G. F. HÄNDEL: EL COMPOSITOR QUE PUSO MÚSICA A LA PALABRA DE DIOS

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La vida de Georg Friedrich Händel fue un trayecto donde el fracaso y la enfermedad lo alejaron de la búsqueda de su propia gloria para comenzar a cantar la de su Creador.

Händel nació en Halle (Alemania) en 1685. Aunque su padre —un cirujano que detestaba la música— le prohibió tocar cualquier instrumento para obligarlo a estudiar Derecho, el joven se las ingenió para introducir un pequeño clavicordio en el desván de su casa. Allí, en el absoluto silencio de la noche, comenzó a forjarse su genio.

 EL DESIERTO DE LA PARÁLISIS

Tras cosechar grandes éxitos en las cortes europeas, Händel se estableció en Inglaterra, donde sus óperas y oratorios contaron inicialmente con una excelente recepción. Sin embargo, el 13 de abril de 1737, su criado lo encontró inmóvil en el suelo de su residencia londinense. El médico certificó un ataque de apoplejía que paralizó cuatro dedos de su mano derecha. Sin poder tocar el teclado ni componer, el diagnóstico fue tajante: salvo un milagro, el maestro jamás volvería a dedicarse a la música. A pesar de los malos augurios, tras una temporada de reposo en el balneario de Aquisgrán, logró una recuperación asombrosa y recobró la movilidad

Pero el desierto no había terminado. A su regreso a Londres, la fama le dio la espalda. Una vez superada la parálisis física, se enfrentó al bloqueo artístico. Sus nuevas obras fracasaban, las deudas lo acosaban y cayó en una depresión tan profunda que confesó ser incapaz de escribir una sola nota. En la más profunda desesperación, se preguntaba: «¿Por qué Dios me permitiría resucitar solo para dejar que el prójimo me vuelva a enterrar?». Su creatividad se había agotado por completo.

 LA NOCHE QUE CAMBIÓ SU HISTORIA

Cuentan que una noche, mientras caminaba sin rumbo por las calles de Londres, se quedó parado porque creyó escuchar la voz de una soprano que cantaba desde una habitación. El texto hablaba de la historia del pueblo de Israel, su travesía por el desierto y la ferviente espera del redentor. Alguien estaba cantando textos de las Sagradas Escritura, era alguien que rezaba cantando. Händel cuenta que en ese momento no fue la música, sino la voz misma de Dios a través de ella, lo que escuchó. Y cuando uno escucha a Dios, la vida se transforma y siente como si en ese momento un fuego ardiente entrase dentro de él.  Poco después, su amigo y admirador Charles Jennens le entregó un libreto minuciosamente seleccionado a partir de textos del Antiguo y Nuevo Testamento: el material que daría vida a El Mesías.

Händel se encerró en su habitación. No fue una composición común, sino un auténtico encuentro místico. Su criado contaba que a menudo lo encontraba llorando sobre los pentagramas. Händel completó la partitura de El Mesías en un tiempo récord de 24 días, durante los cuales apenas probó bocado. Al culminar el célebre coro del Aleluya, exclamó con profunda humildad: «Creí ver el cielo abierto ante mí y al mismo Dios sentado en su trono».

EL MESÍAS: UN LEGADO PARA LOS NECESITADOS

A diferencia de sus óperas anteriores, Händel no compuso El Mesías para su lucro personal. Recordando su propia enfermedad y cautiverio espiritual, estipuló que los beneficios fueran para los presos, los huérfanos y los enfermos: «Yo mismo he estado muy enfermo y ahora estoy curado; estuve preso y ahora estoy en libertad».

Durante su estreno en Londres, al escuchar los primeros acordes del Aleluya, el rey Jorge II se puso de pie en señal de reverencia ante el Rey de Reyes, iniciando una tradición protocolaria que se mantiene viva hasta el día de hoy. Händel ya no perseguía el aplauso de la sociedad. Cuando un noble lo felicitó por el excelente «entretenimiento» que ofrecía la obra, el compositor respondió con firmeza: «Señoría, me lamentaría si solo los hubiera entretenido; mi deseo es hacerlos mejores personas»

 EL ENCUENTRO FINAL

En la etapa final de su vida, la ceguera terminó por alcanzarlo (tras ser operado sin éxito por John Taylor, el mismo cirujano cuyas negligencias cegaron también a Johann Sebastian Bach). Pese a la pérdida de la vista, su lucidez espiritual permanecía intacta. Su único y constante deseo era morir en un Viernes Santo, «con la esperanza de unirme a mi dulce Señor y Salvador el día de su Resurrección».

Dios escuchó su plegaria y partió hacia la eternidad la mañana del 14 de abril de 1759, un Sábado de Gloria, apenas unas horas después de la fecha anhelada. En su testamento, el músico legó la partitura original de El Mesías al hospital de niños expósitos de Londres

Hoy en día, cada vez que resuena esta obra cumbre de la música clásica, no solo asistimos a un espectáculo, sino al testimonio vivo de un hombre que, tras haberlo perdido todo, descubrió que solo la Palabra de Dios permanece para siempre.

Carmelo Mármol

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