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María de Nazareth, esencial para toda la humanidad

Virgen en oración (Il_Sassoferrato) Dominio público
Por Carlos Ruiz, sacerdote misionero y teólogo

Publicado en la revista Id y Evangelizad

La Virgen María ha sido, es y será esencial en el desarrollo de la salvación de la humanidad; por eso, todas las generaciones proclaman dichosa a esta joven galilea pobre, incluyendo los hermanos musulmanes o los ateos que la ensalzan -sin saberlo- al admirarse de los templos levantados en su honor o de las sinfonías inspiradas en su vida. En este artículo intentamos presentar las bases racionales y universales de ese amor popular a María, para lo cual hay que superar el pensamiento dualista y fragmentario que sigue condicionando nuestra cultura. Los fundamentos de la fe mariana son la Encarnación y la capitalidad de María en la personalidad corporativa que es la humanidad.

Raíces históricas de la crisis contemporánea

La cultura contemporánea y, por tanto, nuestras formas de pensar y vivir están determinadas por la crisis civilizatoria que provoca el protestantismo desde el siglo XVI y que hunde sus raíces-principalmente-en la teología voluntarista del Islam y en la antimetafísica del espiritualismo medieval y su secuela nominalista. Lamentablemente, esos errores filosóficos y teológicos (desontologización, voluntarismo, iconoclastia e individualismo) triunfan a la par que el nuevo imperialismo anglo-germánico, que utiliza el luteranismo como ideología aglutinadora y justificadora del nuevo orden. Con el poder económico, militar y político en sus manos, con la imprenta a su favor y con los nuevos territorios conquistados, el capitalismo protestante se impone en casi todo el planeta.

Desde entonces -mediados del siglo XVI-, el pulso entre la corriente helénico-católica y la musulmana-protestante ha ido inclinándose progresivamente hacia esta última, hasta el punto de que la propia teología católica se vio y se ve afectada por el dualismo, fruto maduro del encadenamiento conceptual mencionado. Las realidades que más sufren de estas amputaciones son las que se refieren al misterio de la Encarnación, como es el caso de la Virgen María, ya que en ella -a la par que en Cristo- se da la perfecta armonía (sin invasión ni separación) de los dos órdenes de la realidad.

Frente a la integración entre lo natural y lo sobrenatural y otras realidades correspondientes -razón y fe, libertad y gracia-, que caracteriza a la patrística y a la Escolástica católica, la cultura mahometana-protestante afirma que los mencionados binomios carecen de vínculos estructurales. En consecuencia, lo común no nace de un orden previo y superior a las particularidades sino del contrato social, de los pactos interesados y cambiantes. Esto explica, entre otras muchas cosas, la crisis mortal de instituciones que creíamos firmes hasta no hace mucho: familia, sistema educativo, democracia liberal, partidos políticos… que no es que estén atravesando un bache, sino que están cayendo en el abismo al que las empujó la evolución cultural y teológica que venimos reseñando. Estas instituciones no pueden recuperarse sin un cambio radical de paradigma conceptual: una revolución cultural, en la que María ejerce de luminaria en la oscuridad.

El caso paradigmático de María

Lo anterior, aunque parezca prolijo y, de hecho, exija posteriores razonamientos, explica la dificultad con la que nos encontramos los contemporáneos para entrelazar armónicamente las realidades más sublimes con las prosaicas, lo personal con lo comunitario y lo pasado con el presente y el futuro. Funcionamos al estilo del centro comercial: por departamentos sin conexión. Esta fragmentación metafísica, epistemológica y existencial afecta a toda la teología. Veámoslo en el caso de María Santísima.

Ya el hecho de que exista una materia específica de «mariología» es sintomático de una especialización que difícilmente sirve a la unidad; de hecho, en nuestras facultades teológicas se puede reflexionar sobre María con un sistema de pensamiento diferente-incluso contrapuesto-al que se usa para pensar sobre Cristo; el empleado por la cristología pudiera ser -a su vez- incompatible con el de eclesiología o el empleado para escatología, etc. Y en filosofía ocurre otro tanto. Este pluralismo suele verse como positivo por ofrecer perspectivas diversas; pero es pernicioso porque los estudiantes que llegan a nuestras aulas teológicas, como ocurre en el resto de disciplinas académicas, no tienen una cosmovisión sólida que les permita juzgar e integrar tantas diferencias sustanciales. Y salen con un rompecabezas desarticulado que se suele disimular con frases manidas.

Si aplicamos lo expuesto al estudio sobre María, es decir, el predominio del dualismo, de la fragmentación y de la desontologización, nos encontramos con graves problemas en la mariología contemporánea.

Existe una polarización. Por una parte, la presentación exclusivamente histórico-salvífica (es decir, bíblica) de la Virgen María subraya lo vivencial-espiritual: María es intercesora, modelo y ayuda que nos dispone para la unión con Cristo. Todo esto es cierto, pero -al carecer de referencia metafísica-se circunscribe a María en lo devocional y lo moral, colocándola como extrínseca a la salvación. Lamentablemente, es la orientación predominante en nuestros tiempos. Por otra parte, lo anterior es en gran medida una respuesta a los sistemas que se centran en los atributos o cualidades personales de María, subrayando tanto su excepcionalidad que dificultan y casi impiden su encaje en el orden histórico-salvífico y en el de la naturaleza humana. Esta vía lleva a la práctica colisión con la obra redentora de Cristo y con la propia razón.

Hacia una visión integral que parte de la Encarnación

Quizás más que en ningún otro momento, estamos urgidos y tenemos las condiciones para realizar una teología integral e integradora, que contemple de manera armónica, sin evitar la tensión, estos tres frentes: lo histórico-salvífico, lo ontológico y lo personal. En lo que se refiere a María Santísima, esto nos lleva al siguiente argumentario: la principal referencia de la Virgen María es con la humanidad de Cristo, con el misterio de la Encarnación, por razones obvias; esto la sitúa en una función esencial -no meramente devocional- para la Iglesia y para todo el género humano.

El fin esencial de todo lo que Dios ha hecho para nosotros es incorporarnos a la propia vida de la Trinidad; ese Don no se nos da en inmediatez desnuda, sino en inmediatez mediada por la humanidad de Cristo, tal y como Él la asumió, la vivió, la entregó y la glorificó. Dicho de otra manera: no hallamos la vida trinitaria en el supuesto abismo entre la conciencia y Dios, como dicen los protestantes y algunos teólogos católicos como Karl Rahner, sino en la carne gloriosa y herida del Hijo de Dios, que es hijo de María.

La vida trinitaria se nos da en una humanidad concreta, que es encarnada (espacio-tiempo), es eclesial (trinitaria), es obediencial-oblativa y es… mariana. Y lo es más allá de lo que nos parezca o sintamos nosotros. Toda gracia divina, en cuanto se nos entrega a través de Cristo, es consustancial y esencialmente mariana. Esto es lo que la Iglesia proclama desde Éfeso (431), por lo menos: Cristo es Hijo del Padre en la eternidad e hijo de María en el tiempo; es engendrado por Él y consustancial con Él a la vez que engendrado por María y consustancial con ella. Dos son las generaciones de Cristo, en diferencia pero en continuidad, fundándose la humana en la divina y prolongando la humana a la divina, a la vez que siendo aquella el fundamento para conocer a esta.

La humanidad salvadora de Cristo, fuente de toda gracia, no se puede entender sin María, y esto en todos los sentidos: ontológico, espiritual, afectivo, intelectual, eclesial, social… La Virgen no está actuando en nosotros solo extrínseca o voluntarísticamente (vía ejemplaridad, deseo, intercesión o ayuda), sino que ella actúa en el dinamismo mismo de la gracia porque así lo ha querido el Señor al elegir ese modo concreto de encarnarse, de vivir, de morir, resucitar y enviar el Espíritu Santo.

Lo mariano está en lo íntimo de la gracia divina; es momento interno. Por eso, hay que rechazar el extrinsecismo maximalista, que presenta a María como cauce o ayuda externa que necesitaría Cristo, y con la misma contundencia-hay que evitar el extrinsecismo minimalista, que la considera como mero ejemplo o ayuda para los creyentes. De ahí que poner a la Virgen María en el mismo orden ontológico y teológico que los santos (aunque sea en grado muy superior) es un error de bulto.

La personalidad corporativa y su capitalidad

Inseparable de la visión que establece la esencialidad de María en su relación con el misterio de la Encarnación y de la humanidad de Cristo está la perspectiva filosófico-teológica de la unidad del género humano y de su libertad. Este principio, que nace tanto de la reflexión lógica como de la revelación bíblica, dice que todos los hombres formamos un solo cuerpo, una especie de personalidad corporativa en la que cada miembro está interrelacionado con el resto para bien y para mal. Además, como ocurre en cualquier organismo humano, hay unos integrantes que cumplen la grave responsabilidad de ser cabeza de la persona colectiva y-en consecuencia- sus decisiones libres afectan al resto de sus congéneres. Es lógico que dicha capitalidad fuera ejercida, particularmente, por los primeros humanos, que nosotros llamamos Adán y Eva, quienes se negaron-consciente y voluntariamente- a obedecer el plan salvífico. Y, con ellos, toda la humanidad dijo que no a Dios; esto Romanos 5 lo explica magistralmente.

Pues bien, para que Dios se encarnase (condición sine qua non para compartirnos su vida, como hemos explicado arriba) era necesario que la humanidad le abriese las puertas con su libertad íntegra porque como decía S. Agustín- «Dios que nos creó sin nuestro consentimiento, no nos salvará sin nosotros». Y la única manera de aceptar la oferta divina era a través de una nueva capitalidad, que es la que ejercen Cristo y María. Por eso, los padres de la Iglesia, desde S. Ireneo, los llaman el nuevo Adán y la nueva Eva.

Pero antes fue el Sí de María que el del propio Cristo. No hablamos de primacía ontológica, sino de un orden lógico: María representa a la humanidad todavía no incorporada a la vida trinitaria; su obediencia libre era necesaria para que el Hijo de Dios se encarnase. El Concilio Vaticano II lo expresa de la siguiente manera: «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida» (LG 56). Y el Catecismo de la Iglesia Católica, remedando a S. Tomás de Aquino, afirma: «La Virgen María colaboró con su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Ella pronunció su fiat loco totius humanae naturae (ocupando el lugar de toda la naturaleza humana)» (CIC 511).

 

Dios no lo quiere, Venezuela

Dios no quiere los cientos o miles de muertos (a esta hora no sabemos cuantos) que están sepultados bajo los escombros por el doble terremoto sucedido ayer en apenas 40 segundos en La Guaira.

Dios no quiere la miseria ni el abandono de las infraestructuras, ni de las instituciones, ni de las familias… Dios quiere para Venezuela la Justicia, la Solidaridad, la Esperanza…

El sufrimiento del pueblo venezolano no se puede medir apenas con patrones humanos ni con frías estadísticas. Las losas de hormigón y escombros que han sepultado a tantos hermanos, a tantas familias son la imagen del aplastamiento político, económico y social de un pueblo. Los endebles edificios construidos sobre el terreno de aluvión de la zona de la Guaira, no aguantaron el movimiento del subsuelo. ¿Qué mejoras constructivas se han hecho después del terremoto de 1967 en la misma zona? ¿Qué protección se han dado a los edificios y a las insfraestrucuras después del gran deslave de lodo que arrasó la zona en 1999? Estas preguntas, por desgracia, se reponden casi solas. Nada.

Tanto dolor y sufrimiento. ¿Por qué?

En su visita a España el Papa Leon XIV tuvo un diálogo con jóvenes que habían tenido experiencias extremas de sufrimiento y dolor. El Papa tuvo que responder a varios testimonios que hacían verdaderamente humana y terrenal esta cuestión filosófica-teológica de Dios y el mal. León XIV hizo mención expresa a la libertad, que apunta a los hombres y sus decisiones libres, que son a quienes hay que atribuir la responsabilidad desde la libertad. Como señaló el Papa: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.

Una joven le contó a León XIV cómo su padre trató de matar a su madre cuando ella era niña y le preguntó qué podía hacer para llegar a perdonarle. En su respuesta, el Pontífice aprovechó para seguir la senda marcada por san Agustín y recordar que no es a Dios a quien debemos mirar «si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio».

La «maldición de los recursos» y de quienes los gestionan.

El mismo subsuelo venezolano alberga una de las riquezas más importantes del planeta. Tiene las mayores reservas petroleras del mundo. También oro, minerales críticos, coltan, tierras raras, hierro, bauxita…y un largo etcétera.

Pero decenas de años de saqueo de recursos, de monocultivo petrolero, de no promoción de la industria relacionada con las materias primas…nos han llevado al populismo y a la miseria, e incluso, a la «tutela» exterior. Ocho millones de venezolanos se han ido fuera del país, uno de los mayores éxodos mundiales en los últimos 100 años.

Durante la época de bonanza venezolana, antes del desastre chavista, también existía una gran parte de la población empobrecida, que fué abandonada y olvidada. Esto requiere un examen de conciencia política. Porque  como dice el dicho «aquellos polvos trajeron estos lodos». Mantener sometidos a los venezolanos, bien mediante el subsidio o bien mediante la violencia y la miseria es la estrategia perfecta para robar y saquear a un pueblo.

La esperanza

El pueblo venezolano tiene grandes capacidades, la demostración ha sido la capacidad de supervivencia ante tanta dificultad y miseria impuesta. Algunas líneas de trabajo fundamentales para salir de esta situación a medio y largo plazo que podemos señalar (siempre quedarán otras en el tintero) pueden ser:

  • Creer en los pobres. Creer en la promoción de militantes asociados que den su vida por la solidaridad e impulsen desde la caridad política el bien común. Recordamos aquí una cita de nuestras revistas:

Creer en los pobres…»implica no obstaculizar – como hace el asistencialismo– su acceso a la militancia cristiana ni a las formas de vida solidarias que les son propias; ni a las organizaciones, métodos y medios que les caracterizan y les permiten ser autónomos; decidir solidariamente por ellos mismos y ser fuertes hasta vencer al Goliat que les pisotea» (Id y Evangelizad 145)

  • Fomentar una cultura solidaria que supere el individualismo y los obstáculos que el neocapitalismo va a poner a los venezolanos, para que puedan gestionar sus riquezas y reconstruir institucionalmente del país. Para ello es necesario frenar el robo de los recursos y establecer las condiciones justas (contratos) que reviertan en las infraestructuras del país.
  • Generar estructuras de Gracia (solidarias): asociaciones, empresas, cultura solidaria…Hacer memoria de la historia solidaria sembrada en los pueblos hispanoamericanos. Construir desde abajo.
  • Rechazar de plano la influencia de las sectas que colaboran de forma intensiva y organizada en la ocultación de las causas estructurales de la miseria. Que incluso plantean que lo que sucede es una maldición divina. Porque realmente, Dios no lo quiere, Venezuela.

Ayudemos con todas nuestras fuerzas al pueblo venezolano, pero fijando también la mirada en las necesidades más importantes que hemos apuntado anteriormente, que Dios quiere para Venezuela.

Redacción solidaridad.net

Rutas de explotación infantil (Guatemala y Honduras)

Imagen de DEZALB en Pixabay

Guatemala y Honduras figuran entre los países de Centroamérica con mayores niveles de vulnerabilidad infantil vinculada a la trata de personas, la explotación, la esclavitud y la servidumbre.

Entre 2019 y 2025, un total de 212.000 niños y adolescentes de origen guatemalteco fueron detenidos en la frontera entre México y Estados Unidos, de acuerdo con registros migratorios.

En Honduras, la cantidad de menores que salen del país de manera irregular es difícil de determinar con precisión, ya que muchos logran evadir los controles migratorios. La vulnerabilidad de las partidas de nacimiento, que en numerosos casos carecen de elementos de seguridad robustos, facilita su falsificación. No obstante, las autoridades registran cada año decenas de miles de menores interceptados y retornados desde México y Estados Unidos. Aun así, la cifra de niños retornados resulta mínima en comparación con el volumen estimado de quienes abandonan el país.

La magnitud del problema se agrava por el desplazamiento interno provocado por la violencia, fenómeno que ha obligado a más de 103 mil estudiantes a abandonar el sistema educativo público en busca de protección o para reunirse con sus padres en el extranjero.

Indicador Guatemala (Datos 2025/2026) Honduras (Datos 2025)
Pobreza General 56.2% (Promedio nacional oficial) 60.1% (Encuesta de Hogares INE)
Pobreza Extrema 16.2% 38.3%
Pobreza Multidimensional 77.5% (Según estimaciones de la CEPAL) Alrededor del 70%

 

 

LA MÚSICA Y LA CULTURA: Un ensayo para dar la nota

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La música siempre ha sido una expresión de la cultura. Uno de los primeros signos de humanización en la historia del hombre fue la aparición de la música y la danza (que no es sino la expresión de la música a través del movimiento). Por eso cualquier tipo de música nos invita al movimiento. Se nos van los pies, los brazos, todo el cuerpo. No sería arriesgado afirmar que el primer grupo de seres humanos se manifestó como tal con la aparición de la música.

Por Juan Antonio Tapia. Biólogo y maestro para la revista solidaria Autogestión

Cuando los sonidos se articulan y adquieren un sentido aparece el lenguaje. Pero muchos grupos de animales poseen un cierto lenguaje, más o menos elaborado, y eso no les confiere el carácter de humanos. El hecho de que esos sonidos, además de tener un significado, posean una belleza formal, una armonía, realiza un proceso casi milagroso que transforma lo que no era más que un ruido o, a lo sumo, un sonido, en una melodía, en música.

Cuentan que Beethoven afirmaba que la música es el lenguaje de Dios. Seguro que no es el único que piensa así. Y no le falta razón. La música alcanza zonas de nuestro ser que otras expresiones no alcanzan. El mismo Beethoven, una vez que su sordera lo aisló de los sonidos externos, siguió produciendo música y algunas de sus obras más geniales son de este periodo. La música vivía en su interior y eso le permitió seguir disfrutándola.

Pero sigamos con nuestra reflexión sobre la música… El problema es que de las primeras manifestaciones de la música no nos quedan testimonios materiales, como sí ocurre en la pintura, la escultura, los ritos funerarios o los símbolos, amuletos y objetos de la vida cotidiana.

Y resulta que para conocer a fondo una cultura es necesario conocer su música. Uno de nuestros primeros libros de la editorial Voz de los Sin Voz, llamados entonces Cuadernos de Estudio y Debate, trató sobre la música. Es verdad que fue un estudio limitado a la conexión de algunos grupos de rock y de sus canciones con sectas satánicas (cosa que, por otro lado, muchos de ellos no sólo no han negado, sino que manifiestan abiertamente). Que estas orientaciones sean hechas con más o menos convencimiento no limita el hecho de su influencia, con un lenguaje extremadamente crítico y certero frente a las contradicciones del sistema capitalista y de unas formas de vida basadas en formalismos externos y costumbres, pero, en el fondo, formas vacías interiormente. Esta crítica, perfectamente loable y legítima, choca contra las propuestas que hacen estos grupos de artistas después en las mismas canciones, huyendo hacia mundos irreales o limitándose a destruir lo malo o injusto, pero sin promover una tarea constructiva, realista y, sobre todo, en este mundo que tenemos y no en otro «más allá de las estrellas», cuando no en la simple y llana evasión a través de las drogas.

Sin embargo, el anterior análisis se sitúa varias décadas atrás y la música ha ido cambiando, como ha cambiado la sociedad, vertiginosamente. Esto lo veremos más adelante.

Históricamente la música ha guardado una estrecha relación con la fe, con las creencias. Así, muchos de los grandes compositores han producido verdaderas obras maestras en sus composiciones religiosas. Y esto también ha ejercido gran influencia en la música popular.

Es cierto que hay innumerables muestras de música profana, pero, incluso en éstas, suele haber un trasfondo cultural de la religiosidad, de los valores y las creencias de cada época.

Cada etapa histórica ha tenido su propia cultura, cada cultura ha creado su música y la propia música ha configurado, a su vez, la cultura, ya que es una herramienta potentísima, una herramienta que toca el corazón, los sentimientos, de una forma especial, diferente a otros tipos de arte debido a lo efímero del sonido, a diferencia de un cuadro, una escultura, un poema (que siempre puede quedar físicamente expresado). La música, salvo para aquellos que dominan la lectura de partituras (que son una minoría de las personas) se basaba fundamentalmente en el recuerdo. Es verdad que los variados métodos de grabación actuales han resuelto este problema en gran parte. Pero el recuerdo sigue siendo una pieza fundamental para transmitir la música. Recordar es una palabra que hace una referencia directa al corazón, literalmente significa «volver a hacer pasar un sentimiento por el corazón». Tal vez por eso la belleza de la música tiene una dimensión tan universal, que también la tienen otras artes, pero, me atrevo a decir, la música de una manera especial.

Decía un sacerdote encargado de atender a los refugiados en los campos de Alepo, en unas condiciones tan inhumanas que, cada cierto tiempo, tenían que salir de allí para no caer irreversiblemente enfermos en su estado físico y psíquico. Decía este sacerdote: «La mejor manera de cambiar un pensamiento obsesivo que puede llegar a atormentarte es a través de una canción. Yo cantaba todas las noches para quitarme los pensamientos de impotencia y amargura que me producía el campo de refugiados, porque, de lo contrario, no sería capaz de volver a mi trabajo al día siguiente».

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Una canción, es increíble el poder de una canción, que es el poder de la música, sobre el alma humana. Baste decir que unas de las enfermedades más devastadoras sobre la identidad de cada persona, sobre su ser mismo, son la demencia y el Alzheimer. Ambas destruyen lo más íntimo de nosotros mismos, nos separan de nuestra propia intrahistoria y nos aíslan con crueldad del resto de la humanidad. En estos enfermos la música es un aliado impagable. Porque, por alguna razón, los recuerdos de las melodías que han marcado nuestras vidas se alojan en alguna zona especialmente resistente al olvido. Y así alguien que no es capaz de recordar su nombre ni el de su cónyuge o sus hijos, es capaz de recordar el texto y la música de una melodía que ha sido significativa en su vida. Muchos enfermos de Alzheimer viven, a través de terapias musicales, un renacer de sus recuerdos, una pequeña victoria frente al olvido, incluso un remanso de paz a la hora de comunicarse con la gente que los atiende cada día. Y no sólo en los casos de demencia, sino también como terapia en situaciones de depresión, ansiedad, estrés… La música es un poderoso aliado.

Sin embargo, no podemos mirar ingenuamente el poder de la música. Pudiera parecer que la música siempre nos lleva a la exaltación de nuestros valores más profundos y verdaderos. Pero no es así.

La música nos toca el corazón, pero, depende de cómo hayamos cultivado nuestro corazón, hará aflorar desde virtudes heroicas hasta los comportamientos más abyectos que puede producir el ser humano. Baste recordar el deleite con el que los nazis disfrutaban de la ópera y la música clásica antes o después de haber cometido crímenes absolutamente diabólicos sin ningún remordimiento.

¿La música nos hace mejores? No necesariamente. Pero sí es el instrumento que mejor nos ayuda a encauzar nuestro interior. Si hemos cultivado un ideal, la música nos ayuda a expresarlo de una manera sublime. Si hemos perseguido el bien y la belleza, la música nos eleva hasta casi tocarlos. Si hemos buscado la verdad frente a la mentira, la música nos da herramientas para ser buscadores de la Verdad con mayúsculas. ¿Cómo? Buscando este ideal, buscando la Verdad al mismo tiempo que experimentamos disfrutar de la música.

Todos los movimientos que han querido ser revolucionarios han creado su propia música para sostenerlos. Aquí resulta una evidencia el poder de la música como instrumento para hacer política en el verdadero sentido de la palabra, que es ocuparse de los problemas del común, de la polis. Y tenemos sobrados ejemplos recientes y lejanos de esta tarea de la música:
  • La Cantata de Santa María de Iquique reflejando las luchas de los mineros en Chile por dignificar su trabajo.

  • La historia de Víctor Jara (también chileno) que muere torturado (le cortaron las manos) pero sigue cantando sus canciones.

También grandes compositores se han admirado de luchas liberadoras del pasado y les han puesto notas, acordes, voces. Así, el Nabucco de Verdi, pone en valor la lucha por la liberación del pueblo judío frente al imperio de Egipto y que sirvió como espoleta del pueblo italiano en su lucha frente al fascismo y al nazismo. O, más cercano a nosotros, la extraordinaria versión que Pau Casals hizo de El cant dels Ocells como símbolo de la resistencia pacífica desde su exilio frente a la dictadura franquista.

Todas las formas de poder político se han cuidado muy bien de tener su referencia en la música. A veces como un simple panfleto con notas musicales. Pero otras veces como obras maestras de la música, como un reflejo de un ideal al que aspiraban, incluso aunque la realidad de su práctica sea una terrible contradicción con los principios que la inspiraban.

Recordemos así La Internacional (comunista y socialista) o el precioso himno anarquista A las Barricadas, pero también el Cara al Sol y otros himnos del franquismo. Todos los grandes movimientos políticos han tenido su música inspiradora.

En la música actual también se busca influir o responder a propuestas políticas y sociales. Pero debo reconocer que los métodos de creación se me hacen mucho más simples. Puede ser que mi gusto musical se quedó anclado en otra época. Pero también puede ser que todo se haya vuelto, no más sencillo, sino más simple, que no es lo mismo. Muchos mensajes, desde luego, no evocan un elevado ideal (dame más gasolina, papichulo, lo hacemos los cuatro…) aunque puedan arrastrar masas de fans enfervorizados. Y también puede ser que las propuestas más profundas y de mayor calidad queden ocultas tras un espeso velo de superficialidad que tejen los superventas y discos de oro. Y no niego que pueda haber experiencias musicales inspiradoras, Dios me libre. Pero sí me atrevo a decir que, si las hay, no gozan, en absoluto, del prestigio y la extensión de aquellas melodías que levantaron a pueblos y generaciones enteras.

Y, una vez hecho este intento de resumen sobre el papel inspirador de la música, podemos hacernos algunas preguntas. Pero yo me voy a centrar en sólo una.

¿Cuál es el mayor problema que puede surgir de todas estas experiencias más o menos inspiradoras? La incoherencia.

La incoherencia ha sido un estigma durante la historia que ha marcado (y, tal vez, de una forma especial) a la música. Muchos fabulosos compositores, artistas, genios, han llevado unas formas de vida totalmente incoherentes con los sentimientos y aspiraciones transmitidas por su arte. Esta es la parte más difícil de la vida. Dicho en otras palabras: LA HONRADEZ. Ser honrado es un acto heroico. Me atrevo a decir que ningún hombre lo ha logrado en su totalidad. Como se dice en el lenguaje cotidiano: todos cojeamos de alguna pata.

La coherencia es una lucha para toda la vida, la honradez es EL IDEAL por excelencia.

La coherencia es una lucha para toda la vida, la honradez es EL IDEAL por excelencia.

Muchos grandes compositores dejan mucho que desear en su vida personal. Mozart, por ejemplo, llevó una vida que seguramente contribuyó a su muerte prematura por su gran incapacidad para manejar sus asuntos financieros. Eso no resta un ápice a su genio, pero sí a su coherencia personal. Otros, como Debussy, eran extremadamente crueles en el trato personal.

Esto no refleja más que una realidad incuestionable. Somos seres limitados, necesitamos de los demás. Cada uno de nosotros, dejados a nuestros propios impulsos, somos una auténtica ruina. Sé que muchos no lo admitiremos jamás en público, pero también sé que, en privado, ninguno pasaríamos un examen de coherencia y de honradez.

Entonces ¿Cuál es la clave?

Decía un gran teólogo y pensador del siglo XX, don Tomás Malagón (además, un verdadero experto en música clásica), que el hombre es esencialmente deseo. Que aquello que deseamos ser es mucho más real que lo que somos o lo que los demás creen que somos ¡Qué paradoja! Pero, a la vez, ¡Qué bendición! No estamos condenados a ser el desastre que somos, incoherentes, hipócritas, a condición de que mantengamos el firme deseo de luchar por la coherencia y la honradez. Esta es la clave. El problema está en mantener viva la llama del deseo de buscar la honradez con eficacia. Porque si apagamos ese fuego y nos dejamos llevar, ni siquiera nuestras posibles genialidades, suponiendo que las tengamos, nos librarán de una vida disociada y discordante. O de unos comportamientos hipócritas e incoherentes.

Esta entiendo que es la clave para disfrutar y comprender cualquier tipo de arte y, en especial, el de la música. El lenguaje de Dios con los hombres…

Aula Malagón-Rovirosa 2026: «La universidad de los empobrecidos»

Un año más el Movimiento Cultural Cristiano ha organizado el Aula de Verano Malagón Rovirosa en España y el Aula de Verano Julián Gómez del Castillo en Venezuela. Son dos realidades de formación que ponemos en marcha para la promoción integral y colectiva de las personas, las familias, en definitiva, del pueblo, definido este como el conjunto de personas excluidas de los privilegios del poder y del dinero.

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A estas plataformas formativas muchas veces las denominamos la «universidad de los empobrecidos» porque su objetivo fundamental es que todas las personas, pero especialmente los más agredidos por el actual sistema neocapitalista, adquieran la formación militante necesaria para su liberación.

A lo largo de la historia, todos los sistemas de poder siempre han impuesto de manera simultánea una explotación económica, una dominación política y una subordinación cultural y religiosa del pueblo en favor de las minorías hegemónicas. Esto ha sido y es una auténtica ley de hierro histórica de la guerra de los poderosos contra los débiles.

Monseñor D.Luis Argüello en el Aula

El Movimiento Cultural Cristiano, como parte de la Iglesia Católica, no es ni puede ser neutral y por ello toma opción radical por la Justicia y, por tanto, por los débiles en favor de una promoción humana auténticamente liberadora: integral y comunitaria, es decir, que abarque todas la dimensiones del ser humano desde lo económico y político a lo religioso y, al mismo tiempo, vaya conformando una comunidad política solidaria orientada hacia el Bien Común, sin exclusión de nadie ni en los beneficios ni en las responsabilidades.

Este proyecto emancipatorio solo se puede conseguir si se combate dos de las asechanzas más graves que ha ejercido el poder y las clases privilegiadas contra los pobres. Una es el asistencialismo. Gran mentira que aparenta ser un bien y, sin embargo, funciona como una espada de dos filos. En lugar de combatir las causas de los problemas y las injusticias, engaña, paliando levemente algunos síntomas y provocando que el opresor aparezca como benefactor. Y lo peor, haciendo creer a las víctimas un relato en el que ellas mismas aparecen como responsables principales de su propia miseria, tachándolas de ignorantes, idiotas, vagos, delincuentes, inferiores, etc. El asistencialismo es un auténtico crimen, aunque reparta subvenciones y financie proyectos humanitarios por todo el planeta. La universidad de los empobrecidos combate el asistencialismo porque descubre las causas políticas que normalmente permanecen deliberadamente ocultas, poniendo de manifiesto la perversidad del mismo.

Otra mentira contra los empobrecidos que, además, se deriva del asistencialismo anteriormente citado, es la creencia de que el pueblo tiene que ser dirigido, tutelado, guiado, acompañado, por unos dirigentes, líderes, caudillos, que le van a ayudar a salir del agujero que los propios empobrecidos han cavado con su incompetencia. Todas las instituciones del poder, para solucionar los problemas del pueblo, abogan teórica y prácticamente por la formación de líderes que, lógicamente, perpetúan inexorablemente las injusticias de las que se benefician. Sería absurdo que el poder político, económico o cultural promoviera eficazmente su propia destrucción. Creer en ello es pura necedad.

Las clases dirigentes y privilegiadas son educadas y formadas en la excelencia para sostener y ampliar sus privilegios. Al resto, el pueblo, se le da basura en la escuela, en la TV, en las redes sociales, para encanallarlo y esclavizarlo. Por el contrario, para construir una comunidad política orientada hacia el Bien Común es necesario promover en el pueblo una auténtica cultura solidaria y autogestionaria. Solidaria significa que trabajar por el Bien Común como un deber de todos los miembros de la comunidad, con los consecuentes sacrificios que conlleva. La solidaridad no es dar un poco de lo que sobra y tranquilizar la conciencia; es comprometerse eficazmente. Por otro lado, autogestionaria significa que cada persona asume de manera responsable el protagonismo de las decisiones, de las deliberaciones y de las acciones necesarias para construir el Bien Común. Es simultáneamente la antítesis tanto de una dictadura como de una democracia liberal.

Por ello, el Aula Malagón Rovirosa y el Aula Julián Gómez del Castillo se desarrollan sin subvenciones de ningún tipo para garantizar su absoluta independencia. La fuente de financiación principal es el trabajo gratuito de los militantes. Ello elimina cualquier tipo de censura económica y sobre todo hace posible que se pueda organizar por los más empobrecidos de la Tierra siendo protagonistas de su propia liberación.

El Aula Malagón Rovirosa y el Aula Julián Gómez del Castillo se llevan celebrando desde hace más de 40 años, siendo un instrumento fundamental de combate militante contra el asistencialismo y el dirigismo.

Del otro al tú: el camino del personalismo

Si hay una corriente filosófica que ha situado en el centro de su quehacer reflexivo el significado de «los otros» (id est: los que no soy yo) para la experiencia antropológica-ontológica (¿quién soy? o ¿quiénes somos?), ética (¿cómo debo ―o debemos― ser/actuar? unos con otros) y para la experiencia de Dios, esa experiencia filosófica ha sido el personalismo. En este artículo, Luis Ferreiro, presidente del Instituto Emmanuel Mounier, ha hecho un esfuerzo de síntesis para ayudarnos a entender algunas claves de este pensamiento del que Benedicto XVI dijo que debía integrarse «en la estructura misma de nuestra comprensión del ser».

Luis Ferreiro para la Revista Id y Evangelizad 148

El problema de «el otro» es un clásico problema filosófico que podemos rastrear desde los albores de la filosofía en los fragmentos de los presocráticos que han llegado a nosotros, hasta los autores contemporáneos. Pero no es un mero problema filosófico. Si así fuera, podríamos dejar a los filósofos que se ocupen de él y nosotros… ¡a otra cosa, mariposa! Más allá de ser un problema intelectual «el problema del otro» es un magno problema humano que afecta a todos y cada uno de nosotros. ¡Y, ay de nosotros, si no lo sentimos como un drama íntimo! Pues eso significaría estar presos de una ceguera para el conocimiento y la comunicación ―otros dos grandes problemas filosóficos y humanos directamente implicados con el de «el otro»―, que nos podría hacer caer por la pendiente de la ceguera moral y espiritual.

Todo el camino de la humanización, en su doble vertiente de personalización y socialización, puede interpretarse y comprenderse cabalmente a la luz del papel de «el otro». Así, el individualismo rampante de nuestra época es resultado de la ceguera para el otro, mientras el colectivismo es fruto de la absorción del otro en las sociedades de masas, como ocurrió en los ensayos sociales fascistas y comunistas. Alienación o alteridad son los dos polos del problema humano. No hay escapatoria al dilema: salir de sí hacia la nada, dejando el alma vacía, o salir de sí para, mediante el encuentro y la comunión con el otro, agrandar el propio ser.

Si nos preguntamos en qué etapa de la humanización nos encontramos, tanto en nuestra vida personal como en la social, la respuesta la encontraremos en nuestro concepto de «el otro» y en nuestra actitud hacia él. De manera tentativa podemos clasificar varias figuras de esa respuesta: el enemigo, el extraño, el prójimo, el amigo, el hermano. Estas figuras han tomado carne en el seno de la humanidad en todas las épocas históricas y han sido pensadas filosóficamente. Observemos que también la filosofía depende decisivamente de lo otro y del otro, en cuanto que su origen está radicado en una salida del pensamiento respecto a un ver acostumbrado y a una emancipación de lo cotidiano y consabido, despertando por un acontecimiento que suscita el asombro o la extrañeza.

Aproximación histórica al problema de «el otro»: identidad – alteridad

La antigüedad: griegos, hebreos y romanos

En la antigüedad encontramos tres perspectivas: la griega, dominada por la idea de naturaleza, la hebrea, preferentemente ética, y la romana, más juridicista. Los griegos intuyeron oscuramente, en algún momento, la noción de persona (Antígona), pero no llegaron a una reflexión teórica sobre ella. Para ellos, la naturaleza (phisis) lo comprende todo, el mundo, los hombres y los dioses.

Para Anaximandro (610-545 a.C.) todo proviene de la unidad del ápeiron (lo ilimitado e indefinido), a partir del cual se separaron todos los seres que actualmente son. Por tanto, los otros se conciben como producto de la injusticia de la separación, de tal manera que por eso mismo han de expiar su culpa. La tensión entre unidad y alteridad la resuelve Parménides (540-470 a.C.) mediante la idea de que el ser es uno, solo él es bueno, verdadero y lo engloba todo, de manera que «lo otro» es no-ser, que es falso, ilusorio, marginal y materia de opinión (doxa) y, por tanto, no es digno de atención, sino que debe ser reducido a lo uno. En Platón, cada ser concreto es copia de un original, un modelo que reside en cielo de las Ideas, las cuales son la realidad verdadera, resultando que «el otro» es un ser devaluado respecto al original. Sin necesidad de multiplicar los ejemplos, comprobamos que «el otro» es más bien objeto de desprecio que de honores y sujeto de culpa más que de justicia.

Ante esto, con parcialidad y chovinismo, el griego se identifica con lo uno y sospecha del otro, llevándole a un distanciamiento con consecuencias sociales y políticas que se decantan en las figuras del esclavo, como el otro cercano, y del bárbaro, como el otro lejano. Por supuesto, ambos lo son estructuralmente, por naturaleza. Así, Aristóteles, en el libro VII de la Política, nos dirá: «Los pueblos que habitan los países y las diferentes regiones de Europa están por lo general llenos de coraje, pero son inferiores en relación con la inteligencia y la industria… Los pueblos de Asia son inteligentes y aptos para la industria, pero les falta coraje… La raza de los griegos, que ocupa las regiones intermedias, reúne estas dos clases de caracteres; es valiente e inteligente. Así permanece libre, conserva el mejor de los gobiernos e incluso podría someter a obediencia a todas las naciones, si se reuniera en un solo Estado». Aquí los griegos son, o deberían ser, lo «uno», la unidad conquistadora, imperial, y los europeos y asiáticos deberían ser «los otros» menospreciados, cuyo destino es ser sometidos a lo uno. Pensemos en los actuales Estados Unidos, China o Rusia, etc.: ¿Hay alguna diferencia con lo «uno»? El resto son «el otro».

Pero el mundo antiguo nos ofrece también una perspectiva más amable. Hay otra figura del otro a escala familiar: «el otro» puede ser el amado o el amante, figuras del amor erótico, por el cual el ser carente, pobre o ignorante, es atraído hacia el ser rico o sabio (Platón, en Fedro y Banquete). Y otra figura es «el amigo», o más bien los amigos, pues no se da la amistad en la soledad, se necesitan al menos dos amigos, que quieran libre y recíprocamente el bien del otro. Es el amor de benevolencia. Las páginas de Aristóteles sobre la amistad son de las mejores de la Ética a Nicómaco. La amistad es como «un alma que habita en dos cuerpos». Sobre la amistad, la antigüedad nos ofrece la mejor versión de «el otro» que ha sido capaz de elaborar, como vemos en Cicerón o en S. Agustín, para quien el amigo es «dimidium anima mea», «la mitad de mi alma» (Confesiones, IV, 7).

Pero ya en S. Agustín, confluye la corriente grecorromana con la hebrea. A lo largo de los siglos en los que se decantan los libros de la Biblia, los impulsos agresivos contra «el otro» ―el no-Israel―, que llevan al anatema, es decir, a su exterminio, van cediendo ante el mandato de protección al extranjero, de compasión por «el otro», que se concibe y se designa evocando siempre un rostro que refleja la vulnerabilidad: «el extranjero, el huérfano y la viuda». El universalismo de los profetas se abre paso a través del purismo étnico y de la fobia a la impureza del otro, y culminará en la caída de todos los muros por la cruz: «No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28).

La Edad Media: cristianismo

Con esto pasamos a la Edad Media en la que madura la visión cristiana, que supone una auténtica revolución para el problema del otro. De un golpe, introduce nuevos conceptos en la dialéctica Uno-otro. La idea de la creación de los seres desde la nada es revolucionaria. Los griegos creían que el mundo era eterno, la materia había existido siempre, el ser Uno y eterno era todo lo perfecto que podía ser, lo otro era la degradación, la imperfección, la materia bruta. La creación significa que, tanto el ser, como la materia, lo Uno y lo otro se encuentran en el mismo nivel, siendo iguales porque hay un Otro en su origen «ex nihilo» y por su existencia de criaturas. Pero ese Dios que dignifica se revela como el Dios que trae la salvación. En la época helenística las escuelas filosóficas ofrecen vías para una salvación dudosa, enseñan cómo puede salvarse el hombre a sí mismo mediante una sabiduría terrenal. El cristianismo, en cambio, presenta al único Salvador: la única salvación verdadera está en Dios mismo. Hasta aquí el pensamiento cristiano está acompañado por la teología del judaísmo y la del islam.

Sin embargo, la teología cristiana medieval va más lejos. Por una parte, Dios es uno y trino, integra en sí mismo unidad y alteridad. Dios es inherentemente relación, es relación amorosa subsistente. Dios abarca en su seno lo uno (un solo Dios) y lo otro y distinto (las tres Personas). La teología oriental pregunta: ¿cómo tres pueden ser uno? La teología latina: ¿cómo uno puede ser tres? Pero, en definitiva, lo uno y otro son conciliables en Dios, ¿por qué no entre los hombres? La reflexión trinitaria aporta un concepto decisivo, la «pericoresis», que expresa el hecho de que cada persona divina inhabita eternamente en cada una de las otras: «yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,11). Más adelante, esta idea ejercerá una fuerte influencia sobre el problema de «el otro» en el personalismo. Por otra parte, la fe en la encarnación del Hijo de Dios completa la revolución cristiana de las perspectivas. La materia, la carnalidad, lo más otro, lo más aparentemente contrario al espíritu puro que se supone que es Dios, recibe y acoge la vida de Dios. De este modo, Dios mismo asume la materia, la carne, lo otro más distante de sí, conciliando en sí mismo a toda la creación dividida.

La modernidad

La modernidad, a la larga, supone un retroceso respecto del pensamiento cristiano y una nueva versión de la vieja escisión ontológica entre lo uno y lo otro. Ahora el uno no es el ser de los griegos sino un tipo especial de ser: el «yo», respecto al cual todo se centra y reconcentra, de tal modo que lo que no es «yo» ―el «no-yo» (Fichte)― es lo otro, que debe ser reducido al «yo» o deducido de él, pues su existencia y sentido solo se justifican desde el «yo». Se crea entonces una relación de dependencia del «otro» respecto a un «yo» superior, privilegiado y, con frecuencia, posesivo. Descartes comienza dudando de todo y afirmando la única certeza del «yo», puesto que «pienso, luego existo». Sin embargo, los otros es dudoso que sean también un «yo» pensante como yo. Paradójicamente, el pensamiento racionalista llegará a desmontar la consistencia de ese majestuoso «yo» que resulta ser, según Hume, un mero haz de sensaciones.

Por otra vía, el idealismo, que deduce la realidad a partir del «yo», desemboca en el sistema hegeliano, en el cual un «yo» universal, un superyó, despliega la realidad total del universo para conocerse a sí mismo, al mismo tiempo que todo «yo» individual queda subordinado y finalmente desechado como un infra-yo. Estas posiciones culminan en Jean-Paul Sartre, con su dialéctica de la mirada. La mirada del otro es objetivante, con ella capta un momento de mi ser y lo fija como una fotografía, me objetiva y congela mi existencia en su mente, por ello «el infierno son los otros». Alternativamente, la afirmación del «yo» encuentra la resistencia, incluso la oposición de «el otro», que quiere afirmarse a su vez y conquistar el reconocimiento. Es la dialéctica del amo y el esclavo (Hegel) por la cual este adquiere la libertad mediante una autoafirmación que impone al amo la obligación de reconocerle. Sin duda esta etapa hizo aportaciones valiosas al pensamiento, pero lo encerró en el laberinto del «ego», donde enfermó sin remedio ni asistencia. Franz Rosenzweig diagnosticó una enfermedad del sentido común, para cuya sanación necesitaba volver a tomar contacto con una realidad distinta y distante del sí mismo. La filosofía se había convertido en egología. Para recuperar la cordura necesitaba la terapia del encuentro cordial con «el otro».

La aventura del personalismo

El afán de la filosofía moderna de seguir «el camino seguro de una ciencia» (Kant) terminó por ser un camino sin salida. A principios del siglo XX algunos filósofos se rebelan contra una filosofía de las cosas o de las ideas y dan lugar a un giro o ruptura para emprender una marcha diferente. Rosenzweig reclama «un nuevo pensamiento», Martin Buber toma como punto de partida la relación, Mounier ensaya un pensar en común con los grupos y la revista Esprit. Ellos y otros muchos emprenden la aventura de una filosofía en la que «perspectiva, método y exigencia» están centrados en la persona. No cabría aquí una lista, que no podría ser exhaustiva, dado el mismo carácter abierto del personalismo. Nos contentamos con algunos de los que han tratado del tema de «el otro», representantes de dos ramas.

El personalismo dialógico Las figuras más destacadas son el ya citado Franz Rosenzweig, Martin Buber, ambos judíos alemanes, Ferdinand Ebner y Gabriel Marcel (austriaco y francés, respectivamente, y ambos católicos conversos). En 1923 Martin Buber se retira para escribir una obra revolucionaria, Yo y tú (Ich und Du). Lleva consigo un solo libro, El discurso del método, donde Descartes declara que en el origen de toda certeza está en el famoso «cogito, ergo sum». Buber asume el desafío de derrocar al «yo» y a su pensar solitario (cogito), junto con la duda sistemática como fundamento de todo. La herencia del hasidismo hebreo le sugiere el primado constructivo de la confianza (Emeth) frente a la duda. Junto a esto, lo esencial es la impugnación del punto de partida: el «yo» frente a lo «otro», el pensamiento frente a lo pensado, el sujeto frente al objeto.

Para Buber «no existe ningún Yo en sí, sino sólo el Yo de la palabra básica Yo-Tú y el Yo de la palabra básica Yo-Ello». El «yo» nunca está separado, siempre está unido, bien a un «tú», bien a un ser no personal («ello»). Siempre está situado en el seno de una relación. Con una expresión que recuerda al prólogo del evangelio de S. Juan, «en el principio está la relación», Buber señala que la realidad originaria es que el Yo está intrínsecamente unido a alguien o a algo. El a priori del «yo» cartesiano es desplazado por el a priori de la relación. No hay lo uno y lo otro, sino lo uno-con-otro, de modo que si los separamos caemos en un error recurrente en la historia de la humanidad. Esta es una realidad ontológica, es así, lo veamos o no, seamos conscientes de ello o no. Pero el problema, es que desde el punto de vista del conocimiento (gnoseología) y del comportamiento humano (ética) arrastramos una falta de lucidez y una dureza de corazón tales que la deshumanización se ha hecho endémica en nuestra cultura, por lo cual se precisa de una revolución antropológica que derroque al imperialismo del «yo».

Para ello, Buber apela a la actitud del ser humano, que puede instalarse en una de estas dos palabras básicas: Yo-Tú o Yo-ello. Pensemos en la relación con un extranjero, podemos relacionarnos con él de dos maneras. Según la palabra básica Yo-Ello, ateniéndonos a una situación jurídica delimitada por normas y documentos legales, resultando así un ser extrañado, ajeno. O podemos situarnos en la palabra básica Yo-Tú, según la cual desaparecen los límites, entramos en la reciprocidad, en la amistad, en la vía de lo entrañable. La relación se nos da primero, después depende de nosotros escoger la palabra básica en la que nos instalamos. Si nos instalamos en el Yo-Ello, en la relación se desarrolla un conocimiento objetivado, por vía de la observación y de la experiencia: el Yo es activo y lleva la iniciativa, el Ello es pasivo. En cambio, si nos instalamos en la palabra básica Yo-Tú, estaremos en la vía de la contemplación y el «encuentro». «Mientras el mundo no tiene ninguna participación en la experiencia», simplemente se deja experimentar, en el encuentro yo contemplo y me dejo contemplar, confío y me doy, y el Tú participa dejándose conocer al revelarse y darse a sí mismo. Yo y Tú son activos y ambos tienen iniciativa: «Yo llego a ser Yo en el Tú; al llegar a ser, digo Tú. Toda vida verdadera es encuentro».

En el encuentro se crea un ámbito de realidad singular que Buber llama «entre»: «El hecho fundamental de la existencia humana no es el individuo en cuanto tal ni la colectividad en cuanto tal. Ambas cosas, consideradas en sí mismas, no pasan de ser formidables abstracciones… El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre. Lo que singulariza al mundo humano es, por encima de todo, que en él ocurre entre ser y ser algo que no encuentra par en ningún otro rincón de la naturaleza… un ser busca a otro ser, como este otro ser concreto, para comunicar con él en una esfera común a los dos, pero que sobrepasa el campo propio de cada uno. Esta esfera… la denomino la esfera del “entre” (Zwischen)» (¿Qué es el hombre?, México, 1949, págs. 146-7). Por eso, la filosofía necesita un éxodo, una salida de la esclavitud del mundo y del Yo a la tierra prometida del «entre», de la relación, ese resto esencial, ese «lugar donde las almas cesan y el mundo no ha comenzado todavía, y este resto es lo esencial» (Ibid., 148). Esa realidad tiene su consistencia propia, que no se comprende desde lo individual, ni a partir de lo social, porque es «algo diferente, lo que traza el círculo en torno al acontecimiento. Más allá de lo subjetivo, más acá de lo objetivo, en el “filo agudo” en que el Yo y el Tú se encuentran, se halla el ámbito del “entre”» (Ibid., 149).

En el marco del «entre» podemos situar vivencias muy humanas como la empatía, que es la realización en el plano psicológico de un encuentro sin mediaciones, en una parcela particular de la realidad, de dos seres que se entienden recíprocamente. Más allá y más profundamente, en la misma esfera del «entre», se encuentra también la vivencia del amor. Hoy se presenta al amor como un acto físico y sentimental, que se ha psicologizado abusivamente, pero «los sentimientos acompañan al acto metafísico del amor, pero ellos no lo constituyen… A los sentimientos se les “tiene”; pero el amor ocurre. Los sentimientos habitan en el ser humano; pero el ser humano habita en su amor. Esto no es una metáfora, sino la realidad: el amor no se adhiere al Yo como si tuviese al Tú sólo como “contenido”, como objeto, sino que está entre Tú y Yo». El amor no es una conmoción que habita en nuestro interior, por el contrario, se puede habitar en el amor y entonces es cuando «la persona puede actuar, puede ayudar, sanar, educar, elevar, liberar. El amor es responsabilidad de un Yo por un Tú».

Para Martin Buber, la palabra básica Yo-Tú funda el mundo de la relación, donde se unifica lo uno y lo otro. Ese mundo se alcanza en tres esferas:

  • «La primera: la vida con la naturaleza: Allí la relación oscila en la oscuridad y por debajo del nivel lingüístico… Las criaturas… no pueden llegar hasta nosotros, y nuestro decirles Tú se queda en el umbral del lenguaje».
  • «La segunda: la vida con el ser humano. Allí la relación es clara y lingüística. Podemos dar y aceptar el Tú».
  • «La tercera: la vida con los seres espirituales. Allí la relación está envuelta entre nubes, pero manifestándose, sin lenguaje, aunque generando lenguaje»

En las tres esferas se puede contemplar la presencia de Dios, del Tú eterno, porque en ellas «percibimos un soplo que llega de Él, en cada Tú dirigimos la palabra a lo eterno, en cada esfera a su manera». Radicalizando la dimensión de su trascendencia, se ha dicho que Dios es «el totalmente Otro». Es verdad, pero no es toda la verdad. Para Buber Dios es el Tú eterno, puro Tú sin sombra de Ello, y sólo se accede a Él en la inmediatez de la actitud Yo-Tú más pura. También Dios se dirige al hombre de Tú, porque el hombre es el ser a quien Dios ha hablado y sigue hablando, y él le escucha si vive en la actitud Yo-Tú. Hay una conexión esencial entre cada Tú humano y el Tú eterno, por la cual cuando decimos verdaderamente Tú a un ser humano, ese Tú es una invocación al Tú divino, pues «las líneas de las relaciones, prolongadas, se encontrarán en el Tú eterno». Siguiendo a Buber, Juan Martín Velasco y otros teólogos han considerado que la relación Dios hombre ha de entenderse en la categoría esencial de encuentro.

El personalismo comunitario Pueden clasificarse aquí pensadores como el poeta Charles Péguy, el neotomista Jacques Maritain, Jean Lacroix, Nicolás Berdiaev, Carlos Díaz, y, sobre todo, a Emmanuel Mounier, a quien nos vamos a limitar. Mounier es un filósofo de la acción. A todo lo dicho anteriormente añade un dinamismo de lucha para rehabilitar a la persona y a la comunidad como centro de la realidad y criterio de la acción. Una lucha que es interior en cuanto la persona llega a ser ganándole terreno al individuo que hay en nosotros. El individuo es «el otro» alienante en cada uno de nosotros, el «yo» egocéntrico y posesivo; la persona, en cambio, es el «yo» en cuanto que «el hombre concreto es el hombre que se entrega… es el hombre contemplativo y trabajador». El individualismo «es la metafísica de la soledad integral», solo estima «en mí lo que me diferencia… aunque la diferencia se derive del gesto amargo o del mal». Con ello crea separación y dispersión. El personalismo es la metafísica de la comunión. Por eso, dirá, «estamos en contra de la filosofía del yo y en favor de la filosofía del nosotros». El nosotros es integrador: es Nos-Otros, comprende el yo, el tú y los otros. «Definimos el materialismo por la separación, el espíritu por la unión», por tanto, para Mounier la distinción de lo otro como marginal o negativo es puro materialismo.

En cambio: «El hombre es un espíritu enraizado. Lo veo situado, alma, en medio de la materia, persona, entre los otros hombres, espíritu, en un universo de realidades espirituales. Su vocación es una libre dedicación a estas tres sociedades: bajo él, la sociedad de la materia, a donde él debe llevar la chispa de los dioses que sostiene; a su lado, la sociedad de los hombres, que su amor debe atravesar para unirse a su destino; por encima de él, la totalidad del espíritu que se ofrece a su acogida y le proyecta más allá de sus límites. En estos tres sentidos, que cubren toda la extensión de su vida, el hombre es un animal social radicalmente hecho para ser él mismo por la amistad, la amistad del amo en relación con la materia, la amistad del compañero respecto a los hombres, y respecto al espíritu una amistad de dedicación y de piedad que es el sostén de las otras dos». Las tres dimensiones de la persona son vocación, encarnación, y comunicación. Todas son un impulso intencional hacia la unión consigo mismo, con lo otro, con el otro y con el Otro. En consecuencia, «los tres ejercicios esenciales de la formación de la persona son, pues: la meditación, en busca de la propia vocación; el compromiso, reconocimiento de su encarnación; la purificación, iniciación a la entrega de sí y a la vida en los demás. Si la persona falta en alguno de ellos, fracasa».
El ser personal es consustancialmente un ser comunitario, es decir, la relación no es un añadido accidental, sino un constitutivo esencial de su ser. En sentido contrario, una verdadera comunidad solo puede ser una comunidad de personas: «todas las experiencias nos llevan al mismo punto: imposible alcanzar la comunidad esquivando a la persona… el nosotros, realidad espiritual consecutiva al yo, no nace de un desvanecimiento de las personas, sino de su realización». Y, «el aprendizaje de la comunidad es, pues, el aprendizaje del prójimo como persona en su relación con mi persona, lo que ha sido llamado felizmente el aprendizaje del tú». Si «la relación del yo con el tú es el amor» y la comunidad está hecha de relaciones yo-tú, entonces «El amor es la unidad de la comunidad como la vocación es la unidad de la persona. No se añade posteriormente como un lujo, sin él la comunidad no existe». Siendo una filosofía de la acción hay que preguntarse cuál es el destino último de la acción, cuál es la respuesta a la pregunta «¿para qué trabajáis?». Para Mounier, católico con un gran sentido ecuménico, la meta es trascendente: «Totalizantes en intención última, no trabajamos para pasar el tiempo, ni por interés, ni por agrado, sino hacia la verdad y por la comunidad universal, donde nadie será olvidado, ni tampoco ningún aspecto de la verdad, trabajamos hacia Dios, aunque para muchos de nosotros se trate de un Dios desconocido».

 

***

Con Antonio Machado, contra objetivismo de la razón fría egológica, podemos decir:

El ojo que ves no es ojo porque lo veas; es ojo porque te ve.

Y, porque lo que nos constituye como personas no es el «pienso, luego existo», sino el «soy amado, luego existo» (Carlos Díaz), es decir, que si existo es por el amor de «el otro», y que también encontramos la bondad, verdad y belleza en «el otro», diremos también con Machado:

Y en la cosa nunca vista de tus ojos me he buscado: en el ver con que me miras.

Y, porque el ser personal se constituye y realiza por el camino de «el otro», diremos con el mismo poeta que:

No es el yo fundamental eso que busca el poeta, sino el tú esencial.●

Estamos en otro máximo de guerras

Según el informe Alerta 2026! de la Escuela de Cultura de Paz de la UAB, en el último ejercicio se registraron 40 conflictos armados frente a los 37 identificados en 2024. Atendiendo a esta clasificación de la Universidad Autónoma de Barcelona, que comenzó en 2007, solo se habría alcanzado este nivel de conflictos en 2011. Además, el 50% de estos fueron de alta intensidad, siendo África la región con más casos (17), seguida de Asia-Pacífico (12), Oriente Medio (7), Europa (2) y América (2).

María Villellas, codirectora de la Escuela, señala que el aumento de los conflictos se debe a un «debilitamiento del multilateralismo y las herramientas de construcción de paz», aunque sería necesario abordar cada caso en su contexto. «Es un momento de máxima tensión geopolítica a nivel internacional, que se une a unos liderazgos internacionales que están apostando por el uso de la fuerza en lugar de priorizar las herramientas diplomáticas. Existe una consolidación del autoritarismo a nivel internacional», apunta la experta.

La investigadora también señala un aumento del militarismo a escala mundial como factor clave en el incremento de las hostilidades de forma generalizada. Por su parte, Jordi Urgell, también investigador de este centro, explica que es necesario atender a los distintos factores históricos, políticos y tendencias regionales históricas para poder entender el auge en el número de conflictos, así como la forma en que estos deben abordarse.

El plomo de las multinacionales mineras en Zambia también mata

Action for Southern Africa (ACTSA), Corporate Justice Coalition (CJC), London Mining Network (LMN) y Rights and Accountability in Development (RAID) se han unido para dar a conocer el caso al público y a los accionistas angloamericanos, exigiéndoles que reconozcan el derecho a la justicia de los demandantes.

Los africanos reciben plomo bien por las balas de las guerras que sufren injustamente o bien por la contaminación de las aguas (acuiferos) en las explotaciones mineras, como es el caso que nos ocupa.

En Kabwe, una ciudad situada al norte de Lusaka (Zambia), décadas de actividad minera han dejado una herencia tóxica que continúa afectando a generaciones enteras. Considerada uno de los lugares más contaminados del planeta, la ciudad registra niveles alarmantes de exposición al plomo, especialmente entre los niños, que enfrentan riesgos de daños neurológicos, problemas de desarrollo y otras graves consecuencias para la salud. Ahora, unas 140.000 mujeres y menores afectados han llevado a los tribunales al gigante minero Anglo American en busca de reparación y justicia. El Tribunal Superior de Johannesburgo deberá pronunciarse sobre un caso que podría sentar un precedente histórico para la responsabilidad de las empresas mineras frente a los daños ambientales y sanitarios.

 

Y los otros minerales la «capitalismo verde» en Zambia:
En la zona de Kabwe y en la Provincia Central de Zambia existen otros minerales de gran valor económico, además del plomo. Históricamente, el yacimiento principal de Kabwe (conocido en la era colonial como Broken Hill) no solo contenía plomo, sino que era una veta rica en múltiples metales: 
    • Zinc: Fue el principal mineral extraído junto al plomo durante casi un siglo. Actualmente, empresas como Jubilee Metals operan refinerías en la zona (Sable Zinc Kabwe Limited) para procesar los residuos históricos y extraer el zinc remanente.
    • Cobre y Cobalto: Aunque Kabwe no está directamente en el famoso Copperbelt (el Cinturón de Cobre del norte de Zambia), las plantas de procesamiento locales procesan y refinan cobre y cobalto traídos de otras regiones del país aprovechando la infraestructura minera existente. 
    • Vanadio, Plata y Cadmio: El subsuelo de la zona contiene trazas explotables de estos metales preciosos e industriales, que formaban parte del mismo complejo geológico de la mina original. 

 

Conocida como Broken Hill hasta 1966, la capital de la provincia central de Zambia esconde una amenaza invisible provocada por décadas de explotación minera: un suelo saturado de plomo.

En las zonas más afectadas, más del 95 % de los niños superan el umbral de seguridad de la Organización Mundial de la Salud, fijado en 50 microgramos de plomo por decilitro de sangre. Para los menores, jugar en el polvo o caminar descalzos representa un peligro severo, ya que el envenenamiento por plomo puede causar discapacidades físicas e intelectuales.

Actualmente, se calcula que unas 140.000 mujeres y niños afectados se han unido a organizaciones internacionales para presentar una demanda colectiva contra el gigante minero Anglo American South Africa Limited (AASA) ante el Tribunal Superior de Johannesburgo. Se espera que el fallo judicial se dicte a finales de este año.

Reportaje de Caroline Dumay, Stefan Carstens y Eunice Masson para France 24.

Capitalismo de finitud y nuevo desorden mundial

Paul Kennedy sostuvo en su conocido libro Auge y caída de las grandes potencias (1987) que la preeminencia de una gran potencia depende de dos factores que deben estar en equilibrio. El poder económico: la capacidad de generar riqueza y controlar recursos. Y el poder militar: la capacidad de proyectar fuerza para proteger sus intereses. En lo que llevamos de siglo XXI ha asomado con fuerza otro factor transversal: el poder tecnológico, que está sosteniendo e impulsando, más que nunca, a ambos… sobre todo al segundo.

Editorial de la Revista Autogestión

Lee la revista Autogestión nº 164

La dinámica protagonizada por el complejo militar-industrial y tecnológico actual parece estar saltando todas las reglas internacionales que hasta ahora estaban vigentes para los países enriquecidos. En los países empobrecidos ya se habían sobrepasado muchos de los límites que habían propuesto los acuerdos internacionales: el robo de las materias primas en el Congo o en Sudán, las políticas de préstamos usureros de los organismos internacionales y de corporaciones privadas, la financiación de grupos armados para desestabilizar y cambiar gobiernos en el tercer mundo ¿a qué reglas estaba sujeto? La única norma internacional para los empobrecidos ha sido la ley de la selva. Aunque también para los empobrecidos, esta nueva etapa, está suponiendo una vuelta de tuerca contra su dignidad.

¿Por qué este nuevo desorden mundial?. Una de las respuestas puede ser el declive del modelo actual (EE. UU.) y el auge de China como gran potencia. La postura reactiva de los EE.UU. ante esta situación está agitando y acelerando este proceso geopolítico de uso de la fuerza. Venimos de casi un siglo de vigencia del modelo capitalista anglo, con unas reglas escritas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. La pérdida de la hegemonía estadounidense ante el gigante chino provoca un posicionamiento geopolítico aunque sea necesario el uso de la fuerza.

Uno de los objetivos de este posicionamiento y de esta escalada belicista a nivel mundial es el control de materias primas y fuentes de energía baratas, territorios y rutas comerciales… y en el caso de los EE.UU., la defensa del dólar como moneda de referencia frente al yuan. Recordemos que la frase «La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera» resumió décadas de la política exterior intervencionista de EE.UU. basada en la Doctrina Monroe (1823), donde intereses económicos justifican la expansión militar y el control político de Iberoamérica.

Algunos han adjetivado este momento como el del “capitalismo de finitud” (apropiación de bienes finitos), como una bifurcación o/y evolución necesaria del modelo capitalista neoliberal. En esta “finitud” prevalece una lógica rentista y violenta, y donde los grandes actores no estatales (las mayores empresas tecnológicas e industriales) aspiran a monopolizar los mercados (o, dicho de otro modo, eliminar cualquier competencia). Su objetivo no es solo el acaparamiento directo de bienes existentes. También dentro de su estrategia entra la acumulación de grano, petróleo, oro (moneda)… como parte importante de la guerra en su vertiente económica.

Otra perversa característica de este capitalismo es la simbiosis de grandes empresas y Estado. Gigantes digitales y empresas estatales actúan como «para-Estados» que se apropian de prerrogativas soberanas, eliminando incluso los mecanismos de mercado capitalista tradicionales.

Políticamente, a este modelo, no le sienta bien la democracia.

Políticamente, a este modelo, no le sienta bien la democracia. Es decir, le sobra lo poco que quedaba de la democracia liberal; al contrario, la ve como un obstáculo para la creación de monopolios y la toma de poderes soberanos por parte de corporaciones que no rinden cuentas.

La herramienta tecnológica (IA) se está usando como catalizador en estos procesos. La IA está haciendo que muchas estructuras corporativas se muestren obsoletas y está transformando profundamente y a un ritmo vertiginoso el modelo anterior. Esto tiene consecuencias políticas que todavía no vislumbramos con claridad, pero que van a pasar por una pérdida del protagonismo político de las sociedades. Polarización, populismo, emotivismo sociopolítico, ocaso de la búsqueda del bien común…

Posiblemente, nos queden por vivir años de guerras e inestabilidad que alumbren un nuevo modelo. Años donde los recursos energéticos, las materias primas (minerales de la transición energética), los suelos marinos, el agua potable… que son recursos finitos de suma cero, sean objeto de pugna y disputa bélica. Se nos vendió un capitalismo de bienes ilimitados, una sociedad del bienestar basada en la insolidaridad con el resto del mundo empobrecido. Pero esta ecuación, planteada sin la variable «pueblo» y sin las condiciones solidarias, no tiene una solución ni racional ni justa. La dignidad del ser humano debe ser el telón de fondo, frente a la indignidad de la política internacional sujeta a las reglas del poder y el máximo beneficio.

Sevilla: Huérfanos desde la concepción

Centro cultural “Huérfanos desde la concepción” por Marina Ponce, educadora y autora del libro.

Viernes 12 de junio a las 19.30h en la Casa de Cultura y Solidaridad del MCC, calle Nicolás Pisano, Sevilla.

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