y autogestionaria (no sólo en la esfera estatal, sino también en todas las esferas intermedias comunitarias, asociativas, laborales, etc.), que en el ejercicio común de la virtud hace a todos virtuosos.

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