Remar a contracorriente. Relatos de familias que escaparon de la extorsión en Ecuador.

Una noche llegaron a su casa seis hombres armados, incluso con fusiles. Jessica no sabía qué hacer. Su bebé tenía apenas mes y medio de nacida. Estaba paralizada, hasta que una de sus hijas le gritó: “¡despiértate, que nos van a matar!”

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Escrito por Fernando Vega

Esmeraldas: huir para salvar la vida

Una noche llegaron a su casa seis hombres armados, incluso con fusiles. Jessica no sabía qué hacer. Su bebé tenía apenas mes y medio de nacida. Estaba paralizada, hasta que una de sus hijas le gritó: “¡despiértate, que nos van a matar!”. Con un florero rompieron el vidrio del baño y, una por una, ella y sus hijas, se lanzaron a un terreno baldío. La última cayó sobre un vidrio y se cortó un pie, pero aun así tuvieron que avanzar, en medio de la maleza, hasta llegar a la casa de una vecina. No les querían abrir porque pocos días atrás había explotado una bomba en otra casa del vecindario y solo se había salvado un señor que estaba trabajando lejos de allí. Todos tenían miedo.

Después de tanto insistir, les dejaron entrar. Escondidas a pocos pasos de su casa, escuchaban cómo destruían su hogar. Su hija pequeña se tapaba los oídos por el miedo que tenía. Escucharon cómo revolcaron todo, tiraban las cosas y disparaban. Hasta escucharon cómo mataron a su perrita, Shakia. Y escucharon los gritos e insultos que lanzaban a cada segundo. Cuando los delincuentes se dieron cuenta de que no había nadie en la casa, de que ellas se habían escapado, se subieron a las motos y empezaron a buscarlas por todo el barrio.

Esa noche, el 14 de enero de 2025, el esposo de Jessica, Jairo, estaba trabajando como barman en Las Palmas, un reconocido balneario de la ciudad. Lo único que pudo hacer fue conseguir un vehículo de vidrios oscuros para recoger a su familia a la madrugada del día siguiente y llevarlos hasta el terminal de transporte. Sin saber a dónde ir, tuvieron que abandonar su ciudad, su familia y su cultura. Pensaron en ir a Tumaco, pero años atrás Jairo también había tenido que salir de allá por el mismo motivo: la extorsión. No tenían mucho tiempo para decidir. Debían buscar un mar menos bravo para recomenzar la vida, así que tomaron el bus que salía directo a Tulcán.

En estas provincias operan bandas como Los Choneros, Las Águilas, Los Patones, Los Tiguerones, Los Gángsters y Los Lobos

Jessica y su familia no han sido los únicos ecuatorianos que han tenido que abandonar su hogar en los últimos años por culpa de la violencia. De acuerdo con el Consejo Noruego para los Refugiados, Ecuador registró alrededor de 101.000 desplazamientos forzados por la violencia en 2024, con provincias como Esmeraldas, Carchi y Sucumbíos entre las más afectadas. En estas provincias operan bandas como Los Choneros, Las Águilas, Los Patones, Los Tiguerones, Los Gángsters y Los Lobos. En el 2025 la plataforma ProLAC registró la atención humanitaria a 2.511 personas de nacionalidad ecuatoriana en condición de movilidad humana, la mayoría dentro del mismo territorio de Ecuador y otras en países como Colombia, Chile o Perú.

Volver a echar el anzuelo

Jessica y su familia llegaron a un territorio desconocido: Pasto. Estuvieron durante 15 días en el alojamiento temporal de Kiwanis. De ahí les pidieron que salieran, entonces viajaron a Ipiales. Inicialmente se sostuvieron con lo poco que Jairo lograba ganar cargando carretas en la plaza de mercado: diez mil pesos que les alcanzaba para tres cafés y tres empanadas que repartían entre todos.

Al igual que ellos, miles de migrantes, principalmente de nacionalidad venezolana, se han establecido en el departamento de Nariño durante los últimos años y han luchado por empezar una nueva vida. El GIFMM Nariño reportó que para septiembre de 2025 había 18.774 migrantes establecidos en Ipiales. Igualmente, “de acuerdo con Migración Colombia– Subdirección de Verificación Migratoria, entre el 1 de enero y el 31 de agosto de 2025 se detectaron 88.865 personas refugiadas y migrantes irregulares en tránsito por el departamento de Nariño, lo que representa el 78,4% del total nacional”. Las principales nacionalidades identificadas son la venezolana, ecuatoriana y peruana.

En el caso de Jessica y su familia, para poder sobrevivir en esos días, empeñaron sus celulares y así pudieron arrendar una habitación: sin camas, sin cobijas, sin nada. Dormían en el piso; ella sentada con su bebé en las piernas. Pero, a pesar de sus cuidados, la pequeña terminó con neumonía, mientras que ella y sus hijas mayores se veían cada vez más demacradas.

Solo encontraron un pequeño alivio cuando alguien les contó que en la Pastoral Social de Ipiales podían recibir comida. Ese gesto les permitió, por primera vez en semanas, sentir que tal vez no estaban solas. “Mis hijas brincaban de alegría”. Esta institución atendió a más de 2.500 personas a través de diversos servicios de protección desde junio de 2025 hasta enero de 2026, de las cuales al menos 83 fueron de nacionalidad ecuatoriana y la mayoría de nacionalidad venezolana.

José Sacanambuy, asistente de protección en la Pastoral Social, describe a nivel general las características de la atención a migrantes ecuatorianos: “En el recorrido de los años 2024 y 2025, se incrementó el flujo de personas de nacionalidad ecuatoriana que salían de sus territorios, debido a diversas situaciones relacionadas con el conflicto interno y con la inseguridad. Muchas personas que acudieron a nuestros servicios manifestaron riesgos de protección relacionados con la extorsión, el robo, los sobornos y las amenazas de muerte de grupos armados, entre ellos se puede mencionar la banda de Los Lobos, los Tiguerones, Latin Kings, el Tren de Aragua y otras estructuras o subestructuras del Tren de Aragua que se están asociando a bandas locales para fortalecer su funcionamiento y control territorial”.

De acuerdo con el funcionario de la Pastoral Social, las personas vienen buscando un espacio de seguridad, pero debido a que Ipiales es un municipio aledaño a Ecuador, consideran que no es un lugar seguro para ellos. Muchos que tienen pareja venezolana, viajan hacia Venezuela y otros viajan a Bogotá en búsqueda de organizaciones de atención humanitaria o con la intención de solicitar refugio.

Sin mirar atrás

La historia de Jessica en Esmeraldas guarda un eco en la historia de Fabiola, en Guayaquil. Las dos tuvieron que abandonar su tierra junto a sus familias porque no podían soportar la presión de las extorsiones; en el caso de Jessica por un negocio de plásticos y en el de Fabiola por vender humitas.

El negocio de Fabiola atrajo la atención de quienes controlaban el barrio, forzándola a elegir entre la complicidad con las bandas o el abandono total de su patrimonio. Junto a su esposo y su hijo estaban vendiendo entre 500 y 600 humitas diarias. Pero tuvieron que salir de allí, dejar su casa y todas sus cosas para salvar su vida y la de su familia.

Las humitas las salían a vender en una motocicleta, perifoneando. Hasta que la banda que controlaba el barrio donde vivían, los Latin Kings, les pidió que vendieran drogas en otros barrios en los que ellos no tenían control. Todo sucedió el 21 de noviembre de 2025. Ese día varios miembros de la banda llegaron a su casa temprano, la amenazaron a ella y a su familia. «Golpearon muy fuerte a mi hijo, le pusieron una cosa en la cabeza, casi lo ahogan. Entonces me hice la loca todo el día y en la noche hicimos como si fuéramos a caminar los perros y nos vinimos; con mi hijo, mi esposo, mis dos perros y mi gato travieso». Salieron sin dinero, porque ese día habían surtido su negocio y también habían comprado materiales para continuar la construcción de su casa. “Yo preferí dejarlo todo, salí sin mirar atrás”.

Fabiola es colombiana, su esposo es ecuatoriano y su hijo venezolano. Años atrás ella también tuvo que huir de la violencia, en esa ocasión, dice, por culpa de Los Pachelly, una banda que opera en su pueblo natal: Bello, en Antioquia. De ahí viajó a Venezuela, donde conoció al papá de su hijo. En Ecuador llevaba viviendo diez años; los suficientes para echar raíces, establecer su hogar y soñar con proyectos familiares.

“En Guayaquil la violencia es muy fuerte”, señala Fabiola. “A veces uno madruga a trabajar y se encuentra dos o tres personas colgadas en un puente”

“En Guayaquil la violencia es muy fuerte”, señala Fabiola. “A veces uno madruga a trabajar y se encuentra dos o tres personas colgadas en un puente”. De repente los recuerdos se le acumulan y empieza a narrar uno tras otro: “Una vez íbamos caminando tranquilamente por el sector cuando se armó una balacera, mataron a unas personas que siempre nos compraban humitas. Mi esposo me decía: “¡correte, vámonos!” Yo estaba en shock. Incluso en la balacera mataron a unos niños”.

En el caso de Guayaquil las principales bandas que se disputan el territorio son Latin Kings y los Chone Killers. “También se enfrentan a la policía», señala Fabiola. “Hay zonas donde uno no puede entrar y había sectores en los que tenía que pagar 30 dólares semanales para que me dejaran cruzar y poder trabajar. En las escuelas los niños terminan trabajando para las bandas; los ponen a vender y, si no quieren, entonces hablan con las familias”.

Fabiola cuenta que en Ecuador le han matado muchas amigas. Asegura que hay personas del ejército y de la policía que trabajan con las bandas, y que quien habla tiene la muerte casi asegurada. Dice que en los próximos días llegará una amiga desde allá, “porque ya no aguantan más”. También señala que mucha gente está saliendo hacia Lima, Medellín o Bogotá.

Los medios de comunicación reportan constantemente noticias sobre las bandas criminales en Ecuador

Los medios de comunicación reportan constantemente noticias sobre las bandas criminales en Ecuador. Mencionan operaciones y más operaciones hechas por las fuerzas militares. Constantemente capturan a los cabecillas, aunque al parecer eso solo conlleva la creación de múltiples bandas. Pero, a pesar de que hay tantas noticias sobre el tema, Fabiola dice que los medios de comunicación no pueden informar lo que está pasando realmente en los barrios, que las bandas les han prohibido informar sobre el tema e incluso prohibieron hablar de lo que pasa hasta en redes sociales.

Fabiola llegó a Ipiales el 22 de noviembre de 2025. Empezaron de nuevo gracias a una amiga que les prestó un par de camas para dormir. En marzo de 2026 pudo abrir un pequeño restaurante del cual se siente muy orgullosa: abre a las 5: 30 de la mañana y cierra en la noche. Solo tiene tres mesas, pero hay personas que esperan afuera hasta que pueden entrar a comer. El restaurante se llama “Silimoncaro: entre fronteras”. Un plato de sopa cuesta 3.000 pesos, poco menos de un dólar. Dice que le gusta vender comida económica porque hay personas que no tienen la posibilidad de pagar platos muy caros, aunque también ofrece algunos platos especiales que pueden costar hasta 20.000 pesos.

Un puente entre el pasado y el presente

Jessica también sueña con tener un restaurante cuya especialidad sea el pescado. Pero de momento, para poder sacar adelante a su familia y a la vez estudiar, Jessica trabaja vendiendo pescado fresco en el mercado de Ipiales. Mientras Jairo, su esposo, prepara un kilo de liza para un cliente, ella se dedica a perifonear, ofrece su pescado, pero a veces también ofrece lo primero que se le viene a la cabeza: “¡a mil la lechuga!”, le dice a un hombre que pasa frente a su local. La dueña del puesto de verduras, un par de metros más allá, sonríe.

El sábado es el principal día de mercado en Ipiales. A las afueras de la plaza se ubican tantos vendedores que es casi imposible caminar: queda apenas un camino estrecho entre los puestos. No solo hay frutas y verduras; también venden canastos, utensilios de cocina, remedios para todo tipo de males, flores… casi de todo.

Los retos que se presentan para vender el pescado son variados. Lo primero es conseguirlo, para eso las tareas empiezan unos días antes del sábado. Jessica o su esposo viajan a diversos lugares del Pacífico; algunas veces van a Tumaco, otras a Esmeraldas, Manabí o Guayaquil. Todo depende de sus contactos; amigos o familia, que les indican dónde hay buena pesca, dónde puede ser más económico. Cuando le toca a ella, llega al muelle cuando los pescadores vuelven de la faena y empieza a negociar con ellos, hace una broma y otra, se ríe, pregunta, hasta que consigue todo lo que necesita. Generalmente encuentran lo que necesitan y así ofrecen el pescado más fresco de la plaza de Ipiales.

Otro reto grande es pasarlo en la frontera. No pueden pasar más de 6 cajas porque las bandas se las quitan. Tienen que mandar en un taxi una, en otro otra y así sucesivamente, de a poco. Eso les significa perder 100.000 pesos en cada ocasión, pero prefieren eso en vez de perder toda la venta si pagan un solo viaje en un pequeño camión.

Y hay ocasiones en que no pueden viajar a comprar el pescado ellos mismos, entonces le piden el favor a algún familiar en Ecuador para que les ayude a negociar y les envíen el pescado en un bus que llega los viernes en la noche a Tulcán.

El sábado a las cinco de la mañana, a seis o siete grados, bajan en una carreta todo lo que necesitan para la jornada. Su puesto es el más pequeño de todos los que se instalan afuera del mercado, pero está acomodado para que sea suficiente. Sobre una cava de icopor, grande y llena de pescado, colocan una bandeja donde exhiben el hueso verde, el picudo y la liza que comercializan. En otra cava del mismo tamaño tienen una balanza de precisión. En el medio se levanta una sombrilla gigante y colorida, de la cual cuelgan las bolsas en las que empacan lo que van vendiendo.

La cantidad de pescado que venden es muy variada. Cuando mejor les ha ido han vendido tres cajas; cada caja contiene 120 libras de pescado. El kilo de hueso verde lo venden generalmente a 15.000 pesos, aproximadamente 12 dólares. El pargo, la picuda o la sierra lo venden normalmente a 20.000 pesos el kilo y el camarón lo venden de tres cortes: el más pequeño a 20.000 y el grande a 35.000 pesos.

Cuando no hay clientes, Jessica se dedica a negociar con los otros vendedores; cambia pescado por papa, por tomates o por lo que haga falta en su casa para alimentar a sus hijas. Cuando cae la tarde y el frío vuelve a asediar, recogen lo que queda, si queda algo, y regresan a casa.

La vida antes del desplazamiento

Antes de llegar a Ipiales, la vida de Jessica en Esmeraldas era muy distinta. Tenía un negocio de venta de plásticos que, para su sorpresa, prosperó rápido. Viajaba por los barrios y los pueblos, ofrecía sus productos y hasta le daba trabajo a jóvenes venezolanos y ecuatorianos. El negocio creció, pero las extorsiones comenzaron a aparecer y tuvo que cerrar. Pasaron días de incertidumbre y necesidad hasta que un nuevo proyecto apareció en su vida: montar dos restaurantes: uno en su casa y otro en una avenida cercana. Ella atendía uno y su hija el otro. Por otra parte, su esposo trabajaba durante el día en una refinería en Esmeraldas y algunas noches hacía turnos como barman en diversos bares de la ciudad.

Había prosperidad en su casa. Quería hacerse una cirugía estética, pero ese plan se quedó frustrado. El buen momento que vivían comenzó a desmoronarse cuando aparecieron las extorsiones. El primer panfleto llegó en octubre de 2024. Primero les pidieron una cantidad de dinero relativamente pequeña, pero luego les pidieron más y más hasta que se les hizo imposible pagar lo que les pedían.

La experiencia de Jessica no es un caso aislado. De acuerdo con el Informe mundial 2024 de Human Rights Watch: “En su lucha por el control territorial, las bandas han intensificado el uso de la violencia extrema, incluyendo decapitaciones y desmembramientos, atentados con coches bomba, y ataques y asesinatos de jueces, fiscales, periodistas y candidatos políticos”. La crisis continúa. Muchas comunidades de Ecuador siguen siendo afectadas. Mujeres como Jessica siguen siendo desplazadas; poniendo en riesgo sus vidas y las de sus familias.

Un salvavidas llamado educación

El anhelo de sobreponerse a las dificultades, de luchar por su familia y tener una nueva vida llevó a Jessica a validar el bachillerato en un instituto de la Pastoral Social. Tampoco fue fácil. Entre las jornadas de venta de pescado, el cuidado de sus hijas y el cansancio acumulado de empezar una vida desde cero, estudiar parecía un lujo imposible. Aun así, cada noche abría sus cuadernos para hacer las tareas pendientes. No tenía siempre un espacio tranquilo, pero tenía una convicción: terminar el bachillerato en Colombia era una forma de recuperar algo que la violencia le había arrebatado.

Por eso el día de la graduación, en diciembre de 2025, estaba feliz, llena de orgullo pero también de cansancio. Con su diploma en la mano, rodeada de sus hijas y llena de felicidad, sabía que podía volver a soñar, que ese título se convertiría en una puerta hacia nuevas oportunidades. A sus hijas se les ve felices y destacan el orgullo y el agradecimiento que sienten hacia su mamá: “A pesar de todo lo que nos ha pasado ella siempre es luchona, siempre está haciendo una cosa, la otra… nunca se queda quieta por todas nosotras, ella es una berraca”, destaca una de sus hijas. “Yo quiero a mi mamá porque ella hace comida rica, y siempre me protege de todo mal”, menciona su hija de siete años.

Actualmente, Jessica sigue luchando por su sueño de volver a tener su propio restaurante e imagina con ilusión el momento de servir sus primeros encebollados en Ipiales. Al igual que Fabiola, que ya logró abrir su pequeño restaurante y se siente orgullosa de ofrecer platos económicos para quienes más lo necesitan, ambas mujeres están construyendo una nueva vida en este territorio fronterizo. Sin embargo, mientras ellas logran echar raíces y sanar heridas del pasado, miles de personas siguen inmersas en un mar de violencia que no da tregua y que obliga a familias enteras a abandonar sus hogares para salvar la vida. Ellas han encontrado un muelle seguro, pero en el horizonte de la frontera, el oleaje del desplazamiento forzado continúa empujando a otros a remar a contracorriente en busca de paz.

 

 

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