TRABAJO, IA Y GUERRA: ¿QUÉ NOS ESPERA?

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El Futuro del Trabajo: Geopolítica, Estructuras Sociales y Tecnología…

por Rainer Uphoff, empresario y periodista

Sobre el futuro del trabajo se ciernen tres grandes vectores: los grandes cambios geopolíticos, la evolución de las estructuras sociales y el avance de las nuevas tecnologías. En las siguientes páginas veremos cómo los tres se entrelazan entre sí.

1. Los grandes cambios geopolíticos

«La paz no es todo, pero sin paz, todo es nada.» — Willy Brandt, excanciller alemán.

Empezaré con un par de citas que dejan al descubierto los mecanismos y lenguajes del poder. Si no los entendemos en nuestro análisis, nos quedaremos fuera de la mesa. La primera, atribuida al primer ministro británico Lord Palmerston, afirma que «los estados no tienen amigos, sólo intereses». La otra frase, popular entre diplomáticos, dice: «quien no está sentado en la mesa, termina en el menú».

Ucrania, que vendió la gestión de su deuda a fondos de inversión norteamericanos con sus materias primas como garantía colateral, es el primer plato. La Unión Europea, especialmente Alemania, es el plato principal. Todos recordamos la humillación de la UE por parte de la administración Trump en la conferencia de seguridad de Múnich, pero también hubo un acto abiertamente hostil contra su principal «aliado» por parte de su antecesor, Biden, cuando reventó con el gasoducto Nordstream la propia aorta de la industria alemana; sin olvidar el espionaje de Obama al teléfono de Merkel.

La geopolítica del imperialismo capitalista siempre sigue los mismos patrones: destruir un país, una sociedad o una empresa para luego comprar barato y reconstruir a costa del destruido. Nuestro momento histórico cuenta con el agravante de que el imperio dominante durante un siglo, EE. UU., está perdiendo el control a gran velocidad y no hay nada más peligroso que un león herido. Aunque su secretario de estado, Marco Rubio, admitiera que el mundo será multipolar, su plan es liderar este nuevo orden mundial. Para eso tiene que apuntalar sus flancos débiles, especialmente la enorme deuda que amenaza el liderazgo del dólar frente a los nuevos sistemas de pago internacionales chinos, más baratos y aceptados entre las BRICS.

El tablero europeo y la influencia estadounidense

Tras la caída del muro de Berlín en 1989, Europa parecía tener una oportunidad para recuperar su autonomía política. Gorbachov dio el visto bueno a la reunificación alemana bajo la promesa de que la OTAN no se expandiría «ni una pulgada hacia el este». En aquel momento, políticos como Kohl, Delors y Mitterrand creían en una UE fuerte basada en la democracia cristiana y el socialismo histórico, antes del secuestro de las corrientes neoliberales.

Sin embargo, en EE. UU., los «halcones neocon» empezaron a determinar el rumbo con la primera guerra de Irak. Zbigniew Brzezinski, en su libro El Tablero Mundial, expuso la hoja de ruta: debilitar el espacio postsoviético, fragmentar Rusia y asegurar una presencia norteamericana en Siberia para contener a China.

El año 2001 constituye una gran inflexión histórica. Tras el 11S, Bush intentó implicar a sus aliados en sus planes bélicos. En un hecho inusual de independencia, Francia, Alemania y la Rusia de un joven Putin rechazaron la guerra de Irak en 2003. Ante esta afrenta, EE. UU. activó mecanismos para sabotear cualquier posibilidad de un espacio euroasiático «de Lisboa a Vladivostok». Centró su estrategia en dividir la UE (Brexit), potenciar a Polonia y fomentar rebeliones en Ucrania para comprometer a las élites europeas.

Hoy, la toma de las instituciones europeas por las élites financieras anglosajonas parece completada: desde Ursula von der Leyen hasta el canciller alemán Friedrich Merz (ex-director de BlackRock). Esto explica por qué la UE toma decisiones que perjudican sus propias economías. El «Inflation Reduction Act» de Biden (2022) fomenta el traslado de la industria alemana a EE. UU., mientras que la capacidad industrial ociosa se reconvierte en industria armamentística para un «gran rearme» que pagarán las futuras generaciones.


2. La evolución de las estructuras sociales

«Previo a cualquier período fascista hubo una rebelión fracasada». — Walter Benjamin, 1941.

El año 2001 no sólo fue un punto de inflexión geopolítico, sino también el inicio de una guerra contra la propia población. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) activó inversiones occidentales masivas en Asia. La OMC permite la explotación laboral como manera lícita de bajar costes, creando un espacio global donde el capital se mueve libremente, pero los trabajadores no.

En consecuencia, comenzó un proceso rápido de precarización del trabajo en Occidente. Durante un tiempo, la pérdida de poder adquisitivo se compensó con productos baratos importados, pero el empobrecimiento de las zonas industriales terminó por hacerse evidente. La financiarización de la economía generó burbujas que terminaron en transferencias masivas de riqueza (rescate bancario de 2008).

Para desactivar el furor popular, se construyeron «neo-izquierdas» que ofrecen migajas de prestaciones sociales y una industria cultural «woke» sincronizada con los objetivos del imperio. El dominio sobre la opinión pública se ejerce hoy a través de medios tradicionales y algoritmos de redes sociales, propiedad de las élites tecno-financieras californianas.

El privilegio de poder imprimir dinero casi sin control y verlo aceptado por todo el mundo ha financiado el enorme poder militar que, a su vez, se ha encargado de proteger el dólar contra cualquier intento de sustituirlo. Históricamente, cuando un imperio mayor ya no puede afrontar el pago de las deudas, una gran guerra que acaba con los acreedores o un botín para saldarlas puede parecerle «la solución».


2. La evolución de las estructuras sociales

El dominio sobre la opinión y cosmovisión «del populacho desclasado» se ejerce a través de la industria cultural, medios de comunicación tradicionales (propiedad de corporaciones y fondos internacionales o sus estados —nada que ver con su pretensión de «servicio público»—), y cada vez más por los algoritmos de las redes sociales, propiedad de las élites tecno-financieras californianas. También aquí llama la atención cómo Rusia, China y algunos países musulmanes se han desconectado de esas redes, creando las suyas propias, algo que, sin embargo, no se ha hecho en (o permitido a) Europa.

Una sociedad de clases desclasadas

Por si alguien ha caído en la trampa de pensar que la lucha de clases es «cosa del marxismo rancio», que escuche al billonario Warren Buffett: «Claro que hay una lucha de clases y la está ganando la mía, la de los ricos».

El debate sobre la relación entre las clases sociales ha desaparecido. Las ideologías que conforman el parlamentarismo se limitan a diferentes sabores del progresismo neoliberal que se vende como «izquierda» y del neoliberalismo progresista (la «fachosfera»). En realidad, todos pertenecen al mismo cartel de partidos mantenidos por las élites globales para la ejecución de sus intereses locales. Antes existía una derecha e izquierda «de los de arriba» que se responsabilizaban por sus respectivos «de abajo» (industriales por comerciantes, intelectuales por trabajadores). Este sistema se ha roto: ahora existe un bloque burgués único de «los de arriba», mientras «los de abajo» se sienten desprotegidos y votan a la «extrema derecha».

Nuestras sociedades se han oligarquizado a gran velocidad. Las élites temen un nuevo «momento 1789», pues la situación actual es más extrema que en la Revolución Francesa: las 80 familias más ricas del mundo poseen tanto como la mitad más pobre de la población.


3. El avance de las nuevas tecnologías

«Quien duerme en democracia, despierta en dictadura». — Refrán popular.

La tecnología está siendo utilizada como arma de manipulación social antirrevolucionaria. En una sociedad donde cada vez hay menos personas productivas para financiar al Estado, el modelo de control chino se convierte en referencia para las élites: dinero digital trazable, créditos sociales por «buen comportamiento» y vigilancia extrema.

Un problema por resolver es que ya no se necesita tanta gente. Un alto funcionario de la UE afirmó que la inmigración se detendrá en diez años porque «los robots inteligentes harán todo el trabajo». El avance tecnológico eliminará puestos de trabajo mecánicos e intelectuales (IA en juicios o radiología). Mientras una pequeña capa cualificada servirá a las élites, una gran masa de precarios se irá autoextinguiendo paulatinamente debido a la baja natalidad y programas antinatalistas.


Epílogo: El papel de la Iglesia y la militancia

Si el trabajo como base de la autonomía desaparece y la respuesta social está desactivada, ¿qué nos queda? La Iglesia es un gigante geopolítico y social dormido. Fuera de un contexto de lucha de clases tradicional, la Iglesia puede volver a ser aglutinador y protector de las fuerzas sociales que luchan por la justicia.

Su doctrina de amor fraternal es una molestia para los poderosos. Como en tiempos de dictaduras pasadas, las casas parroquiales y las redes de seres humanos reales pueden reconstruir el tejido social corrompido, tejiendo una nueva red para quienes no soporten más la guerra, el paro o la soledad. Será el primer paso para redescubrir la Paz de Cristo.


Notas aclaratorias

  1. Sobre «Europa» vs «Occidente»: El término «Occidente» es un invento lingüístico de la anglosfera del siglo XX para convertir a Europa en su apéndice cultural. De igual modo, «Latinoamérica» fue acuñado para eliminar el papel hispano de la memoria histórica.

  2. Ideología Heartland: Teoría de Halford Mackinder que afirma que quien domine el «corazón de la tierra» (Eurasia, desde Ucrania hasta China) dominará el mundo.

  3. Intervencionismo: Tras el apoyo de Aznar a la guerra de Irak, Telefónica pudo comprar filiales de Bell South con financiación norteamericana.

  4. Subélites políticas: Ejecutores locales de las órdenes de las élites financieras globales, colocados mediante el control de medios y algoritmos.

  5. Caso español: El Informe Éveris de 2010 sugería crear nuevos partidos para canalizar la desafección social y evitar rebeliones reales contra el sistema financiero.

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